sábado, 19 de marzo de 2011

“Rango”, érase una vez en el oeste animado.


















































Antes de entrar en materia de esta maravillosa propuesta animada sería bueno empezar con un breve repaso de lo que significa el género del Western... La historia del oeste fue antes que un género de ficción un documento de representación histórico. Territorialmente su inicio se posiciona en el segundo tercio de los EEUU justamente al oeste del gran río. Una línea divisoria perfilada desde el paraje extremo de Texas hasta la frontera norteña con Dakota del Norte, trazó sus límites orientales. A partir de esta demarcación -siempre direccionada hacia el Oeste- se amplifica hasta el Océano Pacifico bordeado por Canadá al Norte y México por el Sur. Por lo tanto, comprende la mitad de la superficie de los EEUU -diecisiete estados parcialmente- con una longitud máxima de 2,415 kilómetros... En 1848 los EEUU son los dueños del continente. El expansionismo -como doctrina política oficialista- había conquistado una serie de dominios en contra de aquellos ocupantes extranjeros de un suelo cuya posesión ya vislumbraba desde 1802 el tercer presidente norteamericano, un visionario Thomas Jefferson. Es así como el Oeste se fijaba en la vida de esta nación como una fuerza colonizadora. Bajo su influencia, se tomaron decisiones principistas en la aplicación de una política interna integradora como de aquella dirigida hacia el mundo exterior. La guerra contra México fue sin lugar a dudas la coronación de este período de transición. Las etapas del avance quedaron marcadas de manera nítida: la exploración provocó oleadas inmigratorias para la explotación de la tierra que quedaba abierta. De hecho, fueron las vanguardias norteamericanas constituidas en dirección hacia aquellos predios desérticos e inhabitables que permitieron la valoración de los recursos naturales explotables y diseñaron los ejes de penetración para los pioneros interesados en la ocupación de aquellos territorios. Con ellos avanzó la frontera de la población blanca más alla del Mississipi. Correlativamente, y al revelarse en el colono una necesidad de tierra cada vez más imperiosa, la frontera del indio iba retrocediendo. Estos son los dos polos mayores del balance que se cierran en el año 1848. El norteamericano ocupa el polo positivo, conquistador victorioso de las soledades del piel roja, al que le queda reservado el papel nocivo, ese que condenaba a los sometidos. En la conquista del Oeste se dieron, por tanto, varios factores: deseos de prosperar, afán romántico de aventuras, conciencia de superioridad y derecho moral sobre antiguos pobladores, además de una lógica protección de los gobiernos para con el proceso de instalación de los asentamientos. Finalmente, se conjugan el ideal de propagar la democracia, revestirla formalmente de la religión cristiana así como de afianzar el liderazgo absolutista del gobierno. Entre los años 1803 y 1850, los EEUU había casi triplicado su territorio. Tenían algo más de veinte millones de habitantes, sin contar la población autóctona. El país estaba listo para la conquista definitiva del Oeste... Los primeros films acerca de pistoleros, forajidos, atracadores de trenes, cazadores de búfalos, vaqueros, alguaciles, ganaderos, colonos, rancheros e indios rebeldes -no olvidemos que estos últimos reclamaban aquello que siempre les había pertenecido, es decir, un lugar de donde fueron expoliados- explicaban situaciones violentas que ocurrían en diversas zonas del país. Cuando Porter filma The Great Train Robbery en 1903, lo que muestran estas primeras imágenes oficiales del Western -el asalto a un tren- ya se habían producido estos hechos en la geografía norteamericana. El cine Western sale a la palestra cuando sus personajes protagónicos reales -convertidos luego en mitos populares precisamente por las películas- aún iban practicando sus fechorías desafiando ambos lados de la ley. Wyatt Earp, Búfalo Bill, Butch Cassidy, Sundance Kid y algunos otros pudieron haber asistido perfectamente a la proyección del film iniciático de Edwin Porter. De hecho, existe una película canadiense muy poco conocida titulada The Grey Fox de Philip Borsos, donde se fantasea sobre esta situación. Un viejo salteador de caminos -interpretado por Richard Farnsworth- retorna a sus actividades delictivas después de observar en una sala de cine la película de Porter. Por lo tanto, no hay un género tan arraigadamente yankee -junto al musical- como el Western... No hace mucho asistimos a la ceremonia de los premios de la Academia, y observamos como se colaba el Western Temple de acero de los hermanos Coen entre las 10 mejores películas del 2010. Era un remake, y aunque Jeff Bridges -el mejor actor vivo de la actualidad- hizo una interpretación formidable, no pudo superar lo realizado por el mítico John Wayne, quien ganó con el film de Henry Hathaway en 1969 el único Oscar de su carrera como icono absoluto de las películas del Oeste. Quizá pueda que los hermanos Coen lograron traernos una añorada como magnífica reminiscencia a través de un ejercicio moderno, mejor pensado y fantásticamente explotado por sus avances tecnológicos, pero el Temple de acero del maestro Hathaway tenía intacto en sus entrañas el genuino reflejo espiritual de una época dorada. El Western nunca morirá...

