viernes, 29 de agosto de 2008

“Novia por compromiso”, otra comedia francesa inteligente y de gran factura.


















Hola a todos, esta vez quiero enfocar mi comentario hacia la comedia, uno de los más importantes y populares géneros, cuya misión imprescindible consiste en hacer reír, sonreír o deleitar, mediante la visualización y comprensión del humor en general, provocado por remedos, sarcasmos, chistes, bromas, picardías y jocosas situaciones comprometidas, que generen una sensación caricaturesca, ridícula y divertida de los personajes que intervienen y de la historia que se exponga. La película que hoy nos convoca es una comedia de origen francés, se titula “Novia por compromiso” – “La doublure”, en su idioma original -, y la dirige un conocido nuestro, Francis Veber, quien es considerado como una de las eminencias francesas del género. En Lima hemos tenido la oportunidad de apreciar dos de sus películas, “Le dîner de cons” en 1998, con el genial Jacques Villeret, recientemente fallecido, y “Le Placard” en el 2001 con Daniel Auteuil y Gérard Depardieu. Por mi parte he logrado ver otros 02 filmes, como “Tais-toi” con Gérard Depardieu y Jean Reno, y “Les Fugitifs” con el inigualable Pierre Richard. Francis Veber es un comediante por naturaleza genética, tiene la fabulosa costumbre de reírse de sus propias obras, siendo sus ideas y sus guiones comedidos, simplistas y sumamente pulcros. El cree fundamentalmente en la sonrisa inteligente y no en la carcajada fácil, por eso es que sus películas son argumentadas dentro de historias bastante serias con atmósferas muy reales. Veber es un obsesionado del ritmo y del tiempo cinematográfico, básicamente porque ha sido y es un escritor - muy estricto en la construcción de sus guiones -, antes que un realizador fílmico. Señala sin dudar, que es imposible que una buena comedia pueda durar más de 90 minutos y cuyo primer montaje debe de ser de 92 minutos como máximo, lo cual obliga tener 02 minutos de margen para acelerar el ritmo sin que haya despilfarro de película. No soporta a aquellos que filman 160 minutos, para luego editar 118 o 120 minutos. Laberintos de directores. Si bien es cierto que “La doublure” es una buena comedia, es quizás de aquellas demasiado correcta y algo enredada, pero sumamente entretenida y que está permanentemente robándonos una sonrisa en cada cruce de escena. No hay inclinación alguna a la vulgaridad, predomina la sencillez y el respeto por el espectador.

Hay que recordar algo importante. Francis Veber ha creado un personaje universal dentro de sus films, una especie de fetiche o amuleto, se trata de Francois Pignon y con ésta es la séptima vez que usa el mismo nombre para denominar al personaje principal de sus comedias. Pignon, suele ser un tipo de buen corazón, no tan dotado estéticamente, algo deslucido, y que le suele complicar con regularidad la vida a las personas que tiene a su alrededor, lógicamente sin desearlo. Han dado vida a Francois Pignon actores tan ilustres como Jacques Brel, Jacques Villeret y Danieul Auteuil, éste último en “El Closet”. Esta vez Pignon recae en el buen actor de origen marroquí, Gad Elmaleh, desconocido para nosotros, pero que emana mucha dulzura y gestualidad, hasta llegarse a convertir en lo mejor del filme. Francis Veber señala sonriente, que Pignon es un tipo delicado y distinguido, en cualquier faceta que le toque desempeñar, que no causa los entredichos ni los problemas, sino más bien parece emular a aquellos boxeadores que en cada pelea encajan el mayor número de golpes, pero que al final ganan las peleas.

Antes de entrar en un comentario muy escueto, pongo a consideración los antecedentes históricos de la comedia y sus variantes o desviaciones.

