Ayer se estrenó en nuestra sosa
cartelera, Violeta se fue a los cielos,
la última de las películas del discutido cineasta chileno Andrés Wood, creador
de La fiebre del loco -un marisco
muy apetecible en Chile- la polémica Machuca,
y la coral La buena vida, un
apreciable ejercicio hiperrealista de la conducta humana, pero con algunos desvíos
narrativos. Seria bueno hacer un post de Machuca,
una cinta resultadista y alabada por la crítica local e internacional, pero
cuestionada por muchos cineastas chilenos. Es un relato acerca del contexto de
la tragedia del año 1973, días previos y posteriores al golpe de estado en contra
del demócrata Allende, a través de la mirada de dos niños de estirpe contraria.
Esperemos tener el tiempo para hacerlo… No soy afecto al cine del vecino país del
sur, pero debo reconocer la sobriedad de Wood que luce comprometido con el afinado
guión del escritor Ángel Parra, uno de los dos hijos de la estupenda
artista chilena. Wood se vuelca por completo -y lo logra- desarrollar un
trabajo ordenado, muy creativo, perseverante, y acierta al no convertir su película
en un panfleto de estirpe biográfica -a pesar que los demonios de la tentación parecen brotar- por una razón
concluyente: la película se inspira en el libro de Ángel Parra, el mismo que se
imbuye de recuerdos del pasado, que emanan libertad y trasgresión, tal como lo
hacía su madre cada vez que se enfrentaba a un reto o un deseo por conquistar. En esta primera
película acerca de la Parra, tanto Andrés Wood como la actriz Francisca Gavilán
-quien interpreta a Violeta Parra con propiedad, desparpajo y numerosos matices
expresivos- logran capturar con extremo dinamismo, la maravillosa esencia del
espíritu imaginativo de una mujer tan maravillosa como compleja, y que está pulcramente
cristalizado con el transcurrir de la trama. Me sorprende haberla observado con
tanta atención porque si algún mensaje deja un Wood concienzudo, es el de traducir
con simpleza pero con detonante energía, los valores tan pujantes que defendía la
Parra, es decir, temas embrollados como la justicia social, la cultura popular,
su dedicación e incansable amor por la gente, por su país, y el arte que desarrolló
con tanta concupiscencia, y que se encargó de regarlo por un mundo indiferente,
intelectualmente lejano a sus pasiones. Se siente sana envidia, y nos
deberíamos preguntar porque los peruanos teniendo un ejemplo de mujer modélica como
lo fue nuestra Chabuca Granda, no hayamos intentado algo parecido, para sacarle
provecho a ese infinito aporte cultural que representaba semejante vena
artística a través de su inquieta impronta estilista, poética y musicalmente
perfecta, plagada de canciones entrañablemente peruanas. No puede ser posible
que en Argentina la quieran y recuerden como si Chabuca fuera nativa de este
país. Un horror atribuible a la torpe mentalidad de las autoridades políticas
de siempre. Antes de entrar en materia fílmica, he tratado de compactar una de
las tantas biografías habidas de Violeta Parra, para que aquellos que no
conocen quien fue, o a todo lo que se dedicó con tanto apasionamiento y aflicción,
se percaten de su valor, y se den un tiempito para observar en el cine a una
mujer realmente extraordinaria. No es un film para paladares confortables, sino
para entrar en una profunda exploración de un ser humano que no resistió su
propio talento, y pagó con su vida su cansancio y frustraciones.
Pues bien, Violeta del Carmen
Parra Sandoval nació en San Carlos, en la Región de Chillán, al sur de Chile.
