lunes, 11 de febrero de 2008

“Michael Clayton”, entre el dilema moral y el poder oculto.
















“Michael Clayton”, es un polémico thriller legal que ha sido nominado nada menos que en siete categorías de los galardones que otorga la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas en su octogésimo aniversario. Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor protagónico, Mejor Actor y Actriz de reparto, Mejor Guión original y Mejor Partitura musical, respaldan las preferencias de los votantes autorizados de la Academia y que la han convertido, sin lugar a dudas, en una de las producciones más recomendables para visionar y analizar con detenimiento. He recibido algunas opiniones de amigos cercanos que me han expresado su desencanto por el film ya que lo consideran como bastante extraño, de una trama confusa tanto al principio como en el final además de compleja y de una engorrosa formulación para poder meterse de lleno en la misma; sin embargo a otros les pareció un film inteligentemente construido que logra retratar acertadamente la historia de un sujeto muy particular con una personalidad trastocada y con una evidente crisis de existencialismo. Son dos posiciones respetables y comprensibles pero estoy convencido que existen algunas consideraciones estrictamente de tipo cinematográfico para que esta película haya podido no solo tener una abrumadora cantidad de nominaciones por parte de la Academia sino que ha sido bien recibida por la crítica especializada norteamericana la misma que no se caracteriza por el obsequio de halagos sin justificación conceptual y técnica que los amerite.

Antes de empezar mi reseña y posterior comentario acerca del film, quiero tomarme la atribución de deleitarme imaginando, con una prudente dosis de ironía y provocación, a los más influyentes directivos de corporaciones poderosas, no necesariamente buffets de abogados, sumamente incómodos y pensativos intentando explicarse quien es verdaderamente su “Micheal Clayton” de turno, un eficaz instrumento que les entrega un abnegado servicio en la limpieza del excremento que deja algún tipo de conflicto considerable con la justicia y que se encuentre atascado entre la inmoralidad y la alcantarilla, o en todo caso, que empezarán a buscar alguno de estos educados y correctamente indumentados “porteros, fixers o basureros”, como Clayton (Clooney) se lo menciona a Edens (Wilkinson), a quienes lo someterán con una depurada habilidad estratégica a formar parte del sistema que todo lo sabe y todo lo puede pero que no le permitirá de manera alguna escaparle al bulto y mucho menos acceder a la redención de sus pecados, más aún cuando en la actualidad la humanidad está sometida a un liberalismo absolutamente inclemente, brutal e intimidador. Como no se va a justificar a los Micheal Clayton o “Arregladores” en estos tiempos de penumbra moral en donde los supremos e intocables intereses de las grandes corporaciones transnacionales se fundamentan, ya no en la creación de nuevos proyectos empresariales acompañados de una misión social y cultural, sino en la compra indiscriminada de otras compañías que no pueden mantenerse en competencia y que se ven en la obligación de vender o morir cediendo sin resistencia posible ante esos gigantescos monstruos del capitalismo más voraz y codicioso, cuyas enfermizas mentes que lo sostienen siempre se encontrarán en sospecha permanente pero ingeniosamente envueltos y arropados dentro del poder de un sistema oculto lleno de pestilentes triquiñuelas legales que los hace invisibles ante su irremediable autodestrucción y la de los millones de gentes cuya vida y futuro dependen de tan miserable degeneración y mutilación de los valores más esenciales.

Pues bien, voy a tratar de relacionar esta cinta con algún escritor prolífico y reconocido de la literatura novelística legal judicial, algún prestigioso director de estilo del mismo género o con apreciados largometrajes que puedan eventualmente parecerse o tener alguna historia en común. El objetivo es tratar de buscar en el pasado alguna referencia que valide la argumentación al comentario que haremos. Puede parecer hasta insoportable el hacerlo pero es de vital importancia ir a las fuentes naturales para beber copiosamente los porqués e ir construyendo con una visión panorámica esta pretenciosa apuesta.

