martes, 31 de julio de 2012

“The Prestige”, la teletransportación como ilusión.








































Tres palabras que definen con exactitud la intención fílmica de Christopher Nolan son la ambivalencia, la venganza e el ilusionismo. La adaptación hecha por Nolan de la novela de Priest es un recorrido brillante, compacto y ajustado a toda impronta artística que se reinventa con un determinado valor agregado -un selecto tour de force- donde los tres elementos que nombramos adquieren un calificativo sobresaliente. Cuando el personaje de Caine interviene con sus primeras frases en off, y amaestra acerca de factores claves de cualquier acto de magia a una niña -que con posterioridad será un personaje silencioso y vital dentro de la historia- señalandole que lo primero, se establece a través de “la promesa” como un proceso de normalización de la alquimia o la demostración del encantamiento como algo cotidiano. Luego, interpreta a “el giro” manejando la adulteración utópica de lo ordinario llevado a una acción asombrosa. Por último, como desenlace de la función, Caine propone la fase más importante del truco, la tercera, la que en el fondo trasciende. La define como “el prestigio”, y en lo que la respalda es en una especie de ilusión seductora que aporta el hipnotismo -jamás el hombre se duerme- mezclada con la emotividad del público, a quien Nolan le fascina el engañarlo y/o manipularlo. Esa combinación es la que justifica por su rapidez e incredulidad, el acto final que arranca el aplauso y deja perplejos a los que se prestan a juguetear con el mago de ocasión. Es lógico que este tipo de compilación utilizada como definición de la magia pueda situarse como una analogía universal del proceso de la escritura aristotélica, de aquella narrativa clásica, fraccionada en un “know-how” hiper conocido: planteamiento, nudo y desenlace. Así, como en la literatura y el cine, la metodología de la magia no luce distanciada de los propósitos de esta fórmula artística. No obstante, el dilema estructural del cineasta encadena sus mecanismos como el clásico acto subconsciente del ilusionismo aplicado al cine. Al igual que en la restante obra del cineasta, Nolan recurre a la experimentación de tiempos, elipsis y puntos de giros al extremo, donde siempre esta presente esa magnífica ilación armónica de contracción y progresión, de cambios de disposiciones, de acción llena de rebelde inventiva donde la alteración se transforma en lo elemental y lo importante. Por esta razón en especial, el film no desperdicia esa sensación oscilante de su estilo de fabricar cine, en donde el desequilibrio, el juego de tiempos, de voces en off, de alteraciones de rumbos narrativos prolijamente realizados, le aportan el beneficio de un contrapeso que hace que los contenidos de sus propuestas -y en especial de este film- dieran la impresión que se trataran como juegos de espejos, de la estrictez de las dobles identidades, aquí simbolizado con milimétrica precisión en las dos caras de una misma moneda…. Lo interesante en la elaboración del guión de los Nolan y la novela de Priest, es que los tres han dado en el clavo siendo sinceros, hasta ingenuos, simplificando los contenidos. Han borrado lo Nolístico, es decir, lo que resulta de la fábula de aquellas obsesiones y envidias de dos hermanos gemelos cuyas venganzas no tienen ningún sentido argumental, salvo por el mejoramiento de sus respectivos “prestigios”. Son dos magos antagonistas que desencadenan una rivalidad que induce al deseo insaciable por desenmascarar los secretos del otro, enfrentando ciencia, clasicismo, amistad, codicia y vendetta, en un laberinto inexplicable de oscuros alardes. Es en esta forma de observación, donde The Prestige resulta una obra trucada por un taumaturgo de amplia sabiduría cinematográfica, porque conjuga sus elementos visuales como efectos de una ciencia oculta  en varios niveles de certeza y sospecha, donde el relato de Nolan se somete a un conjunto de pasatiempos incógnitos e ininteligibles -tal como lo son sus dos personajes principales, tanto Angier como