viernes, 31 de agosto de 2012

“Violeta se fue a los cielos”, gracias a su vida, nos ha dado tanto.











































Ayer se estrenó en nuestra sosa cartelera, Violeta se fue a los cielos, la última de las películas del discutido cineasta chileno Andrés Wood, creador de La fiebre del loco -un marisco muy apetecible en Chile- la polémica Machuca, y la coral La buena vida, un apreciable ejercicio hiperrealista de la conducta humana, pero con algunos desvíos narrativos. Seria bueno hacer un post de Machuca, una cinta resultadista y alabada por la crítica local e internacional, pero cuestionada por muchos cineastas chilenos. Es un relato acerca del contexto de la tragedia del año 1973, días previos y posteriores al golpe de estado en contra del demócrata Allende, a través de la mirada de dos niños de estirpe contraria. Esperemos tener el tiempo para hacerlo… No soy afecto al cine del vecino país del sur, pero debo reconocer la sobriedad de Wood que luce comprometido con el afinado guión del escritor Ángel Parra, uno de los dos hijos de la estupenda artista chilena. Wood se vuelca por completo -y lo logra- desarrollar un trabajo ordenado, muy creativo, perseverante, y acierta al no convertir su película en un panfleto de estirpe biográfica -a pesar que los demonios de la tentación parecen brotar- por una razón concluyente: la película se inspira en el libro de Ángel Parra, el mismo que se imbuye de recuerdos del pasado, que emanan libertad y trasgresión, tal como lo hacía su madre cada vez que se enfrentaba a un reto o un deseo por conquistar. En esta primera película acerca de la Parra, tanto Andrés Wood como la actriz Francisca Gavilán -quien interpreta a Violeta Parra con propiedad, desparpajo y numerosos matices expresivos- logran capturar con extremo dinamismo, la maravillosa esencia del espíritu imaginativo de una mujer tan maravillosa como compleja, y que está pulcramente cristalizado con el transcurrir de la trama. Me sorprende haberla observado con tanta atención porque si algún mensaje deja un Wood concienzudo, es el de traducir con simpleza pero con detonante energía, los valores tan pujantes que defendía la Parra, es decir, temas embrollados como la justicia social, la cultura popular, su dedicación e incansable amor por la gente, por su país, y el arte que desarrolló con tanta concupiscencia, y que se encargó de regarlo por un mundo indiferente, intelectualmente lejano a sus pasiones. Se siente sana envidia, y nos deberíamos preguntar porque los peruanos teniendo un ejemplo de mujer modélica como lo fue nuestra Chabuca Granda, no hayamos intentado algo parecido, para sacarle provecho a ese infinito aporte cultural que representaba semejante vena artística a través de su inquieta impronta estilista, poética y musicalmente perfecta, plagada de canciones entrañablemente peruanas. No puede ser posible que en Argentina la quieran y recuerden como si Chabuca fuera nativa de este país. Un horror atribuible a la torpe mentalidad de las autoridades políticas de siempre. Antes de entrar en materia fílmica, he tratado de compactar una de las tantas biografías habidas de Violeta Parra, para que aquellos que no conocen quien fue, o a todo lo que se dedicó con tanto apasionamiento y aflicción, se percaten de su valor, y se den un tiempito para observar en el cine a una mujer realmente extraordinaria. No es un film para paladares confortables, sino para entrar en una profunda exploración de un ser humano que no resistió su propio talento, y pagó con su vida su cansancio y frustraciones.  

