domingo, 22 de agosto de 2010

"La Pontífice", Sönke Wortmann expone el crossdressing en el Vaticano.












































Antes de abordar la temática del film, resulta insólito cómo se puede atropellar con descomedida testarudez la traducción de un vocablo. Escribir un título como “La Pontífice” es un yerro elemental a la vez que escandaloso. Por extraño que resulte, “Papisa” es el femenino específico del significado de sumo pontífice romano, vicario de Cristo, representante de Dios en la tierra etc. Por lo tanto, no estamos ante una paráfrasis mecánica o una de tipo constructiva, sino ante una deshonra de la semántica lingüística. Aclarado el solecismo. Si nos ubicamos en nuestros días y anclamos en la capacidad que han conquistado las mujeres como un concepto vital del rompimiento de una estructura brutalmente patriarcal -predominante en el siglo IX donde se sitúa el film- no llamaría demasiado la atención, salvo la copiosa legión de retrógrados intelectuales que alimentándose con torpeza, no logran vislumbrar que una excelentísima dama fuera a ocupar el trono de Pedro. Es más, si la Iglesia Católica modernizara su núcleo integrador -como los fieles así lo vienen demandando desde hace mucho- y dejara atrás sus arcaicos complejos, sumados a ese machismo vertical tan cursi y despectivo -que la ha transmutado en el hazmerreír de las mayorías pensantes- una fémina ya le hubiera impuesto prolijidad a tanto desatino y soberbia. Hubiera querido mencionar en anteriores entradas, algo que tiene relación con la segregación o la exclusión católica. Hace poco, estuve en Argentina justamente cuando se aprobó el matrimonio entre homosexuales y la adopción de menores por estos. La ley se tragó a la religión. Seguí con interés el touché para despejar un poco el ocio, y entre opiniones que iban y venían escuché una excepcional de un homo, dicha además con efervescencia y dignidad: Absolutamente nadie se enamora de hombres o mujeres sino de personas. Una verdad a prueba del más desarrollado armamento discriminatorio. En nuestro país, ya deberíamos guardar en el armario la necedad y la mojigatería. Cuenta la historia antirreligiosa más recalcitrante, que el 45% de los Papas que manejaron Roma entre los años 482 y 1,780 tuvieron inclinaciones homosexuales. En esa época era una afrenta que se le atribuía al demonio, sin embargo, existió el mutismo y la complicidad. Hoy existen iglesias metodistas anglicanas cuyos pastores son confesos homosexuales que se dedican a la caza de sus pares, es decir, en casa del herrero cuchillo de madera. Porqué no pensar entonces, que los protectores de la imagen eclesiástica ocultaron la vida ejemplar de una mujer que llegó hasta donde lo hizo por su imperturbable coraje, fe y erudición. Claro, los contras aducirán que la película del alemán Sönke Wortmann se cimienta en el famoso bestseller escrito por la norteamericana Donna Woolfolk, y que el brillo como el ascenso del personaje es una fábula sacada a flote por los paganos del medioevo, incluso malvendida como una leyenda ejemplificadora. A esto, agregan que su veracidad no ha sido probada, siendo casi "un imposible" hacerlo en términos reales. Seguramente tienen algo de razón. Sin embargo, los historiadores debatieron años al respecto, pero nunca se pusieron de acuerdo, y justamente la Woolfolk se aferró de esas dudas que quedaron en el aire. Quizás haya un 99% de probabilidades que la historia de la Papisa Johanna sea solamente una entelequia -ojo que una de las cartas del tarot es nada menos que la de la Sacerdotisa- pero el mínimo porcentaje que resta, dada la reputación del catolicismo, resulta suficiente para imaginar que algo taciturno y silencioso sucedió con los archivos ultrasecretos del cristianismo. Fui educado en un colegio jesuita, y por consideración a los valores que me inculcaron ciertos padres, hermanos y maestros -que siempre he agradecido y los tengo en alta estima- no voy a explayarme como quisiera, pero puedo asegurarles que cuando pasan los años uno empieza a profundizar en algunas materias y se va poco a poco despabilando. Ciertamente nos encontramos frente a una ficción religiosa, y por eso le daremos un trato meramente cinematográfico. Sin embargo, es propicio revisar los nombres de los dominicos Jean De Mailly y Martín de Opava, para ahondar en este nudo histórico. Brevin afirmó: “En la capilla de San Salvador, se encuentran varios asientos de mármol con aberturas en sus contornos; sobre estas sillas se realizaban la verificación que permitía conocer si el Papa pertenecía al sexo masculino". Igualmente, El clérigo galés Adam de Usk, quien participó en las ceremonias de advenimiento del Papa Inocente VII, señaló: El Papa desciende de su caballo para ser entronizado e ingresa en la Iglesia. Allí se sienta sobre la "silla de pórfiro" con el asiento perforado, a fin que el cardenal más joven verifique su virilidad mediante el tacto testicular. Es poco creíble que los Papas tuvieran que probar su "virilidad" y no su condición de masculinidad. Si eso fuera así, habrían razones para descartar la existencia de la Papisa. El problema radica en que estas dos tesis se sostuvieron en 1404, es decir, cerca de 600 años después de Johanna. Sería bueno que consiguieran la novela de la Woolfolk: La Papisa Juana. Pues bien, la película