sábado, 14 de febrero de 2009

“La Duda”, una sinfonía inconclusa empedrada por el escepticismo.






















John P. Shanley y su intimista largometraje nos obliga irremediablemente volver a nuestra lejana infancia donde la Orden de los Jesuitas de San Ignacio de Loyola a través de sacerdotes, monjas y hermanos, se esforzaban con decidida constancia y genuina fraternidad, para moldear criteriosamente nuestras iracundas vidas bajo aquel modernismo educativo más excesivo, hoy anacrónico y desplazado, que nuestros padres - testarudos, empecinados y proclives - reforzaban con esa dosis de ternura que los tiempos y las circunstancias así lo demandaban. Es perentorio exigirle a nuestra memoria retroceder en el tiempo para hilar un afinado recuerdo de lo capital que fueron esos personajes anónimos de túnica negra y sonrisa plana que nos brindaron un sentido de esperanza surtido con amistad y porfía, por las diversas etapas de nuestro crecimiento, y que lucen impregnadas en nuestra personalidad presente. Cada día que pasa nos parecemos más a cuando éramos niños y por lo general aquellos cientos que nos formamos bajo los mismos códigos mantenemos ese cimiento de férreos valores que emana de nuestros sentimientos, porque esa era la plataforma del catolicismo de los setenta. “La Duda” es una entrañable película que nos devuelve intacta nuestra niñez y nuestras indescifrables sensaciones de desencanto y fascinación, nuestro miedo a las ocurrencias inciertas y nuestro reconocimiento a lo que significó la autoridad como norma. Shanley logra adaptar una historia con una sencillez inigualable que se aleja de lo rimbombante, estridente y lo petulante para centrarse en lo sublime, lo natural y lo moderado. No cae en el maniqueísmo crónico del personaje enfundado en odio y cinismo, sino en la realidad de aquellas estructuras mentales cerradas del pasado, que no tenían escapatoria más que el poder de la jerarquía – bien o mal constituída - y la estrictez de su aplicación. Así funcionaban las escuelas católicas de antes, provistas de una jactancia militarista implacable, pero sin viajar a los extremos de las luctuosas generaciones religiosas del pasado, aquellas que destrozaban cuerpos y almas.

Shanley nos desplaza hasta el Bronx de mediados del siglo XX, uno de los barrios populosos de la ciudad de New York y que toma su nombre del inmigrante sueco Jonas Bronck. Sería bueno destacar como complemento histórico, que hacia finales del siglo XVII cuando el Bronx era solo una colonia, la inmigración europea fue imprescindible para su crecimiento y arraigo, por las costumbres agrícolas y religiosas adquiridas, ya que se produjo una masiva llegada de italianos, polacos, suecos y holandeses. Posteriormente, a finales del siglo IXX empezaron a poblarlo inmigrantes alemanes e irlandeses quienes estaban dedicados a la construcción del ferrocarril. Hoy en la actualidad, el Bronx es el distrito con mayor variedad étnica de los EEUU siendo los latinos, hispanos y negros predominantes en partes iguales. También es vital el hecho que la parroquia de San Nicolás en donde Shanley plantea su largometraje, pertenecía a la Orden de San Agustín, más precisamente a los “agustinos recoletos” cuya visión filosófica se declara como un hábito de vida extendido hacia lo congénito de la interioridad del individuo. Recién en 1916 fueron reconocidos por la Iglesia Católica como una orden religiosa. Finalmente, son cientos los pensamientos hereditarios de los “agustinos recoletos”, pero aquellos acuciosos de la cinematografía, se darán cuenta enseguida de dos que están muy sutilmente expuestos por el magnífico guión de Shanley… el primero; “Por dos causas pecamos, o por no ver aún lo que debemos hacer, o por no hacer lo que ya vemos no se debe hacer; lo primero es el mal de la ignorancia; lo segundo, el mal de la flaqueza”… y el segundo; “En el hombre carnal, la regla de entender es la costumbre de ver. Los que suelen ver, creen, aquellos que no ven, no creen”. Bastantes objetivos desde lo puramente elemental y anecdótico.

