Se arguye que en todo el
mundo se cuecen habas -si nos pasa algo malo o creemos que observamos alguna
injusticia, no pensemos que sólo nos pasa a nosotros, sino que en cualquier
lugar de la tierra suele suceder lo mismo- y este dicho le cae como anillo al
dedo al realizador yankee Neil LaBute, también guionista y especialmente
dramaturgo. Sus obras son normalmente sucintas, rítmicas y sobretodo de un
amplio espectro coloquial. Su estilo se asemeja con uno de sus dramaturgos más
admirados y estudiados, David Mamet. LaBute incluso comparte temáticas análogas
con su compatriota incluyendo las relaciones de género, la corrección política,
y la masculinidad. Y, justamente quería hacer esa comparación del dicho
español, con el desarrollo de la filmografía de LaBute –no con la de Mamet por
todos conocida- ya que en sus ocho films que ha rodado hasta la fecha el yankee
ha pensado que ha hecho meritorios esfuerzos, y salvando el contenido de su
ópera prima In the Company of Men –hizo debutar a Aaron Eckhart, y ganó
como mejor director en Sundance- y el film que comentaremos hoy, The
Shape of Things o Por amor al arte, sus demás películas –no son malas
salvo la que hizo con Nicolas Cage- sino incompletas para ponerle un término
elegante y no ofensivo. Quizá su apego por empezar como dramaturgo con obras
que transmitía lo que es aceptable en la universidad conservadora religiosa, tuvo
alguna malinterpretación en su propia conducta de pasar del teatro al cine,
cosa que le ha pasado a miles de potenciales creadores de guiones con buenas
intenciones, pero lo que más le dolió seguramente a LaBute es que algunas de
las puestas en escena en el teatro fueran cerradas luego de sus estrenos y
críticas. Sin embargo, LaBute también fue honrado y salvó algunas nueces, como
uno de los más prometedores estudiantes de dramaturgia en los premios anuales
de la Universidad de Brigham Young, pasando luego a la Universidad de Kansas,
la Universidad de Nueva York, y la Royal Academy de Londres para realizar
algunos –no todos- estudios de postgrado
sobre su pasión. Pero, cuando logró observar el film La peau douce de Francois
Truffaut (1964), una cinta menor del francés pero llena de intenciones y
diálogos melodramáticos –un sujeto abandona a su mujer con una niña de 09 años,
para caer en manos de otra, y luego enfrentarse cara a cara con la reflexión y todos
los avatares que conlleva el arrepentimiento- lo que lo enamora es la narrativa
de Truffaut y sus formas de plantear los argumentos con soltada profundidad. Es
ahí, junto a Truffaut, que LaBute, aborda sin importarle mucho las formas -lo cual
es un error- un tipo de cine en donde sus personajes son presas de alarmantes
actuaciones donde tanto hombres y mujeres se enfrentan constantemente a
situaciones de conflicto, que ellos mismos crean, pero plagado de acechanzas y
zancadillas morales. LaBute acierta en algunos films y en otros se le va
simplemente de las manos el mensaje, o quizá se distorsionan y/o suenan
desentonados. Para un director que quiere filmar lo trágico o cómico –en los
extremos que se les quiera colocar a seres humanos- tiene que amar su cámara,
porque a través del dominio de la misma es donde va a encontrar lo que busca.
LaBute era un amante del ser humano, por eso ha combinado el cine con el teatro
toda su vida, y no ha optado por ninguno en especial. Ha hecho películas por
encargo, principalmente para enseñarles como ejecutar el planning a su director de fotografía y
camarógrafos, en cambio es en el teatro, en esa convivencia viva, carnal, donde
más se siente a gusto.