La comedia merece un lugar de honor en la historia del séptimo arte. Basta recordar la aparición de ese nuevo invento llamado cinematógrafo, para ofrecer distracción como cualquier otro espectáculo de feria. Y nada mejor que una sucesión de bromas y situaciones jocosas para conseguirlo. Louis Lumiere sienta las bases en 1895 con el primer chiste visual de la historia, “El regador regado”, pero apenas es consciente de lo que acaba de conseguir. Es el actor francés Max Linder quien intuye las posibilidades que el nuevo medio le ofrece con la creación de un tipo hierático y expresivo, que no pierde la compostura ni aun en las situaciones más extremas. Él es el primer gran cómico de la pantalla. Pero el cine americano enseguida asimila sus enseñanzas y la estrella de Linder languidece. A partir de 1912, y hasta 1930, la comedia vive su edad de oro de la mano del “slapstick” - locución inglesa compuesta por las palabras «torta» y «bastón» -, o lo que es lo mismo, la comedia burlesca edificada con la suma de gags visuales, persecuciones y pantomimas. El canadiense Mack Sennett, mucho ojito con esto, el desconocido descubridor de Charles Chaplin, es el lúcido artífice del ingenio con su guerra de tortas, vertiginosas carreras sobre tejados, y una burla constante de la figura del policía. Chaplin, a través de ese entrañable vagabundo llamado Charlot, incorpora la ternura en películas como “La quimera del oro” de 1925. Junto a él, Buster Keaton, «el actor de la cara de palo», se erige en el otro gran gigante del cine cómico mudo en “The General” de 1926. Pero con el cine sonoro, llega el fin del “slapstick” y muchos especialistas en el género desaparecen. El visionario Chaplin, que ya había marcado el camino a seguir en su película “A Woman of Paris” de 1923, se encuentra entre los supervivientes. Es la época de la «alta comedia» o «comedia sofisticada», ligera, mundana, elegante y satírica. Ernst Lubitsch es el rey, y su arte para las elipsis incrementa el erotismo de lo narrado - el llamado «toque Lubitsch» -. Los filmes “Trouble in Paradise” de 1932 y “Ninotchka” de 1939, son dos de sus obras maestras. George Cukor y Gregory La Cava siguen su estela en títulos como “Holiday” de 1938 y “My Man Godfrey” de 1936.

Paralelamente, se afianza la comedia musical como un género con personalidad propia y Howard Hawks se decanta por un estilo diferente, con personajes más cotidianos y un ritmo endiablado que lleva a los actores a pisarse los diálogos. Es la llamada comedia “screwball” - término inglés que significa «excéntrico» - que, tras “It Happened One Night” de 1934, realizada por Frank Capra y “Nothing Sacred” en 1937, de William A. Wellman, alcanza su máxima expresión en “His Girl Friday” de 1940. Por su parte, Preston Sturges mezcla realismo y “slapstick” en “Sullivan's Travels” de 1941 y los alocados hermanos Marx consolidan un estilo propio. También es la gran época de la comedia sentimental en la que Cary Grant, con realizadores como los ya citados Hawks y Cukor, impone la pauta. En Francia, tras esa joya llamada “La kermesse héroique” de Jacques Fevder, en 1935; la mudez de Jacques Tati en “Les vacances de Monsieur Hulot” en 1953, despierta carcajadas a rabiar. Inglaterra asiste al triunfo del humor descabellado de la Productora Ealing con títulos como “The Ladykillers” en 1955, de Alexander Mackendrick. En España nace la inolvidable “Bienvenido Mr. Marshall” en 1952, de Luís Berlanga, quien 09 años más tarde vuelve a la carga con “Plácido” y “El verdugo” en 1963, ambas guionadas por Rafael Azcona. Y la «comedia a la italiana» se burla de la situación de su propio país en “Rufufú” de Mario Monicelli, en 1958. En Hollywood otro descarrilado, esta vez Jerry Lewis, recupera el espíritu de Mack Sennett parodiando las frustraciones del americano medio. También Blake Edwards, a través de Peter Sellers, rememora la etapa dorada del cine mudo con “La Pantera Rosa” en 1964 y “La Fiesta Inolvidable” en 1968. Billy Wilder une a Jack Lemmon y Walter Matthau en el filme “The Fortune Cookie” en 1966, y se consolidan como pareja cómica - tradición inaugurada por «El gordo y el flaco» -. A partir de los 70 comienza la decadencia del género clásico y sólo algunos realizadores, como Peter Bogdanovich, responden a las expectativas despertadas por sus predecesores, con títulos como “The Last Picture Show”, “Paper Moon” o “Saint Jack”. Es de agradecer la aparición en escena de Woody Allen, un portentoso y prolífico talento que impone su propio estilo con la excepcional “Annie Hall” en 1979. Los 80 son la década de la comedia descerebrada juvenil, recuperada posteriormente por “American pie” en 1999, de los hermanos Weitz. También resurge el toque sentimental con “Cuando Harry encontró a Sally, de Rob Reiner, en 1989 y “Sleepless in Seattle” de Nora Ephron, en 1993. El panorama actual no es demasiado alentador aunque algunos, como los hermanos Farrelly, saben sacar lo mejor del histrionismo inherente a muchos cómicos como Ben Stiller en “The Heartbreak Kid”. También Frank Coraci aporta lo suyo con “Click” donde destaca Adam Sandler En Europa, la fina ironía de Nanni Moretti, la comedia social británica representada por “Full Monty” de Peter Cattaneo, en 1997, el deslumbrante ingenio francés personificado por “Amélie” de Jean-Pierre Jeunet, en 2001, y el toque español, necio, grosero e inculto de Pedro Almodóvar, todavía son argumentos valorados.

