lunes, 30 de abril de 2012

“Lebanon”, prueba de supervivencia y alegato pacifista.









































Desde el prisma de la efectividad emocional, existen muchos films del género bélico que suelen diferenciarse de lo puramente convencional -sumado muchas veces un holgado presupuesto- o lo que es igual un enfrentamiento armado hasta los dientes, y aquellos que saben acomodarse -con recursos justos- dentro de un terreno argumental que apuntala lo estrictamente individualista. En el caso de la película israelita Lebanon, y tratándose de un proyecto que recoge una experiencia autobiográfica de su guionista y realizador, Samuel Maoz -estuvo presente en la primera guerra entre Israel y el Líbano en 1982 como soldado y con 20 años de edad- era predecible que la cinta aspirara a un fortísimo compromiso con el drama extremo del ser humano que encerraba tanto una prueba de supervivencia como un alegato pacifista, representada por cuatro jóvenes sin pericia alguna, metidos en el interior de un tanque anti-técnico, y que fueron embutidos y/o engañados a formar parte de una guerra que no los interpretaba, y en la que tenían mucho que perder y nada por ganar. Lebanon es un ejercicio vital de la libertad de decidir y accionar por voluntad propia. Me impactó lo que dijo el cineasta israelí cuando le entregaban el máximo galardón en el festival de Venecia: quiero dedicar el premio a las miles de personas en el mundo que retornan de una guerra, como yo, aparentemente bien, que se casan y pueden tener hijos, pero que sus almas permanecen vacías. Desgraciadamente, es una gran verdad la que afirmó Maoz, y los que hayan podido apreciar la cinta no pueden evitar hacerse parte de ese dolor tan  profundo, de una agonía permanente, y del feroz colapso de los ideales -no descritos en el film pero que todos reconocemos- que significó ese trance para toda una generación de jóvenes de los años ochenta. Y no es porque la mirada de Maoz sea neutra o desapegada de los intereses de su país, ni porque el no haya querido excluirse de la tragedia. La verdadera razón es que Maoz tiene la suficiente entereza moral para deshacerse de prejuicios y construir con la intimidad de su propia guerra un notable y sencillo estilismo narrativo que entrelaza a través de su verdad una historia de “guerras espirituales” que denota una receptividad totalmente activa y plagada de excepcionales escenas de tensión y reacciones dubitativas. No hay factores distanciadores en esta propuesta antibélica, sí algunas observaciones simplistas y hasta previsibles, pero el formato en que nos encarcela Maoz -el mismísimo interior del tanque donde se movilizan los cuatro novatos- se decanta en original y provocador. El cineasta israelí hace de la claustrofobia una atmósfera letal. La mira telescópica y periférica del tanque son nuestros ojos para con el exterior, y está utilizada con una limpieza cinematográfica gratificante. Maoz tiene la capacidad de poner el acento no en lo que acontece fuera del tanque, es más, es razonable lo que va a suceder allí. Lo que interesa es lo que está sucediendo adentro mientras las órdenes de los superiores terminan por ser letra muerta. Le sobra penetración en describir los sentimientos -de admiración, compañerismo y hasta choque- de cuatro muchachos confundidos por una realidad que parecía una simple verificación de rutina, pero que con el transcurrir de las horas se transforma en una brutal sucesión de imprevistos, en una pesadilla constante. Lejos de un patriotismo sensiblero, de un antimilitarismo machacón, o del pacifismo políticamente correcto, Lebanon triunfa en la contradicción de sus emociones, en el desarrollo de sus personajes, en la lógica ambigüedad de sus interrogantes, en la dimensión minimalista de sus conjeturas y en la proyección de su mensaje plagado de neutralidad. Magnífica película para disfrutarla y reflexionar lo desgarrador que resulta a veces no enfrentarse con el enemigo sino con uno mismo. 

jueves, 26 de abril de 2012

“El árbol de la vida”, sublimación visual de la creación, la evolución y la muerte.





















































