viernes, 28 de diciembre de 2012

“American Playboy”, destripando lo hollywoodense.











































Muchísimas veces nos andamos quejando de aquellas películas por el contenido de irrealidad que almacenan en sus entrañas, y que exponen sin darle mínima expresividad ni forma al concepto y objetivo, ni esperanza de ilusionarse con un sueño, de facilidades y bondades para el héroe o la heroína de nuestras propias historias. Al fin y al cabo, lo que ocurre es por decisión de un guionista con miles de problemas en la cabeza –que escribe y no inventa un guión- y que suele ser más afable y desintoxicado que ése, aquel o aquello -pónganle Uds. el nombre que mejor le acomode- que redacta nuestras tristes existencias, y con el agregado natural, habitual de todo film yankee, el Happy end. La totalidad de estos finales maravillosamente felices comúnmente llamados hollywoodenses, y a veces cansan, y otras muchas más nos hacen ingresar por la puerta de una crisis existencial. Ojo que yo no tuve, ni tengo –no sé si tendré- algo en contra del cine norteamericano, porque sigo pensando que con la época de oro todavía les está alcanzando con seguir siendo el mejor cine que se ha producido en el planeta tierra, sin estorbarnos ni engatusarnos con tonteras como el marketing, las modas, los ídolos de arcilla, las comunicaciones, los blockbusters, las distribuidoras del 88% de países del mundo de rodillas, el 3D, el 4D etc. Pero, vayamos al grano, como cacarean los polluelos: una hermosa amiga que me hizo pasar una noche fantástica, sacó un DVD -obviamente luego de lo sublime- y me obligó a ver un film llamado American Playboy, y me dijo: Papi –no Pepe- me lo puedes comentar en el blog, pero di lo que verdaderamente sientas. Bueno, ustedes comprenderán que las noches y amaneceres no son mi pan de cada día, así que con la disculpa de María y José –por las fiestas- voy a cumplir con el encargo.
Hollywood siempre se ha regocijado, lo hace y lo hará en el detalle, lo excesivo de su propio realismo. Primero, porque saben hacerlo, y segundo, porque hay millones de tetudos y tetudas que aman lo que estos señores hacen, y eso no es discutible en gustos y colores. Pero, voy a ser serio, no atrevido, ni faltoso; la primera mitad de American Playboy  del buen director británico David Mackenzie -el film es yankee y se filmó en Los Angeles- me resulta casi documental, y sinceramente es un tipo de cine potente, ese que va de frente, que resulta a la primera probada exquisito, y que no te lo quieres perder porque el avance te gana la cabeza. Un joven muy atractivo en lo sexual –ustedes lo entenderán- se levanta a las mujeres que se le antoja,  y vive de aquellas que tienen suficiente dinero para gastar en este frustrante tema para la gran mayoría de mujeres, y también obvio que viceversa. Al final todo resulta un juego de valores que cada quien se puede autoimponer. Pero que hace Mackenzie siendo un caballero inglés, metido en este supuesto despropósito, básicamente nos explica costura por costura que puntadas hay que practicar -ojito que esto no es para cualquier feíto sin dolarucos, con alguna platita quizá, pero la mujer puede perder el sentido de lo estético o lo bello que tiene la profundidad de una mirada sexy- para convertirse con osadía en un mantenido o un explotador de situaciones. El tono es excepcionalmente desvergonzado, porque si alguno de los lectores pretende calcular cada movimiento automáticamente, entonces el hecho de conquistar el corazón, el automóvil y la cartera de una mujer no se calificarían como un sentimiento, sino como