miércoles, 27 de junio de 2012

“Prometeo”, búsqueda de una paternidad universal o juego de probabilidades.




















  



































































No es por cierto la primera oportunidad en que la producción algo estandarizada de la industria del cine se convierte en un ámbito receptivo a las ideas y preocupaciones relevantes de una época determinada. Después de todo, la cinematografía comercial masiva -hoy llamada Blockbusters o tanques- sigue un tanto sesgada con las estructuras de la cultura, pero nos ofrece un frente espacioso sobre cuya textura aterciopelada con plástico, metal e ilusiones es reconocida para intentar seducir con mitos y pesadillas del más vasto ejercicio visual que gravitan sobre nuestra colectividad inconsciente. Lamentablemente, la crítica de cine más culta -la que no va al corazón de la gente sino que comenta para sí misma- tardó mucho tiempo en apreciar como viable ese horizonte tan estético como social. Ese descuido solamente le aportó en demasía a un proceso de subestimación que hoy por hoy es irremediable de controlar. El mundo ha abierto sus fronteras no solo financieras mediante tratados dependientes y abusivos, también se decanta la globalización del pensamiento y del arte, y no hay forma de disimular las cosas, ni siquiera para el más prolijo de los cineastas expertos en remecer nuestra sensibilidad con sus imágenes…


Pues bien, fui a ver la última película de uno de los mejores y veteranos directores de Hollywood, y me interesé en comentar su esforzado punto de vista disonante, pero respetable… Sir Ridley Scott -un relegado a la meca de acceso al Oscar- regresa al cine de ciencia ficción luego de 33 años -número cabalístico- con su film Prometeo, y es como si nunca hubiera abandonado el género que lo hizo un cineasta de culto, años después de películas. Lo que un principio podría definirse como un simple antecedente visual de la excepcional Alien, y algunos toques personales de Blade Runner -magistral en su desarrollo, brillante en su formato, inquietante en su trasfondo- se transforma en algo más que eso, y el padre de la criatura impone con rigor de género y prestancia técnica, una historia poderosa, dotada de una fuerza voraz, que no solo depende poco de sus dos obras maestras sino que intenta dibujar su propio sendero, logrando expandir el universo Alien. Para aquellos que vayan a ver -mejor suena el verbo observar- sin información, el film no contiene esa apológica psicosis que supo tener la original Alien, donde los protagonistas debían huir de los entonces desconocidos seres alienígenos, y en Blade Runner donde una brigada policial tiene que eliminar robots a como diera lugar. En Prometeo, Scott hace lo imposible por estipular que la clave argumental se direcciona por una vía laberíntica distanciada, con alguno que otro elemento vinculante. Dicho esto, tanto la idea como la ejecución de brindar una historia paralela dentro del mismo universo da como resultado una película que, no solo entretiene sin poseer fallas fílmicas, sino que ofrece nuevas respuestas imaginarias a la saga, y al planteo específico. Pero, como siempre suele suceder con Scott, esas respuestas nos llevan a nuevas preguntas, no nos da señales certeras ni dudosas, y eso se siente,  ni para mal ni para bien, simplemente como un escalón abajo o uno arriba de una posible hipótesis nunca antes pensada…