Pues bien, si algo de excepcional tiene “La Duda” no es su intenso dramatismo, sino la composición argumental, su aguda premisa que expone resoluta un virtuosismo insospechado, no se interna ni se aprisiona en la médula del supuesto problema, ni siquiera lo llega a rozar, solamente lo insinúa, lo deja deslizarse tímidamente en la imaginación absorta del espectador, y nos seduce brutalmente para que nuestras prejuiciosas mentes pongan en rigor aquellas convicciones, creencias y especialmente nuestra comedida fe. De algún modo logramos sentir ambas vivencias de una contradicción que se ahoga en la incertidumbre de una feroz injusticia entre aquellos seres antagónicos, que no hay forma de descubrirla y menos de demostrarla. Ni por curiosidad me atrevería a nombrarla. Su grandeza está en suponer no en afirmar. Pero Shanley juega a mostrar visualmente, con astucia y desparpajo en el rincón más resbaladizo de la cornisa, ahí donde la premisa se mantiene incólume, minuciosa e invulnerable. Como siempre hemos sostenido en este blog, la idea principista es que acudan al cine y observen la película para que se enfrenten - en este caso - crudamente al dilema moral y lo puedan diseccionar en su justa medida, pero de acuerdo a sus certezas o vacilaciones. Es una excelente posibilidad de internalizar un tipo de cine heterogéneo, extraído del teatro eclesiástico pero sin esa destreza, dramatismo y poderío argumental que éste respira y contiene. Son dos cosas diferentes pero visualmente parecidas, como una partida de ajedrez y una de damas.

La historia de la parroquia de San Nicolás a mediados de los sesenta nos narra una profunda escaramuza dialéctica que involucra dos posiciones antónimas, paradójicas, una más bien provocadora e insustancial, y finalmente aquella decisiva en la resolución del entresijo. Por un lado, la hermana Aloysius Beauvier - magistralmente interpretada por una portentosa Meryl Streep - principal del colegio de la parroquia. Una mujer inflexible, rigurosa, de voluntad y convicción inquebrantables, de mirada escrupulosa, estampa ceñuda, de temple ejemplar y tenaz, prototipo de aquellas mujeres de hace 40 o 50 años cuya solidez moral era pétrea y cuyo invariable objetivo era el orden y la correcta formación del individuo, desde la doctrina que pregonaba. Shanley tiene la entereza de no estigmatizarla como un ser plagado de odio, rencores e inquinas, muy por el contrario, la expone como ataraxica, susceptible y hasta compasiva, pero no lo demuestra porque esa no puede convertirse en una virtud ante la contemplación ajena. Quizás muchos de ustedes no notarán la descripción que hago pero analicen cinematográficamente el comportamiento de la Streep. La posición antípoda a la de la hermana Aloysius la representa el padre Brendan Flynn - interpretado imponentemente por un circunspecto Philip Seymour Hoffman – un sacerdote que tiene como ministerio realizar la misa, predicando el evangelio para luego fundamentar su homilía o sermón dominical, no siempre ajustado a los canones estrictos sino tomando riesgos de un modernismo adelantado. Su labor es pastoral y gira alrededor de la iglesia y no precisamente en el entorno del colegio. No tiene un contacto fluido con los niños a menos que estos le soliciten consejería espiritual. Se divierte con algunos enseñándoles a jugar basketball, pero no tiene incidencia en el desarrollo estrictamente escolar. Flynn tiene una concepción distinta del adiestramiento que aplica metódicamente Aloysius. Flynn es conciliador, seductor, clemente, bonachón y hasta caritativo. Busca la firmeza de la autoridad pero con el ejemplo, el diálogo y hasta la broma o risotada, no impone, ni incrimina, tampoco increpa y menos ordena. Quizás su forma de ser no cuadra en los objetivos de formación de la escuela pero sus modos son encantadores, sugestivos y cordiales hasta con la mismísima Aloysius. Un personaje con un inmenso caudal de aire fresco, renovador y hasta vivaracho. La tercera en discordia es la bella y aniñada hermana James - imperdible interpretación de Amy Adams - una desordenada profesora de historia - la hermanita de la caridad - quien va llevando con simpatía pero a duras penas su curso y la conducta de sus alumnos. Es metiche, mediadora e indulgente aunque está obligada a jugarse el pellejo por la dureza - el absolutismo moral - o la blandura - el relativismo teológico -. Es justamente la hermana James, quien comete una infidencia sin mayor sustento – relaciona al primer alumno afroamericano de la escuela con el padre Flynn - y logra propiciar el ambiente tan oportuno como nefasto para el duelo esperado entre la Streep y Seymour Hoffman, que si bien es cierto tiene en cada quien una actuación de altísima técnica interpretativa, incluyendo gestos y detalles casi imperceptibles, no logran la plasmación de un clímax dramático y conjugado entre ambas posiciones. Los diálogos no se entrecruzan en forma pertinente e irrebatible ni en contenido ni en la modulación de las intensidades vocales. Esta no es ninguna excusa disfrazada, es simplemente una observación que sustento. La escena logra ser brillante pero mutilada y con algunos innecesarios silencios. La Streep quizás logre una actuación más redonda que Seymour Hoffman - lo increpa y golpea certeramente - aunque éste se logre exhibir axiomáticamente conmovedor. Finalmente aparece en acción una actriz que hace lo que se tiene que hacer en un papel secundario, sostener la trama caliente y a la actriz protagónica diligente y decidida. Viola Davis es su nombre y hace un corto pero estremecedor diálogo con la Streep. Un cruce de palabras y miradas que nos congela y hierve la sangre, por lo profundo que asoma y duele. La madre de color invocando resignación y reconocimiento al sacerdote que le da valor a su pequeño hijo, que se desgarraba entre la discriminación de la escuela y su padre biológico desorientado, mientras la Streep escucha con la impavidez de las circunstancias y la fría e irreversible decisión ya tomada. Quizás sea la escena más radicalmente realista de la película o el desenlace preminente de lo indigno.

