Hace algunos días tocamos a
través del film Vier Minuten una historia que si bien no mostraba un escenario
propiamente decorado con la ignominia del holocausto judío, de alguna manera el
mismo estaba sutilmente incorporado, y que de acuerdo a la continuidad narrativa
de la trama impuesta por el cineasta alemán Chris Kraus, resultaba adecuada, sugerente
y claramente desdramatizada. Ayer miércoles, me puse a observar otro film algo parecido
al de Kraus, y que fuera premiado con el Oscar en el 2007. Me refiero a Die
Fälscher o Los falsificadores, del austriaco Stefan Ruzowitzky, guionista y
realizador de una muy buena película llamada Die Siebtelbauern o Los herederos, y que me vino junto
al Blu Ray de Los falsificadores cuando
estuve por Medellín. El austriaco narra una historia sencilla, interesante y con
una estética que estimula su explicación argumental. Siete jóvenes campesinos
de una mediana granja se transforman, sin esperarlo, en herederos de la
propiedad por voluntad testamentaria de su dueño, que asume este detalle como
una forma de maldecir a burgueses y labriegos, y como desquite contra algunos vecinos
advenedizos, porque se había dado cuenta de las posibles confrontaciones que
surgirían por la posesión de sus tierras. Sabía que la ley no podría impedir la
ejecución de su voluntad final. El tema es que muere antes de lo que había
previsto, degollado por una anciana, en una venganza esperada por años. A
partir de este momento, la historia va desarrollándose sobre una verdadera
lección de contradicciones internas de los labriegos, y el germen del nazi-fascismo
oculto en la burguesía terrateniente que se estaba dando en ese momento en
Austria. Este planteo visual de los pasos de la resistencia del grupo de
campesinos herederos contra los terratenientes burgueses es de una claridad que
nos deslumbra, y a la vez nos deja pasmados. Sin caer en lo estrictamente didáctico
ni intentar sermonearnos, Ruzowitzky,
con una precisión estructural e ideológica envidiables, además de dignísima, se
focaliza en el análisis de las personalidades de los herederos y su
confrontación con la comunidad. Realmente tuve mucha suerte en encontrar este
tipo de sorpresas, y no a un costo tan elevado. Luego, en Sanandrecito (Bogotá)
fuimos y arrasamos con el lugar.
Pues bien, el holocausto, ese
baldón sin precedentes en el siglo XX, sigue siendo una temática que la
cinematografía, por el lado o la forma que se supone se produjo, no puede dejar
de olvidar. Han sido muchas las oportunidades donde la añoranza de aquella atroz etapa de nuestra
historia, ceñida a los campos de concentración dedicados a la masacre, donde todavía
queda el aroma a dolor y sufrimiento de más de seis millones de personas que fallecieron
aniquiladas por la crueldad de unos fanáticos que trataron a los judíos no como
una raza humana, sino como parásitos a fumigar. Desde la notable cinta yankee The
Search de Zinnemann, pasando por la francesa Lacombe Lucien de Malle,
luego por los films checos Obchod na Korze de Ján Kadár- Elmar
Klos y Démanty noci de Jan Nemec, las italianas La tregua de Rosi y La
vita è bella de Benigni, la rusa Idi i Smotri de Elem Klimov, o hasta las más modernas como El
Pianista de Polanski, The
Reader de Daldry, La lista
de Schindler de Spielberg, Amen de Costa-Gavras e incluso la
espeluznante The Grey Zone del yankee Tim Blake Nelson, han explorado las
consecuencias físicas, psíquicas y morales del genocidio. Se trata del sentimiento de culpa, la sombra
de la depresión y la pesadumbre que se dieron tras aquellas vallas y sus
posteriores efectos. Este esforzado intento de Ruzowitzky supone una revisión
de una parte del pasado nazi, de esos terroríficos bosquejos de honestidad que
padecieron aquellos hombres que sobrevivieron al turbador episodio gracias a un
guiño del destino bondadoso envuelto en una combinación de destreza,
conocimiento y argucia que supieron administrar para el estratégico usufructo de los alemanes.