explora con sencillez las tres etapas de Johanna. Su niñez, adolescencia y adultez. Wortmann logra delinear con criterio estos periodos donde expone con una narrativa lineal eficaz en algunas circunstancias que van plasmando la personalidad de Johanna, el despiadado entorno que en esos tiempos predominaba, y el desarrollo posterior del plot principal. Las mujeres tenían vedado el acceso al conocimiento -puntualmente a la escritura y la lectura- y nulas ocasiones de prosperar. Eran objetos cautivos de los hombres, siendo su principal función la labor doméstica. A principios del siglo IX varios sacerdotes ingleses migraron a Alemania buscando convertir sajones al cristianismo. El padre de Johanna, un monje comunitario de Maguncia, ocultó a su familia para tapar el embarazo de su mujer, una pagana de nobles sentimientos. Era un sujeto ceñudo, de ideas ultra-conservadoras, que prefería un hijo varón para poder instruirlo y sacarlo de ese mundo de oprobio e ignorancia. En esa época, la única alternativa para el estudio era la carrera eclesiástica. Sin embargo, la madre parió una nena intelectualmente superdotada, que con el transcurrir de los años, la ayuda de su hermano Matías, y el consejo del maestro griego Esculapio, logró romper el yugo paterno aprendiendo no solo a leer y escribir con una facilidad asombrosa, sino a traducir textos completos al griego o latín. Esta primera parte del film denota una descripción textual de los hechos con particular interés de Wortmann en centrar el relato en la lucha de la niña por el aprendizaje, la estrictez paterna, las peripecias de Johanna y el descubrir una posibilidad de germinar. No existen transgresiones en el relato. Todo está construido con diligencia, la fotografía impresiona con marcada permanencia en la iluminación tenue y la musicalidad acentúa con énfasis los contenidos más seductores de la trama. La narrativa en tercera persona está sostenida con sumo cuidado lo que -al margen de ganar tiempo- le da un matiz apreciado en el cine religioso. En la segunda mitad del film -cuando Johanna decide independizarse- Wortmann pasa a la acción y le pone mayor energía a la narrativa cambiando con acierto el ritmo manifiesto por uno más ligero y atractivo. Mantiene intactos los aportes de la fotografía, la música y deslumbra en ciertos pasajes con la dirección artística -el retrato de una Roma casi en ruinas es formidable-. Se implementan temáticas directamente relacionadas con la premisa argumental: el ocultamiento de la verdadera sexualidad de Johanna. También se tocan algunas claves del temperamento vital del personaje, la edad del amor, su inquietante estancia educativa, el pasmo de sus compañeros monjes, sus deseos de ponerse al servicio de los designios de la fe católica, su entereza para hacer el bien, su periplo en Roma etc. Si hay alguna parte del film donde Wortmann sobrecoge es cuando decide el trueque de la bella actriz Johanna Wokalek -de rasgos angulosos y mirada penetrante, incluida la palidez de su rostro- al hábito de fraile que le daba la catadura de un joven monje bien parecido. Esto, sumado a la relación con el Papa Sergio -actuado estupendamente por John Goodman- entremezcla con agudeza un cine multigéneros que a pesar de un perfil tabú puede llevarse con ciertas dosis de humor y dramatismo. Cuando ya es elegida Papisa, la aún joven Johanna hace gala de su sabiduría en el ejercicio del pontificado, confiere órdenes a prelados, sacerdotes y diáconos; consagra altares, administra con prudencia el sacramento, compone varios prefacios para misas, y comanda hábilmente la política de la Iglesia. Quizás Wortmann no logra manejar con similar inquietud la fase del embarazo, pero siempre su narrativa luce equilibrada. También es apreciable la parte afectiva que impulsa Johanna, hasta entonces pura, elige un amante, de quien se enamoró sin esfuerzo. Le brindó su cuerpo y alma, lo colmó de honores, se aseguró de su discreción, y nunca le demostró un amor desenfrenado. Su verdadera pasión era Dios. Resumiendo, Johanna de Ingelheim, mujer erudita de carácter férreo, no se conformó con las tradiciones que caracterizaban a la sociedad medieval. Instruida en el arte de las letras, los idiomas y la medicina, Johanna adopta la personalidad física de su hermano muerto para ingresar en el monasterio de Fulda, donde da comienzo a su vida monacal. Allí, convertida en el hermano Johannes, destella como un extraordinario escolástico. Enviada a Roma, pronto se verá inmersa en la compleja trama de intrigas políticas y amorosas que envuelve a los estados pontificios. Superando paso a paso todos los escollos, Johanna es elegida Papa (Papisa) el año 855 con el seudónimo de Johannes Anglicus. Aunque hoy es recordada como un personaje mítico, su existencia fue reconocida durante largo tiempo por la Iglesia Católica, para posteriormente ser negada a partir del siglo XVII. Sea mito o realidad, este buen film alemán dirigido con acuciosa retina por Sönke Wortmann, recrea con una consistente narrativa y dejando mensajes regados por caminos de sacrificio e infelicidad, un acercamiento seductor hacia un ser humano maravilloso, una heroína apasionada cuya única ambición no fue el poder sino su envidiada erudición, su inquebrantable fe y su incansable amor por el prójimo. Imperdible. 100% recomendable. Hasta la próxima.