viernes, 9 de enero de 2009

“The Duchess”, mentiras verdaderas sobre la sensual, popular y condescendiente Duquesa de Devonshire.





















Hoy nos juntamos para hacer un breve comentario del film de Saul Dibb, “La Duquesa”, un entretenido melodrama intimista que trata discordantemente de sugerir la atormentada vida de Lady Georgiana Spencer, una decidida revolucionaria de la femineidad que marcó todo un nuevo estilo de moda en aquellas mujeres de fines del siglo XVIII y tuvo incidencia directa en el desarrollo social y político a través de su marido, el quinto duque de Devonshire así como su intervención en el partido Liberal. Para algunos amantes del género esta será una película inevitable de visionar, un recuento histórico afín a lo que proclaman los libros de la época. Sin embargo, para otros cinéfilos -quizás la mayoría– sea un relato aciago aunque con una dirección artística muy buena, un vestuario digno de alabanza y un excelente reparto, que merecen ser apreciados en su debida compostura.

Ya habíamos comentado hace algunas semanas una producción –La otra reina- también denominada de época o histórica, en donde a través de las actuaciones de Scarlett Johansson, Natalie Portman y Eric Bana, se recreaba la embrollada y tumultuosa relación de amor-odio entre Enrique VIII con las hermanas Bolena por un heredero varón casi 200 años antes de la aristocracia anglo-sajona, que con Sir William Cavendish I empezaba a principios del siglo XVI. Decíamos por ese entonces que existía una predisposición en algunos productores de hoy en día, de enfrentar el hecho como una reconstrucción fidedigna, que pretenciosamente podría situarse por encima del rigor histórico y orientarla al esparcimiento, el espectáculo y la distracción, cosa que es capaz de lograrse siempre y cuando no existan encasillamientos de personajes, y que estos se organicen al servicio de un tratamiento no tan académico ni escrupuloso en detalles opulentos, sino más bien en lo grandioso que supone la integración de un verdadero lenguaje cinematográfico, mediante un guión que obligue a una puesta en escena, donde todo tenga un lugar ecuánime y proporcional a los objetivos que su director planifica. Con esto me reafirmo en un concepto afirmado anteriormente. Muchos críticos especialistas distinguen y clasifican aquellas películas de época instauradas en los personajes y acontecimientos reales, y otras que hacen prevalecer las costumbres imaginarias, sobresaliendo el relato de hechos que marcaron un determinado pasaje del acontecimiento histórico. Repito lo antes señalado, los biopics de grandes personalidades de la historia, la política, la religión o el arte, enriquecidas en la mayoría de las veces con una visión lírica sumados a un elemento fantástico, han proveído espléndidos films al género. No es este el caso de “The Duchess”. Quizás la inexperiencia de Saul Dibb sean preponderantes para no lograr la articulación deseada y sacarle provecho a una buena historia y como decíamos líneas arriba, a sus personajes que son más que apetecibles.

