jueves, 14 de agosto de 2008

“3:10 Misión Peligrosa”. Un merecido y excepcional homenaje al western clásico.



















Hoy nos toca comentar otra excelente película del género western, “3:10 Misión Peligrosa” - absurdo título en castellano - , del realizador norteamericano James Mangold - “3:10 to Yuma” -, título original del film realizado en Nuevo Mexico el año pasado y que se basa en un filme del mismo título en inglés, dirigido en 1957 por Delmer Daves y nada menos que con las actuaciones del gran actor Glenn Ford y el notable secundario Van Heflin. Este 2008 en nuestra cartelera hemos podido apreciar tres films del género western. Dos de ellas, se comentaron ampliamente en nuestro blog, “El Asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford” y “Duelo de Asesinos”. En el primero de los casos, una lúcida estilización psicológica de una propuesta no convencional de películas del viejo oeste y en el segundo, un apasionante y conmovedor relato de una persecución donde el salvajismo y la redención constituyen sus pilares fundamentales. En la publicación que hicimos de la estilizada propuesta de Andrew Dominik, se hace una copiosa explicación del género y su desarrollo a lo largo del tiempo y de su época de esplendor. Inclusive contábamos como anécdota, que la primera película que se rodó de este género - genuinamente norteamericano -, fue “'El gran asalto del tren” o “The Great Train Robbery”, hecha en 1903, por el padre del cine western, Edwin Stanton Porter. La Película duraba 08 minutos, constaba de 08 secuencias de 01 minuto cada una, y utilizó solamente 10 planos fijos durante su filmación. Su última escena, un primer plano de un pistolero disparando sus armas hacia el espectador, causó una impresión de sorpresa y admiración nunca antes vista. Este cortometraje influyó notoriamente en el espectacular desarrollo de la cinematografía norteamericana, y contribuyó a que el Western, se convirtiera en un pasatiempo de aceptación masiva, al margen que reflejaba una forma de vida que se forjaba prácticamente de la nada. Las pequeñas salas de cine, conocidas como los nickelodeons - teatros hechos con banquetas volantes de madera, que se aumentaban y acomodaban según el número de espectadores asistentes, y que costaba 05 centavos de dólar, se extendieron por todos los estados federativos surgiendo el cine como una poderosa industria del entretenimiento popular. También dimos una lista de algunas películas de vaqueros que considerábamos imprescindibles de ver para conocer los pormenores de éste peculiar género, que a lo largo de los años ha sufrido las inclemencias de críticos y espectadores hasta quedar casi en el olvido de productores y directores cinematográficos. Sin embargo, como contradiciéndose a si mismo, en el año 2005, el prestigioso director chino Ang Lee realizó un magnífico experimento de actualización del género colgándole una inusitada y verosímil historia de amor de dos vaqueros norteamericanos en su notable película “Brokeback Mountain” – Ang Lee ya lo había intentado con “Ride With the Devil” en 1999, sin suerte, aunque es un buen film -, llevando su propuesta a lugares estelares e insospechados de los festivales internacionales más prestigiosos y de la crítica en general. Muchos se dieron cuenta que la violencia no era necesariamente una simbología a perpetuidad de los “cowboys”, sino que se podían contar historias con orientaciones diferentes. En ese sentido quisiera recordar que el enfoque de los productores del film “El Asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”, se ajusta a este criterio y le sugieren al guionista y director, Andrew Dominik, un tratamiento no convencional con el género Western, y que la mejor estrategia para lograrlo, se fundamente en la estilización del ofrecimiento fílmico, buscando agregarle una serie de matices, calibrando con artesanal delicadeza los sonidos, imágenes y diálogos renovados, pero que no se alejen del verdadero corazón de las películas de vaqueros tradicionales, priorizando los personajes sobre la historia. El director neozelandés acierta realizando una película especialmente cuidada, protegida, con los objetivos claros, definidos y logrando una estilización del género que sorprendió y a la vez agradó. Dominik nos hizo olvidar el estigma, que aquellas películas del oeste de antaño, habían posicionado en sus seguidores y que perjudicó, con el transcurrir del tiempo, al género original, porque perdió comunicación y sentido para con el gran público, y estaba condenado a lo inmemorial. Dominik, disparó un intento arriesgado, pero matemáticamente calculado, sin minimalismos y evaluando con rigor y objetividad, toda posible conceptualización, por más inútil que pueda parecer. Lo mismo tendría que decir del film “Duelo de Asesinos”, que me agradó e impactó de mejor manera que el largometraje de Dominik, por darle una diversidad de sensaciones a través de una persecución incesante, con la dosis de acción y negrura que tienen que estar siempre presentes en un Western además de proponernos un final inaudito, matizado con toda la gama de posibilidades que la cinematografía le brinda a un realizador. Cuando comenté esta película decía lo siguiente; “es un western atractivo, seductor, fascinante, cautivador, emocionante, enternecedor, trágico, dramático y estridente, que vuelve a reafirmar el concepto que el género no tiene aún partida de defunción, aunque muchos lo quieran enterrar a la fuerza. Muy pocos géneros tan dúctiles y válidos para ejemplificar conflictos emocionales y al mismo tiempo entretener con suma sabiduría, erudición y cultura. Una estructura narrativa simple que parte de una concepción humana muy primaria, casi rudimentaria como la cacería y la conservación, motivadas por una leve especulación de revancha o una frívola sospecha de alguna deuda no honrada. Ese es todo el argumento principalísimo de esta historia rodeada de una admirable dirección y una interpretación extraordinaria de dos actores irlandeses, que descorchan y desbordan un talento dramático, misterioso y secreto. Pierce Brosnan y Liam Neeson, dos fascinadores y dignos representantes de un género cinematográfico de aventuras y héroes, se juntan para hacer ambos y al mismo tiempo, de buenos o malos, de íntegros o despreciables, de justicieros o pecadores, de inocentes o culpables, partiendo de un escabroso convencimiento que el hombre es una criatura capaz de perseguir salvajemente hasta encontrar la presa imposible e imponer la obsecuencia y la docilidad, o hasta replegarse para defenderse brutalmente con las armas que la circunstancia o la casualidad le brinde. Pero en el fondo lo que gobierna la trama, lo que sacude el tejemaneje es lo embrionario, lo primitivo y lo elemental de su naturaleza, la caza, la supervivencia y la venganza”.