Borden, y que fuerzan a un desenlace de tanto “prestigio” como lo son los trucos de ambos. Es por eso, que la intriga dramática de The Prestige se sostiene sobre el virtuosismo metafórico de una poética fantástica y científica, sin enfatizar en sus componentes futuristas, hechos modernos como la clonación de los sombreros, y los riesgos que hubieran corrido en esa época. Es lo genuino del ilusionismo, ambientado Gran Bretaña de finales del siglo XIX, una época en la que la ciencia empezaba a aniquilar la credulidad de la gente que acudía masivamente a los espectáculos, construyendo tanto el ingrediente ilusorio como la habilidad del que lo llevaba a cabo. Una época donde el cine estaba a punto de convertirse en el gran truco final de la prestidigitación, y en la que sujetos como Tesla y Edison, también disputaban una conocida rivalidad en un lugar destacado de la misma zona. Esta The Prestige, posee una fascinación especial, de intrincado y elaborado engranaje, sostenido en la reiteración del análisis sobre los misterios de la moral humana, que emplea una bien concebida disertación sobre la ambivalencia del hombre, la dualidad de dos caracteres contrastados, diferenciados por la clase social a la que pertenecen, y por aquello a lo que aspiran, pero asemejados en metas profesionales. Pero, a medida que avanza la acción, el alejamiento es el detalle que los marca. Mientras uno ansía dominar la revelación de los trucos de su oponente para ser un mejor mago -memorables los gadgets de Angier contra un aparatoso afán de superación de Borden- su rival terminará luchando por un único objetivo, la pequeña Jess, dejando bajo la manga el as escondido, el secreto que un mago jamás puede ni debe revelar, y que dará como resultado un desenlace sorpresivo, producto de una mente privilegiada como la de Nolan. Alfred Borden -Christian Bale- tiene un truco que deslumbra a Robert Angier -Hugh Jackman- y este se obsesiona tratando de descubrirlo. La ilusión es la teletransportación. Angier carece de explicaciones, y se frustra llevando la ciencia al límite. En un dialogo con su maestro, este lo intenta convencer diciéndole que Borden usa un doble -la explicación más fácil es siempre la más realista- y lo insta a observar y penetrar en la realidad dejando de lado el misticismo, pero ello no satisface a un Angier cada vez más empecinado en su dilema. The Prestige -a pesar de temporizar todos sus elementos en función al desenlace- trabaja como un espectáculo escapista donde trasciende la omnisciencia de la mano ilusionista del realizador, quien descubre su verdad final en innumerables ocasiones durante la función, con un método oculto. Todo está a la vista. No hay de aquellos engaños intencionales sin anticipación, porque la verdad es manifestada a lo largo del rodaje en varias ocasiones. Nudos de acción resueltos con pericia y sin complicaciones, que Nolan va revelando sin importarle el fondo de la cuestión, al contrario, lo surte de matices y sinecuras narrativas. Nolan impone un homenaje cerrado a Joseph L. Mankiewicz. Otro de los aciertos del cineasta, es el de dotar de hermosas mujeres secundarias a la trama, que sin lucir mucha presencia sostienen sus personajes con prestancia. Las actuaciones de Scarlett Johansson, Rebecca Hall y de Piper Perabo pueden parecer carentes de suficiencia, pero Nolan logra darle una importancia estética y visual, de gran valor en los nudos que plantea. El duelo interpretativo entre dos magníficos actores como  Hugh Jackman y Cristian Bale, es de lo mejor en cuanto a la química de la no empatía. Los domina  la rivalidad, donde los secretos mágicos, la ciencia y, sobre todo, el artificio a los que recurren le permiten a Nolan, edificar un film como si éste fuera un gran truco, ese tercer elemento llamado “el prestigio”, que se sirve de todos los ardides que admite la narración cinematográfica, poniendo en evidencia que ésta, es un arma poderosísima para revelar cualquier historia que soporte el género que sea. Nolan atina en su siempre narrativa pulcra, sin baches. Una de las mejores películas del realizador.

