Muchísimas veces nos andamos
quejando de aquellas películas por el contenido de irrealidad que almacenan en
sus entrañas, y que exponen sin darle mínima expresividad ni forma al concepto
y objetivo, ni esperanza de ilusionarse con un sueño, de facilidades y bondades
para el héroe o la heroína de nuestras propias historias. Al fin y al cabo, lo
que ocurre es por decisión de un guionista con miles de problemas en la cabeza –que
escribe y no inventa un guión- y que suele ser más afable y desintoxicado que ése,
aquel o aquello -pónganle Uds. el nombre que mejor le acomode- que redacta
nuestras tristes existencias, y con el agregado natural, habitual de todo film
yankee, el Happy end. La totalidad de estos finales maravillosamente felices comúnmente
llamados hollywoodenses, y a veces cansan, y otras muchas más nos hacen
ingresar por la puerta de una crisis existencial. Ojo que yo no tuve, ni tengo
–no sé si tendré- algo en contra del cine norteamericano, porque sigo pensando
que con la época de oro todavía les está alcanzando con seguir siendo el mejor
cine que se ha producido en el planeta tierra, sin estorbarnos ni engatusarnos
con tonteras como el marketing, las modas, los ídolos de arcilla, las
comunicaciones, los blockbusters, las distribuidoras del 88% de países del
mundo de rodillas, el 3D, el 4D etc. Pero, vayamos al grano, como cacarean los
polluelos: una hermosa amiga que me hizo pasar una noche fantástica, sacó un
DVD -obviamente luego de lo sublime- y me obligó a ver un film llamado American
Playboy, y me dijo: Papi –no Pepe- me lo puedes comentar en el blog,
pero di lo que verdaderamente sientas. Bueno, ustedes comprenderán que las
noches y amaneceres no son mi pan de cada día, así que con la disculpa de María
y José –por las fiestas- voy a cumplir con el encargo.
Hollywood siempre se ha
regocijado, lo hace y lo hará en el detalle, lo excesivo de su propio realismo.
Primero, porque saben hacerlo, y segundo, porque hay millones de tetudos y
tetudas que aman lo que estos señores hacen, y eso no es discutible en gustos y
colores. Pero, voy a ser serio, no atrevido, ni faltoso; la primera mitad de American
Playboy del buen director
británico David Mackenzie -el film es yankee y se filmó en Los Angeles- me resulta
casi documental, y sinceramente es un tipo de cine potente, ese que va de
frente, que resulta a la primera probada exquisito, y que no te lo quieres
perder porque el avance te gana la cabeza. Un joven muy atractivo en lo sexual –ustedes
lo entenderán- se levanta a las mujeres que se le antoja, y vive de aquellas que tienen suficiente dinero
para gastar en este frustrante tema para la gran mayoría de mujeres, y también obvio
que viceversa. Al final todo resulta un juego de valores que cada quien se
puede autoimponer. Pero que hace Mackenzie siendo un caballero inglés, metido
en este supuesto despropósito, básicamente nos explica costura por costura que puntadas
hay que practicar -ojito que esto no es para cualquier feíto sin dolarucos, con
alguna platita quizá, pero la mujer puede perder el sentido de lo estético o lo
bello que tiene la profundidad de una mirada sexy- para convertirse con osadía en
un mantenido o un explotador de situaciones. El tono es excepcionalmente desvergonzado,
porque si alguno de los lectores pretende calcular cada movimiento
automáticamente, entonces el hecho de conquistar el corazón, el automóvil y la
cartera de una mujer no se calificarían como un sentimiento, sino como un truco
del montón que se aprende y domina con paciencia, y ejercitándolo. American
Playboy, a pesar del comienzo, no es una comedia, porque resulta
demasiado agria. Avanza y se lleva a buen ritmo porque está plagado de giros y
ardides. No se trata de giros rocambolescos para deslumbrarnos, son esas
vueltas de tuerca desmesuradas que terminan gustando porque provienen de la
vida misma. Quedamos algo asombrados de cómo reacciona cada personaje porque
sabemos -y no hay que ser hipócritas- que somos así de extraños. Cuando la
mujer acaudalada y bonita analiza para luego descubrir su infidelidad tiene una
reacción extraordinaria. Yo creo que es hasta lógico que muchos hiciéramos lo
mismo. Mal de muchos consuelos de tontos dice el refrán, pero el ser humano es
previsible y poco creativo en estas cuestiones. Cuando el cínico y obcecado
muchacho empieza a creer en algo con todo su corazón, no sabemos si tiene
guardada alguna carta que pueda jugar. Estamos embelesados, sin ideas, y eso, aquí
en Perú o en la China, es saber narrar con propiedad una historia. El
drama de este jovenzuelo súper-dotado mal llamado Playboy, porque cualquiera de
ellos en los EEUU si tiene donde caerse muerto, y no necesita a las mujeres
para tener liquidez, en todo caso el sustantivo debería ser gigoló, o un
vividor permanente, porque en su medio de vida no existe otra cosa que pasar su
humanidad por las relaciones sentimentales distorsionándolas, no por las
humanas, ni por las místicas ni por cualquiera que ustedes quieran sumarle, y
eso determina algo concreto: el sujeto es sólo un objeto. ¿¿Cómo
lo sostiene o lo sustenta?? Auto-engañándose con el cuento que puede amar, pero la realidad es que no puede
acceder ni pagar tremendo lujo. Cuando se ilusiona o cree que se enamora, sabe
que está cambiando el registro por el de una historia hollywoodiense, de modo
que se dirige al espectador para intentar explicarnos que la vida no consiste
en la dura realidad, la gente USA, en sus vidas, imita a las películas, y sobre
todo las de este género dramático, que termina convirtiéndose en un
convencionalismo más. Y, así como así, el tipo nuevamente es capaz de mantenernos
en vilo calculando, pero ya empequeñecido, si sus sueños se convertirán o no,
en realidad. Pero, no nos salgamos de lo que sostuvimos al principio. Sólo en
el país del Norte pueden darse estos acontecimientos en masa. Contribuye a la
desesperante juventud yankee. Difícil en otros lugares. En parte es interesante
el film por los temas que se atreve a tocar y que su director los plantea de
manera correcta. Dije los temas, porque si tengo que hablar de los
protagónicos, el actor Ashton Kutcher es un mamarracho con una afortunada pinta,
y Anne Heche se redime de sus anteriores actuaciones, pero habiendo trabajado
su cuerpo con esmero. La que está formidable es la tercera en discordia, una
mesera bellísima -Margarita Levieva- que también tiene letra en el embrollo. Mackenzie busca pasar desapercibido sobre un
aspecto de la vida que es controvertible en un 100%, y que mientras muchos
dólares pueden comprar personas o productos, otros no dan ni para la garantía
de una pequeña habitación en donde puedan empezar sus vidas una pareja de
enamorados. Esos que priorizan el sentimiento y la pasión aunque se demoren 50
años intentando comprarse un piso de 70m2. Rescato las intenciones de Mackenzie,
su denodada demolición de lo
controversial, y sus buenas intenciones. No puedo aceptar las interpretaciones
de Kutcher y Heche. Y aunque parezca broma, Kutcher es el productor del film.
Ni así..... Estás complacida bebita.





































































