lunes, 20 de septiembre de 2010

“Ni uno menos”, el derecho a la educación.


Si existen directores chinos cuyas contribuciones dentro del arte fueron vitales para que en su país surgiera la auto-crítica y se ventilara la una mínima posibilidad de la inclusión gradual en la senda de los valores democráticos, dos nombres encabezan la lista: Chen Kaige –“La tierra amarilla”, “El rey de los niños” y luego la notable “Adiós a mi concubina”- y Zhang Yimou con dos películas emblemáticas: “Sorgo rojo” y “La linterna roja”. Lamentablemente el régimen totalitario ensimismado en una arbitraria torpeza desestabilizó los intentos por alinearse al movimiento cultural emergente. Ni Yimou ni Chen Kaige fueron tratados con indulgencia pese a excepcionales conquistas cinematográficas logradas en los festivales de Venecia, Cannes y Berlín... Años después Zhang Yimou incursionaría en la propuesta masiva con sus vistosos largometrajes acerca de las artes marciales... Pero lo que apasionaba al Yimou de los ochenta y noventa era la extravagante belleza de la mujer china aún no internacionalizada. Dos ejemplos son más que suficientes. El estilo refinado y sagaz de la actriz Gong Li fue su mayor descubrimiento, acompañándolo decididamente en sus primeras siete películas realizadas durante igual cantidad de años. Lamentablemente ambos confundieron los sagrados códigos del romance oriental con los del trabajo y terminaron separándose. Luego, hizo debutar en pantalla el juvenil encanto de la sutil Zhang Ziyi en “El camino a casa” -la obra descollante y de mayor profundidad que pude observarle al realizador chino-. La premisa argumental gira alrededor de una inquietante historia de esos amores proclamados como intensísimos, pero además dotada de una electrizante naturalidad y un abierto desprendimiento de las agraviantes posturas inclinadas a la chabacanería y el engreimiento... Como ya conocemos, Zhang Ziyi tomaría notoriedad con la ganadora del Oscar, “El tigre y el dragón” de Ang Lee y posteriormente con la espléndida “Memorias de una geisha” del norteamericano Rob Marshall.

El pulcro sentido de la estética que propugna Yimou en sus films, la composición sin desmanes de sus planos a través de una fotografía tan diligente como descriptiva son sus características más taxativas. Quizás “Ni uno menos” no sea precisamente la expresión palmaria de una propuesta estrictamente esteta pero es innegable que tanto el contenido que brota del guión así como la puesta en escena poseen un atractivo especial al plantear y sostener una tendencia desacostumbrada de las temáticas formativas de cualquier ser humano y su entorno micro-social... Hemos visto a lo largo de los años películas que tratan criteriosamente sobre lo que significa la educación desde ópticas contrapuestas. Desde las tramas más expresivas acerca de la reforma de menores con la genial “Zéro de conduite” de Vigo, “Les Quatre cents coups” de Truffaut o “Kaspar Hauser” de Herzog, como aquellas donde la estoica enseñanza a discapacitados resulta aleccionadora: “The Miracle Worker” de Penn, “Gaby, A True Story” de Mandoki o “Educating Rita” de Gilbert. También hay cintas que abordan la impronta social entre alumnos y maestros: “Goodbye Mr. Chips” de Woods, “To Sir, with Love” de Clavell, “Padre Padrone” de los Taviani o la magistral “Entre les murs” de Cantet, para finalmente tocar –como señaló en el titulo de la entrada- el derecho a la educación, y donde se sitúan además del film de Yimou desgarradores dramas relacionados con esa mágica combinación entre la indigencia y la esperanza: “The Color of Paradise” de Majid Majidi “Takhté Siah” de Samira Makhmalbaf, y la excepcional “Turtles Can Fly” de Bahman Ghobadi. Evidentemente no estamos ante los designios filosóficos de ilustres educadores como Comenius, María Montessori, Ferrer Guardia o Paulo Freire aunque Yimou nos hace un repaso –quizás sin proponérselo- de lo medular de sus pensamientos pedagógicos, más allá de una derivación nomológica del confusionismo.

