viernes, 26 de septiembre de 2008

“Traición y Lujuria”, una insólita historia de amor entre el deseo y el peligro.































Quisiera comenzar este comentario bajo una frase de Oscar Wilde. “Cuando una mujer contrae segundas nupcias es porque odiaba a su primer marido. Cuando un hombre vuelve a casarse es porque adoraba a su primera esposa. Las mujeres esperan tener mejor suerte; los hombres arriesgan la suya.” Lo que logro rescatar en la propuesta del heterodoxo realizador de origen chino-taiwanés Ang Lee, más allá de una gran narrativa audiovisual y una excepcional película – increíblemente vetada en los premios de la Academia 2007 -, es el riesgo que toma para poder contarnos corajudamente su posición sobre la China de sus ancestros, ese país con una cultura milenaria que por efectos de la segunda guerra mundial fue invadida por los japoneses y convertida en una tierra miserable, despojada y dividida. Quien se precie de conocer de cinematografía debe de haber percibido ese mensaje inspirador y a la vez inconformista de Lee, quien reivindica la intrepidez de una postura que pareciera estar olvidada en el núcleo comunitario chino, y que nos la muestra descarnada y temeraria –que involucra nuestros propios miedos, angustias, desasosiegos y hasta nuestro inconsciente- tal como la concibió la escritora china Eileen Chang en parte de su novela “The Rouge of the North”, adaptada por Wang Hui Ling y James Schamus, también productor del film. Ahí radica el éxito de Lee y de su obra, en su bizarra audacia, en ese arresto moral para colocar en escena lo que nadie se atrevió a retratar con una sutil crudeza, agregándole esa potencia descriptiva, esa belleza plástica desplegada en cada una de sus escenas, ahí donde su sensibilidad cinematográfica logra acrisolar personajes e historias sumamente intimistas, complejas e imponerla plácidamente con una vorágine argumental que nos absorbe a todos. Ese riesgo, que incluye una apuesta temeraria por una actriz desconocida, que debuta a base de la porfía de Lee en construir un personaje protagónico y complicadísimo partiendo de una bella modelo china y enfrentarla con un actor de la talla dramática de Tony Leung, uno de los mejores actores del cine contemporáneo y a su vez convencer a éste que pase de ese status de actor con talante bonachón, romanticón y complaciente, a realizar un papel totalmente contrapuesto, nada menos que la de un villano nihilista, un cabal bastardo vendepatria; habla de un tipo que se juega el pellejo porque está convencido de su naturaleza humillada, de lo que sintieron sus padres y abuelos, y en la posibilidad de congregar a propios y extraños para actualizar un hecho histórico desgarrador y olvidado por las nuevas generaciones. No cabe duda que Ang Lee nos hace un relato sobrecogedor acerca de los sentimientos de aquellas gentes, sobre la lucha inextinguible y entrañable de hombres y mujeres por sus preceptos morales, por sus destinos adormitados en manos ajenas y por mantener sus costumbres atávicas y milenarias. La historia que Lee nos relata es conmovedora, romántica, problemática, malvada y dura, muy dura, diría que extremadamente dolorosa. Una combinación perfecta de política, erotismo, traición, amor e identidad que se insinúan e interponen a la vez, fotograma a fotograma mostrándonos una Shangai llena de realismo, con adecuados simbolismos como la aristocracia jugando al Mahjong – azaroso pero complejo -, llevándonos poco a poco a un final imprevisible, desolador, cinematográficamente perfecto. Una gran película que merece ser vista a pesar de su duración y ritmo cansino. Lee está impecable con sus encuadres magistrales, sus tomas llenas de sentido y contraste cromático así como de su irreverente objetivo cinematográfico, llevar al límite la condición de ser humano. La trama la va tejiendo de tal manera que no sabe hasta donde pueda llegar. El riesgo es el riesgo y Ang Lee, como señala Wilde, pone en juego todo lo que tiene para poder conseguir lo que realmente desea.

