miércoles, 13 de octubre de 2010

"Octubre", escaramuzas y avenencias en el mes morado.




































No saben ustedes las dudas que me daba enfrentarme a este comentario. Este año han existido buenas películas hechas por cineastas peruanos y no me resultaba del todo cómodo el poder encontrarme ante esa inapetencia que, habitualmente, me depara el cine hecho en casa y con más razón porque siempre suele llegar después de lo bueno, algo no tan prolijo, la propuesta que palidece y que vuelve a caer en los tópicos comunes de nuestro incipiente cine. Y, si he de serles sincero, “Octubre”, el film de los hermanos Diego y Daniel Vega, me ha sorprendido en positivo y de manera irreversible. Será quizás que me estoy haciendo viejo o que estoy pasando por un periodo en exceso sensitivo, pero la fuerza de las imágenes de este film, junto con su curiosa forma de narrarlo, me han satisfecho con plenitud, y creo que es la película peruana que más me ha gustado en lo que va del año –justamente por almacenar ese limeñismo criollo a ultranza- pero que no necesariamente puede haber sido la mejor. Siento que los Vega son personas no solo magnánimas, íntegras y asequibles sino que transmiten esa bondad, ecuanimidad y nobleza en su ópera prima. Lo percibo sin mayor esfuerzo, son sensaciones evidentes. Y quería empezar por una de esas frases de las que normalmente me ocupo al final de mis posteos. Vayan al cine a ver esta película, no se den el lujo de perdérsela, hagan un esfuerzo en estos días para que puedan reencontrarse con esa Lima que sufre y se entrega en un mes donde la fe redobla sus pasiones y los devotos mantienen ese espíritu festivo de un suceso vital para endosarse en cuerpo y alma a la ilusión de una petición milagrosa. Pero dentro de ese entorno quimérico lo más apreciable son las situaciones que se producen en las entrañas de nuestra sociedad menos pudiente que lucha sin desmayo por subsistir día a día valiéndose de todas las artimañas posibles que su capacidad creativa les depara siempre flanqueada por la informalidad que campea como su muralla de contención.

Pues bien. Si existe algo que la producción moderna hace sentir de manera impetuosa es que –dentro de una industria poderosa enviciada por el derroche y los efectos visuales- la única elección factible para un cine circunspecto económicamente, de trazo independiente, asociada a la inteligencia deductiva como a la composición de buenos personajes y a la observación paciente, minuciosa y apasionada de una ficción que se asemeja a la realidad de la gente tal como esta convive, y que le pueda competir a cualquiera; es esta pequeña película peruana que emerge sólida, desprendida y rebosante de peripecias... Luego de observar “Octubre” resulta evidente que la engorrosa deuda acumulada durante varios años por los cineastas en desmedro de los cinéfilos que aún abrigábamos la esperanza de una cinematografía hecha en nuestra patria, pero planteada desde la perspectiva de un producto hacedero de entretenimiento combinado a un proceder concienzudo que se sustenta bajo un estilo continuo, sin cortes ni desviaciones, sumergida de una trama hábilmente estructurada; se va empezando a saldar puntualmente y sin escudarse en el aún vigente “perro muerto cinematográfico”... Ya con la aparición de “Paraíso” se había evidenciado un acercamiento al paladar sutil, al oficio infrecuente de un intento responsable por agradar con viveza, lucidez y sin estridencias. Esta tendencia se convalidó con los films “Contracorriente” y “Ella”, aunque las multisalas se volvieron a equivocar con el tiempo de permanencia en exhibición de las propuestas de Gálvez y Lombardi. Gajes de unos cuantos gerentillos con nulo compromiso cinéfilo, mentes corrugadas, pero fieles cumplidores a rajatabla de voces imperativas de los mandamases mercantilistas de un país sin historia. Esperemos que esto no suceda con “Octubre” porque el público peruano no lo merece y el film tiene suficientes componentes para convencer a los más incrédulos. Además, estamos en Octubre –el mes de los milagros- así que hay que tener cuidado con que se moleste el Cristo moreno. Pienso que aún se está a tiempo de corregir injusticias recientes... Los hermanos Vega le conceden el certificado de “crecimiento y consolidación” a las películas realizadas en el Perú dentro del