Sin embargo, lo que pretende acertadamente Yimou en la trama es escapar de la concepción de ese magisterio acomodado en la verticalidad de los vínculos entre aprendices y preceptores. Su excusa resulta simplona pero novedosa, porque la ubica fuera de un contexto repetitivo y burdamente direccionado. Al principio se aleja por completo del mundo urbano contemporáneo para terminar usándolo como catalizador de un desenlace humanista previsible. Mira de reojo al maestro que está en la obligación de constituirse como un Junzi moral, un ser privilegiado, cuya inteligencia, honestidad y virtud lo diferencien del resto de los humanos. Yimou no cree en el gestor cultural omnipotente y se refugia en una achacosa escuelita cincuentenaria, sin recursos, oculta entre las montañas de una China olvidada, confinada en un cordón de miseria extrema, con un maestro que se ausenta, y desde ahí va tejiendo una historia que busca congeniarse con la bonachona parábola del sacrificio, la autodisciplina y el rescate de los valores nativos. El eje narrativo que desarrolla el asiático privilegia la cotidianeidad de una pequeña maestra sustituta de tan solo 13 años que tendrá que lidiar con 30 infantes a cambio de una cantidad ínfima de dinero. El nombre de esta maravillosa petisa es Wei, y sus funciones no son precisamente la de una prolija educadora –su sentido de la enseñanza es tan ineficaz como inexistente- sino una especie de niñera a tiempo completo. Pero lo que le falta en credenciales le sobra en determinación, honradez y ecuanimidad. Asume equivocadamente que sus honorarios le serán cancelados en algún momento, y todo se reduce a un bono adicional –también de dudoso término- que será entregado por el alcalde siempre y cuando los 30 mataperros no abandonen la escuela y sigan asistiendo e integrándose. Wei es una niña crédula, y sabe que el dinero no suele ser una motivación principista. Zhang Yimou hace un magistral planteo de los nudos de acción, que aparte de incrustarla en los roles de una líder procaz, la construye como una más de los supervivientes de la escuelita –los iguala rompiendo jerarquías- y la sume en una irritante precariedad de recursos. El único material disponible son algunas tizas blancas que deben de ser gastadas con prudencia. Las privaciones más elementales de la aldea no se limitan a la escuela, algunos de los niños duermen en la misma junto a Wei porque no tienen otro lugar donde habitar. Muchos estudiantes habían abandonado las clases para trabajar y ayudar económicamente a sus familias. Wei con su rostro angelical, casi inconmovible, paciencia limitada y moralmente genuina, se enfrenta a los desafíos del destino involucrando a cada uno de sus compinches, los mismos que logran mimetizarse con su misión, y la apoyan con descontado entusiasmo en su aventura cívica. Si bien es cierto, Wei casi siempre deja a los niños condenados a su suerte, se logra dar cuenta que más allá de los caprichos puede rescatar sus voluntades para ir en búsqueda de lo que siente y quiere cumplir. Es importante fijarse en la comunicación que va logrando con los chicos... Zhang Yimou mantiene la historia en movimiento, permite que Wei pueda crear diferentes estímulos en sus aliados para consolidar el sentimiento grupal. Organiza traslados de ladrillos de un lugar a otro para obtener dinero, y viajar en autobús a la ciudad para rescatar a uno de sus alumnos –el más travieso- llamado Zhang Huike, el mismo que de un momento a otro desaparece de contexto y fuga a la ciudad para establecerse sin lograrlo. Acá nos encontramos con una constante en el abuso de menores, concepto muy arraigado y de moda en nuestra sociedad latinoamericana de hoy... Ese nexo que potencia la montaña o el campo con la ciudad resulta útil para comprender la dimensionalidad del personaje de Wei que arriesga todo con tal de encontrar a un mendigante Huike. Y es precisamente en ese traslape fílmico, que Yimou da un giro de tuerca categórico y sitúa a Wei en la gran ciudad, un lugar ajeno donde a pesar de estar y sentirse en tierra de nadie logra desarrollar una cantidad respetable de códigos de salvataje que finalmente rinden sus frutos...

En resumen, un notable film que rompe esquemas tradicionales, personifica conceptos de supervivencia en niños y no en adultos, la fluidez narrativa es consecuente con el ritmo parsimonioso y sobre todo con imágenes llenas de meta mensajes. Una película de personajes, entornos y dramas existenciales que coquetea más con la aventura infantil que con la teoría educativa.
Bajo la apariencia de una delicada belleza audiovisual y de un vibrante lirismo de situaciones, en la obra de Zhang Yimou late una clara y decidida voluntad de reforma social y una vibrante reivindicación del respeto a los derechos humanos tan pisoteados: los de la educación, los de la mujer, los de la libertad personal. Los de la conciencia frente al aparato del estado o los de la libre expresión de pensamiento. Para quienes no la vieron traten de conseguirla y entenderán a partir de que criterios un país como la China puede darse el lujo de ser una potencia actual y quizás la mayor en el próximo siglo. Finalmente, el inspirado primer film de Truffaut -“Les Quatre cents coups” o "Los cuatrocientos golpes" dedicado a la memoria de André Bazin fue el detonante de la llamada "nueva ola francesa". No es inconsecuente señalarlo porque justamente el basamento de este importante hito en la historia de la cinematografía francesa y universal nace en una propuesta acerca de la educación. Casi nada. Hasta la próxima.