jueves, 20 de diciembre de 2012

“The Shape of Things”, la adulteración como artilugio de lo artístico.
















































Se arguye que en todo el mundo se cuecen habas -si nos pasa algo malo o creemos que observamos alguna injusticia, no pensemos que sólo nos pasa a nosotros, sino que en cualquier lugar de la tierra suele suceder lo mismo- y este dicho le cae como anillo al dedo al realizador yankee Neil LaBute, también guionista y especialmente dramaturgo. Sus obras son normalmente sucintas, rítmicas y sobretodo de un amplio espectro coloquial. Su estilo se asemeja con uno de sus dramaturgos más admirados y estudiados, David Mamet. LaBute incluso comparte temáticas análogas con su compatriota incluyendo las relaciones de género, la corrección política, y la masculinidad. Y, justamente quería hacer esa comparación del dicho español, con el desarrollo de la filmografía de LaBute –no con la de Mamet por todos conocida- ya que en sus ocho films que ha rodado hasta la fecha el yankee ha pensado que ha hecho meritorios esfuerzos, y salvando el contenido de su ópera prima In the Company of Men –hizo debutar a Aaron Eckhart, y ganó como mejor director en Sundance- y el film que comentaremos hoy, The Shape of Things o Por amor al arte, sus demás películas –no son malas salvo la que hizo con Nicolas Cage- sino incompletas para ponerle un término elegante y no ofensivo. Quizá su apego por empezar como dramaturgo con obras que transmitía lo que es aceptable en la universidad conservadora religiosa, tuvo alguna malinterpretación en su propia conducta de pasar del teatro al cine, cosa que le ha pasado a miles de potenciales creadores de guiones con buenas intenciones, pero lo que más le dolió seguramente a LaBute es que algunas de las puestas en escena en el teatro fueran cerradas luego de sus estrenos y críticas. Sin embargo, LaBute también fue honrado y salvó algunas nueces, como uno de los más prometedores estudiantes de dramaturgia en los premios anuales de la Universidad de Brigham Young, pasando luego a la Universidad de Kansas, la Universidad de Nueva York, y la Royal Academy de Londres para realizar algunos –no todos- estudios de postgrado sobre su pasión. Pero, cuando logró observar el film La peau douce de Francois Truffaut (1964), una cinta menor del francés pero llena de intenciones y diálogos melodramáticos –un sujeto abandona a su mujer con una niña de 09 años, para caer en manos de otra, y luego enfrentarse cara a cara con la reflexión y todos los avatares que conlleva el arrepentimiento- lo que lo enamora es la narrativa de Truffaut y sus formas de plantear los argumentos con soltada profundidad. Es ahí, junto a Truffaut, que LaBute, aborda sin importarle mucho las formas -lo cual es un error- un tipo de cine en donde sus personajes son presas de alarmantes actuaciones donde tanto hombres y mujeres se enfrentan constantemente a situaciones de conflicto, que ellos mismos crean, pero plagado de acechanzas y zancadillas morales. LaBute acierta en algunos films y en otros se le va simplemente de las manos el mensaje, o quizá se distorsionan y/o suenan desentonados. Para un director que quiere filmar lo trágico o cómico –en los extremos que se les quiera colocar a seres humanos- tiene que amar su cámara, porque a través del dominio de la misma es donde va a encontrar lo que busca. LaBute era un amante del ser humano, por eso ha combinado el cine con el teatro toda su vida, y no ha optado por ninguno en especial. Ha hecho películas por encargo, principalmente para enseñarles como ejecutar el planning a su director de fotografía y camarógrafos, en cambio es en el teatro, en esa convivencia viva, carnal, donde más se siente a gusto.  