Terrence Malick -un amante enardecido de la filosofía y la cosmología- es de aquellos artistas que se dedican a la cinematografía bajo un perfil estilístico incomparable. Un dato interesante que quizá sirva para describir la personalidad del yankee es que en 38 años haya realizado solamente cinco films. Este hecho le ha sido suficiente al texano para conquistar -tal como lo hiciera la dificultosa extravagancia de David Lynch en su momento- a un público prosélito a través de un universo fílmico único y de singular belleza. En su primer film, Badlands (1973) ataca con pulcritud visual a la crónica negra habitual pero buscándole el costado de la reflexión lírica y panteísta sobre la preciosidad de ese tipo de mundo. La BSO que elige para este film es verdaderamente inaudita -una gymnopedie del francés Erik Satie- y de una iconografía influenciada notoriamente por el variado espectro de la pintura norteamericana, típica por darle sentido inequívoco a la indiferencia de sus personajes. El cineasta utiliza en todas sus cintas el recurso del sonido en off con naturalidad descriptiva y tomista. En su segunda cinta, Days of Heaven (1979) Malick vuelve a mostrarse pensativo -otra vez bajo el escenario de la intriga criminal- pero esta vez sumando con prolijidad la amplitud de imagen, la música inspiradora de Morricone y la restauración histórica, este último elemento bajo la dirección fotográfica del español Néstor Almendros, quien no sólo contrapone maravillosamente el intenso marrón de la ciudad al dorado de los paisajes o contrastes de iluminación infrecuentes, sino que logró llevarse un Oscar por este trabajo. En sus dos siguientes películas, Malick progresa con mayor evidencia hacia la meditación mística esparciendo su talento con la mirada fija en la confrontación entre la irracionalidad del ser humano y el nítido esplendor de la naturaleza. En The Thin Red Line (1998) desarrolla una narrativa coral de lo que para él significa el sentido de una guerra -la BSO de Hans Zimmer y la fotografía de John Toll son inolvidables- dándole otra dimensionalidad al género bélico. Luego, en The New World (2005) el cineasta reconstruye el episodio norteamericano sobre la historia de amor entre Pocahontas y John Smith, en una versión llena de imágenes contemplativas. En ambos films, Malick sorprende hábilmente con un estilismo engañoso que aparenta su forma de enfocar lo legendario. Suprime sistemáticamente aquellas escenas de acción que normalmente esperamos, o los diálogos explicativos siempre urgentes, para perfeccionar -a modo de melodía- instantes de cavilación, con aquello que da forma a una desconcertante epopeya inversa, pero que seduce por el sortilegio de sus imágenes. Poeta visual sería una descripción sin desperdicio para Malick.