Pues bien, Violeta del Carmen Parra Sandoval nació en San Carlos, en la Región de Chillán, al sur de Chile. Su padre fue maestro de música, su madre una sencilla campesina que dominaba el oficio de guitarrera y de cantora. Criaron cinco hijos, y dos medio hermanos de Violeta que convivieron sus infancias a campo tendido. A los nueve años, Violeta aprendió a tocar la guitarra y cantar; a los doce compuso sus primeras canciones. Más adelante, estudia y recibe un diploma que la acredita como maestra principal de la Escuela Normal de Santiago. En esas épocas empieza componiendo y escribiendo boleros, corridos, y tonadas. Trabaja en circos, bares, quintas de recreo, y pequeñas salas de barrio. En 1952 se casa con Luis Cereceda. De este matrimonio nacen Isabel y Ángel, con los cuales realizará gran parte de su trabajo musical. A partir de los años 50, Violeta, impulsada por su hermano Nicanor, empieza a recorrer zonas rurales del país para recopilar música folklórica. El esfuerzo rinde sus frutos al hacer que la joven Violeta pueda descubrir su amor por la poesía y el canto popular. Elabora así una síntesis cultural, y hace emerger un costumbrismo de incalculable riqueza que hasta ese momento era inédito. Es aquí donde Violeta empieza su intrincada lucha contra las visiones estereotipadas de la América Latina, y se transforma en una creadora de la auténtica cultura popular. Compone canciones, décimas, música instrumental donde expresa su preocupación por lo que sucede. También dedica tiempo a la pintura y a la escultura, lo que le permite abrir la mente hacia un arte mixto novedoso que conformaría su gran obra, la misma que se caracterizaba por trazar a medida de su humor o severidad campechana, el traspaso de una técnica o género a otro con una simplicidad inigualable. En 1954, Violeta viaja invitada a Polonia, recorre la URSS, y parte de Europa, permaneciendo dos años en Francia. Graba sus primeros LP con cantos folklóricos y originales. Tiene mucho contacto con artistas e intelectuales europeos de reconocido prestigio, regresando a Chile para continuar su labor impulsadora, pero ya con el intelecto mejor informado, casi selecto. En 1958 incursiona en la cerámica y comienza a bordar arpilleras. Su ductilidad para el arte en sus diversas formas llamaba la atención. Viaja al norte invitada por la universidad donde logra organizar recitales populares, cursos de folklore, escribe y pinta con desahogo. De regreso a Santiago, Violeta expone sus óleos en la Feria de Artes Plásticas, al aire libre. Durante los siguientes años, continúa con su incansable proyecto de vida artística. En 1961, inicia una gira invitada al Festival de la Juventudes realizado en Finlandia. Vuelve por la URSS, Alemania, Italia y Francia, donde permanece en Paris por tres años. En 1964, la chilena logró un hito histórico al convertirse en la primera latinoamericana en exponer individualmente en el museo del Louvre. Actúa en centros musicales del barrio latino, y programas líderes de la radio y televisión. Ofrece recitales en la UNESCO, el teatro de la ONU etc. Realiza una serie de conciertos en Ginebra, y exposiciones de su obra plástica. En 1965, viaja a Suiza donde filma un documental que la muestra en toda su magnitud de luchadora por el arte. Retorna a Chile, y canta con sus hijos en la Peña de Los Parras, en la calle Carmen, en Santiago. Inaugura el Centro de Arte en una carpa, donde vive con su hija menor, y graba otros LP de música instrumental. Viaja a Bolivia en 1966, ofrece conciertos en regiones del sur de Chile al año siguiente, mientras continúa grabando. Regresa a Santiago para continuar su labor en La Carpa, escribiendo allí sus últimas canciones. Referente a su obra plástica, la misma esta formada por arpilleras y oleos realizados sobre tela, madera y cartón. Los temas son cotidianos: su familia, los recuerdos de infancia, pasajes de sus lugares preferidos de parte del mundo que visitó. Violeta los crea entre los años 1954 y 1965 en Santiago, Buenos Aires, Paris y Ginebra, y han sido expuestas en varios museos del mundo. Hoy día todas ellas son patrimonio de La Fundación Violeta Parra, creada por sus herederos para rescatar, preservar, y mostrar la obra manual de esta formidable artista universal. Pero, Violeta es más querida en el mundo por su legado musical. El aporte al quehacer sonoro latinoamericano se considera de gran valor cultural. Su trabajo sirvió de inspiración a muchos artistas que continuaron con su ardua y vigilante tarea de rescate tanto del folklore chileno como el de su segunda patria: Latinoamérica. Sus composiciones han calado profundamente en los rincones más apartados de la tierra, tanto por su compleja elaboración musical, y sus letras poéticas, ingeniosas y socialmente comprometidas. Sus canciones han sido versionadas por una gran cantidad de famosos cantores populares. Es justamente, la melancólica “Gracias a la Vida”, que inmortalizó la “negra” Mercedes Sosa, el himno musical de habla hispana más reconocido de esta parte del universo, el tema que la pinta de cuerpo entero. El 05 de febrero de 1967, a los 50 años, y tras varios intentos fallidos, Violeta Parra se suicidó de un disparo en la carpa de La Reina, dejando un legado de esfuerzo y sacrificio notables. Se dice que fue la indiferencia de los propios chilenos que la llevaron a terribles frustraciones. Para muchos creadores, cantautores y amantes de la música, resulta paradójico que la autora terminara suicidándose sólo un año después de escribir su obra cumbre. Incluso, críticos de su obra ven en la letra, en el estilo de musicalización, los tonos usados junto a la monotonía de sus temas, el reflejo de un estado de ánimo depresivo, y una canción de despedida. Sin duda, la mujer más importante de la vida cultural chilena, y una de las grandes de nuestro continente. Ya los chilenos deberían hacer el Museo que Violeta Parra se merece. Hace 35 años que lo vienen gestionando….