Existen muy buenos títulos que seguramente podrán recordarse porque justamente se envuelven y desenvuelven tanto en el desarrollo de una trama estrictamente judicial así como en el tratamiento moral, existencial y psicológico de sus personajes agregando siempre alguna mínima ración de textura policíaca. Aquí les expongo algunos de los mismos, “Acción Civil”, de Steven Zaillian, 1998, con John Travolta y Robert Duvall, “Tiempos Violentos”, de Quentin Tarantino, 1994, con Harvey Keitel y John Travolta, “Algunos Hombres Buenos”, de Rob Reiner, 1993, con Tom Cruise, Jack Nicholson y Demi Moore, “Acción Judicial”, de Michael Apted, 1991, con Gene Hackman y Mary Elizabeth Mastrantonio, “El Abogado del Diablo”, de Taylor Hackford, 1997, con Al Pacino y Keanu Reeves, “El Dilema”, de Micheal Mann, 1999, con Al Pacino y Russell Crowe, “Justicia para todos”, de Norman Jewison, 1979, con Al Pacino y Jack Warden, “La Conversación”, de Francis Ford Coppola, 1974, con Gene Hackman, “El Último testigo”, de Alan Pakula, 1974, con Warren Beatty, “Matar a un Ruiseñor”, de Robert Mulligan, 1962, con Gregory Peck y Ed Begley, etc.

Uno de los directores de cine especializado en el tratamiento de la trama judicial y policíaca confluyéndola con la fortaleza psicológica de sus personajes y que marcó una tendencia muy significativa hacia los dramas de protesta o denuncia en la década de los setenta, es el prestigioso y experimentado Sydney Lumet, ganador del Oscar a mejor director con su film “Network, Poder que mata” en 1975 y que ha realizado varias y muy reconocidas películas de contexto como, “Doce hombres sin piedad”, 1957, con el gran Henry Fonda y Martín Balsam, su ópera prima y un auspicioso debut cinematográfico como realizador, “Supergolpe en Manhattan”, 1971, con Sean Connery, “Serpico, 1973, con Al Pacino, “Asesinato en el Oriente Expreso”, 1974, con Ingrid Bergman y Albert Finney, “Tarde de perros”, 1975, con Al Pacino, “Network, Poder que mata”, 1976, con Peter Finch, Faye Dunaway y William Holden, “Veredicto Final, 1982, con Paul Newman, Jack Warden y Charlotte Rampling“, a Newman le deben más que una disculpa por el robo que le hizo la Academia en ese año, le dieron el Oscar a Ben Kingsley por “Gandhi”, “Un lugar en ninguna parte”, 1988, con Judd Hirsch, Christine Latí y el tempranamente desaparecido River Phoenix, una imperdible pequeña obra de arte, “Distrito 34: corrupción total” 1990, con Nick Nolte y Armand Assante, “Declárame culpable”, 2006, con Vin Diesel y “Antes que el Diablo sepa que has muerto”, 2007, con Phillip Seymor Hoffman y Ethan Hawke, esta última una muy buena película lamentablemente postergada. Se distingue en la obra del maestro Sydney Lumet el dotar a sus películas básicamente de personajes con muy fuertes perfiles psicológicos, historias liberales relatadas con limpieza y congruencia plagadas de un dramatismo intenso y realista cuyos límites morales están dibujados en forma armoniosa sin prejuicios ni exageradas complicaciones.