Por lo tanto, dos generosos y esforzados intentos para que la sangre del Western siga siendo color tierra, olor pólvora y se mantenga con vida, agregandole genialidad e imaginación como lo hacía el inolvidable John Ford, el más grande de todos los creadores de películas de vaqueros. Orson Welles siempre repetía, con o sin alcohol en el cuerpo, que para él los tres más didácticos y fabulosos directores de cine eran, John Ford, John Ford y John Ford. Hoy nos convoca otro estilo, un tratamiento más cercano al western clásico, al embrión del género, con una trama casi similar al film original de 1957, pero dotado de otras coyunturas modernas que han mejorado notablemente los eventos técnicos como el color – elemental pero esencial -, el sonido y la banda sonora principalmente, aunque la versión original creo que no ha podido ser superada en lo argumental ni en lo interpretativo. Apuesto por una beneficiosa paridad en lo integral, general y entero.

En 1957, Delmer Daves, un director de cine no tan prolífico ni famoso, pero de un reconocido talento, lleva a la pantalla del blanco y negro una de las películas del oeste más importantes de los años 50, período en el cual, sin perder los parámetros tradicionales que delimitaban el género - especialmente tras el final de la segunda guerra mundial -, algunos enfoques del western alcanzaron una proyección esencialmente psicológica por su profundidad y complejidad que ayudaban a madurar las clásicas propuestas e inundar la mitología del género con lirismos acompañando la exaltación y la introspección sobre personajes solitarios, de difícil integración, generalmente antihéroes, abrumados por la amargura, la melancolía y las permanentes contradicciones emocionales que los situaban en difíciles conflictos interpersonales y grupales. Daves lo sabía, y entendía que ya no solamente se trataba del simple arrebato varonil tan característico del género, sino de la incorporación del enfrentamiento entre el drama y la tensión en su grado máximo, mantenido con un pulso narrativo brioso y diálogos secos, cortantes, amenazadores, imbuidos en muchas ocasiones de cinismo e ironía, que remueven las debilidades y fortalezas de un completo muestrario de personajes, en sus deseos, en sus desencantos, en sus odios, en sus desencuentros, en sus celos, en sus pasiones. Delmer Daves en “3:10 to Yuma”, se acerca con sutileza y hasta admiración al primer western psicológico realizado en 1939 por John Ford, “Stagecoach” o “La Diligencia”, que aunque parezca mentira, ya en ese año, encontraba al género venido a menos. Gracias a esta película, John Ford consiguió resucitarlo y ponerlo de nuevo en las más altas esferas de la calidad artística y la aceptación popular. Así, en "Stagecoach" no sólo comienza un épico viaje de un grupo de personajes a través del Monument Valley o Desierto Norteamericano, sino que ventila las disímiles personalidades de los ocupantes de una pequeña diligencia. Daves también nutre su composición de películas notables y referenciales del western psicológico como “High Noon” de 1952 y “Shane” al año siguiente. "3:10 to Yuma" se lanza en el año 1957 con la participación de Glenn Ford y Van Heflin, dos actores de mucho renombre y vagaje en el género. La compenetración que logran tanto Glenn Ford como Van Heflin son de un nivel llamativo, brillante y conmovedor. Cazador y presa frente a frente, haciendo de la convivencia un deleite visual de notables proporciones. Por eso llamó la atención en esa época la película de Daves, porque el magistral juego de caracteres entre ambos protagonistas, la sensación de dependencia, casi de amistad, de admiración del uno por el otro, que se logra crear entre ambos, es el motor y hasta la carrocería de todo el film, las constantes y atractivas ofertas de liberación de un maniático encantador como Ford y las dudas existenciales y financieras del honrado Van Heflin, tentado por el mismo demonio que tiene en frente, pero en forma de desvergonzado y carismático manipulador, nos hacen observar un soberbio duelo interpretativo. Como señalaba John Ford, el western es el género donde se estrechan la mano el mito y la realidad.