Antes de entrar de lleno a comentar brevemente esta comedia, quería mostrar mi estupor por conocer una mujer bellísima, desde la uña más pequeñita de sus dedos del pie hasta el pelo más largo de su hermosa cabellera. Su nombre es Alice Taglioni, tiene 31 años, irradia excelsitud física, contagiosa simpatía, naturalidad y una capacidad interpretativa que me dejó boquiabierto. Es alta, piernas muy largas, sensual hasta los huesos, pasando por su sonrisa hasta cuando la histeria la seduce, carilinda y rubia - el día que se tiña el cabello de color oscuro, va a ser la mejor y la más sexy de todas -. Interpreta a Elena, una famosa y envidiada top model enamorada. Pues bien, Pierre Levasseur es el personaje que interpreta el genial Daniel Auteuil. Un tipo hábil, no demasiado inteligente, ambicioso, de sentimientos fríos, indiferente e insatisfecho a pesar de amasar una fortuna muy considerable, pero que en un 60% le pertenece a su mujer Christine – por eso destaco lo de poco inteligente -, representada por la exótica beldad norteamericana Kristin Scott Thomas, una mujer calcada exactamente igual a su marido, codiciosa, muy inteligente, avispada y penetrante. Pierre, que anda con dos guardaespaldas, es un hombre de negocios y solo toma decisiones empresarias, no está en el día a día de la empresa que dirige, por lo tanto, como todo gerente exitoso de París o de Lima, pasa más tiempo fuera que dentro de la oficina. Veber le incrusta un problema laboral como en alguna de sus versiones anteriores. Tiene una relación amorosa con Elena que lo obsesiona y lo convierte en un celoso indigno. Hasta acá, una descripción simple de tres de los personajes de la historia.

Por el otro lado, Gad Elmaleh – lo mejor del filme -, que representa al séptimo Francois Pignon de Francis Veber. Trabaja como valet parking de un lujoso restaurante frente a la monumental torre Eiffel. Creo que más que un personaje es una especie de símbolo o código del bonachón anónimo, una especie de antihéroe urbano o citadino. Con un aire mezclado entre el torero español Manolete y al actor Buster Keaton. Tiene ojos salidos, mirada tierna y a la vez perdida. Es un tipo que destila nobleza y corrección, repudia los problemas pero tiene un cierto magnetismo para atraerlos. Vive con su compañero de trabajo, en un modesto departamento. Ambos son solteros y están a la caza. Pignon tiene padres encantadores, carismáticos, muy bien definidos, personas de clase media baja, muy sociables, de cultura intermedia y una enorme preocupación por el futuro de su hijo. El Padre de Pignon es un tipo insólito, colecciona nada menos que sacacorchos y lo han invitado a una conferencia para hablar de estos, sencillamente genial. Otros dos secundarios de lujo son el doctor del padre de Pignon. Un médico hipocondríaco, que cada vez que atiende a un paciente le sucede una enfermedad inesperada y pasajera. Su hija, es la chica que Pignon pretende, que ama desde la niñez y que aspira a convertirla en su esposa. Ella ha puesto un local donde vende de todo un poco, desde revistas a lapiceros. Tiene una empleada que más hace las veces de amiga cómplice. También actua, un secundario que hace de puente o cortina, y que vende celulares. Enamora de una forma poca habitual y tiene sus momentos de lucimiento. Finalmente, el abogado de Pierre Levasseur, un tipo que hace una interpretación de apoyo extraordinaria. Es el que le arregla todos los problemas al Jefe, desde los laborales hasta los sentimentales, tiene un tacto felino para predecir situaciones de conflicto y también de las otras. Después de Pignon, lo más auténtico del film.