En lo referente a un escritor del género legal judicial, el más reconocido, por lo menos para este servidor, es John Grisham quien antes de convertirse en un destacadísimo autor de bestsellers se graduó en Derecho en la Universidad de Mississippi, trabajó durante dos legislaturas en la Cámara de representantes de Mississippi y ejerció la abogacía como defensor de criminales en el fuero penal. El resultado de su formación profesional y de esa práctica en los ambientes políticos y judiciales son justamente sus novelas, muchas de las cuales se han llevado con éxito a la pantalla grande. Sus obras han obtenido cifras récord de ventas en todo el mundo. En 1994, sólo en Estados Unidos, se vendieron más de diez millones de ejemplares. Los bestsellers llevados al cine con muy buena aceptación son; “Tribunal en Fuga”, de Gary Fleder (2003) con Gene Hackman y John Cusack, “Conflicto de intereses”, de Robert Altman (1997) con Kenneth Branagh y Embeth Davidtz, “Legítima defensa”, de Francis Ford Coppola (1997) con Matt Damon y Danny Devito, “Cámara de Gas”, de James Foley (1996) con Gene Hackman y Chris O'Donnell, “Tiempo de matar”, de Joel Schumacher (1996) con Sandra Bullock y Matthew McConaughey, “El Cliente”, de Joel Schumacher (1994) con Susan Sarandon y Tommy Lee Jones, “Causa Justa”, de Arne Glimcher (1994) con Sean Connery y Lawrence Fishburne, “El Informe Pelícano”, de Alan Pakula (1993) con Denzel Washington y Julia Roberts y finalmente “La tapadera” o “The Firm”, con las actuaciones de Gene Hackman y Tom Cruise (1993), película dirigida por Sydney Pollack, quien actúa con solvencia y corrección como Marty Bach, el socio principal del poderoso estudio jurídico “Kenner, Bach y Leeden” donde trabaja Micheal Clayton y que también co-produce el largometraje junto a Clooney, Steven Soderbergh, Holt, Anthony Minghella, Jennifer Fox, Samuels y Orent. Cabe recordar que Sydney Pollack es al igual que su tocayo Sydney Lumet, un muy prestigioso director de cine también premiado por la Academia como mejor director en 1985 por su película “Memorias de África” en donde actúan Robert Redford y Meryl Streep y que también se adjudicó el Oscar a Mejor película en ese mismo año. Es miembro fundador del Sundance Institute junto a Redford, presidente emérito de la Cinemateca Americana, uno de los fundadores de The Film Foundation del Sindicato de Directores de América. Las películas de Pollack, como realizador o productor ejecutivo, han sido nominadas por la Academia más de sesenta veces en diferentes categorías. Ha sido galardonado con el premio de la crítica de Nueva York por “Tootsie” (1982), el premio David di Donatello por “Los tres días del cóndor”, el premio de la Sociedad Nacional de críticos, el premio al Mejor Realizador del año de la OTAN, además de ganar premios en los festivales de Bruselas, Belgrado, San Sebastián y Moscú. Ha sido nada menos que Presidente del jurado del Festival de Cannes, y Francia lo nombró “Comandante de la Orden de las Artes y las Letras”. Ha producido entre otros conocidos y recordados largometrajes; “Ausencia de Malicia”, “Habana”, “Danzad malditos danzad”, “Yakuza”, “Un instante una Vida”, “Ojos bien cerrados”, “Tootsie”, “Tal como éramos”, “Presunto inocente”, “Los fabulosos Baker Boys”, “En busca de Bobby Fisher”, “Sentido y sensibilidad”, “El talentoso Mr. Ripley”, “Cold Mountain” etc. Es decir, estamos ante todo un personaje que cuando elabora un proyecto cinematográfico tiene infinitas razones para convertirlo en toda una posibilidad de éxito.

Pues bien, hasta acá tenemos los perfiles medianamente definidos y la información mínima necesaria para poder elaborar un comentario que nos lleve a una explicación coherente del porqué “Micheal Clayton” es una película considerada como una de las cinco mejores puestas en escena del año 2007. Claramente notamos que no es un capricho de los casi 6,000 miembros de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas el haberla cotizado de la manera en la que lo han hecho. Empezaré desarrollando entonces un concepto básico que va a determinar el soporte adecuado de nuestra hipótesis. Tony Gilroy, prolífico guionista de la taquillera franquicia “Bourne” y co-guionista junto a Jonathan Lemkin en “EL Abogado del Diablo”, 1997, hace su debut como director rodeado de una de las más consistentes, envidiables y exitosas élites de la producción cinematográficas de Hollywood; luminarias profesionales de la talla, talante y genialidad de Sydney Pollack, Anthony Minguella, Steven Soderbergh y George Clooney como productores del film, y actores de un extraordinario nivel interpretativo como los británicos Tom Wilkinson y Tilda Swinton además del mismo Clooney, quien ha tenido una evolución actoral muy sólida y auspiciosa, son razones más que poderosas para que la ópera prima de Tony Gilroy tenga los cimientos adecuados y deba proyectarse como una sugestiva posibilidad de acierto. Si a este impresionante reparto de especialistas en materia fílmica le agregamos algunos detalles nada menores como que su hermano John Gilroy es el montajista o editor de la película, ambos son hijos del afamado dramaturgo y realizador Frank D. Gilroy, ganador de un premio Pulitzer, y el mismo director de la cinta es el responsable de la elaboración del guión, nuestra hipótesis queda confirmada sin lugar para discusión. La presentación en sociedad del largometraje “Micheal Clayton” llega a ser un cabal acontecimiento fílmico que llama la atención de todos a quienes nos interesa involucrarnos decididamente en lo profundo y lo sustancioso del cine. George Bulwer-Lytton tiene una frase sobre la genialidad y el talento que quisiera rescatar al referirme al trabajo de Tony Gilroy, “El genio hace lo que debe y el talento lo que puede”. Si existe alguien a quien pareciera imitar Tony Gilroy como guionista es al genial David Mamet, el maestro del juego del dialogo. Mamet es un dramaturgo inconmensurable, “Verdadero y Falso”, guionista exponencial y productor de películas experimentales las que ha escrito y han merecido críticas de todo calibre incluso con publicación de libros sobre su singular aporte al cine. Solamente quisiera acotar que Mamet ha hecho del diálogo una suerte de infinitas preocupaciones e inmensas inquietudes sobre problemas de hondo calado existencial como el engaño, la agresividad, la desconfianza y la contradicción como metáforas de la vida misma. Uno de sus ejemplos más brillantes es el guión de la película de James Foley, “Glen, Gary, Glen and Ross” en donde la exquisitez y dureza de los diálogos de Glen (Al Pacino), Gary (Ed Harris), Glen (Alan Arkin) y Ross (Jack Lemon) son representativos de su propio conflicto personal. Mamet estructura el guión utilizando a estos cuatro hombres desolados, fracasados y sin esperanza; todos enfermos con el Mal de Tourette, esa confusa dolencia que hace decir barbaridades sin control posible y de una forma extremadamente hiriente. Cuando los cuatro creían que para ellos era el fin, entra en sus vidas un brutal doctor (Alec Baldwin) que les dará un nuevo significado a sus vidas. Por lo tanto, mi entender es que Mamet es el genio manifiesto que hace lo que debe y Gilroy es el talento inspirador que hace lo que puede.