un truco del montón que se aprende y domina con paciencia, y ejercitándolo. American Playboy, a pesar del comienzo, no es una comedia, porque resulta demasiado agria. Avanza y se lleva a buen ritmo porque está plagado de giros y ardides. No se trata de giros rocambolescos para deslumbrarnos, son esas vueltas de tuerca desmesuradas que terminan gustando porque provienen de la vida misma. Quedamos algo asombrados de cómo reacciona cada personaje porque sabemos -y no hay que ser hipócritas- que somos así de extraños. Cuando la mujer acaudalada y bonita analiza para luego descubrir su infidelidad tiene una reacción extraordinaria. Yo creo que es hasta lógico que muchos hiciéramos lo mismo. Mal de muchos consuelos de tontos dice el refrán, pero el ser humano es previsible y poco creativo en estas cuestiones. Cuando el cínico y obcecado muchacho empieza a creer en algo con todo su corazón, no sabemos si tiene guardada alguna carta que pueda jugar. Estamos embelesados, sin ideas, y eso, aquí en Perú o en la China, es saber narrar con propiedad una historia. El drama de este jovenzuelo súper-dotado mal llamado Playboy, porque cualquiera de ellos en los EEUU si tiene donde caerse muerto, y no necesita a las mujeres para tener liquidez, en todo caso el sustantivo debería ser gigoló, o un vividor permanente, porque en su medio de vida no existe otra cosa que pasar su humanidad por las relaciones sentimentales distorsionándolas, no por las humanas, ni por las místicas ni por cualquiera que ustedes quieran sumarle, y eso determina algo concreto: el sujeto es sólo un objeto. ¿¿Cómo lo sostiene o lo sustenta?? Auto-engañándose con el cuento que  puede amar, pero la realidad es que no puede acceder ni pagar tremendo lujo. Cuando se ilusiona o cree que se enamora, sabe que está cambiando el registro por el de una historia hollywoodiense, de modo que se dirige al espectador para intentar explicarnos que la vida no consiste en la dura realidad, la gente USA, en sus vidas, imita a las películas, y sobre todo las de este género dramático, que termina convirtiéndose en un convencionalismo más. Y, así como así, el tipo nuevamente es capaz de mantenernos en vilo calculando, pero ya empequeñecido, si sus sueños se convertirán o no, en realidad. Pero, no nos salgamos de lo que sostuvimos al principio. Sólo en el país del Norte pueden darse estos acontecimientos en masa. Contribuye a la desesperante juventud yankee. Difícil en otros lugares. En parte es interesante el film por los temas que se atreve a tocar y que su director los plantea de manera correcta. Dije los temas, porque si tengo que hablar de los protagónicos, el actor Ashton Kutcher es un mamarracho con una afortunada pinta, y Anne Heche se redime de sus anteriores actuaciones, pero habiendo trabajado su cuerpo con esmero. La que está formidable es la tercera en discordia, una mesera bellísima -Margarita Levieva- que también tiene letra en el embrollo.  Mackenzie busca pasar desapercibido sobre un aspecto de la vida que es controvertible en un 100%, y que mientras muchos dólares pueden comprar personas o productos, otros no dan ni para la garantía de una pequeña habitación en donde puedan empezar sus vidas una pareja de enamorados. Esos que priorizan el sentimiento y la pasión aunque se demoren 50 años intentando comprarse un piso de 70m2. Rescato las intenciones de Mackenzie, su  denodada demolición de lo controversial, y sus buenas intenciones. No puedo aceptar las interpretaciones de Kutcher y Heche. Y aunque parezca broma, Kutcher es el productor del film. Ni así..... Estás complacida bebita.  

