domingo, 26 de septiembre de 2010

“Ella”, Lombardi articula el deniego con la confabulación.


















Con la perdida de Don Armando Robles Godoy, Lombardi queda como el referente vivo más conspicuo de la cinematografía peruana. Hace pocos meses nos enteramos que fue premiado por su loable trayectoria en el Festival de Chicago. Les había adelantado en el post sobre “Un cuerpo desnudo” (a mediados de Noviembre de 2008) que el tacneño se merecía la gratitud del gobierno por el aporte hecho en aras de la difusión del cine peruano en el extranjero. También afirmé que de proveérsele esa cortesía no se realizaría en el Perú sino fuera del mismo... y no me equivoqué. Tampoco obraron en vida con el maestro Robles Godoy. Una vez conocida la noticia de su fallecimiento, la mayoría -obviando contadas excepciones- de esa compacta peste de críticos mediáticos se desnucaron en elogios tardíos engarzados con una excelsa certeza de la estupidez y la mácula. ¿¿Se hará lo mismo con Lombardi?? ¿¿Se tendrá que esperar a que siga el trágico final del maestro Robles?? Nuestro país tiene ya un Ministro de Cultura -se menciona en el blog político “menos canas” que el mentado ciudadano es uno de los piratas cinematográficos más ilustres que ha pisado polvos- y éste, más allá de la ética política que lo demuela o lo salve, debería tener agendado el condecorar a quien demostró decoro. En el arte de la cinematografía son dos los nombres que brotan desde el sentido amplio de la justicia: Don Armando Robles Godoy (honores póstumos) y el señor Francisco Lombardi. En la vida hay que ser agradecidos y los peruanos que sienten afinidad para con el arte, desde el distinguido o minúsculo lugar que ocupan, están en la obligación de ponerse los pantalones y hacer algo. De lo contrario, no merecen el respeto ni siquiera de ese chimpancé con neuronas de metacrilato cuyo seudónimo alude al diablo en cantidades ridículas.