“Micheal Clayton” es una muy buena película cuya estructura angular se nutre sustantivamente de la inmensa calidad de los diálogos magistralmente configurados por el Tony Gilroy guionista y la correcta exposición de la intimidad desoladora de los tres actores principales la misma que son reforzadas por imágenes muy elocuentes y perfectamente ensambladas con lo que representa la degradación del ser humano como tal, su inclemente fatalidad y su miserable e irracional comportamiento para con su propio futuro sin rumbo a la vista pero que está siempre a merced del fantasma que representa el poder del sistema que los absorbe sin mediar deserción alguna y por la pérdida de la libertad individual de la persona que se somete racionalmente a los mandatos abstractos de una relación de brutal dependencia para con una poderosa y corrupta corporación. El verdadero epicentro narrativo de este film no está precisamente en la parte de la trama que nos presenta a la invencible U/North como la gran culpable de haber intoxicado a un centenar de granjeros debido a la venta de veneno en forma indiscriminada, ni siquiera en el drástico cambio de personalidad de un célebre abogado magistralmente interpretado por Tom Wilkinson que pierde sorpresivamente la cordura en una sesión durante la antesala del juicio donde se retractará y por fin logrará inmolarse al destapar a la corporación que defendió durante años, mucho menos en la controversial y fallida búsqueda que hace Micheal Clayton para poder entender y ayudar al verdadero amigo e incluso tener que sacarlo del caso si era necesario, que le dice su verdad más allá de su actitud como un perfecto maniaco depresivo. Tony Gilroy, el director, nos cuenta una historia con una solvencia admirable y si bien es cierto nos propone un comienzo incierto y algo confuso luego del relato en off de casi cuatro minutos, éste es clave en el desarrollo de la historia.

Este mensaje dirigido a Clayton le señala con contundencia el estado de ánimo que lo embargaba a Wilkinson y lo alerta sobre el problema en ciernes, señalando entre otras memorables y lúcidas incoherencias, lo siguiente; Michael, sé que el recorrido ha sido largo y tedioso, por favor espérame y escúchame, esta no es otra de mis recaídas ni menos una locura, estando en la calle me sobreviene una sensación abrumadora de estar cubierto por una especie de líquido amniótico como una placenta, En paralelo aparece el lujoso edificio de oficinas del poderoso buffet de abogados en plena limpieza. Wilkinson prosigue, Micheal, he vuelto a nacer, siento como una especie de ilusión de renovación que ocurre en el instante previo a la muerte, pero luego me doy cuenta que todo es un error y de repente me sucede otra sensación de claridad increíblemente sorprendente, he salido de un traste cuya única función es excretar el veneno, el defoliante necesario para que otros organismos más poderosos destruyan el milagro de la humanidad y que he estado cubierto de esta pátina repugnante la mayor parte de mi vida pasada, pero el deshacerme de su hedor me tomaría el resto de mis días, entonces respiré profundamente y abandone esa circunstancia, pero inmediatamente me pregunté, ¿Por más potente que sea este sentimiento, por más verídico que sea lo que hoy atestigüé, debo esperar y sobrevivir al momento? Pero Michael, ese momento es ahora. Gilroy lo pone a propósito en su guión. Más claro y contundente, imposible.