Continuando con Violeta se fue a los cielos, son poquísimas las oportunidades que una película chilena se estrena en la cartelera comercial. Sé que la obra de Wood no estuvo valorada en el último Festival de la PUCP, aunque ganó un premio muy codiciado nada menos que en Sundance. Pero, vuelvo a lo mismo, es que así es esa hedionda congregación de genios silentes e intocables que sobrevaloran un certamen que es poco estimado en el contexto internacional, donde el mercado se mueve en todas las direcciones y tendencias. Los años cumplidos no hacen a los Festivales más o menos importantes, sino sus contenidos. Y el Festival de Lima (PUCP) es una mezcla que en lo particular no me atrae. Violeta se fue a los cielos es un muy buen film por varias razones. Una de ellas porque no se le expone como una leyenda inamovible que hay que pontificar, ni como una perogrullada testimonial. Muy por el contrario, esta Violeta Parra que muestra Wood -que inteligentemente borra cualquier sospecha de discursismo- ha sido concebida como una figura representativa no solo de Chile, sino del mundo, ese que debemos conceptuar como la adopción de una imagen viva, que está en permanente movimiento, haciendo o creando cosas, e incluso innovando con una obra diversa, porque -como intento afirmar en la biografía- son sus sentimientos los que emergen cuando se atreve a mostrarse tal cual era, una luchadora del arte, de lo social, lo cultural, y de lo suyo, el emprendimiento sin tregua. Wood con mucho sentido de la ubicuidad cinematográfica se da cuenta que tiene entre manos el deber del retrato heterogéneo de una artista incansable e iracunda, con un manejo del arte que no se cimenta en lo convencional del humanismo, sino que su misión consiste en la exploración de la mujer que siente y expresa sus malestares, sus dolores, sus desencantos o esa rabia tan expresiva y posicionada en la lejanía del amor cuando esa notable actriz -con apellido de ave destructora- afirma que “el amor siempre lo termina destrozando todo” como concluyendo que su autodestrucción se regirá por el desamor o el desafecto, ya que su inclinación tan poderosa y fluida por el hacer continuo y sin descanso de su arte la llevaba a refugiarse en la soledad más urticante, donde su femineidad casi insulsa de la adultez no era sino la progresión de una infancia similar, imaginativamente gemela. Todos estos componentes son los que Wood amalgama con una fuerza superior que parece nacer de la intensidad de una naturaleza detonante, de su inmersión total en variados climas, circunstancias y entornos que la subordina brutalmente, la compromete con el pensamiento lógico en la muerte apresurada, cuando ya la mixtura incontrolable de lo artístico no resulta suficiente para soportar tanto abatimiento y carga emotiva. Wood sabe que tiene entre algodones una mujer compleja, de vida conflictiva hacia dentro -cómo entender esa mente tan profusa- y sustenta su narrativa en una parcelación o fraccionamiento temporal, donde construye la historia provista de distintas angulaciones o capas alegóricas sin caer