jueves, 21 de octubre de 2010

"The Road", el valor de amar, luchar, enseñar y resistir.





















































Hoy Jueves 21 se estrenan hasta cuatro películas: Dos imperdibles: The Road o El último camino, y A Single Man o Un hombre solo (ojo a la actuación de Colin Firth). También se exhiben en cartelera dos films entretenidos: Eat, Pray, Love o Come, reza y ama (ojo a la música de Dario Marianelli) y The Town o Atracción peligrosa, segundo film que dirige Ben Affleck quien logra un policial atractivo y bien hecho. Las cuatro son muy buenas opciones para pasarla bien aunque mi recomendación recae sobre las dos primeras sin desmerecer las restantes. Paso a postear el film The Road.

No es mi intención provocar un debate filosófico de las relaciones filiales materno-paternas, sino hacer una pequeña introducción al film que vamos a postear... Pues bien, universalmente, cuando alguien nace, es habitual que sea la madre quien asuma la extenuante tarea de la crianza de los hijos. Hasta cierto punto, es una cuestión donde prevalece la naturaleza de la especie humana. Sus roles principales se cimientan en el trajín cariñoso, educativo, forjador de valores morales, y aquel desvelado y vigilante. El padre consolida sus afectos a través de una función de facilitador o proveedor, aunque sin abandonar sus obligaciones formativas y de autoridad. Pero no siempre se cumple esta norma invisible. Muchas veces los roles se invierten o son asumidos totalmente por una de las partes, sea por motivos impropios, inesperados etc., o como en el caso de este film: los de una madre envuelta en la desesperanza que la conduce a la depresión y luego al suicidio... La esencia de la película “El último camino” o “The Road” del australiano John Hillcoat (realizador del enjundioso Western “The Proposition”, que sugiero intenten conseguir) está basada en el best-seller del norteamericano Cormac McCarthy, escritor de prosa corrosiva, fría y escrupulosa –meritorio ganador del premio Pulitzer de 2007 precisamente por “The Road” o “La carretera” en español- ya demostrada en otras de sus vitales novelas como la formidable “Suttree” o “No Country for Old Men”, cuya película ganó el Óscar ese mismo año, dirigida por los hermanos Coen. Hillcoat nos introduce en un film de los rotulados como post-apocalípticos o de ciencia ficción -aunque en realidad está más ligado a la condición sentimental de sus personajes- donde nos relata con mano firme aunque con un ritmo sosegado y algo monótono, el martirio físico y emocional por el que transitan sin descanso un camaleónico Viggo Mortensen -quien se mete en cuerpo y alma en la piel de un excepcional padre de familia- junto a su vástago, el pequeño Kodi Smit-McPhee, quien realiza una estupenda labor de apoyo, logrando una empatía con Mortensen que ambos aparentan ser padre e hijo de la misma sangre... El objetivo del director es coherente: Un padre sin falsas expectativas en hallar un lugar donde habite gente que pregone la paz o la concordia, abocado a la búsqueda de una escapatoria real para su hijo -no para él- desde una formación casi educativa de supervivencia, imbuida de valores afectivos que le sirvan para protegerse en la insoportabilidad de un mundo devastado, y transferirle su coraje al chico, para hacerlo fuerte ante el futuro que tendrá que asumir sin ayuda de nadie... Esta trama de aventuras y de personajes nos recuerda en parte a la última película de los hermanos Albert y Allen Hughes “El libro de los secretos” que comentáramos hace algunos meses en el blog. Ambos films se empeñan en cotejar de forma vinculante los conceptos de “deshumanización” y “supervivencia” que actúan en las entrañas de lo catastrófico y su irreversibilidad. Tanto los Hughes antes como Hillcoat ahora, logran propuestas de buena factura y genuinas intenciones. En “El libro de los secretos”, Denzel Washington tiene una misión que cumplir y lo hace. En “El último camino”, Mortensen no lo logra, y es su hijo el encargado de continuar su esfuerzo... La película es una exaltación a la abnegación, la valentía, la entereza, la incesante búsqueda de lugares más seguros que la intemperie, donde afloran los recuerdos, surgen las peripecias, pero que al germinar la crudeza del mensaje, se convierte en el más sublime de los testamentos que pueda dejar un padre: el incondicional amor hacia su hijo. La inmensidad del ejemplo trasciende más allá de las discrepancias entre ellos mismos, las andanzas a través de un territorio incoloro, devastado, plagado de lluvias ácidas, sin normas, sin ética, casi sin vida, poblado por unos pocos humanos, que si no han sucumbido a la locura, el salvajismo y el canibalismo se han apoderado de sus vidas.

