viernes, 28 de septiembre de 2012

“Primer”, buscando la temporalidad perdida.
















































Cuando uno se refiere a películas de bajo presupuesto dentro del género de la ciencia ficción, cabría hacer una división simplemente de estilo. Films cuyo contenido argumental es muy visual y buscan impactar a través de la creación de seres extraños, extraterrestres no convencionales que inmersos en existencias paralelas puedan justificar su irrealismo, por su limitada inversión. El otro estilo es más mental o conceptual, donde predominen los diálogos, y el guión pretenda sorprender y gustar por su  imponente originalidad sin intentar imitar ni de recrear tramas de films que han sido concebidos con mayores pretensiones económicas. Primer es un ejemplo perfecto del segundo estilo. Aquí no existen seres con trajes estrambóticos y luces estroboscópicas, ni efectos especiales que deslumbren, o ambientaciones fantásticas. La magia de esta forma de hacer cine independiente se encuentra en la eficiencia y lucidez de su historia. Nos referimos al ¿¿Por qué de las cosas?? Hecha con un presupuesto de unos pocos miles de dólares, Primer recurre a la inteligencia matemática y deductiva de un espectador que normalmente no está acostumbrado a pensar en esos términos. Son cuatro jóvenes científicos que se reúnen a tratar de armar una máquina que según sus cálculos, puede servir para hacer algo que nunca ha existido. El proyecto que están trabajando es en principio un reductor de masa anti gravedad pero algo pasa y no funciona. Uno de los jóvenes ingenieros descubre que el proyecto no ha fallado del todo ya que tiene otra función mucho más importante que puede cambiar sus vidas para siempre. Ahí es donde la película empieza a desarrollar sus prioridades. La funcionabilidad sumada a un determinado valor agregado que cada ingeniero aporte conforma el grado de utilidad del descubrimiento. Shane Carruth, superdotado matemático, es el todista del film al asumir casi todos los aspectos técnicos del mismo, hasta la de actor protagónico, y lo hace con temple, sin errores.  Primer es la última insurrección de la ciencia ficción cinematográfica -ganó el Festival de Sundance en 2004- aunque sea portadora de una frialdad y complejidad extremas para ser digeridas con cierta facilidad. El film se enmarca en la línea de cult-movies crípticas al estilo de Pi, Donnie Darko, Cube o Terciopelo Azul, y demás, en el sentido de que hay que hacer un esfuerzo puntilloso para empezar y terminar de comprender sus objetivos. Carruth compone un relato hipnótico al que le falta algo de “calor humano” y cae en ciertos vacíos quizás, pero realiza un aceptable trabajo en su puesta en escena. El argumento es tan complejo y laberíntico como fascinante, y se explora el dilema de las paradojas temporales y los vaivenes del significado pasado del tiempo a través de un armatoste impresentable y amorfo. La maquina del tiempo solo viaja hacia el pasado. La misma debe existir y estar encendida en ese momento del pasado al que se desea viajar. Por lo tanto el momento más antiguo del pasado al que se puede ir es cuando se construyo y encendió la maquina original. El lapso de tiempo que se viaja hacia el pasado, es la cantidad de tiempo desde que se encendió la maquina hasta que se apaga y alguien se introduce en ella. Cada vez que uno de los protagonistas viaja en el tiempo se crea una nueva línea temporal. En la película hay entre siete u ocho líneas temporales -varias implícitas- que se pueden lograr distinguir sin problemas. El tema es la interpretación de las líneas temporales. Es aquí donde las confusiones empiezan a apoderarse del relato. La cinta ahonda en una sociedad que busca más tiempo, y se pierde en muchas horas improductivas de trabajo. Hay muchos matices que rodean la premisa que pretende Carruth, pero que con paciencia se pueden ir sacando progresivamente, las pretensiones del realizador. El peso de los actores recae en Carruth y Sullivan, que lo hacen convincentemente. La mayoría de la filmación esta hecha cámara en mano, y consigue crear un look visual realmente surrealista y único. El guión esta elaborado manera difusa, por lo tanto, si alguien no se compromete en poner atención, se despistará, y se perderá en la continuidad narrativa que persigue Carruth. Son más las trampas o nudos de acción colocados inteligente y sutilmente, que el desarrollo del film en cuanto a la máquina del tiempo y su utilidad para justificar si sus viajes al pasado serán en vano, o lograrán encontrarse con sus otros yo, esos que ellos suponen existen en el lapso del tiempo que permanecen en el pasado. Es un film ejemplar, y demuestra que la agudeza y el ingenio están también en los elementos más sencillos que ofrece la cinematografía. La selección de localizaciones son lugares cotidianos tratados con tonos enrarecidos. Primer es un jeroglífico algebraico, un artilugio de gran eficacia de un sabio matemático que tiene un envidiable talento y mucho futuro por delante, una autentica pieza de culto, pero tan fría y aséptica como una clase de física cuántica para un literato. 