Pues bien, “3:10 Misión Peligrosa” no difiere mucho de lo ya comentado. 50 años después, el ecléctico neoyorkino James Mangold, nos brinda desde una perspectiva recapituladora y reflexiva del género, una prodigiosa y memorable amalgama de las diferentes épocas por las que ha transitado la imaginación de los grandes propulsores de las películas de vaqueros, desde Edwin Stanton Porter, pasando por Frank Lloyd, John Ford, Fred Zinnemann, Sergio Leone, Sam Peckinpah, Clint Eastwood, Kevin Costner, Ang Lee y porqué no, hasta Andrew Dominik y David Von Ancken. Mangold busca y consigue retomar el estilo clásico del género, permitiéndose licencias comprensibles del cine moderno – sin sacar funesto provecho, sellos ni lucimientos personales -, y anteponiendo al semblante estético y visual, la contundencia de la narración, sin mayor aspiración o pretexto que el de ordenarnos el género, recrearlo como realmente fue, y que se mecía atormentado entre lo aleatorio y lo irrebatible, lo subrepticio y lo manifiesto, para devolvernos las sensaciones de siempre, lo mágico de sus historias de conquista y violencia, de aquella lucha entre el bien contra el mal, de resolver las cosas como los códigos del viejo oeste lo señalaban. Un homenaje cautivador al cine de los viejos maestros que hicieron con algunos caballos, carretas, hombres buenos, malos y pueblos que parecían de cartón corrugado, una tradición, un elemento infaltable en el entretenimiento de los adeptos al más puro y emotivo cine de todos los tiempos; sin exhibicionismos, poniendo sobre el tapete el viejo lema de contar historias simples con emociones complejas o viceversa. James Mangold logra algo que hay que destacar, es recónditamente respetuoso de la versión original que dirigió Delmer Daves, y eso hoy por hoy, donde el remake modificado aparece como el argumento perfecto de los críticos y opinantes sin ideas, es una actitud de desprendimiento plena y admirable.