Puede ser que no estemos ante una obra tan drástica como lo fue en su tiempo "Agnes de Dios" de Norman Jewison, donde el conflicto se vincule sin atavíos con argumentos puramente eclesiásticos y durísimos cuestionamientos, supresiones y desarraigos morales, o como "Nattvardsgästerna" o quizás "Säsom i en spegelpero", magistrales obras de Ingmar Bergman en las que también se impulsa maestramente la profundidad de la temática religiosa, pero nos encontramos ante una formidable puesta en escena. Nos relacionamos con temáticas que enfrentan posiciones no doctrinarias sino personales - machismo y feminismo - y eso dentro de un contexto religioso siempre discutible e incierto cobra resonante vigencia. Quisiera rescatar la fotografía del maestro Roger Deakins, el guión y la dirección magistral de actores que hace Shanley. Para terminar, existen iniquidades que no pueden quedar en simples anécdotas. Me parece mezquino que un largometraje de esta tesitura cinematográfica no haya sido nominado por la academia. En todo caso habría que pedirle explicaciones a los casi 5,000 miembros votantes, que más parecen interesados en desprestigiar una ceremonia añeja que a darnos muestra que la cinematografía debe avanzar prolijamente y jamás retroceder sospechosa. Quizás la crisis actual ya no los obligue a bailar Hip Hop - ritmo musical creado en el Bronx - sino a observar apretando los dientes una contagiosa coreografía hindú. Excelente película, maravillosas actuaciones, una historia desconcertante, de diálogos punzantes, de lecturas escondidas entre delatoras imágenes y un sinfín de recuerdos emotivos. Qué más se puede pedir a mediados de un mes como este, donde se celebra el día de la amistad. Hasta la próxima.

PEPE DERTEANO MUENTE