martes, 25 de septiembre de 2012

“Salvajes”, Stone y su ¿¿ apología por legalizar las drogas ??.













































Oliver Stone es uno de los mejores y/o más controvertidos directores que ha dado el cine norteamericano empezando la década de los ochenta. Es el realizador “chatarra” por excelencia -nosotros acá en Perú le llamamos “comida chatarra” a alimentos importados como la pizza o la hamburguesa, es decir, provocadoras, sabrosas pero no recomendables- porque, entre otras razones, es un gran promotor de denuncias, o un cazador de ingenuos, a quienes nos vende su “comida chatarra” desde hace un buen tiempo, y que luego de su Natural Born Killers en 1994 -que comentaremos luego y que ganó el Festival de Venecia- y quizás un film bien planteado -lo tenía a Al Pacino en el elenco- como Any Given Sunday en 1999, tomó la bandera de la realización de agrios documentales políticos a personajes opositores de los EEUU, como Fidel, Arafat, Chávez, Evo, y hasta la desafinada Cristina-quien ya empezó hace poco a estatizar y pelearse con Obama- metiéndose en un terreno que ya no pertenece a la ficción sino directamente a entrevistar a la mendacidad y al oprobio. Pero, ese es un Stone altisonante, irónico, y altruista, un divertido sujeto que le fascina llamar la atención de maneras desacostumbradas, porque sus últimas películas “chatarras” no le funcionaron ni aquí ni allá -salvo World Trade Center- pero que a través de su ingenio y persistencia, logra con facilidad reinventarse, y volver a interesarnos aunque nos de gato por liebre. Pero, el otro Oliver Stone, el serio y aplomado, ese que te seduce y luego te muerde el alma con su fuerza visual, con sus guiones razonablemente enredados -ganó un Oscar como escritor de Midnight Express, el film de Alan Parker- ese que retrata la desesperación del hombre en aprietos como pocos, el que hizo dudar al mundo entero cuando detalló excepcionalmente el magnicidio de Dallas con su notable J.F.K., o el hombre que se atrevió por primera vez a mostrar en pantalla al gran público yankee como sus soldados cometían crímenes y canalladas en Vietnam. Stone modificó las reglas del cine de combate, y dejó en claro que el trauma de Vietnam -los asiáticos ganaron y los yankees aprendieron a pelear en zonas agrestes- dista mucho de estar limpio y expurgado de esas conciencias. Platoon ganó el Oscar a mejor film y Stone a mejor director, pero vuelta atrás, cuando los films de antaño se observan ahora son pocos los que mantienen una vigencia ejemplar, aquellos que hasta ahora pueden erizar la piel de quien las observa. Platoon no, Oliver tampoco -y no me refiero a efectos especiales- pueden sostenerse con el transcurrir de los años, y la razón es lamentable, y se justifica por que Stone tiene un manejo narrativo de su historia particularmente deficiente. Los personajes suelen estar confundidos entre sí, para conocer quien es quien nos demoramos casi 60 minutos, abundan los nombres sin rostro y los rostros sin nombre. En esos tiempos la cosa era distinta, hoy Platoon sería una película mediocre. En el cine de siempre, las tensiones dramáticas no se definen por la magnitud de los conflictos, sino por la capacidad de involucrar en ella al que las ve. Es muy cierto que hay films imponentes e impresionantes, pero impresionar no es sinónimo de conmover. Stone es emblemático en su país, gracias al tratamiento de arrebolados temas sociales y políticos. Al margen de Platoon, hizo un film que definiría su estilo con el drama político, Salvador  -en 1986, meses antes que realizara Platoon-  en donde toca la vida de un reportero gráfico norteamericano en el conflicto salvadoreño. Su éxito continuaría con su mordiente visión del mundo de los grandes negocios en Wall Street, 1987, y con su regreso a Vietnam en Born on the Fourth of July, con un inspirado Tom Cruise. Con este film de 1989 logra ganar otro Oscar a mejor director. En sus siguientes cintas Stone traza un severo retrato de la USA moderna, tratando, entre otros, los ya mencionados temas como el asesinato de Kennedy, la presidencia de Richard Nixon en Nixon,  1995, la violencia de la sociedad americana en Natural Born Killers, 1994, la corrupción del deporte en Any Given Sunday, 1999 y el atentado del 11-S en World Trade Center,  2006. Stone sabe aprovechar las circunstancias de los hechos, y le saca provecho. Ese ha sido su principal mérito, y lo sigue siendo. A pesar que a nadie le gusta que se vaya a codear con sujetos como Fidel y compañía -me refiero a los gringos- él lo hace y lo muestra, nos da su versión de la historia tal cual, y lo hace con pasión, sin morderse la lengua. Este, es el legado cinematográfico de Oliver Stone, así se haya equivocado en una docena de films, y nos haya colocado el caramelo en la boca. No hay muchos hombres de su integridad, compromiso y palabra en el mundo del cine, y eso si tiene un mérito incuestionable.

