viernes, 13 de junio de 2008

“El Fin de los Tiempos”. Un esforzado film de serie B que se sostiene ante la adversidad.












Las películas llamadas de Serie B -en inglés B Movie- no son un género en sí mismas. Muy por el contrario, en esta categoría o apartado tienen cabida films muy disímiles, heterogéneos y hasta contradictorios, ya que la expresión se fundamenta en aquellas producciones cinematográficas de bajo presupuesto, cuyas aspiraciones no son precisamente las más calificadas, actores principiantes, no reconocidos o en decadencia, pobres efectos especiales etc. En cuanto al origen del nombre, algunos opinan que se debe a la denominación de los lugares o locaciones en los que son ubicados los estudios destinados a producirlas. Para otros, tan sólo se alude a la lógica clasificación de estos films, en relación con aquellos de mayor producción que, por tanto, constituirían la Serie A. Más o menos como la diferencia entre los equipos de fútbol de primera con uno de una división menor. En la década de los 30, los grandes estudios de Hollywood confían el encargo a eficientes equipos de directores de la talla de William A. Wellman – “A Star is Born”, 1937, “Buffalo Bill”, 1944, “Battleground”, 1949 -, en los thrillers, y Tom Mix, en los Westerns, el primer gran cowboy de la historia del cine, que siempre acompañado por su caballo Tony, protagoniza algunos films para la Universal, son dos de los géneros que mejor se adaptan a las escasas condiciones de producción. Pero con la crisis de las “Majors”, los seis estudios de cine norteamericanos que dominaban la industria cinematográfica global, - Warner Bros, Metro Goldwyn Mayer (MGM), la Paramount, la RKO, la 20th Century Fox, la Universal, la Columbia y la United Artists-, éstas dejan de producir películas baratas y una serie de productoras independientes van a cubrir ese vacío.

Aunque, como dijimos al principio, son muchos los géneros que toca la Serie B, de hecho siempre se le relaciona con las películas de ciencia-ficción y de terror debido a la proliferación de estos títulos durante la etapa de esplendor de las películas de bajo presupuesto. Así surge la actual concepción de la serie B, es decir, películas sin tener oficio, pero con beneficios, de temática fantástica, visceral y, casi siempre, con sentido del humor. La ambientación acaricia lo austero, los decorados son exagerados, fantasmagóricos y los tonos de color siempre chillones, en competencia directa con el escandaloso rojo de la sangre. Dentro de este nuevo rumbo, el gigantismo, las mutaciones, las alteraciones genéticas y cualquier otra endiablada transformación imaginable, ocupan un lugar de honor, “Them” de Gordon Douglas, 1954, “Tarántula” de Jack Arnold, 1955, “Creature from the Black Lagoon” de Jack Arnold, 1954 y, sobre todo, “The Fly” de Kurt Neumann, 1958, plantean un mensaje claramente anticientífico en unos años en los que es habitual la práctica de experimentos atómicos sin que el ciudadano tenga suficiente información sobre el verdadero peligro de la radiación. En lo relativo al cine de terror, Roger Corman, descubridor de talentos de la talla de Jack Nicholson y Harvey Keitel, es el realizador más destacado. Con un ritmo incesante, rueda una película por semana. De su numerosa obra, merecen un lugar privilegiado los films basados en relatos de Edgar Allan Poe, con la impagable aportación de Vincent Price como protagonista. “The Fall of the House of Usher” de 1960, “The Raven” de 1963 y “The Masque of the Red Death” de 1963, son algunas de este estilo B. También destacan cineastas como Robert Siodmak, Richard Fleischer y Robert Aldrich, que van empezando a desarrollar su estilo en este tipo de producciones.