circuito comercial del 2010. No hablan de lo que no conocen, aportan una estructura narrativa bien definida, no hay titubeos ni desbordes en el lenguaje que utilizan y tanto la historia así como sus relevantes personajes están –junto a los de “Paraíso”- inmersos en esa lucha casi épica por conseguir en definitiva una identidad para nuestro cine. “Octubre” gusta no solo porque se explaya en la tornadiza conducta de unos personajes astutamente caricaturizados, además de estimular lo ameno y llamativo a través de su particular enfoque de la comedia negra, sino por un factor que no es común por estos lares: la imprevisibilidad. Muchas de las películas hechas en Perú -que llegan al estreno luego de un lastimoso calvario- poseen una descarada inclinación por lo predecible, una calcografía demasiada pegada al cerebro y suceso foráneos, atragantadas con ciclópeos pedazos de esnobismo y exudando borbotones de cursilería por sus poros. En el debut de los Vega –no es un trabalenguas- ocurre lo que no parece que tiene que ocurrir ni sucede lo que mucho antes el espectador sabe que va a suceder. Es de aquellos films en donde hay que sentarse en la butaca no para pensar sino para disfrutar, y no porque el argumento sea un manjar colmado de innovaciones elementales, ni chacota, mofa o chirigota, sino porque muestra un perseverante ejercicio audiovisual de identificación con la naturaleza del “limeño desplazado y creyente” –visto desde el cristal con que se quiera ver- a través de un estilo autónomo. No parece brotar de una ficción sino de un espejo donde se condensan miserias, generosidades, picardías y un disparatado fervor religioso además de la proyección de una realidad sin atenuantes contra la que se protesta con sutil fuerza, con contenida emotividad, con la huella inconfundible de un sentido del humor nunca exento de heridas ni de bofetadas contra el alma.

Sólo para aquellos que nos leen desde el extranjero debo de contextualizar acerca del título del film. En la hermosa ciudad de Lima todos los años en el mes de Octubre se produce la procesión de “El Señor de los milagros”, “El Cristo moreno” o “El Cristo de Pachacamilla” donde coinciden centenares de miles de mujeres y hombres, la gran mayoría vestidos con hábitos de color morado, y cuya devoción se sustenta en dos hechos similares acontecidos a mediados del siglo XVII. En los años 1655 y 1687, tuvieron lugar en Lima y el Callao, dos inclementes terremotos que estremecieron a los habitantes de ese entonces. Se derrumbaron todo tipo de construcciones: iglesias, mansiones exclusivas, viviendas etc., existiendo miles de muertos y muchos damnificados. El sismo de 1655 también tuvo repercusión en un pequeño poblado en las afueras de Lima llamado Pachacamilla, donde sus humildes moradas igualmente colapsaron. En ese entonces existía en este lugar una cofradía de negros que adoraban a una imagen pintada de un Cristo crucificado. Todas las paredes del local se desplomaron menos el muro de adobe en donde quedó intacta la imagen del Cristo, produciéndose entonces el milagro. Luego las autoridades y fieles entraron en una confrontación muy al estilo de la Lima españolizada, y finalmente luego de algunas leyendas que no vienen a cuento, el Virrey junto al Vicario de ese momento aprobaron el culto al Cristo moreno. Se construyó una ermita donde se realizaba la veneración a la efigie que quedó amparada ante las leyes eclesiásticas y civiles. En el terremoto de 1687 –de más de 12 minutos de duración- sucedió exactamente lo mismo. La ermita se hizo escombros y la pared cimentada con la imagen volvió a quedar limpia, sin rajadura alguna. Sebastián de Antuñano –nacido en España e integrante de la iglesia- tuvo a bien ordenar pintar al óleo la imagen para que saliera en procesión. Desde hace 323 años la imagen en andas del “Cristo moreno” desfila por determinados lugares de Lima seguida por una descomunal muchedumbre que mantiene intacto el predominio de su fe hacia un fenómeno que solamente en el Perú se puede apreciar. Ante el altar del “Señor de los milagros” han estado muchísimas autoridades del mundo entero siendo quizás la presencia más representativa la de los reyes de España... A quien venga de turismo por Lima, la visita obligada es al remodelado y bello templo de las Nazarenas antes de zambullirse en el “boom” de la comida peruana.