Desde su primera y enigmática escena, Prometeo no nos subestima en absoluto porque el plot de Scott suele ser sencillo de comprender y proyectar. El cineasta crea una mitología revolucionaria, en la que un equipo de exploradores -dormidos durante dos años en unos invernaderos- descubre una pista acerca de los orígenes de la humanidad en la tierra, lo que nos conduce a un viaje de aventuras que resulta emocionante, y hasta intrigante. El ritmo es espectacular y el imán está cada vez más caliente. En un lugar lejano y lóbrego -donde la naturaleza sigue siendo el escenario de un proceso dominante- se librará una batalla terrible para salvar el futuro de nuestra raza. Scott nos irá tirando probabilidades concretas para atar los nudos de acción sobre una compleja temática que la absorbe y la rodea. Estamos en el año 2089, y los antropólogos Elizabeth Shaw -Noomi Rapace- y su pareja Charlie Holloway -Logan Marshall-Green- descubren una pintura rupestre con un patrón en común que se repite en diferentes civilizaciones antiguas, las cuales aparentemente nunca tuvieron contacto entre sí. El trato de las simbologías y sus significados -por ejemplo las serpientes que explicaremos luego- se hace más evidente y necesario en esta parte del film. Estas pinturas retratan un mapa estelar -o una invitación- que señala la ubicación de una Luna, la cual podría revelar el origen de nuestra especie en la tierra. Es así que el millonario Peter Weyland -un correcto y avejentado Guy Pearce- financia la expedición a bordo de una espectacular nave espacial -casi un hotel de 5 estrellas con mesa de pool- para comprobar si la teoría evolutiva del inglés Darwin -selección natural o síntesis evolutiva moderna- estaba en lo correcto o si provenimos de una raza alienígena, u otro ser supremo. Es obvio que Ridley Scott quiera darnos una explicación lógica sobre las observaciones con respecto a la diversidad de la vida, pero él no es su paisano Darwin. La tripulación a bordo luce ecléctica, sin objetivos definidos, y sin conocerse del todo. Conforman la nave Prometeo, la bella y estricta comandante Vickers -siempre atinada Charlize Theron aunque desaprovechada- un indolente y despreocupado capitán Janek -le aporta humor e informalidad al guión- un cínico geólogo llamado Fiefield, y el insulso biólogo Millburn. Pero uno de los personajes claves o ancla, interesante, casi fantasmal, está a cargo del actor de moda, un muy bien compuesto Michael Fassbender como David, un androide o robot -juega al baloncesto montado en una bicicleta- que con cierta lógica mentaloide de Scott nos causa desconcierto en la trama, principalmente a través de un comportamiento cambiante y sospechoso. Una vez que el grupo de exploradores descienda en la Luna detectada, muy por contrario de lo que muchos podrían pensar, no se encontrarán con criaturas mortíferas sino con un apetecible misterio, el más inesperado de todos, pero al tratar de resolverlo descubrirán que detrás de ello no solo hay miedos  sino también un riesgo altísimo para su supervivencia, y la de la humanidad. La primera exploración que realizan en la caverna resulta fascinante. Allí vemos una especie de “video-diario virtual” que muestra las últimas horas de los habitantes del lugar, unos humanos gigantes que 2,000 años antes ya tenían noción de una tecnología de punta. Los detalles visuales hay que observarlos y disfrutarlos. Scott logra un trabajo excepcional con los efectos, y especialmente con el sonido. La pifia por instantes en el 3D, aunque hay escenas que si logran resultarle. Pero lo que más impresiona es una increíble bóveda plagada de enigmáticas urnas, una cabeza monolítica con certeros rasgos humanos, y los murales o pinturas en las paredes que van cambiando su aspecto frente a los ojos de unos desconcertados científicos. Uno de los elementos hallados, revelará la identidad de los jinetes espaciales, brindándonos una respuesta creativa a un enigma que se originó sin una posible solución en mente. Pero el otro elemento, llevado en esta ocasión por David a la nave -el robot se desprograma y actúa como un hombre ambicioso- no produce resultados satisfactorios. El simpático androide deja su misión original, y logra crear un efecto dominó de situaciones, donde es evidente que Scott se encuentra con cierto bache argumental, donde la credibilidad y la continuidad de las escenas parecen enredarse. Es en este momento, que la Dra. Elizabeth Shaw -el otro personaje ancla- se convierte sorpresivamente en el centro del relato, y su interacción con el resto de la tripulación -durante y después de padecerlos- se convierte en un conjunto de hechos tendenciosos. Es evidente que Scott fuerza la acción de una temática gore que parece estar ensimismada de su mitología Alien. En general, las escenas de sci-fy horror, aunque llegan a crear cierta tensión, apuntan más a mostrar imágenes distorsionadas -o renovadoras de un Alien moderno- que a provocar sustos. Scott tiene ideas puntuales que pretende sostener en la historia aunque son reiterativas a una postura conservadora. Pero, aunque podamos intuir la intención del cineasta para despertar nuestro proceso reflexivo, la aventura planteada como la búsqueda de la paternidad universal o un juego de probabilidades, parece rebalsarnos. Más que los claros agujeros en la lógica de la trama, nos damos cuenta de la falta de conexión entre la flota de la nave, lo que provoca cierta indiferencia. Para empezar, son demasiados los que integran la nave. Segundo, el inglés no les dedica el tiempo necesario de humanizarlos para que logremos empatía con ellos. Los pocos intentos de Scott por darles dimensionalidad son inconsecuentes. Aunque Noomi Rapace llena a placer el hueco provocado por la ausencia de la inolvidable Sigourney Weaver, son las bondades de la actriz -como nuestra heroína- la que más interés despierta en el guión. Fassbender parece salido de Blade Runner, otra Masterpiece de Scott. Una complicada replica cuyo mayor deseo es recalar en la especie humana, despertando ternura, tristeza y también desconfianza. Su primera escena, realizando diferentes tareas mientras todos hibernan, es un acierto convincente de Scott. Resulta irónico que nos identifiquemos más con un ente plastificado, metalizado y de sentimientos encontrados -o con su cabeza en el desenlace- que con nuestros pares de carne y hueso. Allí Scott se queda algo maniatado. La experiencia en 3D no es superior a la proyección digital en 2D. Scott plantea su historia -es importante aclarar que la idea original del inglés era realizar una precuela de Alien dividida en dos partes- con mano diestra, prudente, y un menú de situaciones argumentativas que resultan seductoras y tenaces algunas, y no tanto otras. Eso sí, tiene la habilidad de mantenernos preguntándonos ¿¿Qué pasará después de todo?? ¿¿Nos estará invitando a una continuación?? ¿¿Dónde está nuestro creador?? Aunque cierra con trazo fino, el inglés construye una trama que abre un novedoso espectro en un universo tan rico en el que no era del todo necesaria otra entrega de Alien, aunque durante los últimos minutos se vuelva evidente la conexión con su notable film. En cuanto a las actuaciones complementarias ya sabemos que Scott se rodea de actores consagrados, y esta no es la excepción. Su devoción por las mujeres es de fácil deducción. El parto que tiene la Dra. Shaw es de una impronta mayúscula, y de un significado sentimental notable. La Theron muestra su lado más oscuro como la hija del dueño, pero termina siendo uno de los personajes mejor trabajados de la cinta a pesar de que sus apariciones sean periódicas. Yo la hubiera invitado al dueto feminista con la Rapace, pero Scott apuesta por lo contrario. Hay una escena con el capitán de la nave que es impecable. El que si está perfectamente definido y enfocado -sus matices son sorprendentes- es Fassbender, quien presta la cuadratura de su cara, plagada de su envidiable gestualidad, para una interpretación escalofriante, envolvente, y genuina del único robot humano en la nave que, con más errores o desperfectos electro-sensoriales que aciertos, experimenta la conducta humana de forma categórica. Un camino por la cornisa entre la ingenuidad y el ingenio. Como en todos sus films, Scott presta mucha atención al detalle tanto en vestuario, música, efectos especiales, maquillajes etc. No hay fallas en estos apartados por más que busquemos minuciosamente. El diseño de producción es apabullante, y el cuidado que le da al montaje es del nivel que todo tipo de ciencia ficción debería tener. Nadie va a discutir los tiempos y el ritmo en donde entra la mano del cineasta, quien filma con su estilo característico. La cámara es una herramienta vital para Scott, y juega con ella a placer.

