jueves, 31 de mayo de 2012

“My Week with Marilyn”, siete días en la piel de la actriz y la mujer.




























































Muchas versiones han sido rumoreadas acerca de la turbulenta vida de la mujer más bella que construyó Hollywood en toda su historia: Marilyn Monroe. Se han propalado libros, reportajes y hasta sendos documentales de cine y TV para intentar describir quién fue, qué hizo y porqué trascendió desde su refugio artístico hacia la vida política de los EEUU. Sin duda que la mayoría de publicaciones tratan de encuadrar a la diva bajo el polémico amparo del sensacionalismo y de la explotación de su tragedia y fama. De hecho, la Monroe podría ser considerada -sobre todo por la forma en que falleció- como un perfecto maniquí para vestir la gloria y la decadencia del sueño americano, intentar explicar al mismo tiempo su vida íntima, poética y espiritual, el macartismo y hasta las repercusiones de la II Guerra Mundial. Muchos han recorrido sus películas para explicar cómo inspiró sus papeles ficticios en su vida real, y principalmente cómo los manipulaba para enfrentarse a la vida. Desde la Ángela de The Asphalt Jungle de Huston, a la hermosa vecina del piso de arriba en The Seven Year Itch de Billy Wilder, pasando por la Loreley en Gentlemen Prefer Blondes de Hawks o la pasional Rose en Niagara -la Monroe más esplendorosa que pude apreciar- de Hathaway, o la Sugar Kane de Some Like it Hot  -otra vez con Wilder- o la Roslyn de The Misfits hasta la fatídica Ellen en su última película Something's Got to Give, inacabada por su repentina muerte, y que dirigiera George Cukor. Irresistible para la pantalla grande aunque ansiosa porque la quieran, insegura, solitaria, neurótica, sufragánea de tranquilizantes y estimulantes, fue una mujer desesperada por lograr desarrollar a plenitud sus personajes, preocupada porque la reconozcan como una verdadera actriz y no sólo como un icono sexual, la Monroe luchó contra sí misma, y a pesar de su inteligencia -su coeficiente intelectual era altísimo- no pudo resistir la presión a la que fue sometida de varios frentes. Fue apodada “la zorra rubia” -obviamente que por la CIA- porque conquistaba a quien ella quisiera, y a su antojo. Pasaron por su vida hombres famosos y muy poderosos salvo su primer marido, James Dougherty, policía texano que conoció a Marilyn cuando esta tenía 15 años. El segundo, Joe DiMaggio, un excepcional beisbolista; y el tercero, Arthur Miller, reconocido dramaturgo; también Lee Strasberg, un sesudo agente de la CIA y John F. Kennedy, el presidente yankee, además de productores, directores, actores y cantantes  de los años cincuenta.

My Week with Marilyn o Mi Semana con Marilyn es una de las varias películas que coincide con una serie de homenajes a la cinematografía que se estrenaron en la carrera por el Oscar durante el año pasado. El inglés Simon Curtis, su realizador, sale de la pantalla boba para debutar con relativo éxito en un film que abarca tan solo una semana en la vida de Marilyn Monroe, repasando específicamente -y a través de los ojos de un asistente de dirección-  algunos eventos anecdóticos que tuvieron lugar durante la filmación de The Prince and the Showgirl, comedia romántica protagonizada por el icono norteamericano y el grandísimo shakesperiano Laurence Olivier -luego de Marlon Brando, el mejor intérprete que observé- como actor y además en su debut como realizador. Marilyn y Laurence se conjugan perfectamente bien creando una muy buena simbiosis para protagonizar la historia del gran Duque Carlos, quien en una de sus visitas a Londres acude al Coconut, un cabaret en el que participa como corista la joven Marina. La interpretación de la Monroe -sin ser la mejor actriz de Hollywood- es impecable, y a través de su coquetería logra aprisionar a un desconcertado Olivier que no se imaginó jamás que los encantos actorales de su compañera pudieran ser tan bien interpretados. The Prince and the Showgirl fue concebida como la representación de un duelo, el de dos maneras de comprender el arte dramático. Una hacia fuera y otra hacia dentro. La primera representada por Olivier, en la que el notable actor se limita a mentir para parecer lo que su personaje debería ser, y la segunda por la Monroe, en la que la actriz busca en su interior la verdad del personaje que quiere ser. Quizá por eso Olivier tan sólo consigue componer un personaje antipático, mientras que la Monroe simboliza la frescura, la espontaneidad y lo exquisito, tres elementos que consiguen acaparar la atención de la película en el año 1957… Por lo tanto, el problema para ambos no se situaba en la filmación sino en los entretelones de la misma, lugar en donde Curtis se entromete con meridiana habilidad, utilizando personajes y situaciones acordes a lo que se necesita para desarrollar este tipo de biopic a medias o dramas ligeros. Le agrega la dosis de tensión suficiente para definir las incomodidades y arrebatos de ambos equipos, el de producción de Olivier y el de la Monroe con su obstinada asistente, en las diferentes etapas en que el film se va cimentando. Las inseguridades de la diva sumada a la insensatez de Olivier y su desproporcionado ego, es lo que ataca con firmeza el cineasta británico. Curtis sabe mucho de TV, y de esta manera puede sortear con credulidad la primera llegaba a Inglaterra de Marilyn -en plena luna de miel con el escritor Arthur Miller- y su incursión en el film de Olivier como en el día a día de su estadía. Pero lo interesante de la puesta en escena –al margen de lo bien estructurado del tema técnico- esta no la acapara la relación de la Monroe -una más que estupenda interpretación gestual y corporal de Michelle Williams- con Olivier -Kenneth Branagh y su arrogancia hace un soporte muy correcto- sino en el affaire entre la resplandeciente rubia y el asistente de Olivier, un tal Colin Clark -muy correcta la actuación del joven Eddie Redmayne- quien con humoradas, sinceridad y servicialidad, logra conquistar a su amor platónico, en cada uno de los instantes donde Marilyn entra en estado de pánico y oscuridad. Este retrato entre la estrella y el humilde servidor es donde se ubica mejor Curtis y le saca provecho a la química entre ambos personajes. Logra que Marilyn se sienta a placer con la compañía del muchacho que -no es ningún tonto- logra sacarle punta al lápiz. Curtis le impregna mucho calor humano a Marilyn, y le hace un tratamiento afectivo que bien lo merecía la artista. Este es el mayor acierto del británico, lograr en la tierna piel de la Williams lo que realmente era la Monroe, un ser humano delicado, con temores y sin apego por su autoestima. No veía en ella lo que todos podían notar a distancia. Finalmente, al margen de su eficacia narrativa, Curtis logra también acertar con la dirección de actores y los diálogos. No solo retrata con rigor, sobriedad y elegancia la reconstrucción de decorados y la época sino que nos envuelve con sus atildados personajes quienes sostienen un ritmo que entretiene y no cansa. La virtud de Kenneth Branagh en lograr una representación de Olivier tan adusta como en su personaje de The Prince and the Showgirl es poco frecuente. La maravillosa actriz Judi Dench -como es habitual en ella- luce espectacular. Zoë Wanamaker está muy precisa como Paula Strasberg. Julia Ormond resulta acogedora como Vivien Leigh. La bella Emma Watson se muestra encantadora como Lucy, la ayudante de vestuario que recibe las atenciones del joven Colin Clark. También suman los breves aunque sólidos aportes de Toby Jones y Derek Jacobi. Imperdible film que se estrena hoy en Lima.