en la prosopopeya fílmica. La entrevista televisiva que recrea Wood, la ficción de esos viajes alterados, sus relaciones familiares lacerantes, sus siempre presentes proyectos de superación y de aprendizaje continuo, su mal genio, su sexualidad cohibida, congelada por sus propios arrebatos, su amor lacerante por un suizo hijo de puta, la muerte de su pequeño hijo etc., nos hace reflexionar en quien es esa mujer a la que estamos observando parir hermosas y desgarradoras vivencias, a la verdadera o a la que ocupa esa dimensionalidad humana. Son instantes de una emotividad que golpea, en donde Wood se regodea colocando canciones muy propias de su vorágine poética, de su música sentida, esa que posee una carga inmortal difícil de poder no sentir tocada nuestra sensibilidad. La parte visual que Wood logra, es muy simple pero a la vez lo suficientemente explicativa para que los diálogos sean complementos concretos de acciones que emiten las imágenes. La música en la voz de la Parra es el diálogo perfecto, el complemento visual adecuado. Aquella escena con los mineros es antológica, por su expresividad casi maniaca, dura e intransigente. Con el bombo en mano, Violeta les va transmitiendo el dolor de su arte comprometido justamente con ese tipo de gente, a  través de una canción maravillosa. Esos momentos de sufrimientos alternados entre ella y sus queridos coterráneos, se transforma en una imagen de una angustia compartida. La interpretación de la actriz chilena Francisca Gavilán es justa, generosa, entregada por completo al sueño de Wood que también es el de la actriz, porque sabe que está en el personaje de su vida, dentro de una mujer única, pero que no la imita ni se limita, sino que le busca y finalmente le encuentra el lado artístico que su capacidad le puede aportar a la cuestión. Su caudal de expresiones afectivas como severas de la Gavilán son impactantes sin siquiera parecerse a un empaque humano de Violeta Parra. Es la otra cara de una misma moneda interpretativa según lo que requiere Wood, e impone un naturalismo que nos enternece y convence. Gran labor sin duda. Película de valores agregados, de riesgos calculados con habilidad y sin desafinar en su ritmo narrativo, con una puesta en escena que nadie discutirá -los sonidos y el montaje buenísimos- y un concepto de la imagen coherente con todos los demás aspectos técnicos. Para quienes conocemos algo la obra de Violeta Parra y sentimos especial cariño por ella, Wood reinventa con una magistral simpleza una “mujer entregada”, y realiza una ficción atinada, perfectamente comprensible, y disfrutable. Para las generaciones jóvenes, una propuesta sin agresiones, sumamente amable y que deja la puerta abierta para que los interesados puedan ahondar en la vida de esa grandísima mujer. Que hubiera sido de Violeta Parra si hubiera siquiera vivido 15 o 20 años más, y se hubiera encontrado cara a cara con Pinochet. Quien lo pudiera saber. Film imperdible para personas de emociones fuertes.

miércoles, 29 de agosto de 2012

“Cacería implacable”, incursión del cine negro escandinavo.































