Estuve revisando algo de cine
danés, y aunque observé no muchas películas de cineastas reconocidos, me impactó
una por su poderío visual, narrativo y su sencillez. Se trata del film Submarino
del cineasta fundador -junto a Lars Von
Trier- del movimiento Dogma, Thomas Vinterberg. El danés hizo un film notable –bajo las normas
del mencionado movimiento- llamado Festen o The Celebration, donde el cineasta abarca la vida familiar de la burguesía danesa
a través del cumpleaños del patriarca. Vinterberg aprovecha la oportunidad que
le otorga la fiesta en honor a un sujeto inmaculado para mediante sus hijos empezar
a sacar una colección de bajezas y barbaridades que se escondían con gran
naturalidad en dicha familia. Un film imperdible e inolvidable. En Submarino la cosa cambia, el enfoque recae
en la vida y relación de dos hermanos marginales cuya historia es impresionante,
intensa y emocionante, con magníficas actuaciones, y algunas marcas de genialidad
de Festen,
su obra maestra. Me refiero a una cuestión exclusivamente comparativa de
calidad cinematográfica, pues si Festen introdujo el concepto del
Dogma en la industria del cine, Submarino no tiene nada que ver con
el movimiento, que para empezar está rodada en 16 mm y no cumple con casi
ninguna de las premisas establecidas en el mencionado estilo de hacer cine. Con
Submarino
quedan fuera todos los elementos por los que se decantó Vinterberg tras lograr
la fama con Festen. También quedan fuera ciertos aires de sabiduría maniaca
que llevan al cineasta danés a cruzar el Atlántico para probar suerte en
Hollywood, en la que produce un dos o tres películas totalmente descartables. Submarino
no se relaciona de manera alguna con las historias escabrosas de cargante
simbolismo, junto a un cine de corte experimental –obviamente excluyendo a Festen-
ni con temas complicados resueltos con premura de acuerdo a las exigencias de
productoras y presupuestos. Sin ser una película Dogma, lo que logra Vinterberg
es un regreso a un estilo de relato más sencillo y transparente que soslaya el
plagio en los virajes sentimentales, y que intenta como tesis principal la
paternidad y las relaciones entre hermanos desde una perspectiva netamente
masculina, lo que le añade ese punto de originalidad que la hace a priori una
argumentación seductora. Los protagonistas son Nick y su hermano menor de quien
no me percate el nombre o no se nombró en el film. Ambos sufren en su infancia
una experiencia traumática que marcará sus vidas. Tras una breve introducción
en el que se nos muestra a ambos hermanos
de pequeños que intervienen en un terrible acontecimiento que no pueden
controlar, Vinterberg nos lleva inmediatamente 30 años después, donde Nick –estupenda interpretación
del actor Jacob Cedergren- es un hombre fracasado, por lo tanto sumamente
agresivo, que acaba de salir de prisión, una especie de alma extraviada –aunque
trata de controlar su furia- cuyos consuelos son su vecina Sofie y la bebida.
El hermano -algunos pocos años menor- sobrevive sólo con su hijo Martin también
en una situación un tanto confusa. Vinterberg nos muestra el amor de los
hermanos distanciados, la desoladora historia de ambos deambulando cada quien por
su lado, hasta que vuelven a encontrarse cuando -al fallecer su madre- heredan algún
dinero. Es sin duda, un film duro de observar, de lograr comprender lo que pasa
por sus cabezas en determinados momentos, anticiparse a las reacciones de ambos
por el entorno que los rodea y la atmósfera que ellos mismos han creado. Esta
desoladora y amarguísima lección acerca de los verdaderos golpes trauma-emocionales
de personas son el pan de cada día sea en las sociedades de distinta naturaleza.
