domingo, 16 de diciembre de 2012

“The Aviator”, sueños y pesadillas de un hombre que no supo ser grande.













































































Ya hemos escrito lo que significó, significa y significará Martin Scorsese para la historia de la cinematografía. Siendo uno de los más célebres directores de una generación fecunda de cineastas yankees, éste pequeño hombre nacido en Queens, es también uno de los más controversiales realizadores hasta la actualidad. Su estilo exorbitante, su desasosiego acentuado por su educación religiosa, no puede dejarnos abúlicos ni distantes. Scorsese fue, es y será un sujeto -antes que cineasta- modernista por su influyente abolengo italiano, muy vinculado al costumbrismo pictórico y legítimo del Renacimiento, destinado a solemnizar lo humano tanto en su altruismo como en su intensa lobreguez. En fin, escribir acerca de éste hombre tanto como un apasionado del cine en tanto producirlo, y quizá mucho más como un  cinéfilo obcecado en observar todo los films que le sean posibles, Scorsese es sinónimo de delirio existencial por el arte cinematográfico. Y eso nos lleva a comentar una película como El aviador o The Aviator donde emprende parte de la vida de una figura infernalmente seductora del Hollywood clásico como lo fue Howard Hughes. Magnate, productor, cineasta frustrado, pionero de la aeronáutica, compilador de las mujeres más bellas y famosas de la época, Hughes perteneció a esa casta de personalidades que se ganaron un lugar en la historia del exceso. Fue uno de los jóvenes más ricos del mundo al heredar la Hughes Tool Company, una poderosa empresa que tutelaba la mayor parte del oro negro de Texas. Amante de la ingeniería aérea, le arrancó la careta al monopolio aéreo de la Panam al adquirir la TWA, a la vez que se constituyó en uno de los mandamases de la RKO, antes de llevarla a la quiebra. Descubrió “Starlettes” como Jean Harlow, Jane Creer, Jane Russell o Terry Moore. El joven Hughes fue un sablista, un protector de las peores extravagancias,  y uno de los modelos que no apareció en los créditos de Citizen Kane, de Orson Welles. Scorsese vincula su película levemente con la de Welles, a través de ese elemento que a ambos personajes los acosará de por vida. Charles Kane y Howard Hughes, son seres análogos, los dos poseen estructuras mentales maniáticas, son presumidos, excéntricos, codiciosos e idealistas.

The Aviator es el medio perfecto para que Scorsese haya podido componer eso que tanto buscaba: una fervorosa apología de amor al cine clásico, al viejo Hollywood de los años dorados, con una cuidada restauración estética y argumental. La efigie indócil como la romántica de Hughes, es lo que le interesa a Scorsese desarrollar, ubicándola sólo en sus dos décadas más esplendorosas, no más que eso. Scorsese ha preferido filmar muy poco de sus logros, parte de su alienación ascendente, y a la rigurosa odisea del suplicio de un hombre oscuro, de esos que tanto venera Scorsese. No es un biopic en absoluto, ni mucho menos estamos ante un martirologio, ni siquiera se desglosan las etapas más trascendentes de su existencia como mecenas, amante o aviador. Lo que prefiere el cineasta yankee es fraccionar esos periodos, haciendo un repaso visual que no predomina ni motiva, solo describe. En realidad, lo que logra Scorsese es un periplo a la cúspide del mundo, pero que tiene como retorno, un acibarado itinerario hacia una habitación solitaria y cochambrosa, como fue el transitar por su vida, inmersa ésta dentro de una burbuja  enclenque, a modo de una plaga mortal que restringía su rabiosa propensión al abandono. Hughes confrontó contra todo aquello que pudiese limitar sus ambiciones y deseos, con un apego a la transgresión de un modo brutal. Fue un hombre brillante, un tocado por el destino, pero que quiso vencer lo invencible, su propia inmensidad. En ese sentido, Scorsese muestra a un sujeto inadaptado por su forma de ser, solitario, hasta odiado debido a una sociedad que no lo logra entender. Hughes no está lejos de la perdición, entre la paranoia y la abatida cautela de una cada vez más convulsionada personalidad. Scorsese pareciera afirmar que si Hughes hubiera fallecido en uno de los muchos accidentes que tuvo conduciendo su avioneta, la gente lo hubiera adoptado como un mito, como los que viven con vehemencia, y dejan un mensaje de valentía para inducir a la reflexión. Al no ser así, Scorsese opta por hacer circular lo que va transcurriendo de lo quimérico a lo caricaturesco, del paladín mediático e insocial a un personaje ridículo, víctima de sí mismo, martirizado por sus delirios de magnificencia. No lejos de los terrenos indagados por Scorsese, Hughes es agregado como en elemento fáctico donde la vida acaba como una pesadilla, que es necesaria vivirla para intentar expiar imprudencias y redimirlas a través de una equilibrada escalada a la armonía extraviada.