Lo que si es para analizar con mayor detenimiento es su clara intencionalidad simbólica. Lo que les mencionaba de la mujer no admite dobles intenciones. A la Rapace la dota de la feminidad necesaria que involucra la maternidad truncada, el llanto por una criatura deforme que al final adquiere un protagonismo salvador. A la Theron la hace antagónica. Dura en gestos y decisiones, la masculiniza, la viste como un hombre frío, patético y ostentoso, aquel que posee la autoridad de la palabra final. A los hombres los condena a la pequeñez, a no ser los salvadores de la humanidad. Los somete al acompañamiento, a su carácter de sostenibilidad. El nombre de David va de la mano con una manía religiosa que lo aturde. El crucifijo de la Rapace lo saca a través de David para complacerse, y luego lo vuelve a colocar para complacernos, seguir inscritos como soldados de la fe. Ni que decir de lo que significan para Scott las serpientes. Son vitales y recrean la violencia contra los humanos y los desconocidos. Aparecen en el templo y los jarrones, en la levedad de la explicación grabada del jefe ya muerto, pero escondido, listo para finiquitar el deseo de un líder caduco, en el ojo infectado de Charlie por David, en los tentáculos de la bestia  nacida en el vientre humano que protagoniza la lucha final con el supuesto creador. Siguiendo la tradición bíblica, la serpiente es un símbolo de tentación, pero también de vida. Muchas de las acciones que Scott intenta maximizar se desarrollan a partir de la especificidad de sus víboras. Son un calco de un motor de vida, un intestino que repta, y tiene como finalidad sostener el avance de ésta a como diera lugar. La impronta reptil abandona su piel vieja para mecánicamente optar por una nueva, tal como los personajes mutan una vez que han entrado en contacto con ella. El mito griego del fuego que da la vida descansa en el significado del conocimiento del hombre. Prometeo se lo robó a los dioses para entregárselo a los hombres, y por eso fue castigado. La Dra. Shaw cumple ese requisito al erigir su figura como la de la portadora de la misión en encontrar la sabiduría  para luego ser devuelta a la humanidad. El agua -los líquidos fluidos- también aparecen por todas partes y en toda forma. En la secuencia anterior al desenlace, el lavado de los pies de David a su creador es palpable de su respeto por el hombre que lo sumió en la vida, obedece a una tradición católica que hoy se practica. La generación de vida y hasta la encarnación también están presentes. En fin, es un tema para los que privilegian el análisis antes que el entretenimiento, pero es importante mencionarlo…

Finalmente, Prometeo podría ser el siguiente escalón evolutivo de lo que se denominaría como la saga Alien. Los que vayan al cine esperando ver una nueva entrega de Alien se irán decepcionados, y los que no, se llevarán consigo una experiencia estimulante. No es mi género preferido, pero se apreciar la manufactura del artesano, aquel que logra un trabajo inteligente a la vez divertido. Scott apunta a un típico segmento de público que le gustará su estilo, y a otros solo los dejará conformes en la puesta en escena, y no en las raíces del problema en el que se introduce. El maestro inglés vuelve a poner el punto y la coma en su especialidad, se regodea en el majestuoso diseño de sus estéticas líneas puras, de una asepsia que hace más fosforescente la irrupción de esas criaturas invertebradas, su copiosa viscosidad y su poder depredador. Al César lo que es del César, y  el cineasta inglés logra integrarnos con el oficio y genialidad propia de una vasta experiencia. No se la pierdan porque más allá de los problemas narrativos en que se incurre -que no son graves pero si influyentes- todo lo demás es sencillamente impresionante. Imperdible.