Fuera de las fronteras del cine americano, hay que destacar las películas japonesas en las que el gigante lagarto Godzilla da rienda suelta a su furia destructora como, por ejemplo, “Godzilla” de Ishirô Honda, 1954, sin lugar a dudas el mejor Godzilla de todos los tiempos. En Gran Bretaña, la Hammer se distingue con series sobre Drácula y Frankenstein dirigidas por Terence Fisher y protagonizadas por Peter Cushing y Christopher Lee. Títulos como “The Curse of Frankenstein” de 1957 y “Drácula, Prince of Darkness” de 1958, los convierten en la pareja emblemática de la Se¬rie B inglesa, a la que Tim Burton rendiría homenaje en “Sleepy Hollow” en 1999. También son dignos de destacar, los films de terror italianos de los 60 y 70 de la mano de Mario Bava, “La maschera del demonio” de 1960, Darío Argento, con su film “Suspiria” de 1977. En España, el actor Paul Naschy - Jacinto Molina Álvarez- es el rostro por excelencia de la Serie B en películas como “La noche de Walpurgis” de León Klimowsky, 1971 y “El retorno del hombre lobo” de Jacinto Molina, 1980. Conviene puntualizar que pese a la escasez de producciones que hoy en día responden a las características de la clásica Serie B, de vez en cuando llegan a las salas producciones como “The Terminador” de James Cameron, 1984, “Predator” de John McTiernan, 1987, con Arnold Schwarzenegger, “The Matrix” de los hermanos Andy y Larry Wachowski, 1999, “Pitch Black” de David N. Twohy, 2000 con la actuación de Vin Diesel, “Equilibrium” de Kurt Wimmer, 2002, “Mars Attacks” de Tim Burton, 2002, “Underworld” de Len Wiseman, 2003, que suponen un homenaje a unas películas que tan sólo pretenden ofrecer entretenimiento y acción, pero que algunas tienen un éxito descomunal y se convierten en films de Serie A. Considero al film de M. Night Shyamalan, “El Fin de los Tiempos” como una perfecta representación del buen cine de serie B, ya que es un largometraje rodado con poco presupuesto y escasas pretensiones artísticas, habitualmente de género mixto, terror, ciencia-ficción, comedia etc., cuyo fin primordial es entretener a espectadores no tan exigentes, excluyendo a los críticos, que como todos sabemos tienen un ego muy difícil de satisfacer.

“El Fin de los Tiempos” plantea en términos metafóricos, que de la misma manera que no existen teorías objetivas sobre el porqué de la desaparición de las abejas en el mundo, tampoco se puede asegurar rigurosamente si es la naturaleza la que está enfrentándose y embistiendo a la humanidad mediante el incisivo y desconcertante cambio climático. El director plantea teóricamente que si los indios americanos han logrado reflexionar intensamente y nos aseguran que todo lo asombroso, sorprendente y portentoso está ligado ineludiblemente a la madre naturaleza, porqué la humanidad no se comporta de acuerdo a esa filosofía existencial tan pragmática, para lograr adecuar su espiritualidad al misterio de la naturaleza proveedora, para poder beneficiarse de forma oriunda, nativa y generosa. En esta película la insinuación escalofriante y temible de una nueva versión apocalíptica está muy bien expuesta y retratada por el director Shyamalan, como una hecatombe, un asesino invisible o un exterminio imparable de la naturaleza hacia el hombre, como si ésta se hubiera dado cuenta lo innoble e ignominioso que ha sido y sigue siendo la humanidad contra quien la protege y hospeda. Quizás la humanidad ha llegado demasiado lejos. Ese apasionamiento por lo misterioso y extraño, al estilo del maestro Alfred Hitchcock, va arrastrando al espectador a intentar develar un enigma hecho con la frescura de un niño inocente y aplicado. La relativa oscuridad de las películas de Shyamalan refleja que esa candidez e ingenuidad está permanentemente amenazada.