Su padre fue maestro de música, su madre una sencilla campesina que dominaba el
oficio de guitarrera y de cantora. Criaron cinco hijos, y dos medio hermanos de
Violeta que convivieron sus infancias a campo tendido. A los nueve años,
Violeta aprendió a tocar la guitarra y cantar; a los doce compuso sus primeras
canciones. Más adelante, estudia y recibe un diploma que la acredita como
maestra principal de la Escuela Normal de Santiago. En esas épocas empieza componiendo
y escribiendo boleros, corridos, y tonadas. Trabaja en circos, bares, quintas
de recreo, y pequeñas salas de barrio. En 1952 se casa con Luis Cereceda. De
este matrimonio nacen Isabel y Ángel, con los cuales realizará gran parte de su
trabajo musical. A partir de los años 50, Violeta, impulsada por su hermano
Nicanor, empieza a recorrer zonas rurales del país para recopilar música
folklórica. El esfuerzo rinde sus frutos al hacer que la joven Violeta pueda descubrir
su amor por la poesía y el canto popular. Elabora así una síntesis cultural, y
hace emerger un costumbrismo de incalculable riqueza que hasta ese momento era
inédito. Es aquí donde Violeta empieza su intrincada lucha contra las visiones
estereotipadas de la América Latina, y se transforma en una creadora de la
auténtica cultura popular. Compone canciones, décimas, música instrumental
donde expresa su preocupación por lo que sucede. También dedica tiempo a la
pintura y a la escultura, lo que le permite abrir la mente hacia un arte mixto novedoso
que conformaría su gran obra, la misma que se caracterizaba por trazar a medida
de su humor o severidad campechana, el traspaso de una técnica o género a otro
con una simplicidad inigualable. En 1954, Violeta viaja invitada a Polonia,
recorre la URSS, y parte de Europa, permaneciendo dos años en Francia. Graba
sus primeros LP con cantos folklóricos y originales. Tiene mucho contacto con
artistas e intelectuales europeos de reconocido prestigio, regresando a Chile
para continuar su labor impulsadora, pero ya con el intelecto mejor informado,
casi selecto. En 1958 incursiona en la cerámica y comienza a bordar arpilleras.
Su ductilidad para el arte en sus diversas formas llamaba la atención. Viaja al
norte invitada por la universidad donde logra organizar recitales populares,
cursos de folklore, escribe y pinta con desahogo. De regreso a Santiago,
Violeta expone sus óleos en la Feria de Artes Plásticas, al aire libre. Durante
los siguientes años, continúa con su incansable proyecto de vida artística. En
1961, inicia una gira invitada al Festival de la Juventudes realizado en
Finlandia. Vuelve por la URSS, Alemania, Italia y Francia, donde permanece en
Paris por tres años. En 1964, la chilena logró un hito histórico al convertirse
en la primera latinoamericana en exponer individualmente en el museo del Louvre.
Actúa en centros musicales del barrio latino, y programas líderes de la radio y
televisión. Ofrece recitales en la UNESCO, el teatro de la ONU etc. Realiza una
serie de conciertos en Ginebra, y exposiciones de su obra plástica. En 1965,
viaja a Suiza donde filma un documental que la muestra en toda su magnitud de luchadora
por el arte. Retorna a Chile, y canta con sus hijos en la Peña de Los Parras,
en la calle Carmen, en Santiago. Inaugura el Centro de Arte en una carpa, donde
vive con su hija menor, y graba otros LP de música instrumental. Viaja a
Bolivia en 1966, ofrece conciertos en regiones del sur de Chile al año
siguiente, mientras continúa grabando. Regresa a Santiago para continuar su labor
en La Carpa, escribiendo allí sus últimas canciones. Referente a su obra
plástica, la misma esta formada por arpilleras y oleos realizados sobre tela,
madera y cartón. Los temas son cotidianos: su familia, los recuerdos de
infancia, pasajes de sus lugares preferidos de parte del mundo que visitó.
Violeta los crea entre los años 1954 y 1965 en Santiago, Buenos Aires, Paris y
Ginebra, y han sido expuestas en varios museos del mundo. Hoy día todas ellas
son patrimonio de La Fundación Violeta Parra, creada por sus herederos para
rescatar, preservar, y mostrar la obra manual de esta formidable artista
universal. Pero, Violeta es más querida en el mundo por su legado musical. El
aporte al quehacer sonoro latinoamericano se considera de gran valor cultural.