“Ella” es de aquellas películas que hay que observarla con paciencia... Hugo Soldevilla me decía cuando nos dirigíamos a la reunión del viernes pasado, que hasta para ver cine hay que tener oficio, y no le falta razón. Lombardi (que hace cine en serio) extiende con aplicada introspección el estilo que ejercitó en “Un cuerpo desnudo”, un film donde supo enhebrar una trama en la cual sus sandungueros personajes masculinos fluían en los límites de un terreno aceitoso por donde se escurrían afligidos, sobresaltados y cómplices, luego de una solemne borrachera. En esa ponencia predominaban vínculos análogos, pretensiones gemelas, delirios colectivos, y el cuerpo poco sensual de una mujer occisa -o quizás dormida- como motivo central. En “Ella”, mantiene firme parte de ese arte expresivo aunque sin extremar la ecuación. Los objetivos centrales tanto como los periféricos son claramente desemejantes. El ritmo narrativo es acompasado, el audiovisual resulta prolijo, la historia luce más cerrada (una sutil demostración de minimalismo e intimismo) envuelta en un triángulo pasional pero que se respira y desdobla finalmente entre dos. El uso apropiado de los dispositivos virtuales de moda hace que Lombardi se introduzca en una textura narrativa más dinámica, fresca e innovadora... La mujer accidentada -su nombre es Luna- es tan solo la ingeniosa coartada que Lombardi instala para que el argumento pueda sostenerse de modo perspicaz hasta que empiecen a destrabarse los nudos del desenlace. Lombardi acierta porque captura el interés del espectador al no dejarle espacios para pensar o imaginarse un final acorde con el desarrollo de las peripecias. Maneja la imprevisibilidad con tacto, nervio y virtuosismo. Ahí demuestra que dentro de las serias limitaciones que tiene para filmar, tiene una envidiable capacidad para sumarle jugosas cotas de valor agregado a su impronta cinematográfica. La traza argumental sugiere desligarse de una estética portentosa, diálogos perversos o explicativos, partituras que conmuevan, dramas encandilados o acciones desbordantes. Prevalece la búsqueda en el interior de dos arruinados contrincantes expresada en un instinto obstinado que queda enclavado en posturas como la lasitud, el sufrimiento, los celos, el egoísmo, los recuerdos, la negligencia, la creatividad venida a menos, el fanatismo machista, la mujer como objeto, el miedo al abandono, la soledad, el encierro, el adulterio, el arte y la aceptación de lo circunstancial. Hay muy poco en cuestiones determinadas por la emoción, los mecanismos de la intensidad no encuentran espacio suficiente, el suspenso hace acto de presencia menor, el thriller amaga con tomar partido pero se esfuma con rapidez, se vislumbra algún detalle de un camuflado cine policiaco, el romance se auto elimina y un resolutivo Lombardi se retoza hábilmente estimulando un surtido juego de personajes combinando las obsesiones de uno -al que lo aísla con brillantez al meterlo en una burbuja que lo calza perfecto- con las ilusiones truncas del otro. Los enfrenta desarmados en una escena milimétricamente elaborada y con un giro estupendo articula el deniego con la confabulación. Retrata con minuciosidad al hombre exitoso pero macilento, presa de la desesperación y el caos creativo, asiduo asistente a la irreverencia de sus propios fantasmas sin percatarse de lo que acontece a su alrededor. Siempre provisto de vodka -Lombardi sube un par de peldaños sociales y fustiga al pisco- supone que llenar de comodidades a una joven la hace una propiedad inmueble, un ser sometido y sin necesidad de afectos o derecho a pataleo. La deidad de sus creaciones pictóricas trata de escapar de una rutina pestilente, tremebunda y asfixiante, de la mano de un segundón acobardado al que le tienden una trampa virtual donde cae redondo, y a partir de de ese detalle puntual, se va llenando poco a poco de valor para luego entregarse a los brazos de la fatalidad, previa catarsis violentista sin retorno y con olor a contubernio.