Ambientada en el Shangai de 1938, la película expone la reciprocidad íntima que mantiene un renegado coronel chino de nombre Mr. Yee –extraordinariamente personificado por Tony Leung- con una amiga postiza de su esposa -magníficamente representada por la debutante Tang Wei– de nombre Wong Chia Chi. Mr. Yee es el jefe del servicio secreto chino que opera clandestinamente bajo las órdenes del gobierno impuesto por el invasor japonés. Un sujeto de mirada penetrante, de rostro y gestos entumecidos, de pocas palabras, de decisiones tajantes, y responsable de las torturas y ejecuciones del régimen. Wong Chia Chi se hace pasar por la señora Mak, una joven y cautivadora mujer aristócrata con dinero y relaciones, esposa de un ficticio empresario dedicado a los negocios internacionales. La señora. Mak ingresa en un café, hace una llamada y se sienta a esperar. Luego empieza a recordar y su memoria le lleva a su época universitaria. Descubre su vocación por el teatro, se enfrenta a la multitud con tranquilidad y seguridad, no le teme a nada. Un grupete de jóvenes fanáticos desbocados y nacionalistas la unen a su causa. Wong Chia Chi toma por voluntad propia el papel de una espía conciliadora y se mimetiza con la idea de los jóvenes de la resistencia que planean sin experiencia alguna asesinar a Mr. Yee, poder vengarse de sus abusos e inmoralidades y así tener una oportunidad de un resurgimiento liberador. El plan de espionaje consiste en que Mr. Yee se enamore de la señora Mak sin sospechar mínimamente que se trata de una emboscada. Mak será la amante carnal de Yee y tendrá que representar fielmente su papel para así ponerlo a disposición para que pueda ser atrapado y eliminado. Pero, acá es donde Lee, con su magia argumental reviste de sinceridad la relación amorosa de ambos protagonistas para que el deseo se sobreponga al peligro más inminente, marcado por la tragedia y el sufrimiento. Más o menos, así se da comienzo a un largometraje plagado de interrogantes, estrategias fallidas y un amor incontrolable. Ang Lee, a lo largo del film le hace una convincente dedicatoria fílmica al maestro Hitchcock. De hecho, Lee es un realizador formado en los EEUU, compañero de estudios de Spike Lee, y su arraigo por el cine de occidente es más que evidente. Lee vincula su película a una cantidad apreciable de paralelismos fílmicos con las magistrales obras de Hitchcock, “Notorius” con Cary Grant e Ingrid Bergman, una de las mayores exponentes del cine de espionaje, “Suspicion” con Cary Grant y Joan Fontaine, y finalmente una representación casi milimétrica de un pasaje muy propio de la violenta, polémica e intrigante “Torn Curtain”, en donde se plantea lo difícil que resulta el poder asesinar impunemente a un ser humano. La presencia de Hitchcock en los movimientos de cámara ilógicos casi mágicos que provocan una relación casi intimista, de neutralidad con el espectador están excepcionalmente concebidos por Lee.

