No es por cierto la primera
oportunidad en que la producción algo estandarizada de la industria del cine se
convierte en un ámbito receptivo a las ideas y preocupaciones relevantes de una
época determinada. Después de todo, la cinematografía comercial masiva -hoy
llamada Blockbusters o tanques- sigue un tanto sesgada con las estructuras de
la cultura, pero nos ofrece un frente espacioso sobre cuya textura
aterciopelada con plástico, metal e ilusiones es reconocida para intentar
seducir con mitos y pesadillas del más vasto ejercicio visual que gravitan
sobre nuestra colectividad inconsciente. Lamentablemente, la crítica de cine
más culta -la que no va al corazón de la gente sino que comenta para sí misma- tardó
mucho tiempo en apreciar como viable ese horizonte tan estético como social.
Ese descuido solamente le aportó en demasía a un proceso de subestimación que
hoy por hoy es irremediable de controlar. El mundo ha abierto sus fronteras no
solo financieras mediante tratados dependientes y abusivos, también se decanta
la globalización del pensamiento y del arte, y no hay forma de disimular las
cosas, ni siquiera para el más prolijo de los cineastas expertos en remecer
nuestra sensibilidad con sus imágenes…
Pues bien, fui a ver la última
película de uno de los mejores y veteranos directores de Hollywood, y me
interesé en comentar su esforzado punto de vista disonante, pero respetable…
Sir Ridley Scott -un relegado a la meca de acceso al Oscar- regresa al cine de
ciencia ficción luego de 33 años -número cabalístico- con su film Prometeo, y es como si nunca hubiera
abandonado el género que lo hizo un cineasta de culto, años después de películas.
Lo que un principio podría definirse como un simple antecedente visual de la
excepcional Alien, y algunos toques
personales de Blade Runner -magistral
en su desarrollo, brillante en su formato, inquietante en su trasfondo- se
transforma en algo más que eso, y el padre de la criatura impone con rigor de
género y prestancia técnica, una historia poderosa, dotada de una fuerza voraz,
que no solo depende poco de sus dos obras maestras sino que intenta dibujar su
propio sendero, logrando expandir el universo Alien. Para aquellos que vayan a
ver -mejor suena el verbo observar- sin información, el film no contiene esa apológica
psicosis que supo tener la original Alien,
donde los protagonistas debían huir de los entonces desconocidos seres
alienígenos, y en Blade Runner donde
una brigada policial tiene que eliminar robots a como diera lugar. En Prometeo, Scott hace lo imposible por
estipular que la clave argumental se direcciona por una vía laberíntica
distanciada, con alguno que otro elemento vinculante. Dicho esto, tanto la idea
como la ejecución de brindar una historia paralela dentro del mismo universo da
como resultado una película que, no solo entretiene sin poseer fallas fílmicas,
sino que ofrece nuevas respuestas imaginarias a la saga, y al planteo
específico. Pero, como siempre suele
suceder con Scott, esas respuestas nos llevan a nuevas preguntas, no nos da
señales certeras ni dudosas, y eso se siente, ni para mal ni para bien, simplemente como un
escalón abajo o uno arriba de una posible hipótesis nunca antes pensada…
Desde su primera y enigmática
escena, Prometeo no nos subestima en
absoluto porque el plot de Scott suele ser sencillo de comprender y proyectar. El
cineasta crea una mitología revolucionaria, en la que un equipo de exploradores
-dormidos durante dos años en unos invernaderos- descubre una pista acerca de
los orígenes de la humanidad en la tierra, lo que nos conduce a un viaje de
aventuras que resulta emocionante, y hasta intrigante. El ritmo es espectacular
y el imán está cada vez más caliente. En un lugar lejano y lóbrego -donde la
naturaleza sigue siendo el escenario de un proceso dominante- se librará una
batalla terrible para salvar el futuro de nuestra raza. Scott nos irá tirando probabilidades
concretas para atar los nudos de acción sobre una compleja temática que la absorbe
y la rodea. Estamos en el año 2089, y los antropólogos Elizabeth Shaw -Noomi
Rapace- y su pareja Charlie Holloway -Logan Marshall-Green- descubren una
pintura rupestre con un patrón en común que se repite en diferentes