Su trabajo sirvió de inspiración a muchos artistas que continuaron con su ardua
y vigilante tarea de rescate tanto del folklore chileno como el de su segunda patria:
Latinoamérica. Sus composiciones han calado profundamente en los rincones más
apartados de la tierra, tanto por su compleja elaboración musical, y sus letras
poéticas, ingeniosas y socialmente comprometidas. Sus canciones han sido
versionadas por una gran cantidad de famosos cantores populares. Es justamente,
la melancólica “Gracias a la Vida”, que inmortalizó la “negra” Mercedes Sosa,
el himno musical de habla hispana más reconocido de esta parte del universo, el
tema que la pinta de cuerpo entero. El 05 de febrero de 1967, a los 50 años, y
tras varios intentos fallidos, Violeta Parra se suicidó de un disparo en la
carpa de La Reina, dejando un legado de esfuerzo y sacrificio notables. Se dice
que fue la indiferencia de los propios chilenos que la llevaron a terribles
frustraciones. Para muchos creadores, cantautores y amantes de la música, resulta
paradójico que la autora terminara suicidándose sólo un año después de escribir
su obra cumbre. Incluso, críticos de su obra ven en la letra, en el estilo de
musicalización, los tonos usados junto a la monotonía de sus temas, el reflejo
de un estado de ánimo depresivo, y una canción de despedida. Sin duda, la mujer
más importante de la vida cultural chilena, y una de las grandes de nuestro
continente. Ya los chilenos deberían hacer el Museo que Violeta Parra se
merece. Hace 35 años que lo vienen gestionando….
Continuando con Violeta se fue a los cielos, son
poquísimas las oportunidades que una película chilena se estrena en la cartelera
comercial. Sé que la obra de Wood no estuvo valorada en el último Festival de
la PUCP, aunque ganó un premio muy codiciado nada menos que en Sundance. Pero, vuelvo
a lo mismo, es que así es esa hedionda congregación de genios silentes e
intocables que sobrevaloran un certamen que es poco estimado en el contexto
internacional, donde el mercado se mueve en todas las direcciones y tendencias.
Los años cumplidos no hacen a los Festivales más o menos importantes, sino sus
contenidos. Y el Festival de Lima (PUCP) es una mezcla que en lo particular no me
atrae. Violeta se fue a los cielos es un muy buen film por varias razones.
Una de ellas porque no se le expone como una leyenda inamovible que hay que
pontificar, ni como una perogrullada testimonial. Muy por el contrario, esta
Violeta Parra que muestra Wood -que inteligentemente borra cualquier sospecha
de discursismo- ha sido concebida como una figura representativa no solo de
Chile, sino del mundo, ese que debemos conceptuar como la adopción de una imagen
viva, que está en permanente movimiento, haciendo o creando cosas, e incluso innovando
con una obra diversa, porque -como intento afirmar en la biografía- son sus
sentimientos los que emergen cuando se atreve a mostrarse tal cual era, una
luchadora del arte, de lo social, lo cultural, y de lo suyo, el emprendimiento
sin tregua. Wood con mucho sentido de la ubicuidad cinematográfica se da cuenta
que tiene entre manos el deber del retrato heterogéneo de una artista incansable
e iracunda, con un manejo del arte que no se cimenta en lo convencional del
humanismo, sino que su misión consiste en la exploración de la mujer que siente
y expresa sus malestares, sus dolores, sus desencantos o esa rabia tan
expresiva y posicionada en la lejanía del amor cuando esa notable actriz -con
apellido de ave destructora- afirma que “el amor siempre lo termina destrozando
todo” como concluyendo que su autodestrucción se regirá por el desamor o el
desafecto, ya que su inclinación tan poderosa y fluida por el hacer continuo y
sin descanso de su arte la llevaba a refugiarse en la soledad más urticante,
donde su femineidad casi insulsa de la adultez no era sino la progresión de una