miércoles, 25 de julio de 2012

“What Lies Beneath”, la esencia del terror inesperado.








































Habiendo observado esta película, creo que es uno de esos trabajos en el cual Robert Zamackis hace un uso prolijo del terror para conceptualizar una reactivación del género que ilustra y fascina los tópicos de este entretelón cinematográfico, 'What Lies Beneath o Revelaciones no fue tomado en su manifiesta dimensionalidad -y menos aún- como una apuesta solidaria a un novedoso estilo narrativo que ocultaba una temática insospechada, sino que se le ignoró y hasta se le despreció, cuando es claro darse cuenta que contiene una decorosa muestra del auténtico homenaje tanto al suspense como al horror. He revisado en detalle esta ambivalente propuesta protagonizada por Harrison Ford junto a una bella y excepcional Michelle Pfeiffer, y a la conclusión que llego -sin arrepentimientos de último minuto- es elemental: Zemeckis logra obtener con un encantamiento visual en imágenes continuas, una suculenta y delirante cinta de terror de las mejores hechas en los últimos 20 años. Es imposible llegar hasta lo más recóndito de un film como este, sin insinuar a la figura del progenitor de un género taxativo del cine, como lo fue Hitchcock. Es probable que el homenaje sacrificado de Zemeckis pueda constituirse en un compendio definido por las constantes apodícticas del mago británico de la intriga. Pero también lo es, el deliberado distanciamiento del creador, introduciendo -desde su superficie argumental- conceptos ajenos a la visión que tenía el mismo Hitchcock de la materia, al incluir fenómenos paranormales, escenas fantasmagóricas, y la tétrica línea puntillosa en que se involucra  Zemeckis. Asentada en una trama maciza, procedente del mismísimo Steven Spielberg, Revelaciones fundamenta su aplastante virtud fílmica en la majestuosidad del relato que su director ha sabido desarrollar en el vaivén de la historia, extendiendo a sus secuencias una correcta puesta en escena,  además de una recreación evolucionada del desasosiego, y una angustia psicológica que acaba por atrapar a un espectador trasegado por la agudeza que construye de la zozobra que conmociona y enfría sentimientos. La dualidad entre la apariencia de una cotidianeidad absorbida por el objetivismo maquillado, funciona con esplendor desde esa combinación atinada del proceso ficción-realidad, su esquemática simbología maniqueísta, su inamovible tempo-secuencial que nos aniquila y sobrecoge. La historia del matrimonio Spencer, y su relación vulnerada por la irrupción en su vida por un espíritu, lo anima a Zemeckis para convocar una serie de elementos clásicos del cine de terror, sin abusar de los mismos, y llevar al público al ineludible proceso de la intranquilidad inesperada, a la aflicción que nace de la emoción seudo-violenta, sabiendo trocar la acción habitual de una pesadilla donde las sensaciones quedan diluidas aunque notoriamente marcadas. El hecho que Zemeckis logre una planificación eficaz, la misma que descansa en la elegancia de una escritura que se plasma a través de planos secuencias atosigantes, su aprovechamiento del scope -hasta donde pueda llevarlo- travellings dificultosos que resultan estéticamente magníficos, los espejos siempre moviéndose alrededor de la duda o el miedo, y finalmente, el uso de efectos digitales ajustados a objetivos específicos, convierten la dirección de Zemeckis en un quimérico modelo de megalomanía, sacándose del sombrero, imágenes que calan, destilando un virtuosismo visual pocas veces observado a la hora de proponer microclimas o ambientes engrandecidos por la música encadenante de Alan Silvestri -bajo el influjo de Bernard Herrmann-. Es ahí donde la película encumbra su resultado por las orillas de la maestría, a la sencillez de los giros, a los golpes de efecto, a la creatividad irónica de su premisa, plena ésta de excelsitud genérica. A todo ello se une un elemento superlativo como es la interpretación de una Michelle Pfeiffer que vuelve a brindar una omnipotente presencia visual, dotando a su personaje la fragilidad etérea y necesaria para la identificación del público, al que se une Harrison Ford, que abandona su convencionalismo tosco por la complejidad de un tipo difícil y algo sesgado. Zemeckis corta con habilidad la cinta en dos partes. Una primera en la que el terror alcanza una cercanía asfixiante, erigiendo el nerviosismo de un personaje con el que se conecta inmediatamente, y una segunda en la que se desvela la verdad que subyace, en una perfecta evolución con doble final en el que su espectacularidad alcanza el propósito que buscaba el yankee. Es decir, una ilusoria miscelánea de terror, suspense, acción, melodrama y un thriller como la amalgama justa que impulsa el tono fantástico que formula el plot. What Lies Beneath dispone sin tapujos de una inusual historia de terror que se imanta esta vez con el talento y la calidad, para hacer de su tensión psicológica el elemento principista y dominante, obsequiándole al cine moderno una obra impoluta con objetivos básicos transparentes, sin ocultar algún desliz o secreto, y transformándose en una de las mejores películas de terror que resultaría imprescindible un repaso obligado. Hay veces en que tan buenos films pasan desapercibidos y creo que éste justifica el post.