Entonces que es lo que podemos entender del relato de Tony Gilroy. Primero que no se trata de un thriller convencional en donde la sangre y los disparos fundamentan la violencia, la agresividad y al mismo género. Muy por el contrario, la única muerte que se produce, la de Wilkinson, es absolutamente planificada, aséptica, sin dejar huellas, el crimen perfecto, el asesino silencioso que desarma y cansa a la policía teniendo que caratular la causa como un supuesto suicidio por una sobredosis. Segundo, nos muestra a un Michael Clayton, admirablemente interpretado por George Clooney, siempre vestido con el mismo traje y corbata negra que nos delata metafóricamente su poca claridad de conceptos, su inmensa vulnerabilidad, su aburrida y repulsiva rutina, el ir tomando un protagonismo cauto pero efectivo en cada secuencia, el lograr encontrar las soluciones a sus desgracias lenta pero con la debida inteligencia emocional y sin desesperarse porque ese esa es su mayor virtud y su más valioso capital de trabajo, su propio mundo repleto de sacrificios sin resultados, sus múltiples problemas que irremediablemente tiene que mezclarlos con su trabajo de basurero y encubridor que lo lastima y lo deprime, pero Clayton no tiene doble personalidad, es auténtico, tiene claro los avatares de su trabajo y de su vida familiar; un padre moribundo, un hermano policía que se arriesga por el pero que lo ama, su hermano Timmy, alcohólico, adeudado pero que fue su preferido durante su niñez y el tío preferido de su hijo, un divorcio bien manejado sin rencilla alguna con la madre de su pequeño hijo Henry, el mismo que lo pone en aprietos porque es muy hábil, leído y contestatario, su irremediable pasión por el juego de naipes en lugares encubiertos, su intolerable crisis económica que lo obliga a jaquear a Marty Bach pisando un extremo sensible de la paciencia de su jefe. Micheal Clayton está decepcionado e insatisfecho con su vida que transcurre lenta y monótona pero no tiene otra salida y sabe que tiene que seguir luchando hasta encontrar alguna que lo convierta en otra persona. Mientras tanto Tony Gilroy inteligentemente le va imprimiendo esa misma y sencilla característica a la mayor parte de la trama, la ordena de manera tal que la mimetiza con su actor principal y la cuida para no caer ni chocar con el ritmo endemoniado que le pone Tom Wilkinson a sus escenas y que era el que venía sosteniendo la trama, porque sabe perfectamente que ese no es el camino. Acá si logro notar y convencerme que el debutante Tony Gilroy está a la altura de su doble papel, que los cohesiona sin excederse ni quedarse en lo puramente intrascendente. Es decir, ya la película está armada, comprometida y definida, no existe vuelta atrás a excepción de los flasbacks que son prudentemente utilizados. Tercero, Gilroy nos dice que el gran conflicto y epicentro de su relato es el tormentoso dilema moral en que se reflejan permanentemente sus protagonistas. La insatisfacción y el desencanto, también la envuelve a Karen Crowder, interpretada por la correctísima actriz inglesa Tilda Swinton, la mejor actuación de su carrera, increíblemente bella y estupenda. Se trenza en un duelo actoral memorable consigo misma y delante de un espejo. Sus escenas son todas magistralmente interpretadas, desde el inicio del film en donde está sentada dentro del baño del buffet, sudorosa y nerviosa por haber arreglado el encubrimiento con Marty Bach hasta la escena en donde una de las periodistas le pregunta como intercala su agitada vida laboral con su vida privada. Su gestualidad es llamativa pero no nos causa sorpresa. Inigualable cuando muestra su inseguridad, fragilidad y pánico porque se sabe otro instrumento del poder oculto que le refriega su poca autoestima y capacidad por su inexpresivo rostro. Su ambigüedad moral es determinante y el dilema no lo puede manejar ni por asomo, la excede y la domina. Sabe que el haber mandado a eliminar a Wilkinson es una carga imposible de sostener. También que Clooney ya estaba enterado del documento y vuelve a cargarse otra responsabilidad mayor sin medir ni pensar en las consecuencias. Pierde su poca capacidad de raciocinio y nunca aparece como un personaje medianamente inteligente ni en lo emocional ni en lo profesional gerenciando la poderosísima corporación que le habían encomendado luego de casi doce años de sacrificio. Finalmente cae en la astuta trampa de Micheal Clayton y su culpabilidad la traiciona desplomándose en la alfombra de la corporación. Pero Pollack y Wilkinson también son presa de ese dilema moral de insatisfacción y desencanto cada cual a su manera. Pollack desde su condición de socio principal y responsable del Buffet “Kenner, Bach and Leeden” en el caso de la responsabilidad para con su defendida U/North. La actuación de Sydney Pollack es muy sobria, sin excesos e interpretando con absoluta credibilidad su condición del brazo fuerte del buffet pero razonable y centrado. La actuación de Tom Wilkinson es quizás la más intensa y convincente. Es un notable actor que no tiene desperdicio. Sus líneas son interpretadas con una naturalidad increíble. Cuando discute con Clooney en la cárcel, cuando lo hace en el callejón cargando una docena de panes y hasta cuando habla por teléfono tanto con Henry Clayton como con Anna, una de las testigos, su performance lo hace imprescindible y le da a la película la cuota de espectacularidad y sensacionalismo.