En 2001, LaBute escribió y realizó
la obra de teatro The Shape of Things, que se estrenó en Londres protagonizada
por Paul Rudd y Rachel Weisz. El mismo melodrama lo filmó a los dos años sin
cambiar de elenco, Rachel Weisz, Paul
Rudd, Gretchen Mol y Frederick Weller. La historia se desarrolla en un rústico pueblito
universitario del oeste yankee, y la conforman cuatro jóvenes estudiantes que involucran en
una relación sentimental y emocional sus cuatro pareceres entre ellos, objetando
con dureza y sin razón aparente la naturaleza del arte, y los extremos a los
que el ser humano está dispuesto a sacrificar por amor. El personaje de Weisz
manipula al de Rudd para éste modifique su conducta emotiva dejando a un lado a
los otros dos para convertirlo en un sujeto atractivo exclusivamente para ella.
La Weisz finge enamorarse de Rudd, lo que provoca una petición de matrimonio,
con lo cual lo expone cruelmente y lo humilla a vista y paciencia de todos,
anunciando posteriormente que esta emboscada con Rudd ha sido simplemente un proyecto de arte para su
tesis de maestría. Escrito como está, parecería que LaBute enciende la llama de
su mejor cine polémico y crítico con una lacerante visión sobre la manipulación
y la superficialidad que encierra el amor de la mano con el arte en la sociedad
moderna. Wilde escribió en El retrato de Dorian Gray. Detrás
de todo aquello que derrama dulzura y exquisitez siempre hubo algo trágico.
Quizá la definición sea la más perfecta para acuñar el núcleo existencial de The
Shape of Things. Neil LaBute es un sujeto cinematográficamente insurgente
en la temática del melodrama, porque es hiriente es cuestiones básicas que son
precisamente las que sirven que el ser humano pueda relacionarse entre sí.
LaBute junto a Todd Solondz, Wes Anderson, y el inteligentísimo Alexander Payne,
se empecinan en hacer observar la hipocresía y la envoltura renegrida que
contiene a la sociedad actual, donde las apariencias de apenas un instante de felicidad
rechazan la verdad que nos circunda. LaBute siempre le da la perspectiva de su
pérfida mirada hacia la antítesis de la felicidad y el desengaño. Y la realidad
que exhibe LaBute en este film no lo podríamos comprender en su verdadera
dimensionalidad sin esta tendencia de la sociedad moderna por la perfección,
inculcada de valores que se proyectan desde los medios de comunicación hacia la
obsesión por la imagen, por el exterior, donde el aspecto físico es lo
fundamental. Una sociedad donde el culto al hedonismo y al narcisismo son
valores que se imponen, mientras las carencias afectivas y de personalidad se remedian
con la manipulación. El hombre de hoy en día –mujer incluida- se ha visto
transformado y transportado, sin tener la menor idea del porqué, en un
metafórico producto seductor e irresistible que lamentablemente –al no tener la
capacidad de auto-inspeccionase y al actuar por patrones y modas- esconde un
confite con sabor a detrito. Es dentro de esta circunstancia medio intrincada
donde la película de LaBute se consuma como una despectiva comedia negra que se
mezcla en proporciones dispares con una
insalubre sátira sobre la insuficiencia de la conducta, la mansedumbre del
romance deseado, la desvergüenza del comportamiento artístico, y un pancista tejemaneje
de las sensibilidades emotivas en favor de la satisfacción personal, donde se
abstraen sentimientos y arte. Y no es el manifiesto misógino que se podía
esperar de un provocador LaBute, sino que, dentro del terreno estético y el
intimista, es una escandalosa arenga sobre el apetito emocional, el desgano moral
y un poderoso vigor social que mueve sin ton ni son a una sociedad que mendiga
belleza y perfección como justificación de la felicidad que proponen los moldes
modernos. En definitiva, estamos encarcelados en la tremebunda superficialidad
de la sociedad del marketing –eso que crearon los yankees para dominar a los
tontos del mundo- de los axiomas erráticos
de la TV, del mensaje único e institucional que esclaviza a una feligresía
mediática mediocre, convirtiéndola en feliz aglomeración de ignorantes. Ozu, el
gran director japonés decía que la TV es para los estúpidos, y no se equivocó. En
este ejercicio de arisques digno del mejor Kohler, LaBute subraya de agridulce
sarcasmo la supuesta historia de amor Adam y Evelyn que ya hemos adelantado -Paul
Rudd y Rachel Weisz, ambos de muy buena interpretación- dos jóvenes que se
conocen en una galería de arte e inician una relación de pareja que hacen dudar
a Jenny y Phillip -la dulce Gretchen Mol
y el caradura Paul Webber, secundando bien a los protagónicos- ambos amigos de
Adam. Todos estarán expuestos a una evolución emocional y física de
consecuencias imprevisibles. LaBute indaga en la confrontación de los
conflictivos deseos humanos afines a las ansias de libertad y de
correspondencia, a la pretensión de amor que deviene de la siempre peligrosa
noción de toda seducción que, en el fondo, es sumamente codiciosa y despiadada.