civilizaciones antiguas, las cuales aparentemente nunca tuvieron contacto entre
sí. El trato de las simbologías y sus significados -por ejemplo las serpientes
que explicaremos luego- se hace más evidente y necesario en esta parte del
film. Estas pinturas retratan un mapa estelar -o una invitación- que señala la
ubicación de una Luna, la cual podría revelar el origen de nuestra especie en
la tierra. Es así que el millonario Peter Weyland -un correcto y avejentado Guy
Pearce- financia la expedición a bordo de una espectacular nave espacial -casi un
hotel de 5 estrellas con mesa de pool- para comprobar si la teoría evolutiva
del inglés Darwin -selección natural o síntesis evolutiva moderna- estaba en lo
correcto o si provenimos de una raza alienígena, u otro ser supremo. Es obvio
que Ridley Scott quiera darnos una explicación lógica sobre las observaciones con
respecto a la diversidad de la vida, pero él no es su paisano Darwin. La
tripulación a bordo luce ecléctica, sin objetivos definidos, y sin conocerse
del todo. Conforman la nave Prometeo, la bella y estricta comandante Vickers -siempre
atinada Charlize Theron aunque desaprovechada- un indolente y despreocupado
capitán Janek -le aporta humor e informalidad al guión- un cínico geólogo llamado
Fiefield, y el insulso biólogo Millburn. Pero uno de los personajes claves o
ancla, interesante, casi fantasmal, está a cargo del actor de moda, un muy bien
compuesto Michael Fassbender como David, un androide o robot -juega al
baloncesto montado en una bicicleta- que con cierta lógica mentaloide de Scott nos
causa desconcierto en la trama, principalmente a través de un comportamiento
cambiante y sospechoso. Una vez que el grupo de exploradores descienda en la Luna
detectada, muy por contrario de lo que muchos podrían pensar, no se encontrarán
con criaturas mortíferas sino con un apetecible misterio, el más inesperado de
todos, pero al tratar de resolverlo descubrirán que detrás de ello no solo hay miedos
sino también un riesgo altísimo para su supervivencia,
y la de la humanidad. La primera exploración que realizan en la caverna resulta
fascinante. Allí vemos una especie de “video-diario virtual” que muestra las
últimas horas de los habitantes del lugar, unos humanos gigantes que 2,000 años
antes ya tenían noción de una tecnología de punta. Los detalles visuales hay
que observarlos y disfrutarlos. Scott
logra un trabajo excepcional con los efectos, y especialmente con el sonido.
La pifia por instantes en el 3D, aunque hay escenas que si logran resultarle. Pero
lo que más impresiona es una increíble bóveda plagada de enigmáticas urnas, una
cabeza monolítica con certeros rasgos humanos, y los murales o pinturas en las paredes
que van cambiando su aspecto frente a los ojos de unos desconcertados científicos.
Uno de los elementos hallados, revelará la identidad de los jinetes espaciales,
brindándonos una respuesta creativa a un enigma que se originó sin una posible solución
en mente. Pero el otro elemento, llevado en esta ocasión por David a la nave
-el robot se desprograma y actúa como un hombre ambicioso- no produce
resultados satisfactorios. El simpático androide deja su misión original, y logra
crear un efecto dominó de situaciones, donde es evidente que Scott se encuentra
con cierto bache argumental, donde la credibilidad y la continuidad de las
escenas parecen enredarse. Es en este momento, que la Dra. Elizabeth Shaw -el
otro personaje ancla- se convierte sorpresivamente en el centro del relato, y
su interacción con el resto de la tripulación -durante y después de padecerlos-
se convierte en un conjunto de hechos tendenciosos. Es evidente que Scott
fuerza la acción de una temática gore que parece estar ensimismada de su
mitología Alien. En general, las escenas de sci-fy horror, aunque llegan a
crear cierta tensión, apuntan más a mostrar imágenes distorsionadas -o
renovadoras de un Alien moderno- que
a provocar sustos. Scott tiene ideas puntuales que pretende sostener en la
historia aunque son reiterativas a una postura conservadora. Pero, aunque podamos
intuir la intención del cineasta para despertar nuestro proceso reflexivo, la
aventura planteada como la búsqueda de
la paternidad universal o un juego de probabilidades, parece rebalsarnos.
