martes, 11 de diciembre de 2012

“Submarino”, potente melodrama de expiaciones entre hermanos.


















































Estuve revisando algo de cine danés, y aunque observé no muchas películas de cineastas reconocidos, me impactó una por su poderío visual, narrativo y su sencillez. Se trata del film Submarino  del cineasta fundador -junto a Lars Von Trier- del movimiento Dogma, Thomas Vinterberg.  El danés hizo un film notable –bajo las normas del mencionado movimiento- llamado Festen  o The Celebration, donde el cineasta abarca la vida familiar de la burguesía danesa a través del cumpleaños del patriarca. Vinterberg aprovecha la oportunidad que le otorga la fiesta en honor a un sujeto inmaculado para mediante sus hijos empezar a sacar una colección de bajezas y barbaridades que se escondían con gran naturalidad en dicha familia. Un film imperdible e inolvidable. En Submarino la cosa cambia, el enfoque recae en la vida y relación de dos hermanos marginales cuya historia es impresionante, intensa y emocionante, con magníficas actuaciones, y algunas marcas de genialidad de Festen, su obra maestra. Me refiero a una cuestión exclusivamente comparativa de calidad cinematográfica, pues si Festen introdujo el concepto del Dogma en la industria del cine, Submarino no tiene nada que ver con el movimiento, que para empezar está rodada en 16 mm y no cumple con casi ninguna de las premisas establecidas en el mencionado estilo de hacer cine. Con Submarino quedan fuera todos los elementos por los que se decantó Vinterberg tras lograr la fama con Festen. También quedan fuera ciertos aires de sabiduría maniaca que llevan al cineasta danés a cruzar el Atlántico para probar suerte en Hollywood, en la que produce un dos o tres películas totalmente descartables. Submarino no se relaciona de manera alguna con las historias escabrosas de cargante simbolismo, junto a un cine de corte experimental –obviamente excluyendo a Festen- ni con temas complicados resueltos con premura de acuerdo a las exigencias de productoras y presupuestos. Sin ser una película Dogma, lo que logra Vinterberg es un regreso a un estilo de relato más sencillo y transparente que soslaya el plagio en los virajes sentimentales, y que intenta como tesis principal la paternidad y las relaciones entre hermanos desde una perspectiva netamente masculina, lo que le añade ese punto de originalidad que la hace a priori una argumentación seductora. Los protagonistas son Nick y su hermano menor de quien no me percate el nombre o no se nombró en el film. Ambos sufren en su infancia una experiencia traumática que marcará sus vidas. Tras una breve introducción en el que se nos  muestra a ambos hermanos de pequeños que intervienen en un terrible acontecimiento que no pueden controlar, Vinterberg nos lleva inmediatamente 30 años después, donde Nick –estupenda interpretación del actor Jacob Cedergren- es un hombre fracasado, por lo tanto sumamente agresivo, que acaba de salir de prisión, una especie de alma extraviada –aunque trata de controlar su furia- cuyos consuelos son su vecina Sofie y la bebida. El hermano -algunos pocos años menor- sobrevive sólo con su hijo Martin también en una situación un tanto confusa. Vinterberg nos muestra el amor de los hermanos distanciados, la desoladora historia de ambos deambulando cada quien por su lado, hasta que vuelven a encontrarse cuando -al fallecer su madre- heredan algún dinero. Es sin duda, un film duro de observar, de lograr comprender lo que pasa por sus cabezas en determinados momentos, anticiparse a las reacciones de ambos por el entorno que los rodea y la atmósfera que ellos mismos han creado. Esta desoladora y amarguísima lección acerca de los verdaderos golpes trauma-emocionales de personas son el pan de cada día sea en las sociedades de distinta naturaleza. Acá es el destino el que le da forma a la vida futura de dos pequeños niños absorbidas por una desgraciada distracción. El título del film hace referencia a un método de tortura que consiste en sumergir