martes, 5 de abril de 2011

“The Messenger”, el extremo más siniestro de la guerra.















































La gran mayoría de veces aquellos films que giran dentro del contexto castrense suelen abordar exclusivamente el enfrentamiento armado sin considerar otras secuelas antitéticas no menos atractivas. Oren Moverman, un persuasivo guionista norteamericano -de origen israelí- se da maña no para volver a contarnos sobre la intervención yankee en Irak, ni del arrebujado sueño americano como un sinónimo de esperanza. Tampoco busca seducirnos a través de la apología de aquella rutina invasora ni nos vende un discurso tácito de lo arcano, y mucho menos usa su inteligencia creativa con el fin de defender la mojigatería de unos cuantos inmorales. Moverman no necesita matizar su experiencia con sangre ajena. El Mensajero no es una cordial invitación a caminar con los ojos vendados al borde de la cornisa, es todo lo contrario, utiliza con simpleza y contundencia la penumbra del escenario bélico como una metáfora puntillosa para demostrarnos con minuciosidad como es por dentro ese monstruo aparentemente invencible que bien define la mezquina sensibilidad de una autoridad embustera, responsable de la inacción hacia aquellos que entregaron sus vidas al servicio de su nación. Aquí Moverman se refugia en el extremo más traumático de una guerra postiza y estúpida. Su atinada visión cinematográfica se distancia de sentencias bélicas verticales como The Hurt Locker de Kathryn Bigelow –sorpresiva ganadora del Oscar- The Green Zone de Greengrass, The Kingdom de Berg o Battle for Haditha de Broomfield para adosarse a designios reflexivos como Grace is Gone de Strouse, la simulación de múltiples formatos que realizó Brian de Palma con Redacted, el acercamiento a la desolación de Neil Burger en The Lucky Ones, la parábola del hijo pródigo que intentó Sheridan con Brothers o quizá la oquedad entre el espionaje enfrentado al vínculo político que buscó Liman en la reciente Fair Game. Su objetivo es darle al común de los norteamericanos un certero golpe de añoranza en donde más le duele, no en el tormento del soldado invasor ni en la cándida sangre iraquí que corrió a raudales, sino en la recia desolación psicológica del familiar directo de aquel inocente combatiente muerto en batalla y/o lo que es lo mismo: el servicio de notificaciones de bajas de la milicia yankee. Notable conceptualización y mejor puesta en escena. Moverman también nos relata pacientemente -con una pericia en los planos y la cámara móvil- que no solo de hierba mala está compuesto un jardín descuidado. Existen seres humanos cuyas acciones rutinarias se gobiernan por valores distintivos vagamente explorados como la honestidad y el remordimiento aunque estos se tengan que fundamentar en la equivocación involuntaria de una identidad adoptada que es finalmente el ser un militar.

Will Montgomery -un apreciable ejercicio de contención hecho por Ben Foster- y el desenfrenado Capitán Stone –fabulosa actuación descarrilada de Woody Harrelson- configuran sin fisuras la excusa y contrapeso perfectos para que este pausado y calculador realizador pueda conducir y controlar una brutal historia que bien podría habérsele desbordado a cualquier otro que no hubiera expresado un punto de vista exhaustivo. Son justamente estos personajes tan distintos -salvo las actuaciones femeninas que secundan bien pero no destacan- los que irradian meridiana empatía porque son escritos y acondicionados con un poder intimidante por Moverman. Las interpretaciones son buenísimas tanto en las discusiones de jerarquía como cuando tienen que convivir al mismo nivel o en la obligación de acordar criterios de trabajo. Ambos son dubitativos pero porfiados, indulgentes pero implacables, opacos aunque esperanzadores, son sujetos comunes revestidos con una tintura de escozor que representa un uniforme tan cuestionado. Ambos mensajeros de la muerte nos perturban y a la vez consiguen contradecir nuestras emociones exponiendo con naturalidad sus pálidas vidas, sus insatisfacciones y fracasos, sus dudas acerca del suplicio como una enfermedad sin escape aunque siempre fijando la certeza de lo moral, de lo correcto, de lo legítimo que soporta su arisca misión. Hay escenas para todos los gustos y circunstancias, y las reacciones luego de la noticia están tratadas con suma prolijidad. Para Oren Moverman la verdadera oscuridad de la guerra se basa en lo espiritual y esta distanciada de la lucha física y/o tecnológica del infierno iraquí. Acá de lo que se trata es de una batalla mental mucho más intensa que el simple hecho de recepcionar y aceptar la fatalidad. Los efectos de la culpa enfocada desde la contrición como de lo estrictamente psicológico resultan más dañinos que la violencia misma. Dos instrumentos volubles -y hasta amenos- de la barbarie como Montgomery y Stone se encargan de trasladar los demonios de los desiertos a los hogares y dejarlos ahí sembrados para siempre. Pero lo que convierte en especial el trabajo de Moverman con el todo –interpretaciones, filmación y montaje- supone que el garrotazo de efecto tiene que ser seco, contundente y con la formalidad que la milicia supone, es decir, un protocolo normativo que debe ser cumplido a rajatabla. Pero Moverman no se queda estancado en lo formal ni en lo accesorio de lo narrativo sino que logra separar el rigor reglamentario de la realidad cotidiana a sabiendas que el de los dos mensajeros no es un trabajo que pueda hacerse sin involucrarse con la víctima. Mientras uno comunica el otro observa, y ambos tienen que soportar, lidiar e incorporar a sus ya demolidas supervivencias las diferentes aristas del sufrimiento ajeno. La afección es muchas veces insoportable porque se mezcla con experiencias que se reavivan en el diálogo y se imantan al recuerdo aún latente. Y es ahí donde Moverman hace la diferencia porque le suma matices muy parecidos a dos hombres de instintos disimiles aunque de formación exacta. Con este inusual planteamiento, un desarrollo evolutivo y el desenlace acorde, El mensajero se encarga de presentar en sociedad el retrato más comprimido y representativo de aquella frialdad austera que coloca a la desgracia como un símbolo ordinario en la vida del norteamericano típico. Si para Kathryn Bigelow la Zona de miedo es una droga, para Oren Moverman la presencia de El mensajero es un calvario. Vayan a verla que bien vale la pena observar detenidamente otra tomografía de una misma enfermedad. Hasta la próxima.