Más que los claros agujeros en la lógica de la trama, nos damos cuenta de la
falta de conexión entre la flota de la nave, lo que provoca cierta indiferencia.
Para empezar, son demasiados los que integran la nave. Segundo, el inglés no
les dedica el tiempo necesario de humanizarlos para que logremos empatía con
ellos. Los pocos intentos de Scott por darles dimensionalidad son
inconsecuentes. Aunque Noomi Rapace llena a placer el hueco provocado por la
ausencia de la inolvidable Sigourney Weaver, son las bondades de la actriz -como
nuestra heroína- la que más interés despierta en el guión. Fassbender parece
salido de Blade Runner, otra Masterpiece
de Scott. Una complicada replica cuyo mayor deseo es recalar en la especie
humana, despertando ternura, tristeza y también desconfianza. Su primera
escena, realizando diferentes tareas mientras todos hibernan, es un acierto
convincente de Scott. Resulta irónico que nos identifiquemos más con un ente plastificado,
metalizado y de sentimientos encontrados -o con su cabeza en el desenlace- que
con nuestros pares de carne y hueso. Allí Scott se queda algo maniatado. La experiencia en 3D no es superior a la
proyección digital en 2D. Scott plantea su historia -es importante aclarar
que la idea original del inglés era realizar una precuela de Alien dividida en dos partes- con mano
diestra, prudente, y un menú de situaciones argumentativas que resultan
seductoras y tenaces algunas, y no tanto otras. Eso sí, tiene la habilidad de
mantenernos preguntándonos ¿¿Qué pasará después de todo?? ¿¿Nos estará
invitando a una continuación?? ¿¿Dónde está nuestro creador?? Aunque cierra con
trazo fino, el inglés construye una trama que abre un novedoso espectro en un
universo tan rico en el que no era del todo necesaria otra entrega de Alien, aunque durante los últimos
minutos se vuelva evidente la conexión con su notable film. En cuanto a las
actuaciones complementarias ya sabemos que Scott se rodea de actores consagrados,
y esta no es la excepción. Su devoción por las mujeres es de fácil deducción.
El parto que tiene la Dra. Shaw es de una impronta mayúscula, y de un
significado sentimental notable. La Theron muestra su lado más oscuro como la
hija del dueño, pero termina siendo uno de los personajes mejor trabajados de
la cinta a pesar de que sus apariciones sean periódicas. Yo la hubiera invitado
al dueto feminista con la Rapace, pero Scott apuesta por lo contrario. Hay una
escena con el capitán de la nave que es impecable. El que si está perfectamente
definido y enfocado -sus matices son sorprendentes- es Fassbender, quien presta
la cuadratura de su cara, plagada de su envidiable gestualidad, para una
interpretación escalofriante, envolvente, y genuina del único robot humano en
la nave que, con más errores o desperfectos electro-sensoriales que aciertos,
experimenta la conducta humana de forma categórica. Un camino por la cornisa
entre la ingenuidad y el ingenio. Como en todos sus films, Scott presta mucha
atención al detalle tanto en vestuario, música, efectos especiales, maquillajes
etc. No hay fallas en estos apartados por más que busquemos minuciosamente. El
diseño de producción es apabullante, y el cuidado que le da al montaje es del
nivel que todo tipo de ciencia ficción debería tener. Nadie va a discutir los
tiempos y el ritmo en donde entra la mano del cineasta, quien filma con su
estilo característico. La cámara es una herramienta vital para Scott, y juega
con ella a placer.