Volviendo a lo nuestro. “Octubre” es una película que puede simular ser ceremoniosa, ritual o hasta extraña pero que no lo es. Nada de solemnidades narrativas aunque mucho de seriedad en el quehacer fílmico. El plano fijo usado diestramente luce siempre centrado, quieto y amigable. No hay encuadres ostentosos ni poses forzadas que descompongan un relato articulado ni personajes postizos. Se filma siempre con naturalidad y buscando la interacción de personajes populares dentro de sus calamitosos mundos de inseguridades y dilemas subalternos. Cada plano está estructurado de manera metódica, buscando los detalles más íntimos de todo aquello que rodea a sus protagonistas y acciones. Los hermanos Vega se las arreglan para mostrarnos postales de una parte de la ciudad que parece detenida y distante, observar el reverso de una Lima desvencijada, sin ningún altivo monumento oteando el horizonte, respirando con achacosas bocanadas, resignada a una decadencia que asoma. Sus personajes aparecen como una constante incrustados en el efectivo aunque reiterativo decorado de apartamentos carentes de todo rastro de elegancia, con la pintura deslucida, las puertas y paredes desconchadas, muebles viejos, electrodomésticos de segunda, la reducción al mínimo en el mobiliario –la mesa donde el protagonista trabaja tiene vida propia-. También nos recrean tibiamente con una excursión medio irónica por lugares cubiertos de escombros, de antros putañeros, bares teñidos de dejadez y parsimonia, como si la fatalidad del ambiente pusiera un velo de desidia sobre los parroquianos, que forman parte de esas mesas que nunca conocieron tiempos mejores, bebiendo cerveza como aguardando el final grisáceo de todo el devenir, incluidas sus existencias. Ahí es donde se mueven los perdedores que buscan sobrevivir bajo sus frustraciones... Bruno Odar compone un protagónico rutinario, desconfiado y antipático para recordarlo siempre. Su luctuosa figura casi siempre inabordable representa el oficio que aprendió de su padre: un prestamista de poca monta, con el manejo de la especulación como modo de ganarse la vida apartándose del mundo. Su papel está trabajado en los límites de la expresividad trágica, del encierro mental y del gesto austero –la escena del huevo duro, su chancay y su café es soberbia- dentro de una sostenida dureza corporal –pareciera que le hubieran dado una suculenta dosis de viagra escénico- y una mirada que supera la frialdad más exasperante. Desnuda sin vergüenza alguna las debilidades de un personaje complejísimo, plagado de un autoritarismo repudiable y ridículo -ponerse un terno para trabajar dentro de casa-. Un hombre que enfrenta la soledad de manera estoica. Asiduo concurrente a los favores pagos de prostitutas donde también luce un comportamiento reservado. Es muy convincente el hecho que sus sentimientos impertérritos se demuestren a través de acercamientos de las tomas fijas que hace la cámara. Pero ahí surge la impronta hábil y dotada de realismo de los Vega que le colocan dos súbitos escollos con los que lucha sin poderlos dominar: una beba que encontró dentro de su humilde morada –supuestamente fruto de la relación con una meretriz- y un billete falso de S/. 200.00 que se le imanta a su mente y cuerpo como un karma que finalmente lo hará reflexionar. A Bruno Odar se le parece alterar su monótona vida. Sin embargo, su gélido comportamiento no se modifica y va superando los obstáculos sin apresurarse. Deja ese tufillo autoritario y va despejando la mente. Vuelve a vestir a su personaje. La interpretación comienza a ser repetitiva aunque se mantiene imperturbable. A estas alturas, el tratamiento de la historia es notable porque florecen dos personajes que secundan con calidez al sórdido usurero. Una vecina –imponente actuación de Gabriela Velásquez- que se dedica a fabricar “turrones” cuya humanidad trasunta todo límite al convertirse en la cuidadora interesada de la beba encontrada por Odar, pero que resquebraja su devoción por el Cristo moreno al sufrir una recaída sicalíptica justificada tratando de invadir la intimidad de Odar en una escena excepcional de humor negro inexpresivo: un calzón previamente restregado en su vagina y luego enjuagado en una jarra con agua que le da de beber al prestamista mientras trabaja. Pero a pesar de sus ruegos, estos no dan un resultado inmediato. Acá la creencia y la apuesta por el milagro parecen tener un efecto retardante. El otro personaje –para mí modesto entender el más fiel a los objetivos de la película- es el experimentado Carlos Gassols. Su simpleza conmueve y sus aspiraciones son profundamente aleccionadoras. Es el hombre que no tiene nada –ni siquiera un sitio donde dormir- pero que lucha contra todo y todos –por las buenas o por