sábado, 6 de septiembre de 2008

“Dueños de la Noche”, una película de estilo clásico e impecablemente realizada aunque quizás inverosímil e infrecuente”



















Cuando uno comenta cine negro - o un thriller policial -, se presenta a menudo la idea fantasmal, una pugna propia y comúnmente incongruente, del enfrentamiento entre el bien y el mal, cuando lo cierto es que existen películas que van un poco más allá de ese insignificante y superficial dilema. Temáticas que trascienden una argumentación del todo simplista al anticuado duelo cinematográfico, como la ética, los valores, la identidad, la filiación etc., que le aporta mucho al comentario. Una más que notable puesta en escena de James Gray, donde el comienzo no podía haber sido mejor. Clásicas fotografías en blanco y negro del brillante retratista de cámara fija Leonard Freed, quien falleciera el año pasado justamente un mes después de haberse terminado de rodar el film – curiosa anécdota -, pero que refleja en su obra fotográfica, todo un maravilloso recorrido mental de sugestivas improntas del día a día de unos mundillos policiacos y criminales entrelazados como un nudo imposible de desatar, como si la ética policial de aquellos años, los 80, fuera diferente a la de nuestros tiempos. Si el comienzo de la película de Gray me dejó enteramente sorprendido, pensé estar al frente de un film que me iba a deslumbrar con un tratamiento diferente e interesantísimo. Inclusive se puede notar con claridad en el escudo policial del uniforme de los años ochenta, la frase “We own the night”, que precisamente es el título del film y que en ese tiempo regía como una especia de slogan de campaña. La segunda secuencia es verdaderamente impactante. Normalmente hay dos formas de empezar una película de forma brutal y llamativa, un asesinato estruendoso y salvaje, al estilo de Ridley Scott en “American Gángster” – a propósito, en el cine pasaron el trailer de la película del maestro Scott, cosa inverosímil que hasta hoy no logro discernir -, o con una escena donde el sexo sea el abanderado atrevido que le brinda una sensación de estupefacción y ansiedad al espectador, y más aún tratándose de una bellísima y sensual Eva Mendes que muestra sus atributos en medio de una oscuridad penetrante - un 'shine' o 'claroscuro' que permanece en todo el metraje -, como la afortunada mano de Joaquín Phoenix, ambos personajes infrecuentes, y una exquisita canción de la época, si no mal recuerdo, del grupo Blondie. Una escena dura, implacable y salvaje de poder filmar, pero muy lograda por el apasionamiento desnudo de ambos actores. Todo iba como viento en popa, cuando un desafortunado hombrecillo de nombre Jumbo - el que limpia la suciedad que no debe ni rozar a Phoenix -, toca la puerta y destroza sin piedad esas sensaciones de excitación y delirio colectivo en que supongo estábamos todos, incluida Eva y el buen Joaquín. Pero, así suele pasar y estos cuatro o cinco minutos que ya habían justificado el boleto de la entrada, inusual e impensado mérito de James Gray, habían acabado y nos volvíamos a colocar en nuestras butacas, ya calientes, para un nuevo comienzo, el verdadero, aquel que nos remontaba a un cine de antaño, a esos clásicos policiales de siempre.