Pues bien, la película transcurre entre el espionaje, las dobles identidades, los complots e intrigas. Ang Lee logra disponer de un tratamiento cinematográfico verdaderamente inusual cuando utiliza el sexo explícito en algunas escenas que son magistrales. Dos personalidades que se juntan en un cuarto de hotel y se alejan del mundo real, aquél formal, contradictorio. Para lograr entender a la perfección esa química corpórea y emocional de ambos simbiontes que se unen ahí, donde todo se hace, todo se dice, todo se guarda y la pasión va recorriendo temerosa los cuerpos entregados, el del villano que se convierte en un hombre apasionado y el de la espía que se brinda con extremada sensualidad, Ang Lee le impone un realismo excepcional con tomas que escapan a lo erótico pero sin llegar a lo detestable e insulso, aunque así lo pareciera. La pareja se entrelaza, como la vida misma lo exige cuando los sentimientos son puros y permitidos, aparecen desnudos la pasión y la repulsión, el amor y el odio, el perdón y el rencor. Una amalgama de sensaciones y vivencias para construir el retrato de una mujer ingenua con un interminable dilema existencial y afligida por sus inmensas paradojas emocionales. Una mujer que se siente agraviada por sus ideales y sufre en silencio el papel que le toca representar, aunque sus sentimientos la traicionan y propician la unión con un hombre al que debería odiar en lugar de amar. Mr. Yee no representa a nadie, es el mismo hombre tosco, pervertido y dominante que utiliza la fuerza para tratar de imponerse. Pero la señora Mak tiene el control absoluto de la situación y domina a su amante a su antojo. Memorables escenas para recordar y no malinterpretar. En ese lecho solamente había un hombre y una mujer amándose con el corazón y no con el cerebro. Eran dos seres humanos que lo dan todo porque el verdadero amor así lo demanda. Yo me atrevería a decir que Ang Lee persigue en estas escenas y en casi todas las secuencias del film una idea trascendental, casi desalmada, de los límites que significa constituirse en un ser vivo, tener emociones humanas, encontrarse en una situación que es incapaz de no controlarse, que les pertenece a cada uno por completo, pero que al final siempre arroja a uno más débil que el otro. Ella lo salva porque se traicionó a sí misma. Un huevo de codorniz fue el desencadenante de ese sentimiento arrebatador. El, sin embargo, la manda a ejecutar porque no traiciona sus principios.

Hay muchas escenas de una potencia argumental exquisita. Me quedo con aquella en donde Mr. Yee cita a la señora Mak en una casa de geishas y ella baila, canta, desnuda no su cuerpo sino sus sentimientos más entrañables para él hasta hacerlo llorar. Si eso no es excelencia en el arte de la interpretación y de la transmisión de sensibilidad visual por parte de ambos actores, no se qué adjetivo tendría que considerar. Existen aristas y puntos críticos que se desarrollan con gran prolijidad y profesionalismo. Ninguno de los nudos argumentales que observarán en pantalla quedará en el aire y sin recurso que lo resuelva. Las ambientaciones -tanto en interiores y exteriores- están hechas con una pulcritud escrupulosa. La atmósfera que logra Ang Lee en cada una de sus escenas y con su diversidad de personajes es simplemente apasionante. La cinematografía y/o fotografía del mexicano Rodrigo Prieto es de un gran nivel, creo que superando sus anteriores trabajos en “Into The Wild”, “Babel”, “Brokeback Mountain” y “21 gramos”. Las actuaciones de los dos secundarios, tanto de Joan Chen como la señora Yee y del súper ídolo de la música asiática Wang Leehom como Luang Yu Min, son muy acertadas. La banda sonora del compositor francés Alexandre Desplat es muy limpia y delicada, aunque me quedo con sus composiciones tanto de “The Painted Veil” y de “The Beat My Heart Skipped”. En los demás apartados destaca nítidamente el vestuario y el maquillaje. Me atrajo muchísimo como lucía Tang Wei. Una auténtica belleza oriental de los años cuarenta. La edición está bien trabajada y no escatima en lucir las bondades de la cámara de Lee y de Prieto. En fin, una de esas joyas cinematográficas para agasajarse uno mismo, sentirse atrapado por casi 150 minutos.

Finalmente, quisiera decirles algo. Estoy convencido que la misión personal de Ang Lee era llevarnos con sentimiento y con sensatez a ese tormentoso y perturbador mundo chino de los 40. Ang Lee tenía algo pendiente con su pueblo, con sus ancestros, con su pasado que permanecía oculto. Creo que cumplió y a gran altura, y supongo que debe estar orgulloso de haberlo hecho. Puso toda su capacidad, interés y dedicación en transmitirnos un mensaje muy de fondo, sumamente espiritual, expuso su suerte y arriesgo todo. A mí ese sentimiento me golpeó con fuerza, me estremeció hasta la médula. Estoy completamente seguro, que al margen de la misma obra cinematográfica, Lee se siente afortunado de haber logrado dejar una pequeña semilla de amor en nuestros corazones.

Hasta la próxima.

PEPE DERTEANO