Los cinéfilos amantes del film noir norteamericano, estamos complacidos que las películas provenientes de la Europa nórdica -Noruega en este caso- nos hayan hecho saber que por esos lugares tan distantes de los nuestros, se produzca un cine de género policíaco con aplomo, soltura y temperamento, a pesar de su idiosincrasia, sumados los contextos globalizantes. Pero, esto ya es una realidad que le aporta al buen manejo que estos países vienen gestionando con sus productos fílmicos a niveles internacionales. Ya habíamos tenido la suerte de probar el buen sabor que dejó la franquicia sueca Millennium a través de una apreciable trilogía -vinculada seriamente a su literatura- y que los norteamericanos se han propuesto adaptar, por lo menos en una primera parte. Este novedoso perfil del cine negro escandinavo se remonta a los verdaderos forjadores de las novelas de género, como los esposos suecos Maj Sjöwall y Per Wahlöö, que crearon al famoso inspector Martin Beck, que hacía de las suyas entre los años 1965 y 1975 atrapando al horror, y congelando a su espanto, en diez novelas que el matrimonio decidió narrar al filo de la navaja para descorchar a la genial pero apañada corruptela sueca. Luego siguieron otros escritores de prestigio que también afilaron lápices hacia la novela negra, como Henning Mankel -quien creo al entrañable detective Wallander- Camilla Läckberg, Kjell Eriksson o Asa Larsson. Pero, la tradición de este cine hiperbóreo ya parece constituirse finalmente en una deliciosa constante. Muchas de sus propuestas, y de sus directores -no incluiré a Ingmar Bergman por una cuestión de respeto a su obra- han elaborado historias de renovador interés, sin contar con vastos presupuestos. El último caso emblemático lo supo plantear la danesa Susanne Bier, quien consiguió el Oscar a la mejor película de habla no inglesa del año pasado con su punzante In a Better World, film donde concreta el paralelismo entre el motor generador de la violencia tercermundista, y aquella que se respira en el antagónico mundo desarrollado. Retrata el poder del caos, su insoportable convivencia cuando está activo, incluso penetrando la vulnerabilidad de los niños, y su efecto negativo cuando se pasan por alto valores morales mínimos. No olvidemos al danés Lars von Trier, ideólogo y precursor del método Dogma 95, que también le propinó valor agregado, notable estilo y temporalidad al cine boreal, realizador de títulos como Europa, Breaking The Waves, la notable Dancer in the Dark con Björk -ojala comentemos algún día este hermoso film- Dogville con la bella Nicole Kidman, The Boss of It All, Antichrist y últimamente Melancholia. Otros directores que han emigrado para demostrar que no se es profeta en su tierra, son el danés Nicolas Winding Refn, director de Drive, una plausible cinta en donde actúa con prestancia Ryan Gosling, o alguien un poco más antiguo como el sueco Lasse Hallström con cuatro títulos interesantes como The Cider House Rules en 1999, Chocolat el 2000, The Shipping News el 2001 y no hace mucho el remake Hachiko: A Dog's Story del japonés Seijirô Kôyama. Finalmente la estupenda Let the Right One In del sueco Alfredson o Tinker Tailor Soldier Spy, un formidable thriller de espionaje del mismo realizador. Hay todavía tela por cortar y trajes por confeccionar en esto del cine septentrional, como aquellos peculiares films de Islandia como 101 Réikiavik o White Night Wedding de Baltasar Kormákur, o la reciente comedia infantil noruega Totally True Love de Anne Sewitsky. Pero el tema que nos reúne es el film negro noruego Cacería Implacable o Headhunters de Morten Tyldum, basado en la premiada novela de Jo Nesbo, un reconocido escritor muy mordaz y estilista del suspense policial.

En cuanto a la película, da gusto observar la inflexible intolerancia cinematográfica de un sujeto como Tyldum que parece ser un cineasta decidido a todo, nada meditabundo, ni abstraído, que no pierde tiempo en memeces ni simplezas narrativas. El impulso inicial que le da a su historia nos llama la atención por su brillantez, notoriedad y hasta desvergüenza. Es un cine al que no le apesta nada, que no admite un segundo de reflexión inversa, y su perseverancia lo obliga a tirar los leones hambrientos al campo de batalla de inmediato para que el espectador se congele sorprendido del horror o la ironía, y se pegue un portazo mental desde que el noruego arranca motores. Pues bien, un tipo llamado Roger, nada fortachón, medio desagradable aunque notoria mirada, de estatura baja (1.68) que no parece acomplejarlo, y dedicado clandestinamente al robo de cuadros de pintores famosos, junto a un amigo que lo proveía de tecnología y se