miércoles, 22 de febrero de 2012

“La invención de Hugo Cabret”, Scorsese desnuda mágicamente sus sentimientos.








































La invención de Hugo Cabret o Hugo es un film que a primera vista nadie podría afirmar que quien lidera su realización sea Martin Scorsese. El mejor cineasta norteamericano de los ochenta fue uno de los pocos -y no han existido muchos- que con el transcurrir del tiempo mantuvo intacto su temperamento así como su intensidad en un contexto de eclecticismos y medianías. Scorsese conservó -bajo el absurdo imperativo de críticas ciegas- su radicalismo por un cine esencial, distante de los oportunismos que se devoraban el medio. Tuvo la paciencia casi eterna de esperar ese Oscar que no llegaba -él lo deseaba, y lo ganó a su estilo y sin discusiones- pero a la vez intentó un rejuvenecimiento de sus formas para experimentar un cine que produjo el mismo sentimiento en él como lo hacía su inmenso corazón de cinéfilo empedernido, borracho de observar e investigar película tras película observada nuevas fórmulas y sensaciones hasta descubrir que era la hora de hacer algo que le saliese con el mismísimo amor de ese fanático de la mejor cinematografía de todos los tiempos. Y fíjense que en ningún momento -ni aún en los más sombríos de su trayectoria- Scorsese perdió la fe ni se resignó a encontrar ese camino por el que jamás había transitado, y que estaba siempre listo a hacerlo a pesar de sus años. ¿¿Scorsese metido en el cine de aventuras, el fantástico o el puramente familiar?? No me extraña de manera alguna. Se han sucedido modas, ídolos de barro, sorpresas manipuladas, cine para bobos, impertinencias de todo tipo, y mientras muchos pensaban que su carrera se venía en picada, Scorsese se daba el lujo de hacer notables documentales, y una película que sorprendió a todos: La isla siniestra. Este hombre que se considera más cinéfilo que cineasta, que ha dicho en decenas de foros que hay que unirnos todos para salvar la naturaleza del cine, que tuvo la decencia de señalar que no hay nada nuevo bajo el sol de la cinematografía, hoy -a muy pocos días de los premios que otorga la Academia- nos llena de la más tierna de las emotividades con una formidable película donde escoge jugarse todo su prestigio en un género no acostumbrado, totalmente ajeno al de sus buenos tiempos: el de las aventuras infantiles pero sumando la técnica más sofisticada, esa que arrastra la última generación, y que parece llevarse al mundo por delante. Y quizá -yo tengo discrepancias que trataré de explicar- lo más grandioso de este proyecto resulta ser -en su última parte- un medular homenaje al gran realizador francés Georges Méliés, realizado con un cariño encomiable hacia la profesión. Es verdad que hay un film maravilloso como El artista -ganará el Oscar a mejor film- que abarca mucho más de profundidad histórica de lo que nos puede brindar esta nueva versión Scorsese, pero la diferencia es que el yankee lo ofrece en una envoltura que parece aprisionar un cuento de infantes, una inocente fábula que dentro de otra, expresa su admiración por un hombre olvidado -al que el cine le debía mucho- y también por la ciudad del país que lo vio nacer. Scorsese se destapa y libera con una dirección impensada, estupenda en su estética y su expresión artística, un espejo de su propia vida y sufrimientos -algo que no hace cualquiera- una tarea pendiente, hoy felizmente cumplida. En la puesta en escena, una BSO que parece un algoritmo matemático -el Oscar debe estar esperandola a menos que