sábado, 15 de noviembre de 2008

“Un Cuerpo Desnudo”. Intimista propuesta de los Lombardi que debutan juntos y lo hacen correctamente.









Hace algunos días quería referirme a un asunto que quedó pendiente y no logré acondicionar en la entrada del film "Pasajeros" de Cotler ni en el comentario acerca de la película "Dioses", dentro de la publicación acerca del film "Crimen Oculto" de Gus Van Sant. Aprovecho para hacerlo ahora... No me cabe duda que hoy por hoy Francisco Lombardi es el heredero natural del maestro Armando Robles Godoy en cuanto nos refiramos a aquellos que realizan cine en nuestro país. Quizás hasta lo haya superado en los hechos aunque esta posibilidad sea materia de otro análisis. Lo que queda claro es que la madurez de estilo alcanzada por Lombardi ya hace algunos años se mantiene incólume. No siento precisamente una gran debilidad por el cine hecho en casa –no creo estar siendo temerario ni indiferente- no me causa emoción cuando lo observo ni me llama la atención en sí mismo. Tiene defectos de concepción, de profundizar con atrevimiento en temáticas que seduzcan. Está muy inclinado al costumbrismo y a esa problemática social que empalaga, que se queda en la anécdota repetida, en la lisura abundante y el desnudo antiestético, como si los directores se amarrasen deliberadamente a si mismos sin permitirse la peripecia de arriesgarlo todo... Pero siempre hay excepciones que reivindican. Desde esta perspectiva es una obligación reconocer a dos personajes que conocen, dominan y aman su oficio en nuestra accidentada vida cinematográfica, uno, el gran maestro Armando Robles Godoy -a quien lo he escuchado hablar de cine en forma apasionada, dibujar frases célebres e irrebatibles que muy pocos podrían imaginar– y a Francisco Lombardi quien –a mi modesto criterio- es el único director peruano que al margen de tener una trayectoria internacional intachable –hecho que debemos admirar- y haber parido su hijo número catorce de buena manera, destila probidad en su forma de contextualizar sus propuestas, de transmitir esa intencionalidad calculada siempre ahondando sobre el predominio de un cine estrictamente de personajes, casi siempre masculinos –algo alterada en Mariposa negra, Maruja en el Infierno o Pantaleón y las visitadoras– a quienes les encuentra una dimensión exacta de la esencia que compone esa naturaleza humana tan imperfecta, llena de extravíos y enterezas. Lombardi construye películas cuyas historias suelen escurrirse en un círculo virtuoso en el que resbalan atormentados, hostigados, lúcidos e ingeniosos sus personajes de ocasión, meridianamente vinculados y conexos como si de un cordón umbilical se tratase. No entiendo porqué se le critica tanto a Lombardi y no se le reconoce sagacidad, tino y talento. A mí como cinéfilo no me suma ni me resta ver o no hacerlo, criticar o halagar los films de Lombardi, pero no soy inconsecuente al no poder distinguir entre un cineasta mediocre y uno que hace con corrección su trabajo. Conozco gente del extranjero -de incontables horas de cine- que hablan muy bien de la trayectoria de Lombardi. Acá en el Perú no son muchos. Quizás les caiga mal su cara imperturbable y barbuda, su sólida formación jesuita o el haber nacido en una ciudad fronteriza y testicular. No lo sé y me importa poco. Simplemente quiero expresar un sentimiento de solidaridad para un hombre que se entregó a la lucha por adentrar el cine peruano en el exterior –como lo hizo en su momento Robles Godoy– hacerlo conocido y consumido. No estoy pidiendo un homenaje reinvidicativo –aunque bien lo merece y me juego a que si alguien se lo hace, no va a ser primero en el Perú– ni nada que se le parezca. A esos coyotes que se autodenominan críticos de cine, solo tómense la molestia de comprender en su real contexto la vigencia, lo noble y lo valiente de la obra de un tipo honesto.