No cabe duda que las películas de época le acomodan estupendamente a Keira Knightley quien le pone mucho glamour y un estilo irreprochable a los contextos que le toca reproducir. En “Orgullo y Prejuicio” era una cortesana cualquiera con aspiraciones y nos confiere una actuación deslumbrante. En “Expiación” era un personaje de alta alcurnia y su desempeño fue notable e integrado. Esta vez, la actriz está regia, suntuosa y señorial, a veces exageradamente solemne y otras radiante e impulsiva en cuanto al trato con el desvergonzado William VIII Cavendish, duque de Devonshire –estupendamente actuado por el camaleón de Ralph Fiennes- quien negocia con la madre Margaret Poyntz, personificada por Charlotte Rampling, el matrimonio y el futuro de su hija con una frialdad apremiante y que Georgiana acepta sin oponer la menor resistencia... En esta escena quería detenerme un minuto porque creo que acá es donde le empieza a temblar la mano al realizador y se notan fallas gruesas en el guión adaptado del film. Se pueden argumentar muchas tradiciones de época en cuanto al hecho de la petición o exigencia de la mano de la próxima duquesa, inclusive a la forma como la madre ofrece casi como una ganga a su hija bien criada, pero cinematográficamente la escena es torpe, insulsa y evidenciando falta de manejo. La cámara no está bien situada, las angulaciones nulas y un abuso del primer plano que es innecesario. Hasta donde yo entiendo son escenas que no necesitan ser sustantivamente modificadas, son como clichés visuales que solo dan continuidad y no profundidad a la toma. Los diálogos son sobreactuados incluyendo a Charlotte Rampling y a la misma Keira Knightley. Hay varias escenas que tienen este mismo concepto incluyendo los planos de los maravillosos e idílicos jardines del castillo de Althorp donde también jugaba nada menos que la princesa Diana de Gales –Diana Spencer– que fue antepasada de lady Georgiana Spencer. Si ustedes analizan muy sucintamente a ambas damas de la realeza británica tienen bastante en común. Las dos rompieron moldes convencionales de la monarquía británica, ambas bellísimas, muy jóvenes, de afligidas y desconsoladas vidas amorosas, independientes e innovadoras, espontáneas, caritativas, infieles e idolatradas por sus pueblos.
Pura coincidencia que puede no ser no tan exacta aunque haya de por medio dos siglos de diferencia. Volviendo a la parte cinematográfica la película tiene todo para ser un biopic de categoría, un verdadero drama de época. La historia es atractiva porque sus personajes despiertan morbo entre el consuelo y la desesperación, las locaciones son extraordinarias, genuinas, el vestuario es magnífico y debería ser nominado por la academia, los actores principales y secundarios están bien escogidos e incluso el ritmo narrativo es el correcto, no es lento y tampoco aburrido. La pregunta sería entonces, porqué la película no trasciende del todo en cuanto al contenido histórico, y nos confunde vertiginosamente trazando poco trabajadas tanto las atmósferas individuales así como los hechos socio-políticos interrelacionados, y solo logra entretenernos como un melodrama intimista de una pareja de a tres. No voy a desmenuzar la trama para que puedan ustedes verla y juzgarla con sus propios ojos... Finalmente, creo que un cineasta no debe ser un político, un economista y menos un moralista o un psicólogo. El cine es vocación, el cineasta debe serlo y demostrarlo. Cómo hacerlo, manipulando, maniobrando a puro pulso en ese mundo dislocado. Tiene que buscar ahí donde otros no buscan ni encuentran, imaginarse el camino por donde tiene que transitar y hacerlo sabiendo que es el correcto aunque esté plagado de huecos y piedras, desencantos y hartazgos. Pero si por momentos Keira Knightley parece insoportable porque sale hasta en la escena más intrascendente, no es por culpa de la actriz, es porque el director no sabe lo que quiere conseguir y debilita el personaje de Georgiana en vez de hacerlo grande, pomposo e inmaculado, así se trate de la historia de una monja o una prostituta. Saul Dibb no lo hace mal, tampoco la acierta con plenitud. Sus imágenes parecieran el producto de una mirada nerviosa y desoladora a ese mundo de seres que no tienen destino, a los rincones de la maloliente previsibilidad y de una inadecuada interacción o dirección de actores. Les dejo el contexto histórico y disfruten de la película porque –al margen de lo dicho– hay muy buenos momentos y que valen la pena. Los dejo con el contexto histórico.