En el caso de su último y personalísimo film The Tree of the Live o El árbol de la vida -sin duda el más controvertido- vuelve a su lirismo sin prejuicios, a desafiar si nuestra capacidad de asombro con su endiablada emotividad intelectual de transmisión sensitiva de imágenes tan arrasadoramente bellas como polémicas y hasta incomprensibles para muchos, pueden conmovernos o causarnos repudio. Es un coctel de esteticismo infrecuente en el cine superficial y frívolo de hoy. El árbol de la vida no es exclusivamente de refinado impacto visual y sonoro, insospechadas tomas que se combinan ante nuestros ojos acompañados por la exquisitez de una partitura fragmentada como la que sostiene Alexandre Desplat. Sólo como testimonio plástico y perceptivo debería ser considerada una obra de arte de incalculable valor. Pero, esta vez, el iconoclasta de Malick si se da el gusto de poner como plato de fondo de su idoneidad imaginativa y fantasiosa, el alegato siempre impío y deseado, vale decir, un fundamento filosófico enérgico, una sobrecarga emotiva que aniquila y un lenguaje poético de genial tesitura. La poesía de las variopintas emociones en que se inspira la  tragedia así como la magnanimidad del hombre y sus preguntas -recordar el silencio del Dios bergmaniano en Shame, que observa pero no interviene- el amor, la inocencia, lo elevado del mundo que nos rodea, o la enemistad, el error, lo repugnante etc., junto a aquellas cosas que vamos perdiendo por el camino, el miedo, el dolor, la pena etc., son sólo algunas gotas que conforman el diluvio de sensaciones que Malick propone... Cine de gran factura. A veces con intervalos en el ritmo del relato -defecto normal en Terrence Malick- un indudable ejercicio personal de creatividad ofertado a nuestro nivel de inteligencia espiritual y proyección individual. No es un tipo de cine fácil de adoptar, a pesar de contar con actores  comerciales como Brad Pitt, Sean Penn y la bella Jessica Chastain, pero la preciosidad de lo visual es innegable..... En cuanto al contenido abarca una historia impresionista o trágica de una familia del oeste norteamericano de los años cincuenta, que afronta la muerte de uno de sus tres hijos, y que a su vez sigue el transcurso vital del hijo mayor, Jack, a través de la inocencia de la infancia hasta la desilusión de sus años de madurez, en su intento de reconciliar una intrincada relación con su padre -Brad Pitt-. Jack -ya como adulto e interpretado por un comedido Sean Penn- se vislumbra como un alma perdida en un mundo extraño y moderno, en busca de respuestas sobre el significado del origen y de la vida, a la vez que cuestiona -quizá pueda ser ésta la parte más interesante del film- la existencia de la fe. A través de la imaginería singular de Malick, observamos y nos damos cuenta cómo -al mismo tiempo- una naturaleza en bruto y la gracia incorpórea edifican no sólo nuestros destinos como individuos y/o familias, sino toda nuestra existencia. Las interpretaciones son bien realizadas, sobre todo la del riguroso y hostil padre de familia que representa Pitt, y la de una amorosa y protectora madre -Jessica Chastain-. Por otro lado, es claro que aquellos que son católicos se han rendido ante esta obra de Malick, a sus silencios eternos, sus flashbacks, sus contrapicados, su música, sus diálogos lacónicos, sus monólogos susurrados como plegarias etc., hechos que sin dudar permite una reflexión teológica en un mundo post-moderno como el actual. Para finalizar, mi opinión en cuanto a que la familia interpretada por Pitt, Jessica Chastain y sus niños, no representa un pragmatismo religioso tan penetrante como aparenta, no es tal. Creo que -aunque en determinadas escenas- la familia concurre a la iglesia los domingos o bendice los alimentos en la mesa, la respuesta que le otorgan a la muerte no está catequizada; en cambio, la Iglesia católica si da una contestación integral al sufrimiento de la persona. Lo que sucede es que los religiosos no se han esforzado lo suficiente o no se han dado cuenta con el transcurrir del tiempo -sumada la globalización- que los fieles ya no son los mismos de antes -ahora exigen nuevos caminos- y que se sienten frustrados por la falta de presencia del catolicismo como un ente representativo y ejecutor de la justicia divina. Sea como fuere, la película proporciona una diversidad de lecturas a los creyentes. En todo caso, Malick proyecta tres niveles narrativos, la historia doméstica de la familia, es decir, una biografía personal donde la gracia se presenta como una historia de salvación: gracia original, pecado, redención y consumación. El segundo, imágenes y música, es decir, una presentación de la historia del universo y el ser humano ante Dios, con más de 30 fracciones de música clásica y contemporánea, y el tercer nivel, una oración pronunciada ante Dios por los tres personajes principales: madre, padre e hijo mayor. Esas oraciones condensan el fondo teológico que manifiesta la presencia y la búsqueda de Dios. Excepcional film de Malick. El yankee rompe toda convención cinematográfica que sigue encorsetando nuestras mentes. Una postura liberadora que vale la pena observar para luego ponerse a pensar en nuestra relación con el supremo o con nuestra capacidad de creer hasta donde llega nuestro apego por la fe... Un desafío de constante progreso personal y artístico que se define por un universo sensorial particular que deviene en la exploración de la profundidad del lenguaje, con un cine estimulante de estructura fragmentaria. No se la pierdan.