Una película difícil de catalogar como un género específico por la pluralidad de composiciones que se pueden observar a lo largo del film. Creo que podríamos conceptualizar un contexto temático que avizoro como los objetivos cinematográficos en la preproducción del film, un fructífero y decoroso homenaje a Steven Spielberg y a Tom Cruise, por la película “War of the Worlds”, además de una incuestionable puesta en escena y afirmación del denominado cine de serie B, que desarrollamos al principio de la publicación. En esta circunstancia agregaría que un film de serie B es un tipo de película muy específica, elemental y sincera o espontánea, con un equilibrio muy ajustado entre lo que pretende, lo que cuesta y lo que consigue, que emplea sus recursos de una forma inteligente y eficaz, con directores capaces de enfatizar los aciertos y disimular los errores implícitos de este tipo de historias, es decir, hacer las cosas creíbles y viables, que es bastante más complicado de lo que parece ser. Siendo el cine el gran arte del engaño, el hecho que una película brinde sinceridad, es algo casi inaudito de observar y que pocos consiguen, aunque las intenciones sean las mejores, casi siempre las presiones y exigencias comerciales acaban alterando el objetivo cinematográfico. Si uno observa con detenimiento la filmografía de Manoj Nelliattu Shyamalan, o parte de la misma, es innegable que “El Fin de los Tiempos”, posee aquellas características reiterativas, solemnes y suntuosas, encuadradas en temáticas con giros casuales y hasta imprevistos, un tratamiento sensato de la escala del género de terror y del thriller correctamente asentado, sumado al elemento estructural dramático que complementa y sostiene esta receta, es decir, una plaga, virus, pandemia o calamidad neurasténica e hipocondríaca, que moviliza un sentimiento colectivo entre la desesperanza, el suicidio y la supervivencia. A este esqueleto o armazón cinematográfico, Shyamalan le añade los ingredientes naturales en dosis apropiadas; confabulación, incertidumbre, idilio, proeza, quimera, espanto y el impostergable humor casi inexplicable pero bien ubicado, para que el espectador se logre engarzar a su propuesta, tratando de descubrir ese embrollado y misterioso entresijo, expandido insólitamente pero en forma prolija por el conspicuo director indoamericano, quién nos instala apropiadamente dentro de un desenlace seductor, inteligente, imperioso y efectivo. Por lo tanto nos hallamos ante una producción consistente, maciza, vigorosa, contada con ese estilo clásico y entonado que en Shyamalan parece dibujar un don privilegiado. Un film donde la trama nace aparentemente de la nada, causando una leve sensación de vacío argumental, pero a medida que transcurre aparece el terror y la incertidumbre que crece de manera envolvente con la ayuda de una idónea banda sonora y una mezcla de sonidos llamativos y pomposos.

En cuanto al guión, éste transita a ritmo parsimonioso pero sumamente seguro por dos caminos recíprocos o análogos; la historia de amor que jaquea la continuidad de un matrimonio en crisis y el truculento peligro indeterminado que fundamenta el abatimiento colectivo. Pese a las virtudes indicadas, es ahí, en el argumento, donde la película nos muestra un aire a cierta lasitud. Shyamalan nos ofrece secuencias conmovedoras, que podrían servir para definir con precisión lo que significa la intriga y la confabulación. Pero también hay alguno que otro momento donde la narración titubea y empieza a perder su encanto y orden, porque la historia tiene obligatoriamente que ser corta, sin mucho detalle o aspaviento. Son alteraciones o anomalías que, como una nota desafinada en un concierto musical, no llegan a estropear de modo alguno el interés de la película, aunque nos desacomode o nos relaje por algunos segundos. Al igual que en otras cintas de Shyamalan, el romance adquiere una intención liberadora y hasta protectora. Su emotividad nunca es ramplona y nos es descrita en clave de familia. Para el talentoso director indoamericano, reflejar el amor es algo tan natural que, a menudo, se consiente la tentación de alternarlo con lo extremadamente opuesto, es decir, un horror primitivo que parece funcionar eficientemente fuera de los moldes o patrones preestablecidos. También existe un manejo de la indeterminación, vaguedad o la ambigüedad, al instalarse junto a la incertidumbre, los continuos silencios de la historia y sus misterios o enigmas sin explicación o solución aparente, que se transforman narrativa y visualmente en el transporte obligado para la expresividad de la película. Nadie está seguro en ningún sitio. Todos están expuestos a este inusual fenómeno, que no aparece, que no se siente, pero que juega con la mente asustada y la imaginación sobresaltada del hombre impotente y desbaratado. Solamente el instinto de supervivencia surge como el albergue solitario, inseguro pero inmejorable.