encargaba luego de la venta de lo hurtado. Roger ingresa al tablero con facilidad y juega a mostrarnos el infalible empleo que maneja, y de una disciplinada táctica de conquista femenil para involucrarse con bellas y sofisticadas mujeres, siendo la mejor su esposa Diana, un espigado ejemplar de alcurnia, cultivada, dueña de una galería de arte, y sobre todo muy sensual, portadora de más de 180 cms., de condicionada altura, y demás cualidades que apreciar. Diana, le presenta a Roger durante una exposición de pinturas, a un sujeto que está en el negocio de sensores y todo tipo de aparatos de control. Conversan de sus respectivos empleos, y Roger termina ofreciéndole una posibilidad de trabajo, ya que su trabajo formal es en una reputada agencia de empleos de CEOS. Tyldum no corre aunque la narrativa le exige apurar los diálogos y situaciones. Lo hace con mucha habilidad y sobrada inteligencia. Esa misma noche en casa, Diana le señala a su marido que su amigo tiene en su poder una pintura famosa de Rubens. A Roger se le hace agua la boca cuando Diana le afirma que el cuadro vale 100 millones. El eficiente caco planea al día siguiente el robo del cuadro. Tyldum parece conocer muy bien a su personaje principal, y esta noticia podría hasta llenar el vacío existencial que hasta hace poco lo inundaba, y la pega de lo que se supone es su fortaleza, un ser implacable y manipulador, de carácter avezado, y sin complicación para poder no solo disfrutar de los placeres junto a su mujer, a quien la ha engatusado, para que llegada la oportunidad le brinde información necesaria para sus fechorías. A todo esto, Roger vive en una mansión donde brota la opulencia de aquellas celebridades millonarias desconocidas. Su trabajo como caza-talentos u hombres especializados en encontrar virtudes en donde otros buscan hacer cabildeo social. Su resoluta audacia lo lleva a no conformarse con descubrir genios de la gestión gerencial, sino que le agrega el valor que todo pillo de los negocios inversores oscuros domina: apropiarse ilegalmente de todo tipo de productos de muy alto costo que emana del arte, y que tengan guardados en sus mansiones. Tyldum no solo nos exhibe un dominio perfecto del manejo visual sino que demuestra a través de sus correctas escenas de sexo y violencia, poseer una impresionante capacidad para que su personaje pueda delinear sus maquiavélicas ideas, además de darse el placer de disfrutar de esa doble vida de un inescrupuloso trabajador de lo indebido. Uno va quedando prendado de las jugarretas de semejante bribón, siguiéndose con interés sus desmanes. Pero, como en la vida real y la ficción, las desventuras del sofisticado ladronzuelo comienzan a concretarse, y su acorralamiento no tardará en llegar. El laberinto se lo crea uno mismo, y siempre en la vida de cualquiera, hay uno más pícaro e inteligente. Hay que saber darse cuenta en el momento justo que no todo el tiempo el azar le pertenece. Roger no intuye, y se topa con un temible ladino que masca y traga vidrio como confites de limón. Todo el negocio se le da vuelta como un apetitoso panqueque. Pasará de cazador a presa, y logrará darse cuenta, con estupor y pánico, que al lado de los verdaderos mafiosos -esos que tienen la sartén por el mango o que cortan la torta- es un soso amateur, un novato a quien se lo devora uno de esos inclementes depredadores, de esos miserables que no se limitan a saquearlo todo lo que uno ama y posee, sino que también va matarlo. Aquí es donde Tyldum junta los cables y hace de la astucia, y de la trampa un compacto juego que avanza a la velocidad de un avión, impulsada y sostenida por esos personajes rastreros cuyo trazo es magnífico. El guión es lo suficiente coherente al tener mucho de lo real que resulta la ambición sin control, además de demostrar un placer inusual por el vaivén hiperbólico de sus constantes giros. Hay concordancia entre guión y narrativa, aunque no es perfecta en su puesta en escena, pues existe algún bajón que no permite una continuidad que podría haber llegado a ser fascinante, pero lo que cautiva es su arrojo por demostrar que un tan desopilado disparate puede llegar a ser tan entretenido, y lo más importante, hecho con una precisión desconocida en los rincones de esa parte glacial del continente. Una intriga de acento nihilista, fatalista, aliñada con un sarcástico humor negro, un desenlace inesperado -es el amor el que lo impone- dosis vehementes de violencia y desnudez, que en su estructura visual y argumental resulta una pieza sugerente de tomar en cuenta. Traten de encontrarla en los lugares preferentes y/o piratas de Lima. Yo la traje de Colombia, pagué media fortuna, pero valió la pena. Imperdible ejercicio de género.