Pero de lo que tenemos que hablar en esta entrada no es precisamente del Western convencional sino de una brillante posibilidad de remembranza llevada a la pantalla mediante el masivo cine de animación. Rango -muy al margen de todo lo espectacular construido tanto por Pixar/Disney como por Dreamsworks- es claramente una oferta visual tan magnífica como extraña, y que su director -el cuidadoso Gore Verbinski- logra canalizarlo de manera tal que pueda ser visto y disfrutado a partes iguales tanto por niños, jóvenes y adultos. Es una película que debería ser vista por todos sin excepción y me atrevería a decir que durará algún tiempo más en cartelera que cualquier film recomendable. Para unos, el entretenimiento es suficiente y se convierte definitivamente en una tan agradable como inesperada sorpresa. Para otros -los cinéfilos quisquillosos- Verbinski traspasa la simplista aventura de una bizarra lagartija con problemas existenciales que intenta encontrar la redención a través de convertirse en el “superhéroe” de un poblado solitario, para conquistarnos con una audaz recopilación de un sinfín de películas y personajes que poblaron los mejores años del Western norteamericano o del que se filmó en Europa en los años sesenta, y que fuera etiquetado como el “Spaghetti Western”, principalmente representados por Leone, Corbucci y en menor medida Rafael Romero Marchent, quienes basaron sus propuestas en los enfoques del genial Robert Aldrich. En Rango, no solo está planteada y homenajeada la serie “B” del lejano oeste –Dwan, De Toth, Siegel, Douglas, Selander, Corman, Tourneur, Boetticher, Fuller, Lewis o Arnold- sino que también hay referencias muy concretas hacia entrañables personajes como Don Knotts en The Shakiest Gun in the West o el Clint Eastwood de A Fistful of Dollars, el John Huston de Chinatown o el Lee Van Cleef de The Good, The Bad and the Ugly, el notable Lee Marvin en Cat Ballou y el no menos estrambótico Hunter S. Thompson de Fear and Loathing in Las Vegas. Por lo tanto, Verbinski se da el lujo de abarcar dos frentes contrapuestos y lo hace con suma inteligencia diciéndonos que bien se puede actualizar lo viejo y darle un baño de diversión así como de nostalgia, dentro de la originalidad y frescura que tienen que aflorar los films de estos tiempos. Además, no solo exhibe una fuerza visual impactante -aunque la trama caiga por momentos en algunos contratiempos narrativos- sino que está revestida con una hermosa banda sonora compuesta por la generosidad de un meticuloso Hans Zimmer -claramente influenciado por la magia de Ennio Morricone- al igual que la radiante fotografía de Roger Deakins quien también estuvo haciendo de las suyas en Temple de acero. De la realización y sus deberes, Rango tiene una factura imponente y está a la altura de lo mejor hecho en nomenclatura digital.

Pues bien, cuando todo parecía perdido y el desierto comenzaba a imponer sus reglas de supervivencia, nuestro horripilante pero simpático Rango conoce a una lagartija hembra que sufre de parálisis ante ciertas situaciones límites. Es ella la encargada de guiarlo hacia un desolado lugar, donde el problema límite es la escasez de agua. Esto origina que los integrantes del mismo se decidan a vender sus menguadas propiedades para intentar partir hacia otros lugares donde puedan volver a cosechar y empezar una nueva vida. Los personajes -su diseño y protagonismo- son lo más llamativo de la película. Rango llega cual intruso, y por azares del destino se convierte en el nuevo sheriff que tendrá que impartir justicia, aunque no tenga la menor idea de cómo hacerlo. Ahí está el gran reto de Verbinski, y sin duda que la justificación de plantearla como una evocación del viejo oeste. Sin embargo, cuando se integra a la comunidad -en un intento desesperado por salvar su vida- Rango inventa algunas historias para mejorar su reputación y así conseguir el respeto de los incautos y desesperados pobladores. Las anécdotas logran surtir efecto y pasa de ser un forastero arribista a mutar en el abanderado de la lucha contra el mal. Cuando todo parece irle a pedir de boca, y nuestra simpática lagartija comienza a asentarse en su inesperado rol, el banco del pueblo es asaltado siendo saqueada la última reserva de agua y poniendo en jaque las credenciales del nuevo comisario. Allí es donde comienza una entretenida aventura donde el reptil y sus aliados realizan una cruzada por el desierto en búsqueda de los culpables de la sequía absoluta. En Rango hay humor, ternura, maldad, desolación, esperanza, amor y más aderezos que la hacen una película de alto vuelo con una lozana historia, potenciada por las reglas del género en su real expresión. Lo más interesante de Rango -reitero que no es precisamente el guión- radica en la multiplicidad de personajes animados que pone en escena Verbinski, sus exageradas y repulsivas fisonomías -los búhos mariachis son espectaculares- y cómo los puede dotar de distintas personalidades -hay de todo como en botica- para que el conjunto de malos, buenos pero principalmente los feos, rocen la perfección visual. Rango no es Clint Eastwood -aunque lo imagina en un momento clave- ni menos John Wayne, pero tiene tareas similares que cumple a cabalidad y en forma divertida. Hay alguna escena donde Verbinski es muy inteligente al enfocar temas delicados como el tabaquismo y lo que éste puede llegar a producir. Es una buena oportunidad para que los padres que asistan con sus menores hijos le puedan explicar el contexto y lo perjudicial que puede llegar a resultar. Pienso que será muy difícil que podamos volver a ver un film animado vinculado al Western y protagonizado por una lagartija macho, camaleones, zarigüeyas, avestruces, pavos, lechuzas y todo tipo de bichos bizarros, que si bien es cierto no producen ternura visual -otro punto a favor de Verbinski- deja claro un mensaje de reflexión sobre todo a los padres para con sus hijos: explicarles los conceptos que involucran tanto a la violencia como a la justicia de forma no tan cruda. Verbinski logra plasmar el oeste crepuscular a través de la esperanza de unos animaluchos que luchan unidos contra la incertidumbre. Parece una broma calculada pero no lo es de modo alguno. Notable película que no debería pasar desapercibida. Hasta la próxima.