Pero, Oliver Stone, vuelve sin complejos a su juventud madura, se presenta ante una sociedad cambiada, de caretas menos duras, mediante un film que implica la estilización de su misma forma de hacer violencia o sugerirla de hace 30 años. Fiel a sus principios, Stone lo arriesga siempre todo, a veces gana, unas cuantas no lo suficiente, pero nunca pierde del todo. Esta vez, sale del molde, piensa en tibio, libera endorfinas, y se somete completo a la realización de un thriller manipulador, tramposo, facineroso, amoral, ágil, mugriento y negro, con un valor agregado muy atractivo, su postura está libre de extensiones sociales y políticas. Se olvidó de la impotencia de Fidel, de lo que apesta Evo, de preguntarle a Chávez si se cree Dios o solamente Jesucristo, y a Cristina si es la nueva Evita, o esta buscando que le vuelvan a meter otra paliza por Malvinas. Tampoco le da cabida a los sentimientos humanos a raíz de la perdida que supone un familiar en la guerra, y que no socializó a la población en estos últimos años del coflicto con Irak. Se distancia de todo eso, y ahí está la maniobra tácita de Savages o Salvajes, no mezcla dos pasados mezquinos, y busca establecer una historia simple dentro de un presente entretenido y suntuoso, con aciertos que le brindan frescura a la trama, que no opaca ambientaciones para volverlas tétricas, sino las ilumina para transparentar lo que no se conoce del business yankee-mexicano, y mostrarnos que la mafia también suele trabajar de día, en una hermosa costa del litoral que baña ambas fronteras. También incurre en algunos desaciertos, principalmente por el lado de los personajes, y de sus posturas en los últimos 25 minutos del film. Stone -no le hace caso a su apellido- y va al encuentro de lo mejor de su imaginería visual y expresiva, proponiendo un acercamiento al brutal mundo del tráfico de drogas. Le imprime una necesaria y drástica vuelta de tuerca a su filmografía, a través de una película de tono realista y sanguinario, donde la estética -con mucho de comic y de videoclip– se monta claramente encima del contenido. Esto le juega muy en contra en determinados pasajes de la historia. Stone narra con soltura, buen ritmo, pero sobre todo con maña, e intenta diferenciarse de la mayoría de las convenciones sobre la droga, tipos de poder, enfrentamientos entre narcos, esta vez dirigida por una hermosa y voluptuosa dama, la Reina. Pareciera regodearse aplicando algunos estiletes tanto de Tarantino como de Soderbergh al comienzo, cuando a través de una narradora -también actriz fallida en la película- arranca motores con una situación inesperada: dos grandes amigos comparten su amor por una misma mujer con la que conviven. Ella, contra cualquier pronóstico, también los ama. Afirma que son diferentes en el amor y en el sexo, y eso le da seguridad, ¿¿ Otra de las apologías de Stone ??.  Estos dos cornudos recíprocos, han desarrollado un tipo de marihuana que es reconocida como una de las mejores del mundo. Los tres llevan una vida tranquila, gracias a las ganancias que les deja el cultivo y la venta, pero los narcos mexicanos, se enteran, quieren negociar, no pueden hacerlo, y deciden apoderarse del negocio. La armonía amatoria se quiebra con violencia, venganza y desenfreno ante el secuestro de la mujer de ambos. Con climas densos y al borde de lo permisible, la trama arriba a un doble final inesperado y desconcertante, que prolonga la parte más absurda de la película, que en ese momento no era la que predominaba. A partir de ahí, Stone se descontrola, la acción se desequilibra, y la intervención de cualquiera de los actores se convierte en antojadiza, y absolutamente dispar. Dentro del joven terceto protagonista, Taylor Kitsch destaca frente un desabrido Aaron Johnson y la bellísima Blake Lively -que francamente no entendí que hacía en el film- mientras que en los protagónicos, la formidable caracterización de Benicio del Toro -qué lejos habría llegado este actor si se lo hubiera propuesto- y el buen trabajo de John Travolta, opacan a una actriz como Salma Hayek, quien no está a la altura de su papel ni del film. La fotografía es buena, clave para que los ambientes puedan lucirse, la BSO es irregular pero sostenida, pudo ser mejor porque Stone sabe de estas cosas. Sonidos y montajes sin problemas, y la capacidad de filmar de Stone intacta. Salvajes o Savages es de aquellas películas  que está lejos de ser el gran thriller de la década, pero tiene dos motivos para irse a ver, primero, es Oliver Stone y punto, segundo, porque a pesar que pareciera que la estuviera rodando un director cualquiera, los que hemos estudiado esto, a los que nos apasiona el cine, sabemos que hay escenas de muchas películas de Stone, donde lo salvaje y violento son los verdaderos protagonistas. Vayan a divertirse….