martes, 25 de diciembre de 2012

“Plácido” e “It's a Wonderful Life”, dos bellos films navideños, pero mensajeros de dos paisajes antagónicos.


































Hoy celebramos el 25 de Diciembre o el día de navidad, la reunión familiar por excelencia, la mayoría disfrutará de la excusa del nacimiento de Jesús para congregarse y poder cumplir con el legado histórico y religioso. Otros, estaremos recluidos en nuestras casas brindando con la soledad, y soltando alguna lágrima por nuestros padres que se fueron. Finalmente, habrá muchísima gente en el desamparo, y que ni siquiera sepa que el 24 por la noche la festividad se acerca. Me rompe el corazón tener que hablar de la pobreza, y la mala repartición de nuestros majaderos gobernantes que han hecho del tesoro público. Son ellos los que merecen nuestro repudio. Humala prometió una cosa muy concreta, y no parece estar haciéndola. También me llama la atención que le otorguen los medios -pobretones intelectualmente- tanta atención a la esposa del Presidente, cuando hay cientos de noticias que son mucho más importantes. Pero, dejando las pequeñeces a un lado e ingresando a la grandeza de este gran día, es una muy buena ocasión para parlotear sobre dos films que representen quizás las dos posturas más distantes del cine navideño: It's a Wonderful Life del norteamericano Frank Capra en 1946, y la española Plácido del maestro español Luis García Berlanga, 15 años después. A lo largo de la historia del cine se han hecho diferentes versiones cuyas premisas estuvieron ligadas a diferentes visiones de la Navidad; algunas, de clara inclinación hacia la conmiseración, otras, con el inconfundible ingrediente de lo triste, e incluso películas ambientadas dentro de lo farisaico, según la conveniencia. Todas ellas acondicionadas a un contexto visual en el que no faltan el árbol, las luces parpadeantes de colores, Papá Noel, las guirnaldas, el nacimiento, los obsequios, todos aunados en un momento de inusual ilusión. En otros países de idiosincrasias diferentes, los elementos suelen cambiar, pero jamás la celebración junto a la familia. En este contexto, este grupo de cosas o acciones son usadas para marcar la diversidad de las historias que engloban los  varios géneros cinematográficos. It's a Wonderful Life  o Qué bello es vivir es una sublime película norteamericana que Capra hizo posible  basado en un cuento de Philip van Doren. Es de esas películas que muchos en el mundo vuelven a observar en estas fiestas simplemente para acompañar la travesía de un buen sujeto, filántropo como pocos, llamado George Bailey. ¿¿Pero porque se produciría este fenómeno?? El largometraje de Capra acumula en sus entrañas valores de humanidad y espiritualidad imposibles de ser rechazados o de no conmover esa sensibilidad frenada que todos llevamos dentro, en donde un cine de tipo fabular amalgama en una misma masa el desprendimiento, la amistad, la camaradería y sobre todo el amor. Capra aprovecha una crítica -el cuento de Bailey- hacia Roosevelt, y lo traduce en una historia simplista que contiene una maravillosa ternura.  Pero la inteligencia de Capra va más allá de ese hecho puntual, y tras escenas hace notar su propia  execración hacia por el entonces presidente de los EEUU. Por otro lado, en la vereda del frente la extraordinaria dupla española de Luis García Berlanga y Rafael Azcona imponen una trama donde el fariseísmo es el mecanismo misericordioso que pone en tela de juicio la disparidad de la sociedad en esos instantes. Berlanga se distancia completamente de lo que se nutre Capra, y de lo apaciguador y pensante que demostraba su filmografía, para anteponer al maestro que elude el sentimiento afectivo, para hacer –quizá su obra maestra- brillar lo oscuro y fatalista. En este excepcional film no hay lugares para la bondad, ni para sociabilizar, ni siquiera para esconder en un costado del alma el amor o los buenos sentimientos como una oda a la compasión de la navidad. Berlanga exhibe con maestría incomparable todo el embuste, el desamor y la calumnia que aparece en una manifestación que se advierte como una arenga sobre la inmoralidad de esta fecha. Berlanga advierte con una claridad impecable a una autoritaria sociedad clasista, que se quería adueñar del momento bajo una campaña promocional que se titulaba Siente un pobre a su mesa. Muchos se preguntarán, pero, la maniobra publicitaria es buena, los que tienen podrán compartir con los que no, un trozo de bizcocho con un vaso de chocolate. Es un acto de caridad que la fecha justifica. En realidad, es verdad que los componentes de la maniobra puedan que estén plagados de buenas intenciones, pero es justamente aquí donde Berlanga y Azcona logran llegar a nuestros corazones que dudan explicándonos que el ejercicio aparente de bondad en que incurre la despótica sociedad es postizo o simulado, un engañamuchachos, una tormenta envolvente de espejismos, un bluf  que somete y humilla a Plácido, un pobre de pueblo, al que utilizan y exprimen a través de un chantaje repugnante:  le han concedido un motocarro para que lo paga financiado, con el fin que se ponga la falaz campaña al hombro.  En ambas películas está bien representada una ambivalencia capciosa. Capra defendía sus ideas y participaba con la fuerza de sus argumentos para que sus tesis políticas fueran comprendidas, y Berlanga sencillamente hizo algo de una habilidad notable según la coyuntura, de pasar desapercibido con una serie de deliciosos entremeses de un cine costumbrista en los que se -dependiendo del espectador- podía apreciar con buenos ojos o no, un estilo crítico o adulón de medir a la sociedad del momento. Ambos realizadores logran calar en el arquetipo de obras afables, pero en el fondo sabemos que suponen la práctica del arte funambulesco para que otros problemas que azotan a las sociedades, cada una en su tamaño y dimensionalidad, pasen desapercibidos. En esa combinación de intereses donde se enlazan las identidades de Plácido y de George Bailey, dos gestores excepcionales de sus sociedades, dos hombres que acumulan los sentimientos ajenos de bienestar.  A pesar de ello, el desenlace del film de Frank Capra se dibuja como una bella utopía, mientras que el final en Plácido supone  retornar a casa luego de una gran frustración e intentar comer lo que se pueda. Capra sofistica su pueblo por el motivo navideño. Berlanga tergiversa al suyo sin el motivo navideño. La abismal distancia que delimita ambas formas de vivir la fiesta navideña radica en el hecho que Capra absorbe la festividad como entorno de aprehensión y expiación de los errores, Berlanga no la absorbe sino la demarca de lo fantasioso que implica la conmemoración. Dos directores que expresan ideas diferentes, pero de manera notable. Felices fiestas de fin de año para mis queridos lectores.