sábado, 2 de agosto de 2008

“4 meses, 3 semanas, 2 días”, una lección de cómo hacer cine simulando el realismo sobre la ficción.




















Un conmovedor drama que atrapa en nuestras entrañas a tres personajes que absorben por completo la historia de un aborto clandestino hecho en la Rumania de Ceausescu, atroz dictador salido de un colector ideológico, quién gobernó impunemente durante 22 años, y que finalmente fuera atrapado por anticomunistas y militares, condenado por genocidio –88,000 víctimas- y ejecutado en 1989, en medio de una lúgubre pero a la vez jubilosa nochebuena. Rumania fue el único país de la Europa Oriental que derrocó violentamente a un régimen comunista. Un film producido, escrito y dirigido por el rumano Cristian Mungiu, quien hace una lograda segunda exposición internacional -bajo una perspectiva femenina- no solo por ser una magistral lección de cinematografía, sino por haber ganado la “Palma de Oro” del Festival de Cannes, el año pasado. Mungiu debutó en el 2002 con la película "Occident", una comedia ácida sobre la gente que quiere emigrar de Rumania y las consecuencias que eso le acarrea. Leí algunos comentarios del propio Mungiu -reconocido publicista europeo- con relación al pensamiento de su obra, y quedé sorprendido por un hombre que enfoca la realidad de un tema tan urticario, tal como es, y no como se supone debería de ser, es decir, desplegado delicadamente ante cualquier tipo de espectador y de circunstancia. Señala -entre otras cosas- que el guión se basa en una experiencia personal -que no suele compartir- por lo tanto, nace de una concepción autodidacta entre lo imaginativo y lo pragmático. Al ser una historia común, dentro de lo siniestro, el tema del aborto ilegal en Rumania siempre se había escondido entre las sombras de lo prohibido, y no se había discutido ni menos expuesto, por obra y gracia de la represión de nacimientos no deseados por el régimen. Ese abordaje que hace Mungiu del tema es prioritario en la concepción del problema al escribir diálogos tan espontáneos, que van directo a la realidad de los que conviven con la experiencia y no seguir con la inmanejable perorata de lo que representa el aborto en sí mismo. Acá está la clave de este maravilloso irrespeto convertido en propuesta fílmica: refugiarse en los sentimientos encontrados de los personajes, el entresijo de Otilia, y no en un hecho clínico indefinido socialmente, que tiene desorientados a la gran mayoría de personas, cuando entre religiosos caducos, representantes oficiosos del gobierno y la nueva ola de conciencias liberadoras, se trenzan a disputarse con desfachatez, las decisiones absolutamente íntimas de los que sufren el dilema. Mungiu también habla del contexto histórico aunque no lo presenta en la esencia de su historia. Lo sugiere con su inquieta cámara. Copio estas referencias casi textualmente, para que se puedan interpretar y relacionar con el criterio del rumano y lo curioso de su propuesta.

“En 1966 fue impuesta en Rumania una ley que prohibía el aborto. El efecto fue inmediato: la tasa de natalidad aumentó mucho después de aquél año. El promedio de niños por aula escolar pasó de 28 a 36 infantes. El número de aulas en los colegios aumentó de 2 a 10. Cuando fui al colegio -cuenta Mungiu- éramos varios que nos llamábamos Cristian, como si no hubiera suficientes nombres para todos. Las mujeres no tardaron en recurrir al aborto ilegal. Cuando llegó el final de la era comunista, fuentes fidedignas afirmaron que más de 500,000 mujeres habían muerto por abortar ilegalmente. En este contexto, el aborto perdió su connotación moral; se veía más como un acto de rebelión y resistencia contra el régimen. Después de 1989 -que fusilan a Ceausescu- una de las primeras medidas fue volver a legalizar el aborto. Hubo casi un millón de abortos durante el primer año, mucho más que en cualquier país de Europa. Todavía hoy el aborto se usa como método anticonceptivo en Rumania, con más de 300,000 casos declarados anualmente. La idea de Mungiu queda claramente reflejada, ya que analiza los conceptos porque los padeció en carne propia, y tuvo obligadamente que aprender a digerir mientras pasaba de la niñez a la adolescencia. De ahí que en su película prefiere liberarse de esa experiencia turbadora y darle una tonalidad más cercana al contexto intimista del sufrimiento, el miedo, la tensión y los sentimientos de sus personajes, que a la objetividad del irresoluto problema del aborto. Para este propósito no se necesita ser un innovador nato pero si un realizador arriesgado, hecho que apreciamos durante todo el metraje, mediante una cámara vigilante y parsimoniosa.