En resumen, muy buena película, cuidadosamente estructurada, ensamblada y con personalidad propia, con un sorprendente debut como director de Tony Gilroy que técnicamente hace un trabajo impecable logrando tomas precisas y adecuadas. Creo que no se hubiera podido contar mejor la historia visualmente. No es un detalle a pasar por alto. Es un logro que ojala Gilroy pueda mantener o superar en próximas películas y sin padrino ni luminaria que lo proteja. Un guión particular sin llegar a ser complejo como dicen algunos, escrito con responsabilidad y cuyos diálogos son la piedra angular del film, perfectamente delineados por sus protagonistas. Destacan nítidamente Tom Wilkinson, Tilda Swinton y George Clooney. La dirección artística es correcta aunque para este tipo de films no se requiere una especial dedicación. La partitura musical si es adecuada, y logra las cadencias y tonalidades rítmicas previstas. En cuanto a la fotografía me parece buena, al igual que en la dirección artística, aunque en esta última poco para explotar. El montaje creo que pudo ser más arriesgado sobretodo en el enlace de las escenas con mayor acción y suspenso pero no influye mayormente. Quizás la falla mínima más notoria es en el vestuario, maquillaje y en la edición de sonidos pero es simplemente una opinión circunstancial.

Finalmente, para mis amigos desencantados quisiera decirles que vayan a la sala y vuelvan a ver la película. Seguramente le encontrarán el feeling que yo pude hallarle. He visto la cinta dos veces y lo haré una tercera en los próximos días. No creo en la exageración cuando a uno le va gustando y encontrándole más virtudes mientras se visualice con mayor detenimiento. Con “Micheal Clayton” me sucedió lo contrario a lo que sentí con “American Gangster”, largometraje que tanto les llamó la atención a ustedes. Simplemente son gustos y percepciones. Aún así es improbable que “Michael Clayton” pueda ganar el Oscar a mejor película. Hay mejores propuestas, más elaboradas como “Atonement” y “No Country for Old Men”. Tampoco creo que George Clooney pueda ganarle la pulseada a Daniel Day-Lewis. Son dos interpretaciones abismalmente distintas. Lo de Day-Lewis es inmenso, grandioso, monumental y con un sacrificio actoral poquísimas veces visto. Lo de George Clooney es correcto y apreciable. Si hay alguien que puede dar la sorpresa ésta debería ser Tilda Swinton que ayer fue la ganadora a mejor actriz de reparto en los premios Bafta. Pero aún así está en la categoría más pareja en la que quien gane va a ser correcto y merecido. En actor de reparto lo de Javier Bardem es más original y contundente que lo de Tom Wilkinson aún a sabiendas que el inglés es un actor exponencialmente superior. En guión original podría ser un premio merecido para Tony Gilroy aunque “Juno” y “”Ratatouille” también la vienen remando con constancia y genialidad. En partitura musical creo que “Atonement” está un escalón sobre el resto.

Pepe Derteano