Las interpretaciones, como sucede en las diversas películas de Shyamalan, van de lo correcto a lo inestimable. Mark Wahlberg está muy asentado, consistente, bastante seguro y desprendido, tanto en el papel del eterno enamorado en conflicto –el que conquista-, el profesor que describe la parábola de las abejas, así como en el protector de su mujer e hijo de su mejor amigo, cuando la desesperación justifica la huída y el refugio. Zooey Deschanel- la conquistada-, se logra ensamblar a la perfección en su papel de esposa inmadura, frágil y distraída. Su presencia denota ingenuidad desde los diálogos hasta sus gestos, confundiéndose con la actitud cándida e inocente de la pequeña Ashlyn Sánchez, hija de John Leguizamo, un buen actor que borra fatalmente lo bueno que realiza con su gesto siempre belicoso y bravucón. Su gran dilema en la película es buscar salvar a su hija o su mujer. Luego, como todos, pone su cuota de humor sarcástico. Ashlyn Sánchez, a quien recuerdo interpretando a la pequeña hija de Michael Peña en “Crash”, hace un papel más gestual, principalmente su mirada, que cruzando algunos diálogos. Betty Buckley, quien interpretó a una profesora de gimnasia en el clásico de terror “Carrie”, le da vida esta vez a la excéntrica Sra. Jones, una desconfiada y solitaria granjera que ofrece refugio a Wahlberg, Deschanel y Sánchez. Una actuación muy auténtica que me hizo recordar a la extraordinaria Geraldine Page.

En los apartados técnicos, una muy aceptable labor de dirección, Shyamalan sabe lo que quiere y lo hace simple, limpio, muy natural, a la antigua, sin buscar complicar lo que temáticamente ya lo es en la mente del espectador. La forma en que usa la cámara sobretodo en las hermosas locaciones exteriores –frondosos paisajes y campiñas-, está técnicamente muy bien lograda. Ayuda mucho que casi el 90% de las escenas esté rodado en exteriores, justamente el motivo principal de la película, el comportamiento de la naturaleza. Debe haber sido complicado manejar el insospechado rumbo y fuerza del viento, un enemigo seguro o un personaje más en estas circunstancias. Un elemento destacado en la película es el sonido. Es tan o más importante que la temática visual. Se nota un trabajo muy profesional sobretodo en la mezcla de los ruidos de los ambientes naturales, en donde cada chirrido, crujido, silbido, estridencia o chasquido tienen que ser perfectamente armonizados por el equipo mezclador. Es muy importante que el espectador pueda sentirse cómodo ya que puede llegar a establecer en el mismo una serie de sensaciones distintas, sea de terror, tensión o hasta relajación. El sonido es un gran detalle en el film de Shyamalan. Otro de los puntos que llegan a ser cruciales en el film es el crecimiento paulatino de la música, para luego atrapar al espectador como un velo gigante que recae suavemente sobre la expresividad de la película. También ayuda el crear una sensación extraña y disonante mediante la percusión, el tipo de sonido musical intenso que crea una sensación de pánico y refleja todos los cambiantes comportamientos que se van sucediendo. Al final, una música hermosa que hace bailar acompasadamente a la película. También se nota un solo de violonchelo de lo más cautivador que supongo representa el permanente conflicto en que crece y se desarrolla la humanidad. En fin, Shyamalan logra convertir la fobia, el pánico, el espanto y la consternación en ansiedad y luego en algo indefinible, intangible de una extraña belleza siempre mantenido las cosas simples, naturales y sinceras. Una puesta en escena impecable que le entrega al espectador una buena oportunidad para estremecerse ensayando una leve sonrisa. Hasta la próxima.


PEPE DERTEANO