James Mangold no comienza su película como lo hiciera Delmer Daves, quien empieza la suya, con una gran toma fija panorámica desde donde se extiende la lejanía de una diligencia que se acercaba a paso certero surcando las arenas de un camino previamente marcado dentro del inmenso y desolado Monument Valley, transportando el dinero - celosamente custodiado por los llamados Pinkertos o guardias de seguridad -, recaudado para la construcción del ferrocarril. Una escena memorable, plena de sabiduría fílmica, diría que imposible de borrarla de nuestra memoria. Mangold prefiere empezar directamente con una secuencia psicológica imponiendo primeros planos que se conjugan en la serena apacibilidad de la madrugada en el hogar de unos humildes rancheros, enfocando a la esposa y a los dos hijos de uno de los protagonistas principales, Dan Evans – representado por Christian Bale -. James Mangold con astucia, conocimiento y percepción, nos lleva hacia el hijo mayor de Evans, William, un adolescente de carácter fuerte y decidido, quien enciende un fósforo porque la quietud y el sosiego del entorno lo hace cómplice de un presentimiento. Entre sus pertenencias se divisa una revista de fines de 1800, titulada “The Deadly Outlaw”, un comic de aventuras entre pistoleros y fugitivos donde solía predominar el espectáculo de la vida y la muerte, de lo injusto y de lo ecuánime, una clara alerta referencial de cómo se había formado la leyenda del viejo oeste. El joven Evans va tomando conciencia o imaginando lo que significaba la violencia, el coraje y la deshonra, y de que forma éstas se podrían presentar en el futuro, además de ir haciéndose las preguntas de rigor con respecto a su disminuido padre, quizás comparándolo con el héroe que su mente proyectaba. Pero la trama da un giro de tuerca brutal, pasando de la calma a la violencia tan solo en instantes, cuando los matones de un acreedor bancario de Evans incendian su granero advirtiéndosele que en el próximo incumplimiento quemarían la casa donde vivía la familia Evans, por su hijo menor, que al sufrir de tuberculosis muy pequeño, decidieron un lugar alejado. Dan Evans tiene un pie ortopédico por un accidente fortuito causado por un compañero de armas en la guerra de secesión. Sus limitaciones físicas son evidentes – hecho que no tiene la película de Delmer Daves -, aunque su autoestima y valentía la convierte en ridícula. William, el ávido lector de aventuras, sale presuroso a salvar los caballos y sus monturas con riesgo evidente. Su madre y su hermano menor son testigos del arrojo y bravura del muchacho, quien en pocos minutos ha pasado de lector a protagonista de una circunstancia apremiante de la vida real. Se nota el orgullo del padre y también la desilusión contenida de un hijo, que sin embargo, con el transcurrir del film, le va teniendo mucha admiración y respeto. También hay una conversación muy atinada entre Evans y su mujer, porque el sarcasmo y la reprimenda se enfrentan con gran tino. Bale, con sumo talento se va acercando a la naturalidad de Van Heflin, pero es de lejos mejor actor. Un gran comienzo de Mangold, que se aleja notoriamente de lo crepuscular para adentrarnos en el infierno psicológico de una familia disfuncional donde sobra el honor, la probidad y la entereza pero faltan los medios económicos para poder forjar un destino mejor. Dan Evans está dispuesto a todo y así se lo hace saber al menor de sus hijos. La sensación de peligro y de violencia queda instalada desde el principio en el film, casi estampada como un sello humeante de continuidad.

De pronto un retrato que impacta pero que no sorprende. El rostro imperturbable de Russell Crowe, quien personifica al jefe de la pandilla, un tal Ben Wades, leyenda viviente de los legendarios ladrones de diligencias. Crowe tiene un papel y un lápiz y se encuentra dibujando a la perfección un águila posada sobre unas ramas secas. No parece un delincuente, menos el imaginario asesino despiadado del viejo oeste. Todo lo contrario, su gesto es inquebrantable, amagando con esbozar una sonrisa que nunca llega. Poseedor de una personalidad muy singular y una imagen de tranquilidad que asombra. Llega uno de sus secuaces, Charlie Prince, el más sanguinario y desconfiado, aunque dejando la impresión de un comportamiento amanerado cuando de usar las palabras se trata. Lo interpreta Ben Foster y está realmente portentoso. Le comunica al jefe que se acerca la diligencia, que está fuertemente armada, el águila toma vuelo como repudiando lo que viene, Crowe sin inmutarse agita su caballo y se dirige a tomar la posición que le corresponde en lo alto de una colina. Su rostro sigue como cuando dibujaba, concentrado, firme e impasible.

En este momento el film entra en una secuencia puramente de acción al producirse el asalto a la diligencia. Sin duda una escena tan emocionante como cualquiera de las mejores que se hayan elaborado en las grandes películas de acción. La emboscada que la pandilla de Ben Wade le impone a la diligencia comandada por un viejo cazarecompensas, Peter Fonda no llega a resultar del todo efectiva, porque la misma venía armada hasta los dientes, con ametralladora incluida, y estaban al tanto que Wade los iba a asaltar por veintidoceava oportunidad. Se producen disparos, hay bajas de ambos lados, pero el deseado botín se defendía con honor y decisión. En un determinado momento de la trifulca, Peter Fonda le dispara a un vaquero usurpador, justo en un bolso donde este guardaba varios cartuchos de dinamita, lo que genera un efecto visual muy atractivo y novedoso al explotar y volar por los aires tanto el pillo como su caballo. Pero Mangold le pone suspenso a la acción, la va llevando hasta los límites en donde impone la sensación que la diligencia pueda salvarse, cuando aparece Ben Wade bajando de la colina junto a una manada de vacas que la interpone en el trayecto de la diligencia y la hace volcar aparatosamente. Luego, Charlie Prince acaba matando a mansalva a los Pinkertons que aún estaban con vida e hiriendo al personaje de Peter Fonda. Al momento en que Wade dispone sacar el dinero de la diligencia, se produce una escaramuza en la que Wade con una rapidez insólita dispara contra uno de sus hombres, al que llama traidor, y uno de los Pinkertons. Dan Evans y sus hijos estaban en una colina mirando la escena, siendo justamente sus vacas las que causaron el desastre de la diligencia. William Evans, al ver disparar a Wade exclama con admiración ¡es muy rápido!, como repasando mentalmente las aventuras de sus comics favoritos.