la cabeza del torturado bajo el agua hasta sentir la asfixia, para luego dejarlo tomar una bocanada de aire,  y repetir el procedimiento hasta que el sujeto hable, se retracte o vaya a saber qué. La vida de los dos protagonistas se parecen demasiado, siempre buscando una oportunidad para reconstruir su vida, pero el trauma de la infancia, y la culpa pesan tanto en sus espíritus, y sus propias ganas de reivindicarse que es irremediable su retorno a sumergirse en el fango de la desesperanza, como un karma que tatuados en  sus existencias. Vinterberg –a pesar de lo despreciables que puedan ser los hermanos- logra que sintamos sienta empatía –o lástima- con ellos, porque sus deseos –como los de cualquier persona- son que la vida les entrega una posibilidad de surgir en lo que sea, no buscan privilegios, solamente alguna ocasión o coyuntura.  Vinterberg nos empata con un alcohólico violentísimo y un heroinómano que, tiene a su cargo un niño. Algo rescatable del cineasta es que bien pudo hacer de su película un drama excesivo, desbordante e insoportable, pero con mano firme y virtuosa compone el engranaje justo entre un necesario elemento dramático y el realismo sórdido que hacen que la película fluya de manera natural y coherente, sin sobrepasarse tampoco en sentimentalismos ni transformarlo en un film de realismo social a lo Ken Loach. Es obvio que la propuesta de Vinterberg resulta conmovedora por lo que hace frente a cámaras Jacob Cedergren, interpretando al Nick adulto. Personaje áspero e iracundo, que exuda en cada gesto su irritación reprimida, siempre al borde de la cornisa, pero que también sabe transmitir magistralmente, a través de su mirada sincera, y su expresividad gestual y corporal, una gran fragilidad. La actriz Patricia Schumann sostiene en lo emocional a Nick cumpliendo con un rol que no luce, pero que es eficaz. En el plano visual Vinterberg sabe construir los planos, angulando la media toma o las enteras con precisión.  Las escenas del comienzo están subrayadas por una intensa luz blanca que se contrapone con los semitonos grises de la ciudad de Copenhague cuando son adultos, en la que vemos a Nick avanzando con su maletín deportivo entre los edificios de un barrio casi abandonado y zarrapastroso, tan triste y desgraciado como su propia existencia. Quizá, Vinterberg se guarde el concepto de la autenticidad cuando filma las escenas del hermano de Nick que se mueve con destreza entre bribones sin hogar o consumidores de heroína en la estación de tren, mientras observa a una madre consolando a su hijo que llora en el cochecito, escena que de alguna forma deja patente la división de la conciencia entre su adicción a las sustancias y su responsabilidad para con su pequeño hijo.. El desenlace se da en una iglesia, donde nuevamente Vinterberg hace un exhibición casi  omnipresente de  la claridad, y relaciona de manera inevitable con la escena del principio, cuando se ve a los dos niños buscando un nombre en la guía telefónica para poder bautizar al bebé en la sala de la casa, que todo sea como debió y debe ser, como una vida que tendría que haber sido normal, mientras la madre yace tendida en la cocina abducida por una botella de licor.  Basada en la novela del literato Jonas T. Bengtsson, habla de la soledad de los marginados y la derrota de los vencidos, del autismo emocional y de un mundo en el que puede ser muy difícil apañárselas. Muy buena puesta en escena, una fotografía muy cuidada tanto como la edición de sonidos, una envolvente BSO de  Patricia Schumann, y el montaje. Película para gente de emociones fuertes y al límite. No dejen de verla. Si en Festen se narraba la desintegración de la familia, Submarino nos muestra un minucioso retrato de la imagen del sobrepeso social de los adultos en la existencia de nuestros descendientes, además de la lucha por mantenerse unidos, con un bello y logrado equilibrio entre el amor fraternal y el paternal, ambos en constante enfrentamiento con la fría realidad que, como a muchos, sin elegirla, les ha tocado vivir.