miércoles, 10 de noviembre de 2010

“El intendente Sansho”, Mizoguchi y su aproximación autobiográfica.
































Continuando con el pequeño ciclo de Mizoguchi, hoy nos introducimos en una de sus más renombradas películas: “El intendente Sansho” o “Sansho dayu”, curioso título que invoca al ramplón villano de la trama, cuya importancia en la misma es formalmente manifiesta aunque algo apática y no del todo influyente... Hemos descrito algunas de las inclinaciones fílmicas de Mizoguchi y parte de su evolución como individuo. Resumiendo; nació justo en los albores del cine cuando la primera máquina exhibidora llegó a Japón, formándose en un país cuya mentalidad seguía empantanada dentro de una rancia edad media. Sobrevivió con inteligencia y perseverancia al más extremo radicalismo político, también a la segunda guerra mundial, y a pesar de estas experiencias e incurrir en vastos altibajos personales, logró esculpir en radiantes letras doradas su nombre entre aquellos más ilustres de la historia cinematográfica. Aunque la mayoría de sus films estén aferrados dentro de la cultura japonesa, éstos han alcanzado una dimensión universal mucho más allá del siempre cálido exotismo oriental. Su mirada humanista poseía una energía infinita, proveyendo a sus propuestas de un realismo cicatero e ignoto. Su testamento cinematográfico es en si mismo, la propia historia del cine, construyéndolo desde el recorrer del mudo al sonoro, del blanco y negro al color, y de la opulenta visión de los grandes estudios al más bizarro cine de autor. Su obsesión por la detallistica fue determinante para encontrar un estilo propio en su pulsión creativa. Un verdadero precursor de las grandes secuencias continuadas, del movimiento riguroso de la cámara, de la belleza pictórica de sus encuadres, y que profundizó como pocos en la exploración psicológica de sus estupendos personajes. Llevó a la cumbre de lo enternecedor y lo sublime la majestad de la mujer nipona –realmente a la que vive, sufre y goza en el universo- convirtiéndose en el más prolijo cineasta que ha plasmado en pantalla con expresa peculiaridad a aquellas féminas infamadas, marginadas y humilladas por el hombre y una sociedad machista hasta la diáfisis de los huesos...

“El intendente Sansho”, es sin duda la más autobiográfica de las películas realizadas por Mizoguchi. La integración que hace del conjunto, la aplicación de una valiosa y exuberante técnica visual, adherida a los sólidos valores morales en la que está inspirada, la hace una incuestionable obra maestra del director japonés. Es de aquellas historias en donde uno aprieta los dientes ya sea en el rigor del abuso extremo como en la bondad del sacrificio por amor y dignidad... Esta vez, Mizoguchi nos ambienta en la edad media japonesa, y nos cuenta con minuciosa transposición la nefasta y/o épica historia de una familia linajuda que por causas políticas arbitrarias, tienen obligadamente que distanciarse. Masuaji Taira, el padre de familia -funcionario muy querido por la comunidad que conduce a través de sus nobles principios de equidad- es proscrito por el autoritarismo usurpador y tras habérsele arrebatado el cargo, abandona su terruño, dejando a sus dos pequeños niños –Zushio y Anju- su mujer Tamaki -su actriz fetiche Kinuyo Tanaka- y la sirvienta. La premisa del bien contra el mal, del salvajismo que avasalla la decencia humana, y los alcances del despotismo como fórmula de control son dibujados por Mizoguchi sin atavíos... Zushio, el mayor de los hijos, se constituye en el preámbulo del film como un adolescente travieso y danzante cuya devoción por su padre es absoluta, producto de la idealización que ha internalizado de su figura tanto en el transcurrir del tiempo como en su alejamiento material. Mizoguchi nos sorprende con variados flashbacks casi invisibles en el relato, y nos retrotrae a eventos donde explica la ignorancia de Zushio acerca de los avatares familiares, además de los antecedentes que culminaron en la separación. La escena que seduce como arma introductoria es la compuesta por un numeroso grupo de campesinos que discuten con la guardia del usurpador, reclamando verlo para lamentar su situación de miseria y explotación. Para mí es una escena que simboliza en grado máximo las ansias de libertad. Es de esos momentos maravillosos que nos regala el cine... Mizoguchi insiste en su “one scene, one shot” y las siguientes secuencias repetirán la misma dinámica del avance y retroceso temporal, logrando un provechoso juego de contrastes que fluyen entre la desesperanza y la quimera. Quizás lo más rescatable de la antesala al plot y desarrollo argumental sea el mensaje aleccionador de padre a hijo antes de partir: “Si una persona no siente la caridad como suya no es una persona. Incluso ante el antagonista hay que sentir esa caridad”. Mizoguchi entiende por caridad no solo la firmeza de entregar lo poco que se tiene sino hasta lo que no se tiene. Este pensamiento formativo no será aprehendido por el Zushio niño, pero su esencia quedará furtiva en el transcurrir de sus vivencias futuras. Su padre le conversa también sobre lo que significa la igualdad y libertad de todos los hombres sin distingos, rudimentos que motivaron las desavenencias con las autoridades opresivas e incluso con otros miembros de su clase. Le regala un buda como amuleto y elemento recordatorio de sus ideales. El resto de la familia, con el correr de los años, emprende el viaje con el que espera reencontrar al padre distante. Este zigzagueante viaje -con el acontecer trágico de los hechos a producirse- se convertirá también en una travesía al interior del lacerante crecimiento del niño como protagonista principal.

