domingo, 20 de febrero de 2011

“Lazos de sangre”, despellejando ardillas y estereotipos.













































Es cierto que estas semanas que anteceden a la premiación de la Academia -una predecible excepción anual- las multisalas atienden con prolijidad nuestra avidez hacia films que marcan la diferencia en la cinematografía yankee. Es el caso de la plausible Lazos de sangre o Winter’s Bone, que arrasó el 2010 con el más augusto banquete del cine independiente: Sundance. La película que realiza Debra Granik -también escribe un guión finamente estructurado- no es casualidad ni nada que se le parezca. Ya había demostrado su talento y buen manejo del género dramático con la aguda Down to the Bone -donde Vera Farmiga se desborda con una actuación formidable- especialmente diseñado a través de una narrativa aclimatada a deshilachar las entrañas de personajes extraños, sitiados desde un desdoblamiento sibilino. Y justamente, son dos artistas muy poco conocidos: Jennifer Lawrence y John Hawkes -ambas interpretaciones espectaculares- sus omnipotentes herramientas que van llevando a ritmo taxativo una trama que se funde en un mundo tan hostil como umbroso donde el escalofrío de lo desconocido sumado al de lo prohibido se potencian en tiempo y espacio -la atmósfera rural es deliciosa- aunque sin llegar a esa densidad que muchas veces causa rechazo. Si bien es cierto es una muy buena película -no al nivel de llevarse el Oscar- difícilmente puede aspirar a esa magnificencia que llega a irradiar la emotividad como eje argumental -El cisne negro, Toy Story 3, El discurso del Rey, El peleador etc.-. Más bien tiene una relación consonante a través de una construcción cinematográfica de películas más equilibradas en su conjunto, lease Red social o Temple de acero aunque la ponencia de la Granik es cine independiente y/o de autor en un 100%. Esto no la hace una ponencia menor de modo alguno pero sí limita sus posibilidades de pelear los premios de la Academia de igual a igual.

Lazos de sangre me sedujo -no más que Somewhere- porque está bien hecha, trabajada rigurosamente en sus más mínimos detalles, y su directora sabe cómo ir creando tensión a la vez que desdicha a medida que va relatando los hechos. Lo que le juega en contra sea quizá que no logra deslumbrarnos por carecer de mecanismos artísticos del cual se nutren aquellas propuestas plagadas de lucidez creativa, que transmiten apasionamiento y sorpresa desde cualquier arista donde se les pretenda juzgar, y en cada momento en que se plantea la acción. Lazos de sangre tiene a mi juicio demasiado de cerebral -diversidad de capas, sutilezas y trasfondos- y poco de sanguíneo, salvo la implacable secuencia del desenlace en donde las mujeres del pueblo acuden al lago para encontrarse con la inclemencia en su expresión más pura. Si bien el núcleo de la historia se fundamenta desde la mirada impávida de Jennifer Lawrence -muy merecida su nominación al Oscar- y un microcosmos donde campean los escenarios deprimentes, los personajes desarraigados y las pistas falsas, la lectura que hace la Granik de una sociedad rural moderna es correcta en tanto sus corruptelas y vicios son equiparados con aquella que se regodea en su urbanismo consumista y sus hipocresías. Pero al hacerlo tan ordenadamente, cae en el error -puede que subjetivo- de pasarle la mano inocentemente a la milicia estadounidense en una escena en donde un agente de reclutamiento parece una hermanita de la caridad dando consejos irrefutables. Ahí es donde la predica tambalea para quienes queremos una crítica áspera hacia el sistema y no una caricia melancólica a una política de guerra que ni los mismos yankees acaban de entender si se consumó, sigue en funciones o hubo un cambio de discurso. Pero, esto -más allá que le provoque una sonrisa irónica a la Academia- no es lo que marca el camino del film. Quien lo hace es la bella -observen las fotos- Jennifer Lawrence, quien se encuentra en la obligación de luchar contra lo que se le ponga en las narices. Nadie la apoya, y ella sola se las escudriña para indagar sobre el paradero de su padre -un supuesto narco bonachón que le dejó una hipoteca abierta- cargando sobre sus espaldas dos hermanos pequeños y una madre enferma. Ahí es donde la Granik muestra sus credenciales porque acomoda diestramente una relación familiar totalmente disfuncional como el meollo de una abnegada búsqueda. Y es John Hawkes -hermano del padre desaparecido- quien arrastra moralmente con la otra parte del vínculo consanguíneo fracturado. Debra Granik confronta a tío y sobrina -Lawrence me recuerda a una joven Streep y Hawkes a un maduro Jeremy Irons, ambos en su próvida simpleza gestual-. La joven actriz logra poner a la misma altura su sufrimiento como hija que como cabeza de familia. La interpretación es impecable y se hace mucho más elocuente con el trabajo que logra Hawkes al secundarla a través de un personaje álgido y misterioso. La sangre es la sangre pregona la Lawrence, y a partir de la profundidad que engloba esta frase las respuestas comienzan a surgir una detrás de la otra. La Granik no solo nos logra dar una lección de pulso dramático sino que por momentos va mezclando a partes iguales el melodrama con el thriller, que bien empaquetados en la sutileza del la impronta noir le brinda inmejorables resultados. La puesta en escena retrata con suma precisión una desgarradora historia de un pueblo miserable afincado en las montañas de Missouri. Su excusa es la misma que cualquier ciudad desarrollada del mundo: las drogas, y su precepto sagrado: el silencio. Abunda la pandilla familiar no declarada pero que usa a la mujer como el escudo a cualquier sospecha de seres proscritos a los que el destino ha castigado dándoles la espalda. Lazos de sangre tiene la virtud de capturar en amoratadas imágenes lo que significa el ampuloso estilo de vida yankee trasladado a un poblado de hillbillies. Debra Granik no es Mulligan, Eastwood, Ford, Kazan, Bogdanovich o Lynch, pero ahí está parte de sus espíritus claramente registrados. No se la pierdan porque vale la pena refrescarse de vez en cuando. Quizás no tenga grandeza pero sí consistencia. Hasta la próxima.