la astucia- para forjarse un porvenir al lado de su vieja enamorada que yace en la cama de un hospital. Todo un ejemplo de vida que se prolonga estimulante hasta cumplida la meta de largarse de la capital. Esa autenticidad la maneja con el temple del actor maduro que va creciendo cada minuto del metraje hasta convertirse en el personaje vinculante de la supuesta unión familiar. Ni que hablar del trabajo de los tres protagonistas en su conjunto. La escena del “Happy Birthday” es de antología. El simbolismo del obsequio de un “cuentahílos” me parece estupendo porque es el elemento que desdramatiza el mecanismo conservador de Odar. Y ni que hablar de la fotografía, una obra del ingenio popular impuesta con resumida elegancia. Ahí los hermanos Vega logran darle grandeza a sus postulados. Otro ejemplo: La relación distante pero a la vez cercana entre Odar y Gabriela está trazada con el corazón y desgranando los sentimientos. Se trata del retrato minucioso de un amor no exteriorizado entre dos seres que se necesitan y no se atreven a plantearlo; o no quieren; o no saben. Esa es una cuestión que los realizadores dejan para el imaginario del espectador. Siempre una buena película tiene que tener una buena historia, y una buena historia debe de coludirse con buenos personajes. “Octubre” tiene todo eso y sabe explotar cada recurso con inteligencia y sin buscar la violencia antagónica –Odar se aguanta los problemas como un Duque- ni la grosería rimbombante ni el desnudo estético. Por el contrario, el hecho de recurrir a mujeres de cuerpos regordetes es un acierto porque explica con claridad el espacio socio-económico descuidado donde se configura el plot de la película.

En cuanto a hechos destacables, es indudable que el guión es muy bueno, bien logrado y con una nimia escritura con propiedades inconfundibles. Se monta con certeza una combinación equilibrada entre personajes llevados al extremo y situaciones propias de las tradiciones y sagacidades de nuestra gente. La astuta enfermera del Loayza que hace de encargada de una farmacia y también de prostituta estafadora trasunta esa lucha del limeño para poder subsistir hasta con tres trabajos. La no utilización de una BSO me parece notable salvo en las procesión aunque en todos los casos me sugiere distanciamiento para no complicar la trama. Es difícil lograr eliminar la música convencional sin que pase desapercibida. Se reemplaza con los viejos y bien editados sonidos característicos de los afiladores de cuchillos, los gritos de los compradores de ropa vieja, catres, botellas, el llanto de la recién nacida etc. La edición si tiene algunas cositas que podrían haberse mejorado. La fotografía logra dar en el punto medio de unas ambientaciones sobriamente iluminadas y retratadas en los interiores donde lo opaco, lo indefinido y lo deprimente junto a una tonalidad casi monocromática del gris, se enciende y se apaga fríamente calando la atmósfera de forma precisa. La dirección impecable, sin fallas, decididamente minimalista y por momentos intimista. “Octubre” tiene algo de la impronta de Kaurismaki al contar una historia con imágenes sencillas y fáciles de asimilar. Los Vega lo consiguen de sobra, mediante un férreo control del guión. El resultado se posa sobre la frecuencia del regocijo que generan las manías de sus caricaturizados personajes. Y mientras nos hacen reír, también nos hacen pensar sobre la pobreza y la precariedad de la condición humana... Existe una relación implícita con el cine que hacía Bresson por su desnudez formal, el hieratismo de sus personajes, los abundantes silencios, los escuetos intercambios de frases cortas etc. Y ni que hablar de la influencia de Yasujiro Ozu y esa sencillez de sus historias mínimas... Los hermanos Vega parecen haber sintonizado con la magia de Buñuel en su narrativa desenvuelta, rebelde y concreta, sin la menor vacilación. El relato nunca se detiene, aunque los personajes estén callados e inmóviles: lo que se cuenta es la espera, el estupor o el acecho. También se emparentan con el español-mexicano por su humor seco, directo a la mandíbula, a menudo negro, como el género que refresca parte de la película, usando zumbonas parodias o gags recurrentes. Sumaría –con menor rigor- algo del mundo de Lynch, aunque menos onírico y más inclinado al testimonio fisgón. ¿¿Qué tiene esta ópera prima que me entusiasma?? ¿¿Qué es aquello que no me hace sentir incomodidad ni aburrimiento?? Una radiografía inocultable de la insatisfacción humana, tan protuberante como aquellos directores lease Godard, Antonioni y el mismo Bresson, que nos describieron la soledad y la incomunicación con admirable destreza. “Octubre” cuenta menos de lo que sugiere, y esa es otra de sus grandes virtudes. Hasta la próxima.