La historia es un cúmulo de detalles que en realidad es un error de las películas de época, porque no siempre se puede lograr representar fidedignamente aspectos como el vestuario, la música y demás elementos que empalmen exactamente con los años en que los hechos suceden. La canción de Blondie, si éste es el grupo, debe ser de finales de los setenta o inicios de los ochenta, mientras que la película transcurre en el año de la debacle policial de la ciudad de Nueva York en 1988, donde la civilidad joven mostraba signos inequívocos de violencia, recambio generacional y apego por las nuevas drogas, y los policías simplemente escaseaban. Inmediatamente después, hay una toma excelentemente situada en donde Bobby Green o Joaquín Phoenix se erige como el "dueño de la noche", al gerenciar una discoteca de unos rusos supuestamente en el negocio de la importación de pieles. Joaquín Phoenix no parece ser un metrosexual como Brad Pitt ni tampoco bien parecido – tiene cicatrices en el rostro y labios -, pero parece tener un gancho especial para con las mujeres. A mí me parece una brillante interpretación, porque impone un estilo de manejo o conducción no tan aparejada como la de un “discotequero” o anfitrión común y formal. Incluso tiene a la novia coqueteando con amigos y desconocidos para el beneficio del local, hecho inverosímil. Esto pareciera intrascendente pero suma mucho en el desarrollo de la trama que no es muy fácil de adaptarla o hacerla visualmente prolija. Phoenix tiene variaciones muy notorias de carácter en las diferentes situaciones que le toca enfrentar y en definitiva es el personaje de la película, el mismo que hace un tremendísimo y atrevido giro argumental que a pesar que lo logra sacar limpio y dominado, no pareciera convencer del todo, por eso me atreví, en parte, a colocar en el título de la entrada lo de infrecuente e inverosímil. En definitiva es el entorno narrativo y no la interpretación a la que se le podría atribuir los adjetivos que menciono. Eva Mendes, luce radiante y maravillosa, como aquellas actrices antiguas del cine europeo de Fellini o de Bergman, con rasgos fuertes, duros y mirada aguda, perspicaz, mujeres difíciles de olvidar. Hablando de mujeres, hay una artista rusa memorable, casi legendaria – solo para conocedores -, Elena Solovey, quien trabajó mucho con el famoso director ruso Nikita Mikhalkov. Ella personifica a la esposa de otro gran actor, de nacionalidad israelita, Moni Moshonov, quien hace del protector de Bobby y dueño de la discoteca, y el negocio ruso. Una especie de padrino combinado entre Vito Corleone y Semyon. Acá quisiera detenerme para comentar algo que me viene en mente. No es una película convencional y apegada a las necesidades y/o características del género negro. Gray explota mucho la mezcla de géneros. Juega con el drama, a veces melodrama, coquetea con la comedia y busca alejarse del film noir en su contenido y talante, pero no logra impedirlo, aunque lo encubra con sucesos de violencia verbal e intriga, ambos muy ásperos. Esto es efectivo y da resultados cuando se posee el manejo y la experiencia para poder plasmarlo en pantalla. Lo hace, por ejemplo Lumet o Ridley Scott, porque manejan siempre historias paralelas, duelos individuales o tramas muy profundas. Es una técnica de rodaje muy tirada al guión americano, que James Gray no logra proyectar, por más que haya escrito la historia y ésta sea muy buena. Por eso es que mucha gente va a decir, es una buena película pero como que le falta continuidad o me resultó muy corta. Es un problema de incompatibilidad entre el guión y la realización. Otros dirán, es una película previsible. Estoy de acuerdo, pero en que momento y bajo que circunstancia. Si uno piensa y dice, es previsible porque va a morir Robert Duvall, ya transcurrida la primera media hora, es un facilismo. Pero si alguien nos señala, lo que pasa es que su previsibilidad consiste en que el guión te está soplando que la intencionalidad del filme es que Bobby Green haga un giro de tuerca impensado con el personaje y de supuestamente, malo, drogadicto y fiestero se vaya a convertir en policía para expiar o redimir sus pecados, simplemente han dado en la cabeza del clavo. Porque justamente de eso se trata la película, de retomar ese maravilloso estilo clásico de antaño que sostiene una connotación absolutamente familiar, de una posibilidad lejana del padre inconforme, entre lo autoritario y cariñoso, que necesita convencer a la oveja gris de la familia, de que está rodeado de peligro y que la guerra está próxima a comenzar. Bobby no hace caso, como cualquiera de nosotros no lo haría, porque corre con ventaja, muchos proyectos en cartera, un ego desproporcionado y una novia apasionada. Ese es el punto de la trama que Gray plantea de una manera original y perfecta pero que no logra transmitir en lo visual, es decir, dos marcadas vertientes argumentales y tres familias que exponen criterios de filiación e identidad disímiles. La familia rusa inmigrante, que nos convence por su apego a la tradición y las buenas maneras - priorizan y usan a Bobby para sus negocios, pero lo quieren como a un hijo -, la familia policial, donde la lealtad y la ley predominan sobre cualquier otro sentimiento, y finalmente la real, la del padre protector, que formó con amor y condescendencia a sus dos hijos, que interpretaron la educación y el ejemplo del padre de modos contrarios y escogieron vidas paralelas. Gray no es convincente del todo en estas temáticas, pero es una película de sensacionales intensiones. Suena confuso pero eso es lo que la hace interesante. Creo que las películas más gratificantes no son aquellas en las cuáles no sabes qué sucederá sino aquellas que no sabes cómo sucederá. No creo que James Gray no lo haya querido lograr a sabiendas de lo que estaba haciendo, simplemente intentó y no lo logra conseguir. Esto, no desmerece el esfuerzo y la notable e impecable factura de la película, pero no incrusta el profundo contenido familiar en la pantalla.