Cuando alguien se aleja de su país de origen por un tiempo indeterminado y suele escuchar de forma casual una melodía de su lugar de origen, uno experimenta en lo profundo del sentimentalismo, una indescriptible sensación de nostalgia al quedar súbitamente el alma totalmente desnuda, ante lo impensado del acontecimiento. Es un hecho racional pero difícilmente de intelectualizar o quizás de menospreciar. Es un certero golpe en el nervio de lo emotivo y lo tensional. Mungiu nos impone las palabras tensión y angustia como las más perfiladas de su propuesta. Pues bien, este film logra ese efecto en las personas que lo observan, un drama con gran tensión y una angustia desbordante. Existe una impresión confusa al principio, como que permaneciera una intrínseca inexpresividad de los personajes y de los planos, pero que poco a poco se van entendiendo, cuando la mano de Mungiu nos hace partícipes de la historia y no simples espectadores. Ese raro acontecimiento nos permite identificarnos con cada una de las acciones de sus tres principales personajes, donde pareciera vislumbrarse que la actriz secundaria se va convirtiendo en la protagonista principal del film. Y así sucede, porque nuestras emociones y el deseo por entender ese enigma son las que así lo determinan. El aparente desorden en que se posiciona la trama es nada menos que ese golpe certero en el nervio de lo emotivo y lo tensional, mencionado anteriormente. Una clase memorable del auténtico cine, no ver sino vivir la película. Eso es lo que hace Mungiu con su historia. Nos desliza con suma suavidad a través de la incomprensión para llevarnos al entendimiento de una realidad dolorosa, sufrida y hasta represiva. Muy por el contrario de todas las películas sobre las repugnantes dictaduras, en esta no se intenta relatar lo mal que lo pasaban los rumanos, sino que se pretende que cada uno haga suya su humillación, su miedo, su dolor. Se trata de dejar atrás las formas que vulneran la estética para refugiarnos en las peripecias de sus personajes, los mismos que destilan profundidad. Un criterioso movimiento cinematográfico que captura su autenticidad. Según Mungiu, este film es la primera exposición que forma parte de un proyecto más amplio titulado “Relatos de la Edad de Oro”, una historia subjetiva del comunismo en Rumania contada mediante una leyenda urbana. El objetivo del proyecto es hablar de aquel periodo, sin hacer referencias directas al comunismo, contando diferentes historias que enfoquen opciones personales en 22 años de infortunio en la que la gente tuvo que vivir como si fueran tiempos normales.

Pues bien, quienes son nuestros personajes y cómo logran tejer una misteriosa historia tan llena de avatares individuales y colectivos. Otilia y Gabita, dos jóvenes universitarias, comparten una pequeña habitación en un refugio para estudiantes. Ambas desconocidas, pero unidas por objetivos similares, han tenido suerte, porque la norma indica que son entre seis u ocho chicas que habitan por cuarto. Conviven pacíficamente y tienen un grado de afinidad amical -esa complicidad tan genuinamente femenina- cuando de pronto se nos muestra a una pretenciosa y nerviosa Gabita alistándose y ordenando algunas pertenencias para mudarse por dos o tres días a un hotel de bajo perfil y practicarse un aborto. Otilia se encargará de hacer todas las coordinaciones para que la aventura no conlleve riesgos, pero el destino, como en la mayoría de estos casos, hace que la infalible Ley de Murphy se vuelva a presentar renovada y ambiciosa. Gabita, víctima de su propia desprolijidad, confunde la realidad, se guarda cosas, no las llama por su nombre y termina por desorientar a Otilia, quien plagada de una inmensa voluntad, también tiene una vida privada que atender, pero que descuida por la promesa hecha a su compañera de cuarto. Ambas no han pasado por experiencia semejante... De manera minuciosa Mungiu nos va construyendo un retrato tan sosegado como intenso y maduro cuando requiere serlo. Uno de esos relatos que exploran las vertientes más frágiles de las personas, una atmósfera perfecta para que las incoherencias pero sobretodo el pavor, la angustia y la opresión comiencen a monitorear la trama. Ese miedo que flota en el ambiente, que casi se puede tocar, cuyo poder paraliza y que no permite abstraerse de lo que supone la falta de libertad. Habría que resaltar un guión escueto y certero pero sobretodo atrevido, hecho a medida, sin un ápice de exigencia histriónica para los actores, que nos transmiten una naturalidad insólita en las diversas fases de la exégesis. Acá aparece el Señor Bebe, curioso nombre, un sujeto inmutable, impávido y antipático, que no soporta pulgas y que interpreta al abortista. Mucho ojo con esta actuación de Vlad Ivanov, que en conjunto con Otilia -Anamaria Marinca- se ponen el peso de la película en los hombros, y hacen un par de interpretaciones descollantes. Otilia, más suelta, activa, consentida, demasiado sufrida, manejando conflictos propios y ajenos en el límite, haciendo una internalización de sentimientos existencialistas a la perfección, su silencio y su gestualidad habla y convence, una actuación sobrecogedora. Una verdadera mujer que se enfrenta al sistema. Bebe con más rigidez, pura esencia en el núcleo del personaje, ni una palabra de más, enérgico, detallista tanto en los gestos como en la entonación y fuerza de voz; ambos con una naturalidad, pureza y afabilidad fílmica que convence e inquieta.