Es en este momento del film donde se produce el primer encuentro entre Dan Evans y Ben Wade, siendo el origen del contenido principal de la propuesta de Mangold, la relación que se logra desarrollar entre Wade y Evans, que comentaremos al final. Ambos con firmeza y respeto se brindan las explicaciones del caso, aunque Wade le pide prestado los 03 caballos a Evans, le dice que no le interesa su ganado y que los caballos los encontrará en determinado lugar. Posteriormente se van produciendo escenas propias del film, de engaño, de romance en una taberna, donde Wade vuelve a repetir su habilidad de dibujante, hasta que Evans sin quererlo, va en búsqueda del acreedor y se encuentra con Wade que terminaba de tener una sesión de placer circunstancial. Ahí es donde se produce la captura de Wade por parte del Alguacil del pueblo y sus hombres, y toda la posterior argumentación en donde Evans, para resolver sus problemas financieros, acepta participar en la escolta del peligroso ladrón y asesino al pueblo de Contention, donde deberá ser puesto en el tren de las 3:10 con destino a la prisión de Yuma, en donde Wade ya había estado en dos oportunidades y en ambas logró escaparse. A medida que transcurre la historia se producen muchas escenas emocionantes, con grandes diálogos entre Evans y Wade, locaciones adecuadas etc, que obviaré comentarlas porque forman parte del entorno en que cada personaje va gestando con suma corrección la trama de un guión plagado de aciertos y acciones perfectamente hilvanadas. Además es importante que ustedes vayan siguiéndole el ritmo y la calidad de la realización en que nos envuelve Mangold y logren disfrutar de una excelente propuesta.

Quería referirme a lo que sin duda alguna es lo más atractivo de la película. Me refiero a las interpretaciones tanto de Russell Crowe como de Christian Bale – ambos notables actores -, y a la muy interesante empatía artística que se nota en pantalla cuando están actuando juntos y nada menos que en roles contrapuestos, necesitando uno del talento del otro para haber logrado tamaña complementariedad. Se producen varias escenas en que las van desarrollando exclusivamente entre ambos y logran destilar una sensación de ser un todo y no dos actores en pugna. Yo diría que el amarre interpretativo de ambos es un personaje más del film. Esta correspondencia o articulación entre protagonista-antagonista no suele ser una tarea fácil y viable de ejecutar. Acá normalmente, tiene que existir desprendimiento por parte de los actores, compatibilidad de caracteres y un esfuerzo compartido para intentar lograr el convencimiento, la certeza y la admiración del espectador. También tiene incidencia directa en plasmar este objetivo cinematográfico, tanto la dirección de actores y fundamentalmente un guión que logre establecer los momentos claves en donde se van a intercambiar miradas, gestos, diálogos y el contenido de los mismos. Estoy seguro que ambos actores han debido de observar y estudiar la versión original para poder lograr lo que también se puede apreciar entre Glenn Ford y Van Heflin, es decir un acoplamiento muy particular. En “3:10 Misión Peligrosa” la compenetración de Crowe y Bale es sin temor a equivocarnos certidumbre absoluta, una lección para disfrutar y elogiar. Ahora, simplemente una observación totalmente subjetiva, pero que la podemos conversar en los posts, individualmente lo percibo más convincente a Bale que a Crowe, aunque éste se nota que es un actor más completo. Y no me estoy amparando en la doctrina del bien contra el mal, ni en que Bale es un humilde ranchero y Crowe un simpático villano. Es pura apreciación cinematográfica, por supuesto que basado en lo indeterminado, neutro, vago, genérico, impreciso, inconcreto, indefinido, incierto, impersonal, es decir, en lo abstracto.

Para terminar, una excelente propuesta de James Mangold, que prioriza las interpretaciones a la historia, que relata con sencillez y consistencia, un guión a la medida de Rusell Crowe y Christian Bale aunque se trate de un remake. Dos lujos del film, la edición de sonidos y la banda sonora. Todo lo demás es preciso y sin excesos, demostrando realismo y naturalidad, como el maestro John Ford propiciaba en sus maravillosos westerns. Algo más para rescatar, la relación entre padre e hijo, simplemente fantástica. No se la pierdan. Hasta la próxima.


PEPE DERTEANO