viernes, 16 de enero de 2009

“Changeling”. La violencia y la esperanza como aproximación ética a la realidad





































Es posible que ustedes puedan junto conmigo discutir – y algún día lo haremos – si la mejor película dirigida por Clint Eastwood fue, “Unforgiven”, “Mystic River”, “Million Dollar Baby”, o quizás si retrocedemos casi 25 años, “Pale Rider”. No hemos comentado todavía “Gran Torino” que sin duda es una bella película que dará mucho que hablar. No me parece prudente poner en la lista ni a “Flags of our Fathers” ni “Letters from Iwo Jima” porque considero que no están a la altura de la sabiduría cinematográfica de Eastwood. Lo digo porque es raro que el más clásico de los directores de Hollywood, aquel cineasta que durante toda su carrera puso su oficio y su genialidad al servicio de verdades particulares asociadas estrictamente a la usanza y comportamiento de sus personajes, maniobra en estos dos films en sentido inverso, es decir, parte de lo general para llegar a lo particular. Es un lapsus - 100% pasable - pero no un error de realización. Los genios también se toman sus licencias.

Lo que sí puedo asegurar sin temor a equivocarme, es que “El Sustituto” - basado en los crímenes de Wineville - es un magistral melodrama que posee un matiz crepuscular asombroso y una respiración inconteniblemente trágica. Ambas cataduras cinematográficas nos revelan la irreversible senectud de Eastwood – la repite como director y actor en “Gran Torino” – que la exhibe con una dignidad y capacidad intelectual poco comunes, y que relaciona sin disimulos, en esa pérdida de inocencia reflejada en los finales de la década de los años veinte. Si hablar del peso del pasado es referirse a las fatalidades, no es desacertado y menos disparatado pensar que nos encontramos frente a la película más aciaga y fatídica que ha puesto en escena Eastwood en su filmografía como director. No es mera casualidad que nos entregue una historia sobre la aplastante pesantez de un pasado espeluznante y a la vez melancólico. “Changeling” narra una infortunada historia que solo puede tener cabida en una sociedad que fue perdiendo lentamente el discernimiento acerca del significado de la moralidad y los deberes. Eastwood no solo hace una clase maestra de lo que significa imponer su invencible clasicismo - no antiguedad - sobre la dirección moderna que utilizan los jóvenes realizadores de hoy en día. Hace una disección impoluta de la adversidad como forma de vida, aquella que se tiene que aceptar porque pasa solamente facturas de desgracias y sufrimientos, y se cobija incólume en que las cosas siempre acostumbran a salir mal. “El Sustituto” es un film que difícilmente lo hubiera podido sacar adelante un director joven. Sus personajes, su temática, el mismo ritmo narrativo, su simpleza y su discutible densidad dramática suponen una cierta curvatura y magulladura en los hombros, además de un rostro seco e impenetrable como el de Eastwood, donde las contradicciones, dilemas y recelos de la vida hayan dejado surcos, fisuras o estropicios.

Eastwood nos regala una película que tiene solamente méritos. Quizás el más impactante es la estructura narrativa, de gran intensidad, que partiendo de un objetivo quizás antojadizo basado en una estrategia policial desatinada e invasiva que arrastra a una joven madre soltera, ejemplar, dedicada y cuyas únicas preeminencias eran su pequeño hijo y su trabajo, van empujando el relato a las inadmisibles alturas de una inesperada tragedia. Otro de los valores innegables que exhibe el maestro es el inusitado y notable cruce entre el cine de géneros, ese devastador cine negro, pasando por el expectante género judicial, el redituable género dramático y un cine de contornos más personales como es el que Eastwood logra posicionar en la parte final de su film – una buena lección para Ridley Scott y su “American Gangster” -. Las portentosas imágenes que rinden culto al dolor desenfrenado de una madre, primero incrédula, luego desesperada, calmada pero jamás conformista, un dolor que razona contenido entre la certidumbre de la esperanza y la desilusión de la pérdida, son activos trascendentes de la obra de Eastwood. El martirio, la impotencia, el desconsuelo y la angustia expuestos con un academicismo tal que pega muy hondo y hace un daño irreversible. Como si de delicadezas se tratase, también Eastwood – piensen un poquito - le da un cierto lugar en la trama. Por otro lado, en la composición de los personajes y en la definición de las relaciones entre ellos Eastwood delinea con perfecta armonía enfrentamientos y contradicciones muy acordes con la fluidez de la narración. No hay concesiones ni coqueteos con lo equívoco, la seducción o el glamour. El de Eastwood es un cine duro, recio, frontal que llama las cosas por su nombre, sin dobleces ni segundas intenciones. No se olviden que Eastwood fue un icono de la Norteamérica triunfalista y ya lleva algunos años hablando de descalabros y fracasos. Hoy se rinde un pequeño homenaje a sí mismo con escenas que nos hacen recordar con nostalgia sus más recientes películas. No es una casualidad que su mirada se haya venido ensombreciendo a medida que ha ido envejeciendo - con inusual categoría - mientras más trivial e insignificante se ha convertido lo que produce Hollywood. “El Sustituto” es una tremenda película, quizás no llegue a la profundidad de “Mystic River” ni tenga la contundencia de “Unforgiven” ni pueda calificarse en este tiempo como una obra maestra, aunque cada quien puede hacerlo. Pero si tiene una sutil diferencia con esas grandiosas películas, hay menos ambigüedades, retruécanos o laberintos. Después de todo, Eastwood es quizás el último exponente artístico tocado a fondo por la construcción y el derrumbe del mito fundacional de Norteamérica. Sus mejores películas siempre han tenido dimensiones épicas. Su mirada cinematográfica tiene ángulos imposibles de detectar por ojos normales, penetrantes y recónditos.