infancia similar, imaginativamente gemela. Todos estos componentes son los que
Wood amalgama con una fuerza superior que parece nacer de la intensidad de
una naturaleza detonante, de su inmersión total en variados climas,
circunstancias y entornos que la subordina brutalmente, la compromete con el
pensamiento lógico en la muerte apresurada, cuando ya la mixtura incontrolable
de lo artístico no resulta suficiente para soportar tanto abatimiento y carga
emotiva. Wood sabe que tiene entre algodones una mujer compleja, de vida
conflictiva hacia dentro -cómo entender esa mente tan profusa- y sustenta su
narrativa en una parcelación o fraccionamiento temporal, donde construye la
historia provista de distintas angulaciones o capas alegóricas sin caer en la prosopopeya
fílmica. La entrevista televisiva que recrea Wood, la ficción de esos viajes
alterados, sus relaciones familiares lacerantes, sus siempre presentes
proyectos de superación y de aprendizaje continuo, su mal genio, su sexualidad cohibida,
congelada por sus propios arrebatos, su amor lacerante por un suizo hijo de
puta, la muerte de su pequeño hijo etc., nos hace reflexionar en quien es esa
mujer a la que estamos observando parir hermosas y desgarradoras vivencias, a
la verdadera o a la que ocupa esa dimensionalidad humana. Son instantes de una
emotividad que golpea, en donde Wood se regodea colocando canciones muy propias
de su vorágine poética, de su música sentida, esa que posee una carga inmortal
difícil de poder no sentir tocada nuestra sensibilidad. La parte visual que
Wood logra, es muy simple pero a la vez lo suficientemente explicativa para que
los diálogos sean complementos concretos de acciones que emiten las imágenes. La
música en la voz de la Parra es el diálogo perfecto, el complemento visual
adecuado. Aquella escena con los mineros es antológica, por su expresividad
casi maniaca, dura e intransigente. Con el bombo en mano, Violeta les va
transmitiendo el dolor de su arte comprometido justamente con ese tipo de
gente, a través de una canción
maravillosa. Esos momentos de sufrimientos alternados entre ella y sus queridos
coterráneos, se transforma en una imagen de una angustia compartida. La
interpretación de la actriz chilena Francisca Gavilán es justa, generosa, entregada
por completo al sueño de Wood que también es el de la actriz, porque sabe que
está en el personaje de su vida, dentro de una mujer única, pero que no la
imita ni se limita, sino que le busca y finalmente le encuentra el lado artístico
que su capacidad le puede aportar a la cuestión. Su caudal de expresiones
afectivas como severas de la Gavilán son impactantes sin siquiera parecerse a
un empaque humano de Violeta Parra. Es la otra cara de una misma moneda
interpretativa según lo que requiere Wood, e impone un naturalismo que nos
enternece y convence. Gran labor sin duda. Película de valores agregados, de
riesgos calculados con habilidad y sin desafinar en su ritmo narrativo, con una
puesta en escena que nadie discutirá -los sonidos y el montaje buenísimos- y un
concepto de la imagen coherente con todos los demás aspectos técnicos. Para
quienes conocemos algo la obra de Violeta Parra y sentimos especial cariño por
ella, Wood reinventa con una magistral simpleza una “mujer entregada”, y
realiza una ficción atinada, perfectamente comprensible, y disfrutable. Para
las generaciones jóvenes, una propuesta sin agresiones, sumamente amable y que
deja la puerta abierta para que los interesados puedan ahondar en la vida de
esa grandísima mujer. Que hubiera sido de Violeta Parra si hubiera siquiera
vivido 15 o 20 años más, y se hubiera encontrado cara a cara con Pinochet.
Quien lo pudiera saber. Film imperdible para personas de emociones fuertes.




































