Scorsese exhibe su obra como una predica de cine objetivo, en cuanto y tanto lo convence la idea de un Howard Hughes menguado, y su bravío enfrentamiento contra la industria cinematográfica, su vocación por las mujeres famosas o su perfil aventurero e insensato. Scorsese se encuentra más a gusto con la sedición de Hughes en el juicio final, exhibiendo su brillante desenfado, saliendo vencedor de las acusaciones en su contra cuando parecía que su vesania acabaría por devorárselo. Scorsese hace uso de su fantasía fílmica, pero no de su propensión a cierta mitomanía que llega a someter la historia hasta un cierto grado de acción protocolar, justificando, a pesar de ello, su pericia narrativa, plagada de épica en una provocadora crónica de un triunfo esporádico, y de un descalabro duradero. Por eso, tras caer en los avernos de la locura, Hughes se enfrenta decidido al Comité Judicial que lo acusa de quedarse con dinero del ejército, consiguiendo pilotar al “Hércules” en su primer y único vuelo fallido, quedando otra vez enfrascado en la profunda oscuridad de la oquedad, donde completamente alienado lo conducirá a terminar su existencia recluido en un cuarto maloliente totalmente vencido. Quizás Scorsese le brinde demasiada importancia a su vida glamorosa y afectiva, ya que no fueron precisamente los honores -en los escenarios en los que quiso imponerse- donde reside su leyenda sino en su paradójico desenlace envuelto en la insania de un hombre que bien pudo haber sido un modelo de poder reinante. Sin embargo, aunque no haga el desgaste de manera frontal, y la película sea menos pendenciera de lo que se pudiera esperar, no abandona esa dote de corrupción y decadencia, una especialidad impostergable de Scorsese. Pero no todo lo que brilla es oro, se minimiza su relación con Al Capone, también su funesta gestión al timón de la RKO. Sin embargo, Scorsese, con inteligencia, mete un pesado bocadillo cuando evoca su apuesta anti-comunista, en la escena donde actúa un siempre magnífico Willem Dafoe. The Aviator resulta sin discusión en una bondadosa restauración de un hombre y de su época. Scorsese  va bosquejando sin el menor escozor ese poema de esplendor aventurero a través del retrato prosopopéyico de un sujeto turbio a la vez que revolucionario, un diligente amante a través de una confusa, y pintoresca existencia romántica. Pero, ante todo, la inmersión total la logra en tras apartados: sus litigios contra un periodo de absolutismo político, su conflictiva sociabilidad, y en el mundo del cine. Scorsese exhibe su magistral dominio de la narrativa en escenas que tienen como protagonistas a un L.B. Mayer que menosprecia a un ambicioso Hughes, cuando éste le solicita dos cámaras más para incorporarlas a las 24 que ya tenía para rodar su film Hell's  Angels  en 1929, la confrontación  en las oficinas de la MPAA contra Breen, que encabezó la censura de Hollywood, y en su final, el brilloso planteo del juicio de Owen Brewster, que pretende hundir al magnate en beneficio de Juan Trippe, dueño de la todopoderosa línea aérea PanAm. Ahí es donde queda anclada una conducta inmune, sujetada y luego movida de forma pletórica por la pasión de su codicia e inteligencia. Scorsese no obvia su ardua vida sentimental que abarca abundancia de affaires; a veces manifiestos, como con Jean Harlow, Ava Gardner o Faith Domergue, o insinuados, como Jean Russell o Bette Davis. Pero Scorsese opta definir su galantería y romanticismo con la mujer de su vida, con aquella que estuvo a punto contraer matrimonio, Katharine Hepburn. Allí es donde Scorsese despliega verdaderamente la pasión en grado extremo de su filmografía, cundo Hughes ve pilotar a Hepburn, y consciente de su minuciosidad, mira la botella de leche de la que acaba de beber la actriz para, sin miedo, succionar con la seguridad de haber encontrado a su alma gemela, una contestataria como él, que le entiende sus manías, y alucinaciones, aunque posteriormente afirmara: Howard Hughes es demasiado para Howard Hughes. Scorsese se impone en éste film como un verdadero glosador fílmico, de un estudioso del cine de la época dorada, donde están mezclados todos los excesos y virtudes de una época que es deliberadamente vuelta a construir, enfática y grandilocuente, pero delimitada a una tónica narrativa de perfecta sutileza, del mejor y más puro cine clásico. La excepcional y oscarizada fotografía de Robert Richardson propone un juego cromático relampagueante, ya que en los 50 primeros minutos no se notan los verdes acostumbrados, envuelto todo en una asepsia e higiene ligeramente azuladas para luego apoderarse progresivamente del colorido ocre terroso, para finalizar el film en una abrupta gama de verdes intensos, afectado ya por toda la sociedad y el mundo que rodea a Hughes. Sólo hay color en el cielo en clara metáfora a la libertad del magnate o en el ramo de flores que invoca sus más preciados recuerdos.