Acá es el destino el que le da forma a la vida futura de dos pequeños niños
absorbidas por una desgraciada distracción. El título del film hace referencia
a un método de tortura que consiste en sumergir la cabeza del torturado bajo el
agua hasta sentir la asfixia, para luego dejarlo tomar una bocanada de aire, y repetir el procedimiento hasta que el sujeto
hable, se retracte o vaya a saber qué. La vida de los dos protagonistas se parecen
demasiado, siempre buscando una oportunidad para reconstruir su vida, pero el
trauma de la infancia, y la culpa pesan tanto en sus espíritus, y sus propias
ganas de reivindicarse que es irremediable su retorno a sumergirse en el fango
de la desesperanza, como un karma que tatuados en sus existencias. Vinterberg –a pesar de lo
despreciables que puedan ser los hermanos- logra que sintamos sienta empatía –o
lástima- con ellos, porque sus deseos –como los de cualquier persona- son que
la vida les entrega una posibilidad de surgir en lo que sea, no buscan
privilegios, solamente alguna ocasión o coyuntura. Vinterberg nos empata con un alcohólico
violentísimo y un heroinómano que, tiene a su cargo un niño. Algo rescatable
del cineasta es que bien pudo hacer de su película un drama excesivo,
desbordante e insoportable, pero con mano firme y virtuosa compone el engranaje
justo entre un necesario elemento dramático y el realismo sórdido que hacen que
la película fluya de manera natural y coherente, sin sobrepasarse tampoco en sentimentalismos
ni transformarlo en un film de realismo social a lo Ken Loach. Es obvio que la
propuesta de Vinterberg resulta conmovedora por lo que hace frente a cámaras Jacob
Cedergren, interpretando al Nick adulto. Personaje áspero e iracundo, que exuda
en cada gesto su irritación reprimida, siempre al borde de la cornisa, pero que
también sabe transmitir magistralmente, a través de su mirada sincera, y su
expresividad gestual y corporal, una gran fragilidad. La actriz Patricia
Schumann sostiene en lo emocional a Nick cumpliendo con un rol que no luce,
pero que es eficaz. En el plano visual Vinterberg sabe construir los planos,
angulando la media toma o las enteras con precisión. Las escenas del comienzo están subrayadas por
una intensa luz blanca que se contrapone con los semitonos grises de la ciudad
de Copenhague cuando son adultos, en la que vemos a Nick avanzando con su maletín
deportivo entre los edificios de un barrio casi abandonado y zarrapastroso, tan
triste y desgraciado como su propia existencia. Quizá, Vinterberg se guarde el
concepto de la autenticidad cuando filma las escenas del hermano de Nick que se
mueve con destreza entre bribones sin hogar o consumidores de heroína en la
estación de tren, mientras observa a una madre consolando a su hijo que llora
en el cochecito, escena que de alguna forma deja patente la división de la
conciencia entre su adicción a las sustancias y su responsabilidad para con su pequeño
hijo.. El desenlace se da en una iglesia, donde nuevamente Vinterberg hace un
exhibición casi omnipresente de la claridad, y relaciona de manera inevitable
con la escena del principio, cuando se ve a los dos niños buscando un nombre en
la guía telefónica para poder bautizar al bebé en la sala de la casa, que todo
sea como debió y debe ser, como una vida que tendría que haber sido normal,
mientras la madre yace tendida en la cocina abducida por una botella de licor. Basada en la novela del literato Jonas T.
Bengtsson, habla de la soledad de los marginados y la derrota de los vencidos,
del autismo emocional y de un mundo en el que puede ser muy difícil
apañárselas. Muy buena puesta en escena, una fotografía muy cuidada tanto como
la edición de sonidos, una envolvente BSO de
Patricia Schumann, y el montaje. Película para gente de emociones
fuertes y al límite. No dejen de verla. Si en Festen se narraba la
desintegración de la familia, Submarino nos muestra un minucioso
retrato de la imagen del sobrepeso social de los adultos en la existencia de nuestros
descendientes, además de la lucha por mantenerse unidos, con un bello y
logrado equilibrio entre el amor fraternal y el paternal, ambos en constante enfrentamiento con
la fría realidad que, como a muchos, sin elegirla, les ha tocado vivir.













