En "Un cuerpo desnudo", Lombardi hace una introspección juiciosa de la cultura peruana contextualizando con realismo los desatinos de esa clase media masculina a través de soledades paralelas, decepciones compartidas, amantes lastimados, amores frustrados, perversiones contenidas, de aquella obsesión por la muerte como un conflicto tibio, contemplativo e inmóvil. No hay que ser sabio o ignorante para darse cuenta que son escasos los cineastas peruanos que pueden mostrar un temperamento contrastado, una experiencia variada, una diégesis propensa a la conmoción y rebelde a lo convencional como lo intenta Lombardi. Además, es ingenioso ese doble juego atrapante de entretener con lo dramático y dramatizar con lo entretenido. "Un Cuerpo desnudo" no puede llegar a ser un magistral film por que Lombardi se restringe y colisiona contra ese motivo económico que parece ser el mismo de siempre y de todos, pero esboza una cualidad que lo sugiere discorde pero sugerente, con poco logra mucho. Es una película pequeña pero llevadera, placentera, un espejo donde el espectador se puede observar y verse representado a si mismo. Lombardi es un buen arquitecto cinematográfico y su hija Joanna una ingeniera del guión despabilada. Además, quien lo hereda no lo hurta. La madre de Joanna, Giovanna Pollarolo, que pocos saben el inmenso talento literario que tiene, fue guionista de "La Boca del Lobo" –quizá una de las tres mejores películas peruanas de la historia junto a "La muralla verde" y "Espejismo" de Don Armando Robles-. Por lo tanto, si queremos avales de gente decorosa, estos están a la vista. Lastimosamente siempre se dependerá del presupuesto para edificar una casa o una mansión. Lo que construye Lombardi –con lo parvo que tiene- es una casita pequeña pero sólidamente cimentada, con materiales nobles y una distribución adecuada donde todo está en su lugar. Le agrega suntuosidad en los interiores, esplendidez en los colores y logra calor de hogar. Además denota un pulso narrativo coherente con el plot argumental. Nada está improvisado aunque pudiera parecerlo. Todas las escenas están cuidadas y articuladas, como Lombardi suele hacerlo. Tiene diálogos interesantes, jocosos y tensos. Eso no lo exonera de algunas exageraciones que saltan a la vista pero que no son ofensivas ni caen en el descrédito. Son gustos que tiene Lombardi y que me parecen prescindibles; el moderado uso del “fade out” y el constante empleo de primeros y medios planos que suelen golpear la vista. Hay alguno que otro pequeño error de edición pero que no creo que los espectadores vayan a poder ubicar, aunque es notorio... En relación al guión me parece prometedor lo realizado por Joanna Lombardi. Consistente, decidida y haciéndole letra fácil a los interpretes, hacen de esa simpleza un valor agregado estimable, lo que se resalta con mayor decoro al ser su "primera vez" al lado de un director meticuloso y con la carga adicional de ser su padre. Obviamente se nota la mano de Lombardi, pero el mérito mayor es de Joanna. Muy atinado el inicio de la película con esa colección de cálidas y hermosísimas muñecas maquilladas, que al ritmo de un acompañamiento musical umbroso, sombrío y eficaz, logra transmitir cierta incomodidad que hay que saber valorar en la creación de la atmósfera. El sillón rojo y el tapado verde de ese cuerpo esteticista –elogiable el control mental de la poco pulposa Carla Vallenas- perfectamente enlazado con la pavura belleza de las muñecas, así como el corte de los limones, el lucir al pisco como una bebida nativa, son solo algunos de los detalles que le dan al film una amplia gama de matices que terminan por agradar además que las consabidas lisuras o groserías no son ofensivas sino exclamativas, y eso no es hiriente sino efectista.

Finalmente, cuatro amigos casi anacoretas, de reunirse una vez por mes cada sábado, cuatro catástrofes existenciales que intercambian miserias e historias hasta llegado el amanecer, cuatro formas diferentes de preparar el Pisco Sour o de catar el aguardiente peruano, cuatro estilos de nula gestión con el sexo opuesto, cuatro mundos diferentes que chocan, discuten y pelean con tolerancia y una mujer en común que le pondrá los nervios de punta. Se verán en la obligación de solucionar el impase de una manera secreta, pero sin perder de vista dos elementos, la partida de póker y libar lo que se pueda. Interpretativamente vuelve a lucirse Gustavo Bueno –formidable la lección sobre los pechos de las mujeres– como líder natural del grupo, y poniéndole esa capacidad actoral para ir llevando el ritmo y los tiempos de la trama con afinado profesionalismo. Lo llaman el Capitán burdeles y nos brinda un trabajo de los que se llaman imprescindibles. De los tres intérpretes restantes todos en el mismo nivel. El Doctore –Gonzalo Torres, muy buen debut- El Negrito –Haysen Percovich– y El Corazita -José Miguel Arbulú- a pesar de improntas disimiles logran simbiosis interpretativa, que junto a la experiencia de Bueno –siempre serán sus pichones- sacan sus personajes adelante. En los apartados técnicos, se logra un equilibrio que es apreciable. Todo está bien trabajado. Desde la realización, la dirección artística, la de actores, la fotografía, el sonido, la música hasta la edición. Una buena película. Felicitaciones a todos aquellos que participaron en ella y esperamos la próxima aventura de Lombardi. Para mí, lo más rescatable del cine peruano en este 2008. Hasta la próxima.