Hay muchas escenas que destacan, que grafican la época, que parecen raras, lejanas y fuera de contexto político, pero que son hechas con mano de orfebre. Las conversaciones entre los personajes, a veces a media voz, otras a gritos, describen perfectamente el estado de crisis de todo el país, el miedo permanente a ser descubiertos en un desafío al sistema, la cobardía de unos y el coraje de otros. Mungiu también le da vida a las locaciones naturales, las ilumina y las oscurece como si se tratara de un experto, las convierte en personajes de apoyo y lo logra siempre con su atenta cámara en mano haciendo la escena auténtica y no forzada. No hace uso de travellings ni de grúas. Decide rodar cada escena con una sola toma y de esta manera permitirle al actor que usara el espacio detrás de la cámara. Tampoco pretenden toma panorámica alguna ni inclinan la cámara para mostrar el rostro de un actor. Muchos de los diálogos han sido hechos fuera del encuadre o con actores con la cabeza fuera del plano. Rodaron a los actores de espaldas si era necesario. Poco a poco, sacaron todo lo que pudiera considerarse como demasiado fastuoso. Mungiu se concentra en capturar la emoción y la verdad, inclusive sin una banda sonora que apoyara. Prefiere el silencio cómplice de las imágenes, de los gestos y las miradas. No voy a nombrar algunas escenas impecablemente realizadas, solo algunas que llaman la atención... El plano fijo de la cena por el cumpleaños de la mamá del novio de Otilia. Plano sencillo, nada del otro mundo, pero grandiosamente actuado. Increíble como se logra ese micro-clima en donde se intercambian conceptos, ofrecimientos, bromas, conversaciones y miradas de todo tipo. Una escena maravillosa por su realismo, por lo interminable de la misma, porque todos los invitados intervienen con la mano, los brazos, la cara, los cubiertos, fuentes de comida y demás, por la impecable gestualidad de Otilia y su siempre misterioso comportamiento entre seres extraños, llegando la tensión a una dimensión escalofriante y brutal cuando suena el teléfono y nadie se anima a contestarlo... Otro de los aspectos que resaltan en la propuesta de Mungiu son las pistas falsas o Macguffins que fabrica con inteligencia. Ej: cuando Otilia sustrae una navaja del maletín de Bebe, pero no la usa. Igual sucede con los documentos de identificación que deja el mismo Bebe en la recepción del hotel, inclusive cuando Otilia llega a la casa de la suegra -muy buena actriz-imaginé cuando la invitan a compartir la cena, que ahí iba a estar sentado Bebe, cosa que no sucede, pero que Mungiu sugiere... Otra escena importante en el film, es la discusión entre Otilia y su novio, cuando ella le plantéa lo que está sucediendo y le exije que le responda qué medidas tomaría si ella fuera la implicada. Finalmente, el periplo final de Otilia cuando deja el feto en un basural y luego trata de recuperarlo -Bebe sugiere arrojarlo a la basura, Gabita enterrarlo- ahí es donde se aplica lo dicho por Mungiu sobre la oscuridad de la ambientación y la cámara que sigue pegada a la actriz causando intriga y hasta temor. Cuando la película va terminando, otro plano fijo -no sé si innecesario- pero donde hay un verdadero contraste cinematográfico, plantea una mesa con dos mujeres y su universalidad dispar, tensiones apaciguadas, cigarros, agua mineral y un plato de comida con sobras, frente a una fiesta que se realiza en el hotel. No se si se dan cuenta al final, pero Otilia mira a la cámara y literalmente apaga la luz.

En resumen una magnífica película, una lección de cómo hacer muy buen cine con poco menos de 850 mil dólares, una propuesta que retrata personajes, y una interesante historia sobre la verdadera amistad, la palabra empeñada y el sacrificio en situaciones límites. Ni por asomo trata de la dictadura, ni de un momento en especial de ésta, aunque el contexto es evidentemente político. Hiperrealismo puro, bien ambientados los finales de los ochenta, las costumbres rumanas de esos tiempos, una profunda visión masculina de lo femenino y un magistral estilo de la agudeza por tratar con absoluta sinceridad y sin destemplanza, un tema socialmente complejo, escabroso y que sucede todos los días y a cada minuto en el mundo entero. Reitero lo dicho, una mujer que se enfrentó al sistema poniendo en riesgo su propia vida. Hasta la próxima.