domingo, 1 de mayo de 2011

“Dulce venganza”, el opresor vive hasta que la víctima lo decide.
















































No quisiera parecer imprudente ni promocionar un género que no está entre mis preferidos, pero sí contarles lo animado que me resultó ver –no observar- la película de Steven Monroe -de quien no tengo referencia- cuyo título en su idioma nativo es I Spit on your Grave, y que literalmente traducido sería algo así como “escupo encima de tu sepultura”. Esta vez si comparto plenamente el título en idioma castellano porque encarna con meridiana precisión en su frase, lo más atractivo del film. Este despojado ejercicio de genuina naturaleza “exploitation” –de ilusoria consonancia moral- amaga con modificar lo esquemático de esos auténticos trazos del cine de clase "B" –aquel de bolsillo barato- que merodearon los famosos “grindhouses” de la antigua norteamérica, y que luego se extendieron como una plaga mundial convocando a todos aquellos que se atrevieron a catalogar “los estilos de exhibición” que hoy nos resultaría casi ridículo recordarlos. Es propicio señalar que Dulce venganza se basa en un remake de finales de los años 70 o comienzos de los 80 que no he podido visionar así que no puedo establecer comparaciones... Es conocido que cuando se intentó prestigiar culturalmente al llamado cine de horror -justamente el perteneciente a los inolvidables años ochenta- los críticos de la época puntualizaban la estrictez de su orientación sociológica dentro del tan mentado “apocalipsis yankee”, además cimentado en una estructura mental que mutaba entre lo admirable, lo neutro y lo espeluznante. La epitome no suponía ser despreciable del todo, pero si analizamos con detenimiento “tanta genialidad” las propuestas caía en la inmediata incredulidad porque la única verdad era que ofrecían algo poco consistente aunque de brillos momentáneos. Asimismo –al margen de los infiernos que iluminaba- sí se despuntaban cineastas que sabían mucho del oficio “de cómo inducir al miedo” en particular, Cronenberg, De Palma, Lynch, Carpenter o George Romero... Volviendo a la obra de Monroe, el director tiene un mérito que hoy por hoy nadie podría cuestionarle, más allá del siempre odioso prejuicio moral que cada espectador internaliza: sabe perfectamente hacia donde dirige su desvergüenza, y construye un doble juego psicológico que se moviliza entre aquellos matices de lo castizo y lo vituperable, permutando lo aparentemente “repugnante” en una muy aceptable mezcla de géneros que van desde el materno –cine de terror- pasando por el suspense, el thriller, la aventura y hasta la comedia negra. No creo ser desfachatado si refiero que la mayoría de los que estábamos presenciando el film, nos frotábamos las manos al ver como se iba cocinando a fuego lento la idea de la “venganza”. Me resulta sumamente natural y hasta coherente que nuestras “miserias interiores” también puedan ser recreadas por una argumentación que si bien es trillada, simplista, predecible, por ratos torpe y plagada de personajes estereotipados, no deje de llevar la huella imaginaria de la justicia por mano propia. Y de eso cabalmente se trata este inusual comentario: de ficcionar que todo ser humano que es brutalmente violentado en su tranquilidad y vejado en su honor, tenga el derecho a defenderse de la forma que considere pertinente. Aceptando que entre personas de bien -como nosotros- todo esto resulta nada más que pura petulancia –o quizá forzados espejismos que simbolizan deseos, tensiones y hasta sustos- el valor agregado que le da Monroe a su bífido discurso bien merece la pena saborearlo aunque los condimentos más cáusticos sean la tortura, la sangre y la humillación que se revuelven a cantidades iguales con el placer, la hipocresía y la carcajada. Este inmune realizador nos trae luego de 33 años algunos de los más selectos fragmentos de aquella hipnotizante imaginación donde se sostenía la aguda cinematografía de terror. Monroe -un poquitín cercano al estilacho de James Won con Saw o Craven y su The Last House of the Left- no solo filma con soltura y firmeza, o aglutina con perspicacia los diferentes elementos técnicos que dispone, sino que sabe temporalizar su impronta narrativa e incluso modificar la lógica de la misma al convertir a su bella protagonista –muy creíble la interpretación de Sarah Butler- de un ser absolutamente humano y terrícola, a una especie de “fantasma vengador candoroso” sin perder la esencia de su femineidad. Otro acierto –por más que parezca repetitivo- es el de edificar el vendaval de actos vengativos como consecuencia de los actos vejatorios. La escena final en donde lo hace pagar –con rigor descomunal- su culpa al desubicado alguacil –un indigno pero aparente honorable padre de familia- es fascinante y verdaderamente humorística. Si ustedes observaron la genial Pulp Fiction de Tarantino, podrán recordar lo que un sujeto le propina al trasero del personaje de Ving Rhames -Marcellus Wallace-. En el film de Monroe esa risible secuencia es una tacita de té con canela comparada a lo que la Butler le aplica a su violador. Es más, la saga Death Wish o El vengador anónimo que protagonizara Charles Bronson, es un caldo de verduras para diabéticos al lado de I Spit on your Grave. Llama también la atención, las variopintas formas en que Monroe aplica el concepto de la sinestesia en los planos que compone, sobre todo vinculados a las modalidades de tortura que en algunos casos hace explícitas y en otras las sugiere creativamente, dándole tirantez y continuidad a la historia de cada víctima. La trama no la tocaré porque cada uno de ustedes tiene que acomodar su percepción de los hechos y conceptuarlos. Lo que sí me quedó muy claro es que hace mucho que no me entretenía -disfrute pleno- con un film de horror. Monroe es un sagaz manipulador argumental, visual, musical y hasta sonoro. Todo está servido en un mismo plato: misterio, truculencia, fantasía, sexo, sensualidad, acción, tensión y comicidad. El dulce de la venganza no resulta empalagoso aunque si nos “introducimos” en ese mundillo de contradicciones donde pululan los críticos pagados más exigentes, la envoltura de efectismos que esta película luce -aún con la desventaja de ser un remake- parece una novela gótica y vomitiva. 100% recomendable para la aceptación o el rechazo. Una buena posibilidad de ir entrando en calor para lo que será dentro de algunas semanas la segunda vuelta electoral. Estoy seguro que a muchos les resultará grotesca, irritante, absurda y repudiable, pero no se olviden que hoy en la taquilla cinematográfica mundial las películas de terror –del estilo que sean- son las que lideran el consumo. Yo le veo una cierta inclinación humorística.