Pues bien, hecha la presentación de los ingredientes, intentemos hacer la mezcla del pastel, para que ustedes lo observen y digan si está bien hecha o no. Pierre está ilusionado con Elena, porque es su juguete de ocasión. Elena está enamorada de Pierre y de su cuenta bancaria, ambos han consentido en que pronto estarán juntos para siempre, cuando nuestro hombre de negocios multimillonarios se divorcie de Christine. Se ven a escondidas, tienen un lugar específico para hacerlo, muy reservado, como todo ejecutivo – repito -, de París o de Lima. En uno de sus encuentros, coinciden en un mismo punto, Elena, Pierre, Pignon y un tipo que pasaba por ahí – sale 02 veces en la película y en momentos estelares, sobretodo al final del film -, que resultó ser un fotógrafo de revistas para famosos, uno de esos paparazzi. Inmediatamente, toma una placa y la publica en la revista. Ahí es donde realmente comienza a desarrollarse la trama. Pierre busca la forma de negarlo y su mujer de pescarlo. El bendito abogado arma un romance ficticio, pagado entre Pignon y Elena - a la diva le depositan 20’000,000 de Euros y a Pignon 32,000 y centavos - , que tendrán que fingir estar enamorados para impedir que los ayudantes de Christine puedan descubrir el bochorno.

Si algo me llamó la atención de esta película es lo bien estructurada que está. Francis Veber, es un autor cómico serio, aunque la frase parezca impertinente. Su cinematografía es bastante fácil, sin nudos, ni sorpresas que hagan del asombro una constante, no tiene segundas lecturas y se dirige eficientemente al entretenimiento. Lo señalé al principio, busca la sonrisa inteligente y no la carcajada fácil o estruendosa. Una táctica comercial infalible. Además no te sirve el plato en exceso y rebosante, te brinda 85 minutos de filmación parejos, sin mayores subidas o bajadas. Ahora, si bien es cierto que la película es buena y nos roba muchas sonrisas, me parece que no le logra sacar todo el provecho que podría haber explotado a su historia. Hay aspectos que quedan algo inconclusos, sobretodo con los actores secundarios, que cuando aparecen realzan el guión en forma prodigiosa. Ese es un acierto y se vislumbra prolijo. Usa mucho a sus secundarios y protege a los protagónicos con los argumentos planteados por los de apoyo. Si hay algo para criticar sería esto y que no logra compenetración entre Daniel Auteuil y Kristin Scott Thomas, cosa rara, porque ambos son muy buenos profesionales y sumamente versátiles. En cuanto a las escenas, estas se van sucediendo mediante un torrente de enfrentamientos muy cómicos y entretenidos. Historias que van y vienen, que se confunden y entrelazan por algún motivo o casualidad. Diálogos bien pensados y expuestos. Les dejo el resto para que puedan observarlo y divertirse.

En resumen, Francis Veber nos entrega una comedia divertida, de su propia cosecha o patente fílmica, muy agradable sin llegar a ser una maravilla narrativa ni visual. Nos trata de enredar con situaciones bien elaboradas, sumamente comedidas y se mofa decididamente de los hombres de negocios, de las hermosas modelos y de muchas cosas más, luciendo orgulloso su trofeo llamado Pignon, quien finalmente nos va llevando por esta nueva comedia francesa con delicadeza y corrección. Un film recomendable para reposar sonriendo y entretenerse de una manera especial. Espero sus comentarios. Hasta la próxima.


PEPE DERTEANO