Vayamos sobre la argumentación de la película. Clint Eastwood logra hacer de Angelina Jolie un soporte innato y primordial del film. Durante casi 70 minutos, el personaje de Christine Collins acapara con una fuerza dramática incontenible – como le gusta y lo sabe Eastwood - todas las vivencias y encrucijadas en su lucha interminable por demostrar que su pequeño hijo Walter ha sido sustituido maliciosamente por otro niño, colocado por una cuestionada policía de Los Angeles, que en el afán de tapar una estela de inacción, corrupción y salvajismo, busca limpiarse la cara con una operación estratégica de salvataje ideada en base a una denuncia desesperada de Collins y varios llamados posteriores. Para ellos era lo políticamente correcto. En esos años las mujeres no eran poderosas o influyentes como lo son hoy en día. Quizás la sumisión era una virtud. Angelina Jolie está estupenda en su papel, interpretando con esmero, prolijidad y certeza todos los estados de ánimo por el que puede pasar una mujer en momentos tan aterradores y escalofriantes. Pareciera que estuviera repetitiva o confusa pero fíjense bien en los gestos y en los tonos de voz que va utilizando para que logren disfrutar de una técnica interpretativa melodramática al viejo estilo de Eastwood. Es un fiel retrato del sufrimiento más atroz y sombrío de una madre que no logra discernir que ha pasado con su hijo. Sin embargo, Eastwood, con la inteligencia cinematográfica que tiene intuye desprenderse de un personaje que supuestamente luce desgastado, le imprime un giro espectacular a la película en el momento preciso, reacomodando el papel de la Jolie y empezando a darle a la trama una perspectiva que englobe la visión de como se van decantando los hechos. Ya el protagonismo de Angelina se va haciendo menor y surgen otros artistas como los nuevos sostenedores de una novedosa historia. En este momento, Eastwood va introduciendo con una categoría y precisión únicas secuencias relacionadas con los detectives en pugna, el niño declarando los crímenes, la corrupción en su estado más repugnante, el flashback de los asesinatos y huídas de los niños, los juicios en paralelo y demás escenas en donde logra que la película alcance niveles de emoción, hondura, esplendor e intensidad mayúsculos. Yo les recomiendo atención en tres escenas – dos de ellas fortísimas - magistrales. La primera, la declaración que pide hacer el niño acompañante del asesino, la segunda la conversación que tiene Angelina Jolie con el mismo asesino cuando a este lo van a ahorcar y una última que es el final de la película, mientras pasan los créditos y suena una maravillosa melodía a piano. Es un plano fijo picado de las esquinas y calles por donde pasan transeúntes y trenes de la época que resumen en su tratamiento visual y sonoro - al margen de la estupenda ambientación y fotografía - el sentimentalismo de la pérdida y también la fe esperanzadora de una madre que pronto encontrará a su hijo. Una lección inusual de amor por la vida. Para finalizar, quizás sea una sensación personal y tómenla como si fuera arbitraria pero hay algo en esta película y en “Gran Torino”, soplándome al oído que el maestro está cerrando lentamente y con firmeza su excepcional filmografía. Total, los verdaderos gigantes de la historia de la cinematografía - como sucedió con John Ford - suelen despedirse de esta noble manera. Hasta la próxima.
PEPE DERTEANO MUENTE