Lo que si es para analizar con
mayor detenimiento es su clara intencionalidad simbólica. Lo que les mencionaba
de la mujer no admite dobles intenciones. A la Rapace la dota de la feminidad
necesaria que involucra la maternidad truncada, el llanto por una criatura
deforme que al final adquiere un protagonismo salvador. A la Theron la hace
antagónica. Dura en gestos y decisiones, la masculiniza, la viste como un
hombre frío, patético y ostentoso, aquel que posee la autoridad de la palabra
final. A los hombres los condena a la pequeñez, a no ser los salvadores de la
humanidad. Los somete al acompañamiento, a su carácter de sostenibilidad. El
nombre de David va de la mano con una manía religiosa que lo aturde. El
crucifijo de la Rapace lo saca a través de David para complacerse, y luego lo
vuelve a colocar para complacernos, seguir inscritos como soldados de la fe. Ni
que decir de lo que significan para Scott las serpientes. Son vitales y recrean
la violencia contra los humanos y los desconocidos. Aparecen en el templo y los
jarrones, en la levedad de la explicación grabada del jefe ya muerto, pero
escondido, listo para finiquitar el deseo de un líder caduco, en el ojo
infectado de Charlie por David, en los tentáculos de la bestia nacida en el vientre humano que protagoniza la
lucha final con el supuesto creador. Siguiendo la tradición bíblica, la
serpiente es un símbolo de tentación, pero también de vida. Muchas de las
acciones que Scott intenta maximizar se desarrollan a partir de la
especificidad de sus víboras. Son un calco de un motor de vida, un intestino
que repta, y tiene como finalidad sostener el avance de ésta a como diera lugar.
La impronta reptil abandona su piel vieja para mecánicamente optar por una
nueva, tal como los personajes mutan una vez que han entrado en contacto con
ella. El mito griego del fuego que da la vida descansa en el significado del
conocimiento del hombre. Prometeo se lo
robó a los dioses para entregárselo a los hombres, y por eso fue castigado.
La Dra. Shaw cumple ese requisito al erigir su figura como la de la portadora
de la misión en encontrar la sabiduría para
luego ser devuelta a la humanidad. El agua -los líquidos fluidos- también
aparecen por todas partes y en toda forma. En la secuencia anterior al
desenlace, el lavado de los pies de David a su creador es palpable de su
respeto por el hombre que lo sumió en la vida, obedece a una tradición católica
que hoy se practica. La generación de vida y hasta la encarnación también están
presentes. En fin, es un tema para los que privilegian el análisis antes que el
entretenimiento, pero es importante mencionarlo…
Finalmente, Prometeo podría ser el siguiente escalón evolutivo de lo que se
denominaría como la saga Alien. Los que vayan al cine esperando ver una nueva
entrega de Alien se irán decepcionados, y los que no, se llevarán consigo una
experiencia estimulante. No es mi género preferido, pero se apreciar la
manufactura del artesano, aquel que logra un trabajo inteligente a la vez divertido.
Scott apunta a un típico segmento de público que le gustará su estilo, y a
otros solo los dejará conformes en la puesta en escena, y no en las raíces del
problema en el que se introduce. El maestro inglés vuelve a poner el punto y la
coma en su especialidad, se regodea en el majestuoso diseño de sus estéticas
líneas puras, de una asepsia que hace más fosforescente la irrupción de esas criaturas
invertebradas, su copiosa viscosidad y su poder depredador. Al César lo que es
del César, y el cineasta inglés logra
integrarnos con el oficio y genialidad propia de una vasta experiencia. No se
la pierdan porque más allá de los problemas narrativos en que se incurre -que
no son graves pero si influyentes- todo lo demás es sencillamente
impresionante. Imperdible.




















































