la belleza de las partituras de El artista se oponga- una dirección artística que crece de escena en escena, y que seguramente se llevará el Oscar, un sonido que en su conjunto -edición y mezcla- es una delicia para nuestros oídos -también con olor a Oscar- unos increíbles efectos visuales que acarician nuestras retinas -otro Oscar en marcha sin duda- y una fotografía que a pesar de su gran dependencia tecnológica resulta fascinante, y que debería ser premiada por la Academia. El guión estricto y sólido -jamás extraviado- y la combinación de diferentes tipos de actores cuyos matices sí articula con propiedad el maestro, hacen del film una experiencia imperdible, inolvidable por momentos. Pero, ¿¿ Cual es el fallo que observo en el film?? No logra entrelazar de manera consistente en su narrativa -aparentemente perfecta- el transvase de la historia de Hugo y sus conflictos, al homenaje a Méliés. Allí Scorsese parece apresurarse en pasar de una secuencia a otra, de una película a otra, de un estado de ánimo a otro -que lo supera- de una narrativa caliente a una que hierve y conmueve a los cinéfilos, pero no al espectador común, en su mayoría niños y adolescentes. Incluso el 3D -quizá el instrumento mejor utilizado del film- que era espectacular en la trama triste y melancólica de Hugo, pierde calidades cuando Méliés toma el escenario y le cambia la cara a la trama. La simultaneidad de lo moderno no puede emparejarse con lo clásico, y eso se siente con intensidad. ¿¿Y donde es que empieza el cambio?? Como de costumbre, el manejo que Scorsese impone a la dimensionalidad moral del film -el Méliés de la tienda- cauces perturbadores. La emoción pasa a ser manejada solo para unos cientos que entendemos de cine, y no para todos los que estaban atentos a la resolución de la historia de Hugo y el robot. Esa sombría violencia encubierta y socrática con que un Méliés fracasado trata a Hugo Cabret parece perturbar al niño y afirmarlo al genio como un personaje desalmado. Entonces, Scorsese no vincula seductoramente -el autómata no es suficiente- esa pequeña brecha que le queda para convertirlo en un Méliés bonachón, mágico como en sus películas. Ahí -a pesar del maravilloso homenaje- es donde Hugo Cabret (alias Martin Scorsese) desaparece de la trama para que sea Méliés -un total desconocido- quien tome las riendas hasta el previsible desenlace..… Hay que ver esta película -en 3D y subtitulada- para disfrutarla como se debe. La historia no tiene desperdicio porque unida al 3D se convierte en acogedora, en un relato que entretiene y que suma una sorprendente hechura técnica. Finalmente, estas cosas podrían restarle chances para el Oscar a mejor película -seguramente también para mejor director- ya que la Academia no se maneja como lo hacen el Golden Globe y el SAG, pero creo que lo que verdaderamente le importa hoy a este Martin Scorsese (alias Hugo Cabret) es que ha hecho una obra personalísima donde ha volcado todas sus experiencias como cinéfilo y cineasta, y ha podido gritarle al mundo que a su edad todavía se puede intentar y lograr un desafiante golpe de timón y de géneros. Scorsese tiene el alma de un niño y la fortaleza de un joven para seguir dando batalla. Es una gran noticia ¿¿Premiará la Academia tan estimulante -o escandaloso- desafío?? Esperemos que sí, aunque ya todos sabemos como piensan por allá adentro…… Hay que darle las gracias a Scorsese por este film. Nos devolvió nada menos que la alegría, la emoción, y a George Méliés, un auténtico alquimista de la luz y el retrato frontal.