En cuanto a las escenas, hay muchas que son muy buenas, hay otras notables y algunas que son complementarias y a veces algo fuera de contexto. Todas tienen un sentido de enlace según el desarrollo de la trama, pero no están articuladas como para dar la impresión de conjunto. Si éste guión caía en manos de Martín Scorcese, “Los Infiltrados” no hubiera existido ni por asomo. El maestro Scorcese es un pragmático de altísimo vuelo y no me cabe duda que hubiera plasmado en pantalla el guión con la misma capacidad e inteligencia con la que James Gray lo escribió y lo quiso materializar en su película. Si hay una escena de acción en “Dueños de la Noche”, me quedo con aquella en que la mafia rusa descubre donde están alojados Bobby y Amada, produciéndose una de las mejores persecuciones automovilísticas de los últimos años. Tres automóviles policiales contra uno de los rusos. Una atmósfera oscurísima, soterrada, sin brillo, con lluvia y niebla, dos vías desoladas que se cruzan y un puente de por medio. Disparos, velocidad y muerte. Gran escena, plena intensidad y muchísimo sentimiento al observar como un hijo es testigo de la muerte de un padre. Pero si me dan a escoger una escena no de acción, sino de diálogos expositivos, la que realizan, padre, hijos y dos policías en la iglesia es enteramente extraordinaria. Por un lado, Gray tiene que establecer el conflicto para Phoenix, Duvall y Wahlberg y al mismo tiempo establecer los detalles para llevar una guerra contra el narco ruso Vadim Nezhinsky. La pregunta, lógicamente redundante sería, cómo Gray puede hacer algo tan complejo y tan magistral, pero no convence en la totalidad del desarrollo del film. Pues bien, una escena es eso, una escena. Una película es un grupo de secuencias con varias escenas y la gracia consiste en hacer el acoplamiento, el enlace, la unión o el vínculo de todas las sensaciones visuales y argumentales del film y no solamente de una o dos de las escenas. Para finalizar, Bobby se convierte rápidamente en policía, pero en la ceremonia de graduación, que es el final de la película, Mark Walhlerg, de muy correcta actuación, le dice a Bobby, te quiero y Bobby le responde, yo también. A alguien de ustedes se le podría ocurrir terminar una película de corte clásico negro de esta manera, es decir, con un plano sugestivo, pero un mini diálogo tan inverosímil. La respuesta es obvia. Además se pierde esa inspiración y apasionamiento del comienzo del film. Quisiera destacar a Robert Duvall, uno de los inmensos y prolíficos actores que existen en la actualidad y que maneja absolutamente todas las variables cinematográficas que le pongan por delante y por detrás, y terminar diciendo que la historia contextual de éste film se circunscribe a dos temas, uno, a los arcos de los personajes de Phoenix y Wahlberg, por el cambio de roles que finalmente se dan en el transcurrir de la película y dos, cómo Eva Mendes y Robert Duvall logran encajar milimétricamente en esas variantes y en los arcos descritos. Lamentablemente existieron saltos, puentes o desencuentros en la narración del film. Una lástima por Gray aunque empezó la película de una manera nunca antes vista. Vayan al cine, vean el film, disfruten al máximo y ojala me den la razón, y si no la tengo, acá estoy para que ustedes me puedan hacer cambiar de opinión. Hasta la próxima.

PEPE DERTEANO