En 2001, LaBute escribió y realizó la obra de teatro The Shape of Things, que se estrenó en Londres protagonizada por Paul Rudd y Rachel Weisz. El mismo melodrama lo filmó a los dos años sin cambiar de elenco, Rachel Weisz,  Paul Rudd,  Gretchen Mol y  Frederick Weller.  La historia se desarrolla en un rústico pueblito universitario del oeste yankee, y la conforman cuatro jóvenes estudiantes que involucran en una relación sentimental y emocional sus cuatro pareceres entre ellos, objetando con dureza y sin razón aparente la naturaleza del arte, y los extremos a los que el ser humano está dispuesto a sacrificar por amor. El personaje de Weisz manipula al de Rudd para éste modifique su conducta emotiva dejando a un lado a los otros dos para convertirlo en un sujeto atractivo exclusivamente para ella. La Weisz finge enamorarse de Rudd, lo que provoca una petición de matrimonio, con lo cual lo expone cruelmente y lo humilla a vista y paciencia de todos, anunciando posteriormente que esta emboscada con Rudd  ha sido simplemente un proyecto de arte para su tesis de maestría. Escrito como está, parecería que LaBute enciende la llama de su mejor cine polémico y crítico con una lacerante visión sobre la manipulación y la superficialidad que encierra el amor de la mano con el arte en la sociedad moderna. Wilde escribió en El retrato de Dorian Gray. Detrás de todo aquello que derrama dulzura y exquisitez siempre hubo algo trágico. Quizá la definición sea la más perfecta para acuñar el núcleo existencial de The Shape of Things. Neil LaBute es un sujeto cinematográficamente insurgente en la temática del melodrama, porque es hiriente es cuestiones básicas que son precisamente las que sirven que el ser humano pueda relacionarse entre sí. LaBute junto a Todd Solondz, Wes Anderson, y el inteligentísimo Alexander Payne, se empecinan en hacer observar la hipocresía y la envoltura renegrida que contiene a la sociedad actual, donde las apariencias de apenas un instante de felicidad rechazan la verdad que nos circunda. LaBute siempre le da la perspectiva de su pérfida mirada hacia la antítesis de la felicidad y el desengaño. Y la realidad que exhibe LaBute en este film no lo podríamos comprender en su verdadera dimensionalidad sin esta tendencia de la sociedad moderna por la perfección, inculcada de valores que se proyectan desde los medios de comunicación hacia la obsesión por la imagen, por el exterior, donde el aspecto físico es lo fundamental. Una sociedad donde el culto al hedonismo y al narcisismo son valores que se imponen, mientras las carencias afectivas y de personalidad se remedian con la manipulación. El hombre de hoy en día –mujer incluida- se ha visto transformado y transportado, sin tener la menor idea del porqué, en un metafórico producto seductor e irresistible que lamentablemente –al no tener la capacidad de auto-inspeccionase y al actuar por patrones y modas- esconde un confite con sabor a detrito. Es dentro de esta circunstancia medio intrincada donde la película de LaBute se consuma como una despectiva comedia negra que se mezcla en proporciones dispares  con una insalubre sátira sobre la insuficiencia de la conducta, la mansedumbre del romance deseado, la desvergüenza del comportamiento artístico, y un pancista tejemaneje de las sensibilidades emotivas en favor de la satisfacción personal, donde se abstraen sentimientos y arte. Y no es el manifiesto misógino que se podía esperar de un provocador LaBute, sino que, dentro del terreno estético y el intimista, es una escandalosa arenga sobre el apetito emocional, el desgano moral y un poderoso vigor social que mueve sin ton ni son a una sociedad que mendiga belleza y perfección como justificación de la felicidad que proponen los moldes modernos. En definitiva, estamos encarcelados en la tremebunda superficialidad de la sociedad del marketing –eso que crearon los yankees para dominar a los tontos del mundo-  de los axiomas erráticos de la TV, del mensaje único e institucional que esclaviza a una feligresía mediática mediocre, convirtiéndola en feliz aglomeración de ignorantes. Ozu, el gran director japonés decía que la TV es para los estúpidos, y no se equivocó. En este ejercicio de arisques digno del mejor Kohler, LaBute subraya de agridulce sarcasmo la supuesta historia de amor Adam y Evelyn que ya hemos adelantado -Paul Rudd y Rachel Weisz, ambos de muy buena interpretación- dos jóvenes que se conocen en una galería de arte e inician una relación de pareja que hacen dudar a  Jenny y Phillip -la dulce Gretchen Mol y el caradura Paul Webber, secundando bien a los protagónicos- ambos amigos de Adam. Todos estarán expuestos a una evolución emocional y física de consecuencias imprevisibles. LaBute indaga en la confrontación de los conflictivos deseos humanos afines a las ansias de libertad y de correspondencia, a la pretensión de amor que deviene de la siempre peligrosa noción de toda seducción que, en el fondo, es sumamente codiciosa y despiadada. Un juego de plagado de maldad, proveedor del dolor más irreverente. Con esta premisa, LaBute imbuye de pesimismo una historia que tiene como centro de atención el engaño que es, en realidad, el amor. La manipulación al cambiar los hábitos, los gustos e incluso el temperamento para complacer a la pareja, privándolos así de lo vital de la esencia humana: la libertad. LaBute utiliza el arte, la obsesión de los creadores por la excelencia, y la belleza esteticista, para que nos enteremos de sus diversas reglas artísticas, y así trazar una exagerada hipótesis sobre las condicionantes pero endebles estructuras de la mentira, de un horror automatizado aparentemente perfecto pero que se descorcha como una homilía sobre la ignominia y las apariencias, dándonos a entender que los sueños y deseos que se hacen realidad bifurcan a las personas en arrogantes y estúpidas, sumergiéndolas en una burbuja de falsedad que algunos conceptúan como felicidad. LaBute dictamina así el amor como asilo de las diversas inseguridades personales, que acaban por eliminar lo individual del hombre para subyugarlo a la adulteración como artilugio de lo artístico. La eficacia del film puede deberse a como el arte es la apreciación subjetiva de algo, a priori, objetivo, que más allá de su representación estética tiene un significado. Como la acertada visión de LaBute sobre las relaciones humanas. Por eso, esa forma de las cosas del título original, la grafía de su arte, se torna utilitarista al tomar como cimentación de la cinta al propio hombre en manos de una mujer manipuladora, llena de pretensiones intelectuales e inspiración en la metáfora que supone la jaquear la cotidianeidad de tres vidas aburridas y sin pasión -el modelo que la sociedad tiene como normales- cuya esencia final destapa la verdad interior de todos y cada uno de ellos ante la prepotencia de una persona que habla de amor, pero que lo utiliza como praxis experimental en la que todo vale por demostrar que en la investigación pasional cuasi científica también existe el arte. Para terminar, es la desacertada propuesta teórica distante del mundo real, enmarcada en un irremediable entorno teatral, el impedimento que no deja a The Shape of Things rozar la categoría de una  obra maestra del descaro humano, y la confusión de la utilizada sociedad que, sin embargo, alcanza su apoteosis de bestialidad en un desenlace lleno malas formas, de violencia verbal enfocada a la imbecilidad, y al enamoramiento humano, al manejo recíproco o unipersonal al que se entregan las parejas de enamorados, a la superioridad en las relaciones de amistad que esconden bajo una absurda apariencia de estabilidad y felicidad el único y genuino sentido del fariseísmo y la pamplina. Buen film de LaBute aunque su pretensión por el modelo consumista y excluyente discrepo. Todos los seres humanos somos iguales, y tenemos derecho a pensar y sentir como mejor nos parezca, aunque esta toma de decisiones puedan no estar acordes a la moda o a la realidad. Nuestra libertad es la libertad de todos.