El film empieza con un sueño a través de un imprevisto flashback en donde se conjugan las imágenes de árboles de un verde resplandeciente, dotadas de cálidas flores naranjas y rosas, el sonido del trinar de las aves junto a una melodía que envuelve en un medio plano la bella figura de Charlize Theron, y un Mortensen de espaldas coqueteando con su caballo. Luego, ya de noche, la cámara ingresa a través de un travelling corto a la habitación de la pareja. Mortensen luce inquieto porque nota que alguna desgracia está sucediendo. Abre la llave del agua de la ducha, y en ese momento Hillcoat realiza un empalme de montaje brillante a través de una gruta de donde sale agua a borbotones. Mortensen despierta, pero ya la historia está situada dentro del clima post-apocalíptico, donde padre e hijo están descansando inmersos en plena supervivencia... El realizador les acondiciona a ambos una atmósfera ciertamente aflictiva, inquieta y náufraga. Inmediatamente empieza a lucirse la estupenda fotografía del español Javier Aguirresarobe, quien no duda en inventar abundantes retratos de paisajes grises, peligrosos, descampados, cenizos, gélidos, lluviosos y tétricos, además de apagados, sucios y ocres, sin nada de iluminación artificial -dependiendo de los caprichos del astro rey para filmar- donde Mortensen y el pequeño ingresan despiertos a una pesadilla sin final, transitando por lugares donde la zozobra, la alucinación y el miedo los invade. Nunca logran salir del laberinto pero el esfuerzo es incansable. A medida que la acción va apretando, Hillcoat le imprime cierta dosis de intriga a la aventura que rueda, los pone en serios aprietos, los encierra dentro de un mundo donde ambos van sintiendo esa necesidad de estar juntos ante los vaivenes de la supervivencia, los hace cómplices de un amor sometido y complementario, donde no importan las edades sino el aprendizaje para soportar los avatares que viven y aquellos que están por venir. También logra explotar con inteligencia las bondades de las ambientaciones externas a través de una gran mayoría de carreteras intransitables pero necesarias, tanto que visualmente las convierte en un personaje más del argumento. La historia es exquisita en cuanto y tanto los protagonistas logran esquivar los obstáculos y sus trances para llegar adonde la Theron le había señalado a su marido... camino al sur. Hillcoat narra con astucia y sin dosis de exageración -manteniendo esa cadencia que en algunos momentos resulta demasiado pausada- algunas escenas que se nutren de una impronta emotiva, perversa e inesperada: Tres ejemplos que logran impresionar... El instante en que Mortensen está decidido a matar a Kodi antes que los salvajes los puedan localizar... El momento en que los caníbales persiguen en campo abierto a una madre y su hija y le dan caza para devorárselas, y el almacén de humanos situada en un sótano donde se le amputan miembros a personas vivas para que se pueda conservar la carne. Les dejo la interrogante para que puedan apreciar muchas más secuencias que Hillcoat logra registrar con suspenso, dramatismo y una crudeza propias de su puesta en escena.

Los demás elementos cinematográficos son todos correctos. El guión es fiel a la novela, lo que demuestra la habilidad del adaptador y la pericia de Hillcoat al plasmarla con realismo en pantalla. La dirección es muy buena, logra su cometido, articula las escenas con prolijidad y encuentra esa continuidad en la narrativa a pesar de algunos flashbacks contrastantes de tiempos felices -sin duda bien posicionados- aunque la cadencia se vea frenada por momentos. Ahí radica mi punto discordante pero que no desmerece las buenas maneras que se exhiben. La dirección artística está imponentemente diseñada, las ambientaciones notables, todo luce creíble -hay algunas construcciones arregladas en digital-. La fotografía es lo mejor del film, la iluminación en exteriores e interiores es casi perfecta, y el enfoque de algunos planos son deslumbrantes. El director de fotografía logra algo impensado: belleza dentro de tanta putrefacción. La BSO se combina con los sonidos de tal manera que componen una armonía única, afiatada y sin desbordes. El maquillaje y vestuario, no son nada exagerados, muy sobrios y le aportan al diseño de producción muchísimo. En el caso de los protagonistas están a cada momento cambiando de ropa, zapatos, mantas, frazadas etc., y en ningún caso hay alguna modificación brusca ni de los colores ni de las formas de los atuendos. Con referencia a las interpretaciones hay algunas variantes que pueden ser o no subjetivas dependiendo de lo que uno observa. Si bien es cierto los que aparecen más en pantalla son Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee, me gustaron –individualmente concebidas- las actuaciones de Robert Duvall y Charlize Theron, por que sostienen y marcan las dos etapas cruciales de la trama... La Theron con el abandono de su familia a sabiendas de lo que iba a suceder, y en menor grado con apariciones nostálgicas en aquellos flashbacks que le dan vida a los recuerdos de Mortensen, y Duvall –todo un maestro de la pausa- que marca el desencuentro y la pauta que va acercándonos al desenlace, que por cierto también podría cuestionarse por su simplicidad. Sin embargo, Mortensen y Kodi hacen excelentes actuaciones, pero es como pareja que lucen brillantes, y destacan por sobre todos. Esa revelación de hijo a padre o viceversa hacen de los dos, un solo personaje, magistrales pero sólo uno al fin y al cabo... Hagan un ejercicio muy sencillo: póngase en el lugar de los personajes protagónicos -sentirán la dependencia- son artísticamente indivisibles. Para terminar, “The Road” es un film, duro, asfixiante, desesperante, casi azabache, pero plagado de poesía y exudando metáforas aleccionadoras. En esencia, se manifiesta a través de una historia triste, dramática, invasiva, que invita a la reflexión sobre cuanto valoramos lo que en realidad poseemos, especialmente a los seres que amamos. Es una larga travesía por un camino atiborrado de angustias y con un objetivo poco claro, decepcionante tal vez, pero en el cual sólo se puede vislumbrar una pista de lo que siempre debemos hacer cueste lo que cueste: nunca bajar los brazos y resistir hasta el último suspiro. Ese "fuego interior" siempre estará presente en los nobles sentimientos de la humanidad. Hasta la próxima.