Pero no todo queda ahí. Lombardi es un hombre de códigos rigurosos, consecuente con sus principios cinematográficos, pero últimamente mucho más dúctil con los vaivenes de su apreciable dirección de actores, y hasta del mismo guión -incluida la tecnología de la información- por lo tanto, existen pasajes que resultan formalmente improvisados aunque pudiera parecer lo contrario. Esos me parecen indicios del evolucionar y no del conformismo. Las premisas argumentales están siempre acordes y se van sucediendo con soltura. Lombardi sabe lo que hace y sobre todo hace lo que quiere para diferenciarse del resto, y lo consigue... El papel protagónico no se lo puede enajenar a cualquier actor, tiene que ser uno especial, alguien que no se embriague en su insolvencia, que esté dispuesto a jugarse los testes, además de impresionar con su talento y compromiso para rozar la perfección en las continuas mutaciones de matices expresivos que se requieren, sean estos en rostro, cuerpo, parlamentos y estados de ánimo. Para ese pintor sin ideas pero de talante exitoso, de pincel extasiado con el retrato discordante de la mujer amada, hace falta un absorbente camaleón despreocupado e hipersensible, un intérprete corajudo que se enfrente a situaciones límites, que sea un intermediador de toda la historia, y que sienta el personaje como si se tratase de su propia y conflictiva existencia. Su misión radica en luchar contra sus intrigantes debilidades, amar u odiar, pensar y decidir, seguir o parar, indagar y desentrañar en cuestión de minutos o segundos algunos escapes taponados. También nos debe transmitir cabalmente sus titubeos y convicciones, su ofuscación y su sensatez, su perversidad y su lealtad, su manumisión o su condena, y varios desasosiegos más. Lombardi juega seguro sus fichas y da en la cabeza del clavo al convocar a Paul Vega -el más completo actor que hay en el Perú hoy en día- quien se carga el personaje con limpieza y lo convierte en el catalizador donde empiezan y acaban todos los elementos inmersos en el tejemaneje que Lombardi imagina... Pero no todo es color de rosa en la dirección de actores. La actriz mexicana luce con pericia sus atributos físicos aunque actuando -salvo cuando está congelada- es una compilación de desatinos. Cierto es que le falta letra y tiempos, pero sus desviaciones la alejan no solo de la credibilidad básica que corresponde a una artista sino del nivel de asistencia que requiere Paul Vega para hacer crecer al personaje del retratista... Rómulo Assereto está aún inmaduro, le falta meterse entero en la piel del personaje. No me sedujo su actuación aunque sus méritos cuando pone en aprietos al personaje de Vega en el taller de éste, y en su condición de amante consumado de Luna, existen. Si bien resbala en la sobre-actuación, no vocaliza con propiedad y su gestualidad lo traiciona, su presencia si se llega a vislumbrar con cierta potencia. No es que quiera bajarle línea pero tiene para pulir algunas cosas... En todo caso habría que preguntarle a Lombardi qué pasó... No confundamos al actor de cine con el de televisión o teatro. Es raro -no imposible- que actores y actrices dominen los tres medios con la misma eficiencia y rigor escénico... En cuanto a la trama no es compleja de seguir y cuando observen el film fijense que por momentos parece apagarse pero inmediatamente vuelve a prender. Noten también la limitante nitidez de los colores y sus contrastes en la proyección. La película parece haber sido filmada en digital lo que le resta una mejor resolución... A Joanna Lombardi no solo le pusieron alguien al lado sino que además le recortaron la chamba porque su padre trabaja más las imágenes, silencios y elipsis que sus acostumbrados diálogos. Me gustó la atmósfera opresiva que logra Lombardi, la fotografía -salvo su supuesto formato digital- no tiene desperdicio (la iluminación luce sombría, oscura y grisácea en su mayor parte), la locación interior bien implementada -es un personaje más tan importante como lo fue en “Un cuerpo desnudo”- y los exteriores sencillos sin demostrar exhuberancia. En resumen, Lombardi construye otra buena película, una historia bien pensada, plasmada con corrección, dotada de una narrativa que perfila, alarga y mejora el estilo de su último film, y que aporta la sabiduría y experiencia del realizador. Explica una historia singular y concreta, exenta de moralinas y atemporalidad. Le interesa sólo la creación de un drama humano desgarrador, intenso y apasionante. No habla de las consecuencias generales de la infidelidad sino que se limita a desarrollarla en un contexto específico. A pesar de que parezca una frase retórica: Lombardi se da maña para seguir creciendo en la consolidación de nuevos proyectos... Exhibirla junto a El secreto de sus ojos me parece impropio y me imagino que Lombardi no tiene mucho que ver en esta burda decisión. Me juego a que los distribuidores y exhibidores volvieron a comportarse como esos mozos de restaurantes de medio pelo: desatentos y poco prolijos. “Ella” merece ser vista porque Lombardi hace un destacado trabajo y porque el actor peruano Paul Vega nos asombra con su ya manifiesta madurez interpretativa... Si se hubiera mudado a conquistar otros mercados sería un actor de talla internacional. Un mensaje para los marqueteros de la película. Traten de ponerse las pilas con las fotografías en Internet. No descuiden una película que vale la pena publicitarse. ¿¿Lo sabrá Lombardi??

Quería aprovechar para agradecer a la familia de Uchi Gamboa por la cena de anoche a la que acudimos con Miguel, Bruno y Erika. Son una familia encantadora y en esa casa se respira amor y compañerismo. La colección de vinos de Don Patricio Gamboa (chileno de nacimiento) es impresionante. La comida una delicia y tanto las hermanas como las primas de nuestra heroína... "califican". Hasta la próxima.