Ruzowitzky propone una película que agrupa las habilidades de ambos lados. Si
bien, no magnifica una crónica de sucesos que golpee nuestra vista, si va utilizando
una estructura narrativa que pospone la barbarie nazi. Y lo hace fusionando una
trama planteada con la intención de avivar la emoción, la tensión y el
suspense, a partir de un relato que ejercita su función dramática con valores
que van más allá del suplicio, como la supervivencia final que restringe las
dudas éticas acerca de una situación privilegiada en momentos donde la injusticia
y el sufrimiento estaban más cerca de la muerte. El argumento, basado en hechos
reales, y poco conocidos se centra en un grupo de hombres judíos inmersos en la
última y ambiciosa estratagema militar de los últimos años del III Reich. Ruzowitzky
basa la premisa de su propuesta en la
novela El taller del diablo del superviviente judío Adolf Burger sobre
la Operación Bernhard. Burger estaba preso, pero trabajando de manera forzada
en Sachsenhausen, dentro de esta maquinación que consistía en hacer circular
moneda falsa, y conseguir divisas a bajísimo costo cuyo objetivo era no solo
golpear el valor tanto de la libra esterlina y el dólar yankee, sino también de
desprestigiar, y seguidamente desequilibrar las economías británica y
norteamericana en medio del conflicto. El servicio de inteligencia alemán detectó
que falsificando billetes podrían tomar ventaja en la guerra, ya que tenían la
mejor mano de obra posible para llevar a cabo sus planes, nada más y nada menos
que presos judíos que tenían antecedentes de extraordinarios falsificadores,
experiencia en impresión offset y mano artesana de precisión para la detección
del mejor papel moneda. A cambio de sus servicios, a los transgresores judíos se
les confirió la llamada Jaula de oro, donde las literas de
madera donde dormitaban fueron sustituidas por cómodas camas con colchones, las
cámaras de gas por duchas de agua caliente, y las torturas por mesas de ping-pong
y tabaco. La clave era cooperar con sus verdugos para prolongar sus vidas, pero
sabedores que su condición de elementos vitales para que la guerra se inclinara
hacia los nazis. En 38 meses, falsificaron cerca de 140 millones de libras
esterlinas, casi el triple de las reservas netas existentes en la Gran Bretaña.
Ruzowitzky -al desdramatizar
la aniquilación- comprende que la acción esta medio vacía, por lo tanto, congrega
con inmediatez y solvencia a lo que le pueda aportar el thriller convencional
sumado a las instancias en paralelo de la odisea moral, para llenar la maniobra
sin buscar efectismos dramáticos ni recurrir a compendios. Tampoco ablanda el
mensaje primordial de la trama con la dureza de una exhibición gratuita de lo
que rodea el ejercicio argumental. Tan sólo el delator sonido del salvajismo
evidencia el clima de desenfreno de los campos de concentración, en
determinados momentos. Lo que realmente importa del film, es ese dilema ético
y/o amoral que pervierte las vidas de los judíos que trabajan para los nazis,
teniendo en cuenta que tras las atractivas concesiones de privilegios, se
desvía el criterio entre aquellos que asumen el falsificar como única
posibilidad de sobrevivir -una especie de muerte espiritual- hecho fáctico que
va en contradicción con el ejemplo de valentía del hombre que esta dispuesto a ser
torturado hasta la muerte, pero dejando en claro su honorabilidad anónima, así
sea un malhechor. Ruzowitzky tiene dos
salidas para sus personajes protagónicos representados por Salomon Sorowitsch y
Adolf Burger, quienes ponen en tela de juicio la legitimidad de cooperar con la
barbarie o anteponer la propia vida al bien colectivo. No existen respuestas
dogmáticas ni lecturas morales. En eso el cineasta austriaco se mantiene firme
y no cede un ápice para cuestionarle lo que cuenta, como lo hace y de que
manera lo sostiene. No les voy a dar el placer de sentirme avergonzado por vivir,
expone Sorowitsch en un momento crucial de la película. Mientras tanto, surge el
romanticismo de Burger, pieza clave en la imprenta clandestina, quien repudia a
favor de su dignidad, aunque con ello tenga que sacrificar su vida. Bajo un
pulso intachable, con una firmeza apreciable, expuesta en la minuciosidad con
la que están exhibidos sus encuadres y angulaciones, Ruzowitzky consigue un
exquisito trabajo visual que lo pone de manifiesto en su puesta en escena, y en
la calidad interpretativa del elenco. Pero todo no es color de rosa en Los
falsificadores. Tanto el montaje en algunos cambios de toma, como la
fragilidad musical para la acentuación de los instantes verdaderamente duros,
se pueden notar. Ruzowitzky retrata situaciones que podrían haber sido filmadas
con mayor profundidad sentimental, a no ser que yo me haya equivocado, y es
justamente la BSO tanguera la que absorbe y expulse la sensibilidad. En lo que
si me parece que a Ruzowitzky le falta alguna potencia -no matices que son los
que la película más posee en su tratamiento- en escenas que se prestan para eso
como el asesinato a sangre fría de Kolya Karloff o el suicidio de Loszek. En
fin, este film del austriaco propone sin nudos de acción enrevesados una visión
radicalmente distanciada del sub-género bélico que luce inmejorablemente
inscrito en los llamados campos de concentración, y que no
pierde de vista la intransigencia de aquellos atribulados eventos para recordar
una inolvidable hazaña de supervivencia humana. Un peliculón que no deberíamos
dejar pasar por alto.

























