The Aviator es un film que crece gradualmente en la intensidad de su argumentación variopinta, contagiante y eficiente a través de una cadencia rítmica espléndida, sin saltos ni baches que la puedan distorsionar. Como en cualquier film de Scorsese, el montaje de la gran Thelma Schoonmaker -ganadora del Oscar por éste film- es un apartado que la convierte en una propuesta ordenada y continua. Habría que sumar la fastuosa dirección artística de los también oscarizados Dante Ferretti, Francesca LoSchiavo, y Sandy Powell por vestuario, así como la penetrante BSO de Shore. Nada se le podría discutir a la puesta en escena de Scorsese. Sin embargo, hay que ser honestos, y reconocer que la interpretación que logra Leonardo DiCaprio de Howard Hughes no es lo buena que debió ser. Se podrían esbozar muchos defectos y solo algunos aciertos, pero lo real y concreto es que el espectador observa en la pantalla a DiCaprio y no a Hugues, que es la fina línea del logro actoral del mimetismo o la empatía. Como ejemplo, podemos referirnos a la formidable interpretación que hace Marion Cotillard de Edith Piaf, en donde se observa claramente a la Piaf en toda su dimensionalidad, y no a la Cotillard. Por eso se llevó el Oscar. DiCaprio prioriza el histrionismo. El yankee expresa sus emociones de manera exagerada, no solo en las partes que debe explotar esa cualidad sino a lo largo de toda la película. Dar vida a un personaje en constante declive que cae en las redes de la locura necesita otro tipo de tratamiento interpretativo. DiCaprio era muy joven para un joven Hugues, y muy frágil para el ya acabado magnate, sobre todo en sus momentos de demencia. DiCaprio jamás deja brotar el intimismo de un hombre enfermo, atrapado por sus fobias, sus malsanas obsesiones y ese miedo que lo conduce de forma inevitable a la locura y a la soledad. Cate Blanchett –ganó un Oscar secundario- aborda una interpretación realmente conmovedora, con los amaneramientos y sofisticación de la impulsiva y renuente Katharine Hepburn. John C Reilly, Alan Alda y Alec Baldwin sostienen bien a DiCaprio, pero éste no logra soportar a sus secundarios. A mi modo de observar las cosas, el papel hubiera sido para Robert Downey Jr., quien ya había demostrado su pericia interpretando a Charles Chaplin. Para terminar, Scorsese dirige en su película a su personaje con la perspicacia, la compasión y la admiración necesaria para concebir una historia donde cada rasgo, cada plano y la conjunción narrativa con la que lo teje, logra una magnífica exhibición de estilo clásico que deberíamos repasar. Lamentablemente DiCaprio, no era el artista para restregarnos en el rostro a un auténtico personaje de la historia yankee del siglo XX como si lo hiciera Orson Welles en Citizen Kane. Sin duda, un excepcional film de Scorsese.