Voy a tomar unas pequeñas vacaciones de 15 o 20 días -a partir del 24 de Febrero con Diego tanto en Uruguay como en la Argentina, así que estamos en contacto en poco tiempo.

Por otro lado, mis favoritos para el día Domingo 26 en la entrega de los Oscares, con la única duda en mejor actor protagónico, son:

Mejor película: El artista
Mejor director: Michel Hazanavicius
Mejor actor protagónico: Jean Dujardin o George Clooney
Mejor actriz protagónica: Meryl Streep
Mejor actor secundario: Christopher Plummer
Mejor actriz secundaria: Octavia Spencer
Mejor guión original: Midnight in París
Mejor guión adaptado: Los descendientes
Mejor película de habla no inglesa: A Separation
Mejor película animada: Rango

lunes, 20 de febrero de 2012

"Caballo de guerra", el valor de la amistad entre el humano y la bestia.





































Habíamos señalado en la entrada anterior que el gran director norteamericano Steven Spielberg hizo Caballo de guerra o War Horse con la pretensión de hacernos recordar esa magnífica estética irlandesa del gran John Ford cuando éste lograba poner en pantalla aquellas auténticas aventuras costumbristas a través de inolvidables personajes, paisajes o situaciones de una ficción casi realista. También señalamos que uno de sus grandes films -The Quiet Man- pudiera ser la fuente inspiradora que un Spielberg algo inquieto -no descarto algunas películas del viejo oeste, también del viejo Ford- hubiera necesitado para filmar una historia fundamentalmente descriptiva de los años cuarenta y/o cincuenta, donde el cine de Hollywood estaba en su máximo esplendor, exprimiendo lo mejor de la diversidad de géneros. Finalmente, resumíamos que en Caballo de guerra, Spielberg había iniciado su propuesta con suma brillantez, luego la había llevado por un camino temeroso, y que el desenlace era demasiado predecible, algo así como un final al champazo, término que utilizamos los peruanos para expresar que un hecho se ha realizado de cualquier manera, o con descuido…… No creo que Spielberg quiera comparar su talento con el de Ford, o se quiera mutar a la piel e inteligencia del maestro, pero sí creo en los homenajes encubiertos o en aquellos que gozan de plena libertad. Caballos de Guerra es uno de esos tantos guiones de dramas de animales esforzados y querendones que nos hace recordar cuando íbamos de niños al cine de barrio con nuestros padres o tíos, tramas que ya eran en ese entonces un duplicado o transcripción de otros dramas de animales anteriores -se me ocurre Au Hasard Balthazar del francés Bresson-. Y no es un demérito el hacerlo en este nuevo siglo donde abunda la tecnología y la trampa visual. El hecho puntual es que Spielberg sabe lo que le gusta y lo que no a la Academia, y la nominación no se ha hecho esperar. Conoce sus límites y hasta donde puede llegar un planteamiento audaz, es por eso que ha hecho su film como cual sastre conocedor de la tela, el corte y el cliente. Ha utilizado el mensaje de la universalidad, el sonsonete de la burla y el horror de la guerra -que tanto domina- ha sabido como dosificar el drama de Joey -el caballo protagonista- el sentimiento que su dolor impregna, y en la parte técnica ha sido consecuente con la época, haciendo una puesta en escena que galopa a la velocidad y elegancia de Joey, básicamente a través de una excelente fotografía -quizá una de las mejores de todas las películas nominadas- un envidiable diseño de producción, una magnífica BSO que nos envuelve en el transitar de Joey, y un sonido que deslumbra a todos aquellos que tenemos el oído fino. No creo que tenga mucho que agregar al objetivo de este film aunque llama la atención -por lo menos para mí- que Spielberg suela equivocarse en la realización sobre todo cuando pone en acción a su hermosísimo caballo. Una buena película de aventuras, que la disfrutaremos porque no somos insensibles ni a la aflicción humana, y menos a la tortura de un animal, un caballo de esos percherones que va de suplicio en suplicio territorial. Quizá en algo que tiene mucha experiencia Spielberg, los efectos visuales, el film cojee de cierta manera o se note brechas muy puntuales en el montaje, pero que no le quitan el mérito de expresarse de manera humanitaria. La escena de la película es sin duda aquella en donde Joey queda atrapado en un inmenso cepo de alambres con púas. El dolor del animal produce una pequeña tregua -y hasta negociado- entre dos soldados enemigos. Aquella era tierra de nadie y Spielberg logra unos cuantos minutos de paz a través de un consentido caballo trotón que cambia la vida de aquellos que pasan por su vida.