Mizoguchi narra las circunstancias infortunadas de Zushio, Anju, la madre y la criada. Manteniendo la elegancia y pureza de sus composiciones, además del tacto provocador de ese movimiento continuado de su cámara, el realizador japonés no se detiene en la búsqueda de explicaciones ni tersas excusas sino aumenta la intensidad del relato poniendo a prueba la entereza y nervio de sus personajes. La fragmentación familiar –puro melodrama de género- se produce por una bien armada artimaña de unos vendedores de esclavos a orillas de un lago, tras la cual el Zushio adolescente y su hermana menor son robados y llevados a terrenos imperiales dominados por el tiránico intendente Sansho, quien paga a regañadientes por ambos para integrarlos a su copiosa nómina de esclavos. Mizoguchi no condiciona criterios y expone la impiedad e insanía del mandamás a través de una atmósfera que evoca la profundidad de un subterráneo y colectivo realismo medioeval envuelto en la perversidad. Pero no basta con eso, el director japonés reafirma desplazar el esqueleto narrativo entre el libre ir y venir de elementos que siguen siendo símbolos directos de su impronta personal: la madre es aislada y confinada en un lugar donde ejerce la prostitución, y al padre –que suponemos un hombre de honor- lo olvida por completo, hasta encontrar el momento oportuno de utilizarlo. Es importante señalar que la búsqueda del padre solo se convierte en una posibilidad real en la mente de Zushio. Para él, hallarlo no significa necesariamente volver a tenerlo físicamente, sino comprender el sentido profundo de aquel mensaje de humildad y conciliación, y que Zushio niño, inocentemente, supuso intuir. Pero es en esta parte del relato en donde Mizoguchi logra manipular la trama para darle más humanidad a su personaje protagónico –un varón- llenándolo de contradicciones, sentimientos de rencor y frustración. Zushio, ya no es consciente del legado que porta, por lo que sus acciones están encaminadas en el mismo sentido de aquellas que representa Sansho. Su carácter se endurece repentinamente y llega a convertirse en un innoble verdugo que ejecuta órdenes sin miramientos -castiga quemándole la frente a un anciano que pretende escapar- y que parece liberarse a través de la indignidad de un crápula de turno. Es interesante esta escena porque Zushio va en contra del mensaje aleccionador del padre. No cumple como persona –el anciano solo deseaba morir libre y en su pueblo de origen- ni tampoco es caritativo con su supuesto enemigo. Mizoguchi juega con sus personajes, los lleva a un límite irracional y luego los hace reflexionar. Parecería una frase que se amalgama a un efecto discordante pero en realidad es una reiteración de un comportamiento condicionado... Es en este pasaje del film donde adquiere relevancia la figura de su hermana Anju, que intenta encarrilar a Zushio en el fin que persigue: cumplir con el mensaje paternal. Anju también sufre los efectos degradantes de la esclavitud, sin embargo jamás pierde la esencia de sus sentimientos maternales –no paternales- que los evoca a través de la voz melodiosa y efímera de su madre. Anju logra –ingeniosa travesía de por medio- que su hermano puede reencontrase con el meta-mensaje de su progenitor a través de una catarsis interna de los valores familiares. Él es la afirmación ética y moral de su padre, su prolongación conceptual de la justicia, la libertad y la igualdad. Al quedar liberado física y mentalmente, huye y se convierte en el alcalde de un poblado importante por influencia de su difunto padre. Pero en toda esta travesía es grandiosa la imagen de su hermana que se sacrifica mediante el suicidio. Esta escena si demuestra lo increíble de la plasticidad de Mizoguchi. No es una muerte violenta, simplemente ingresa a un lago y se va perdiendo hasta desaparecer en las ondulaciones que van marcando las aguas. Una escena excepcional, maestra, difícil de igualar en su profundidad sentimental. Luego Zushio se inmiscuye en la política y cumple el mandato de su padre mediante leyes libertarias. Acaba con Sansho, renuncia a su cargo y busca a su hermana y madre. El desenlace es uno de los más notables que logra Mizoguchi por lo que en contados minutos se puede representar con inigualable sinceridad la reconciliación madre-hijo. El calvario parece haber pasado. El dolor queda grabado en el arrepentimiento de Zushio y hasta en la melodía evocadora de su madre.

“El intendente Sansho” representa uno de los viajes emocionales y filosóficos mas grandes que se han hecho en la cinematografía clásica. La eterna lucha del ser humano, la batalla entre el bien y el mal. La triste y estimulante aventura de dos hermanos que luchan uno por el otro para cumplir los preceptos paternales que finalmente tienen una razón de ser. Traten de conseguir esta película porque es una puerta abierta al conocimiento, a la reflexión y a la verdad absoluta y quizás a lo único que puede vencerlo todo: el amor. Sentirás contracciones en el estómago cuando la katana –sable negro japonés- seccione los tendones de aquella mujer, aguantarás la respiración cuando la supuesta sacerdotisa engaña a la familia y separa a la madre de sus hijos, se te enfriará la sangre cuando el intendente manda a sus lacayos a marcar la aparente desobediencia con el rojo vivo del hierro del desprecio, pero sentirás alivio cuando Anju y su padre se sacrifican por amor, se te suavizará aún más la sensibilidad cuando comprendas las enseñanzas que Mizoguchi ha expuesto con naturalidad y gritarás para adentro ¡¡¡libertad-justicia-igualdad!!! cuando tu corazón se introduzca junto al de Zushio y su madre. Sobran las palabras, afloran nuestras emociones, pasiones, aflicciones y hasta alegrías de observar como un hombre de apellido Mizoguchi puede lograr estremecernos con un cuento de hadas convertido en una extraordinaria película. Hasta la próxima...