Un juego de plagado de maldad, proveedor del dolor más irreverente. Con esta
premisa, LaBute imbuye de pesimismo una historia que tiene como centro de
atención el engaño que es, en realidad, el amor. La manipulación al cambiar los
hábitos, los gustos e incluso el temperamento para complacer a la pareja, privándolos
así de lo vital de la esencia humana: la libertad. LaBute utiliza el arte,
la obsesión de los creadores por la excelencia, y la belleza esteticista, para
que nos enteremos de sus diversas reglas artísticas, y así trazar una exagerada
hipótesis sobre las condicionantes pero endebles estructuras de la mentira, de
un horror automatizado aparentemente perfecto pero que se descorcha como una homilía
sobre la ignominia y las apariencias, dándonos a entender que los sueños y deseos
que se hacen realidad bifurcan a las personas en arrogantes y estúpidas,
sumergiéndolas en una burbuja de falsedad que algunos conceptúan como felicidad.
LaBute dictamina así el amor como asilo de las diversas inseguridades
personales, que acaban por eliminar lo individual del hombre para subyugarlo a la adulteración
como artilugio de lo artístico. La eficacia del film puede deberse a
como el arte es la apreciación subjetiva de algo, a priori, objetivo, que más
allá de su representación estética tiene un significado. Como la acertada
visión de LaBute sobre las relaciones humanas. Por eso, esa forma de las cosas
del título original, la grafía de su arte, se torna utilitarista al tomar como
cimentación de la cinta al propio hombre en manos de una mujer manipuladora,
llena de pretensiones intelectuales e inspiración en la metáfora que supone la jaquear
la cotidianeidad de tres vidas aburridas y sin pasión -el modelo que la
sociedad tiene como normales- cuya esencia final destapa la verdad interior de
todos y cada uno de ellos ante la prepotencia de una persona que habla de amor,
pero que lo utiliza como praxis experimental en la que todo vale por demostrar
que en la investigación pasional cuasi científica también existe el arte. Para
terminar, es la desacertada propuesta teórica distante del mundo real, enmarcada
en un irremediable entorno teatral, el impedimento que no deja a The
Shape of Things rozar la categoría de una obra maestra del descaro humano, y la
confusión de la utilizada sociedad que, sin embargo, alcanza su apoteosis de
bestialidad en un desenlace lleno malas formas, de violencia verbal enfocada a
la imbecilidad, y al enamoramiento humano, al manejo recíproco o unipersonal al
que se entregan las parejas de enamorados, a la superioridad en las relaciones
de amistad que esconden bajo una absurda apariencia de estabilidad y felicidad
el único y genuino sentido del fariseísmo y la pamplina. Buen film de LaBute
aunque su pretensión por el modelo consumista y excluyente discrepo. Todos los
seres humanos somos iguales, y tenemos derecho a pensar y sentir como mejor nos
parezca, aunque esta toma de decisiones puedan no estar acordes a la moda o a
la realidad. Nuestra libertad es la libertad de todos.












































