martes, 4 de diciembre de 2012

“Curvas de la vida”, Lorenz : lejos de un jonrón.










































Redundar en la categoría que ostenta Clint Eastwood tanto en su faceta de cineasta como de actor sería volver a tener que desarrollar puros halagos, señalando con firmeza que es uno de los mejores directores del cine clásico de la modernidad, así como también un actor cuya veteranía le ha concedido sus mejores interpretaciones. Le creímos cuando le señaló al mundo que no volvería a actuar luego de la formidable Gran Torino, y nos sorprende torciendo su palabra –es un tema que tendrá que arreglar con su almohada- pero no nuestras expectativas como seguidores de  un sujeto tan especial.  Otra novedad que bien vale recordar es que el último realizador que tuvo el honor de dirigirlo fue Wolfgang Petersen en esa muy buena película titulada In the Line of Fire, ya pasados 21 años, donde junto a John Malkovich y Rene Russo, un Eastwood sesentón, hace de guardaespaldas de Kennedy. En Trouble with the Curve o Curvas de la vida, la honra recae en Robert Lorenz, un ayudante de  dirección del maestro desde los años noventa, y a quien la productora Malpaso le concede la gran oportunidad de debutar dirigiendo a una leyenda viviente. Lorenz le imprime el mismo tono al personaje que Clint Eastwood tuvo en Gran Torino, ese adorable viejo cascarrabias que nos dice adiós inclusive arriesgando su vida, y muriendo en defensa de dos hermanos asiáticos. También lo hizo en el film Million Dollar Baby, como entrenador de boxeo, donde se llevó varios Oscars, pero no como mejor intérprete. El maestro no ha sido un gran actor en sus años mozos, pero ha mejorado ya entrado en años, en films –además de los nombrados- como The Bridges of Madison County, Unforgiven o White Hunter, Black Heart. Hay un ligero parecido con su colega Woody Allen, quien realmente si se lo hubiera propuesto lo hubiese logrado. Ambos nunca arriesgaron demasiado, como sí lo hicieron atrás de cámaras. De cierto modo, Trouble with the Curve es la contraposición de la película Moneyball de Bennett Miller, que estuvo nominada por la Academia el pasado año. Es una propuesta acerca del deporte del beisbol. En la cinta de Miller se evidenciaba la evolución de éste deporte a través de un método estadístico sobre el rendimiento óptimo de los jugadores, Lorenz opaca esa premisa, y lo que hace es realzar el modelo  tradicional, o lo que es lo mismo, que prime la experiencia de los años y no las matemáticas como factores de medición de la eficacia.  De esta manera, un veterano buscador de talentos jóvenes observa como sus conocimientos perceptivos chocan con los de un ambicioso compañero de trabajo quien acude al sistema estadístico para la valoración de un bateador.  Aun cuando el método pueda ser atractivo para los jefes de Gus -Clint Eastwood- éste recorre diversas ciudades donde se presenta una posible estrella del beisbol, siempre mostrándose dubitativo cuando lo ve entrar en acción. El chico le pega a los lanzamientos cuando estos vienen en línea recta, y tiene muchas dificultades cuando la pelota es lanzada en línea curva.  Gus tiene serios problemas de visión aunque tiene un oído privilegiad, pero la dificultad mayor se encuentra en la relación con su hija -Amy Adams- una brillante abogada a punto de ser socia de un gran buffet, que tiene algún tipo de indiferencia para con su padre, porque éste la abandonó cuando niña dos veces, y el tiempo que estaba con Gus, lo tenía que pasar junto al beisbol. Lorenz opta por lo que hubiera hecho su maestro, e impone lo tradicional, filmando de manera correcta -se nota muchísimo en el rodaje, el uso de los tiempos y el espacio de Eastwood- una película menor aunque entretenida, pero previsible. Lorenz sabe que el beisbol es un 50% de la película, y la otra mitad lo que significan las relaciones entre padre e hija. El inconveniente es que no tiene la experiencia de Eastwood para separar las cosas, ordenarlas, y narrarlas con intensidad, y sin que la cadencia y el ritmo se caigan en algunos enlaces en el montaje. La relación de Gus con su hija es complicada, la madre falleció cuando ella tenía seis años. Las idas y vueltas se dan por la impericia en la comunicación entre ambos, que se ve salpicada por la sensación de abandono que siempre sostuvo ella. La admiración hacia su padre es evidente, tomando en herencia la pasión por un deporte que él ama. Lo que empieza siendo como un forzado enfrentamiento, poco a poco se va decantando –ella por la salud de su padre, y él por el amor que le tuvo a su esposa sumado el arrepentimiento- y acaba siendo una tibia reconciliación, aunque les cueste mucho esfuerzo exponer sus diferencias y tolerarlas. Ella deja su prometedor ascenso por su padre, y lo sigue en su trabajo de cazador de talentos. Una historia predecible en desarrollo y desenlace, como la relación romántica que mantiene con un joven busca talentos como su padre –Justin Timberlake- quien coincidentemente -otra gruesa falla del guión- piensa que le debe todo lo que ha sido a Gus, pero que por fatales consecuencias físicas acabó con su sueño. No se define con exactitud la relación, y la elipsis narrativa no es la más apropiada. Lo que predomina es un cine rodado con mucho del estilo de filmar de Eastwood, pero se distancia más que acercársele. La forma del relato es totalmente convencional, pero eso no nos molesta, por tres elementos que levantan y equiparan el film, primero, la presencia y lo que hace Clint Eastwood, segundo la excepcional empatía entre Eastwood y Adams, y la solvencia de Adams y en menor grado la de Timberlake. En la puesta en escena se notan diseños de producción sencillos, una BSO que no presiona ni redondea el film, y una edición de sonido bastante normal. Eso no significa que sea un film de baja calidad ni malo, es lo suficientemente entretenido por estos tres factores que lo compensan todo. Pero si en algo acierta el debutante Lorenz, es en su reflexión acerca de la vejez y el paso del tiempo. Gus rehúsa perder su trabajo en un mundo que lo empañó por completo. No se atreve a aceptar su impotencia, aunque su visibilidad se diluya por un defecto borroso. No rechaza el adaptarse a los nuevos tiempos, sigue leyendo el periódico, aunque tenga que utilizar a escondidas una lupa. El miedo a afrontar la vejez se palpa, el aferrarse a una vida tradicional como si nada hubiera cambiado, como si su rostro no se viera envejecido por las arrugas, aunque las vea de manera irremediable cuando se mira al espejo. Lorenz -al margen de la parte romántica donde la pifia- acierta en el tratamiento que le da a la relación entre padre e hija, dos mundos diferentes, pero que se aman sin decírselo aunque llega algo tarde, pero lo trascendente es que llega. Esa es una lección que la mayoría deberíamos tener los seres humanos con nuestros padres. Amarlos y mimarlos cuando estén viejitos sin abandonarlos, como pasa comúnmente. Finalmente, Eastwood le tira el guante a Lorenz, éste lo aprovecha a medias aunque tiene que trabajar mucho más para poder tener el poder narrativo de su maestro. El problema de esta película –así pongan al mejor director de hollywood- es que Eastwood es un actor limitado, pero posee una apariencia o empaque deslumbrantes, que opaca lo que sea, y a quien se le ponga en frente. Mucho churrasco para tan poco arroz y papas. Vale la pena como un divertimento sano, y por supuesto, para ver a un ícono de la historia de la cinematografía, gruñendo de todo, pero siempre acertando y lanzando -no bolas de beisbol- sino mensajes sumamente inteligentes.