CONTEXTO HISTÓRICO

Georgiana tuvo una vida agitada y festiva que todos conocían. Los cuadros que le pintaron los grandes retratistas del siglo XVIII, Thomas Gainsborough y Joshua Reynolds, transmiten los rasgos de una mujer obstinada, sin la cara blanda y conformista de las mujeres de aquellos tiempos. Con el estreno de la película, la imagen de Keira Knightley como Georgiana, se logra percibir como la moda y la belleza se verá impactadas por el look de 1783 que adoptaron el común de las mujeres. Georgiana era adorada por sus amigos y muy admirada por su círculo social. Muy por el contrario fue absolutamente ignorada por su marido, lo que provocó que la joven se rebelara y comenzara a hacer cosas que no eran apropiadas. Lady Georgiana Spencer, linda desde pequeña, nació en 1757 y se crió en la casa solariega de sus padres -Margaret Georgiana Poyntz y el primer Earl Spencer - en la zona de Northamp-Tonshire. A los 17 años, su familia la entregó en matrimonio a William Cavendish, el 5to. Duque de Devonshire, doce años mayor que ella, rico y enormemente poderoso en el partido liberal. Y aquel matrimonio - al que ella se adaptó con entusiasmo, porque su marido era un hombre que la atraía - al instante la convirtió en un icono del mundo aristocrático inglés. Georgiana era admirada e imitada en todo, sus joyas, vestidos y peinados se convirtieron en un estilo de vida, y ella en una especie de niña mimada en toda Europa. Era conocida como Georgiana Cavendish, o como duquesa de Devonshire. Su amiga, la reina María Antonieta de Francia, compartía con ella su amor por la moda y se afirma que ambas intercambiaban conceptos acerca de vestimenta y zapatos. Muy pronto, aunque tenía el mundo a sus pies, la joven comprendió que su marido la ignoraba sin ningún disimulo, porque el duque de Devonshire estaba enamorado de otra, que era su amante hacía muchos años. Cuando Georgiana comprendió su posición, decidió hacer lo que quisiera, y en su grupo de amigos se convirtió en una líder puntillosa, una verdadera celebridad. Y cuando Gainsborough la pintó con un enorme sombrero de paja negro, este comenzó a ser tan imitado, que los fabricantes de sombreros artesanales no daban abasto con peticiones del sombrero del famoso retrato. De ella se hicieron dibujos y caricaturas; y hasta un famoso dramaturgo escribió una obra de teatro inspirada en su infructuoso matrimonio, llamada “La escuela de los escándalos”. La Duquesa, sin embargo, no supo entender esta adulación y comenzó a beber demasiado, a jugar a las cartas enormes cantidades de dinero, a subirse a los escenarios de café concerts, y a comenzar a cantar y bailar burlándose de todos. El descontrol era total. Su madre estaba preocupada, igual que su marido, que sí le importaba el qué dirán, pero nadie podía dominarla. Y muy pronto la joven comenzó a actuar cada vez peor, lo que la hacía sentirse culpable. Georgiana vivía en un continuo círculo vicioso. Su comportamiento era muy destructivo en medio de continuos embarazos. La Duquesa pasó muchos años sin concebir y perdió varios hijos en abortos espontáneos; incluso, las dos primeras criaturas que tuvo fueron dos niñas, algo terrible en esa época, porque era necesario que Georgiana tuviera varones que heredaran el importante título del ducado de Devonshire. Esto creó en ella más estrés, en especial, porque un día su marido le dijo que la razón de su matrimonio con ella había sido que le diera sanos herederos y que había fracasado. En este momento de su vida Georgiana conoce a una encantadora joven, muy infeliz y solitaria, que vivía separada de su esposo y tenía dos hijos varones, llamada lady Elizabeth Foster. Georgiana comprende la infelicidad de Bess y se siente tan atraída por la que veía como su mejor amiga o alma gemela. Le ruega que se mude con ella y con su el Duque. Lo que ocurre de aquí en adelante es ¡una verdadera parafernalia de engaños, embarazos, amores y desesperanzas. Muy pronto, Bess se hizo amante del Duque - quien dejó a su amante del momento y se enamoró locamente de Bess - y los rumores eran que esta también tenía relaciones homosexuales con Georgiana, aunque nunca fueron probadas. Aquella rara convivencia producía un torrente de escenas llenas de celos y de peleas entre las dos mujeres además de cartas de las que en los archivos ingleses quedan muchas pruebas. Cuando la Duquesa por fin tuvo un hijo varón - William George Spencer Cavendish, Sexto Duque de Devonshire - y el título de los Devonshire ya estaba asegurado, la Duquesa se sintió libre para buscar el amor fuera de su matrimonio. Aunque tanto Bess como Georgiana tuvieron affaires con el famoso duque de Dorset, el amor de la vida de Georgiana fue el Earl Charles Grey. Este era un político aristócrata que con el tiempo llegó a ser primer ministro, y en cuyo honor fue llamado el famoso té inglés Earl Grey, al haber sido uno de los políticos más destacados de Inglaterra. Su amor por Grey, y su amor por la política y el querer cambiar el orden de las cosas, se convirtieron en una pasión muy criticada por los demás aristócratas. Estos no entendían por qué Georgiana tenía que inmiscuirse en asuntos de hombres. Su pasión por sus tres hijos era impostergable, y este cariño natural a la infancia hizo que criara en el palacio de los Devonshire a la hija que su marido había tenido con una sombrerera, la que había nacido cuando ella se había casado con el Duque. Bess también tuvo dos hijos ilegítimos con el Duque, una niña y un varón, que también vivían en familia con el resto de los Devonshire. Aunque para ser discretos, Bess era enviada fuera de Inglaterra durante sus embarazos y después de dar a luz regresaba al palacio. Otros rumores afirman que uno de los hijos del Duque probablemente no era de él, sino del duque de Richmond, porque Bess al parecer tenía romances con cualquiera. Cuando Georgiana salió en estado de Charles Grey - que era a su vez casado y padre de 10 hijos - dio a luz a una niña llamada Eliza Courtney, la pequeña le fue arrebatada tan pronto nació. Fue criada en Londres por los padres de Charles como si fuera hermana de él y no su hija. Georgiana aparecía como su madrina y podía verla solo en contadas visitas a Londres. Aunque con el tiempo, los tres hijos de Georgiana con Devonshire sabían que Eliza era su media hermana, nadie hablaba de eso y no había relación alguna entre ellos. El duque de Devonshire se había indignado tanto ante el embarazo de su mujer, que la había enviado a la Provenza francesa - donde Bess la visitaba - sin un solo centavo, para que el Earl Grey la mantuviera hasta que diera a luz. Y para permitirle el regreso al hogar y a sus hijos, le hizo prometer que renunciaría a la niña tan pronto naciera. Después de dos años de ausencia, viajando por Francia, Georgiana volvió a su casa, donde Bess era la que daba órdenes a los 8 niños, legítimos e ilegítimos, de diferentes edades, que constituían la familia. La relación de este raro trío duró 20 años, hasta la muerte de Georgiana en 1806, con solo 49 años. Al final de su vida, una más madura Georgiana se convirtió en una mujer adorada por el pueblo inglés, quien la veía como una mujer rebelde, luchadora por la justicia y una gran matriarca. En su palacio también todos aprendieron a quererla y respetarla. Y dicen que incluso el Duque se sintió muy afectado cuando murió de una afección al hígado, probablemente su adicción al alcohol. Su hija Eliza se casó y tuvo cinco hijos. Murió en 1859. ¿Lo más curioso? Que a la muerte de Georgiana, el Duque se casó con Bess, quien se convirtió en la nueva duquesa de Devonshire. Meses más tarde, el insaciable y apasionado Duque ya tenía otra amante. Hoy, los descendientes de Georgiana viven en Chatsworth House, el palacio campestre donde han vivido los Devonshire por siglos.

Hasta pronto...