martes, 27 de septiembre de 2011

“Las aventuras de Ricky”, improbabilidad emotiva.



































Cómo reaccionaríamos si vamos de compras al supermercado o nos trasladamos a almorzar a un restaurante de moda, y nos encontramos ante un fenómeno insólito: un niño aparece ante nuestros ojos -como un hermoso pajarillo de colección- provisto de alas similares a las de una ave comestible y volando libremente a nuestro alrededor. El 95% se quedaría paralizado sin atinar a nada, el 4% reaccionaría con incredulidad, y quizá solo el 1% seguiría llenando el carrito o degustando la machacada fama de la comida peruana... Esto es quizá lo más seductor del plot argumental de la penúltima película del realizador francés Francois Ozon -Buñuel pareciera ser su influencia más concreta y Almodóvar una referencia obligada- donde el metamensaje, la parábola y la metáfora entre seres visiblemente perturbados se confunden sin remedio ignorando cualquier forma de lógica narrativa y desechando el intento de alguna explicación que pueda sugerir coherencia o correspondencia. Ozon -con habilidad y buena disposición- logra plasmar ingeniosamente un magnífico cuento de hadas escrito por la inglesa Rose Tremain, y brindarnos un entretenido y singular film que luce sesgado por una especie de naturalismo cotidiano que va transitando sin mayores problemas por diversos géneros, pero cuya dosis de realismo mágico lo constituyen diversos elementos surrealistas. El cine de Ozon subordina los diálogos al poder de las imágenes. Sus personajes no suelen hablar demasiado, no se autoexplican en base a palabras o locuciones, sino a través del encuadre preciso, trabajado con paciencia, una composición de planos que resulta inesperada, un sutil desplazamiento de la cámara cargada de designios particulares. No son las frases las que definen su impronta sino sus acciones. Si bien es cierto, el estilo de realización de Francois Ozon es esencialmente francés, se distancia de otros enfoques de directores del mismo país, por su franca apuesta de lo visual como transmisor genuino de los sentidos, que otros de apreciable talante pero que buscan situarse dentro de la verborrea y el diálogo constante como motor del relato. Y es por ese camino de la retina y no de la memoria argumental que debemos comprender “Las aventuras de Ricky” o “Ricky”: una sencilla obra sin mucho equipaje cinematográfico pero que juega al drama y/o a la comedia fantástica de manera cordial a través del simbolismo emotivo de lo improbable que se refugia en los avatares de una familia disfuncional. La clave de la película está definida por un sentimiento apacible del desacomodo como de la extravagancia. No es ninguna revelación de un genio pero sí un riesgo de un sujeto que sabe hacer cine sensible y que tiene la virtud de filmar con pulcritud... No es algo muy normal que en una semana de estrenos en la cartelera limeña puedan existir dos películas francesas, y ambas con improntas cruzadas justamente para públicos de distinto paladar. Sin duda que un acierto de los golpeteados distribuidores aunque la promoción no haya sido lo suficientemente compacta.

La trama es simple, ninguna complicación para seguirla -quizá pueda ser interpretada de varias maneras- y nada pretenciosa. Katie –primera vez que observo actuar a Alexandra Lamy y es una mujer encantadora además de una intérprete segura- es una mamá soltera que vive con su hija Liza –la niña Mélusine Mayance es muy linda y lo mejor del film- en un apartamento limitado de un barrio marginal. Su temple de mujer luchadora –sostiene bien los matices del personaje sufrido- son bien definidos por Ozon, incluso en su trabajo como una operadora de una sala de empaques de una pequeña empresa industrial. Pero hay un tema que siempre se concibe como recurrente que Ozon sabe manejar sin desbordarlo aunque desdoblándolo con justeza: la monotonía de Madre e Hija. Liza toma las riendas de la trama y se posesiona como la protagonista invisible. Sus actitudes así lo demuestran. Despierta a su mamá, le prepara el desayuno, la apura para que se levante y muchas veces -dotada de una inocencia cautivadora- logra contener los sinsabores de su progenitora. En otras palabras -y esto lo hace Ozon con claras intenciones metafóricas- Liza luce un nada común proceder maternal. Sin embargo, los roles se intercambian con frecuencia y acierto entre ella y Katie. Ésta, conoce a Paco, un trabajador de la misma fábrica –otra vez el español Sergi López que ahora cambia con respecto a su papel en Partir- un tipo frío y peludo como un árbol en la nieve, de quien se enamora, convive en casa de Katie y Liza, y de un momento a otro -Ozon maneja con suma propiedad la elipsis- nace Ricky, nombre que se le ocurre sin saber porqué a Liza. El francés empieza a tejer la fantasía a través de los ojos e imaginación de la pequeña o quizá a partir del desmayo que sufre Katie -incluyendo el haberse sacado la lotto-. Ozon es lo suficientemente astuto para confundir, anudar la acción y/o desviar su importancia. El bebé de tibios ojos celestes es realmente bonito pero tiene un defecto materno: llora demasiado -la primera escena del film donde Katie hace lo mismo porque ya no puede con la crianza de sus hijos está articulada con inteligencia y concisión-. El motivo es que le están creciendo alas en su espaldita. Éstas, no son precisamente las de un Querubín sino más bien tienen un correlativo animal, son alas de gallina. Ozon vuelve a poner en tela de juicio a una normalidad cómplice de Katie. Hay tres escenas muy bien filmadas que simbolizan la ignorancia y desesperación de Katie: va a una librería a comprar material sobre alas de aves, acude al mercado y pregunta acerca de las alas de una gallina, y finalmente les va midiendo las alitas a su hijo correlacionándolo con su peso y el de la gallina del mercado. Ella piensa que el papá de Ricky le pega y termina por echarlo de casa. Acá hay un tema que sería bueno que se pueda discutir entre ustedes. Cuando Ozon instala el género fantástico en su film a través de las alas de Ricky, aprovecha para que Katie desarrolle a plenitud su rol de mamá, a Liza para que lo abandone y asuma su vínculo con su medio hermano, es decir, lo irreal motiva lo real: la transformación de las vidas de ambas. Ese transitar de Ozon por diversos géneros es tratado con coherencia y tiene mucho sentido de pertenencia e identidad. Los efectos especiales no son descomunales, por el contrario, son elementales y su uso funciona para unir a la familia, no busca el efectismo visual, aunque éste existe. Me agradó lo que busca Ozon como objetivo de su film, me refiero al trazo de la libertad absoluta como metamensaje y la utilización de Ricky como vehículo conductor. Al francés le importa poco que el espectador piense o crea que todo es un sueño -o que provenga de la imaginación de Liza- o realmente sucedió. Lo que le interesa es la forma de vincularse, los nuevos lazos que se adhieren, el ser parte de una renovada familia, saber que el abandono es muy distinto que dejar libre a alguien así como aceptar y ceder nuevos espacios. Absolutamente nada puede ser perfecto en la vida de un ser humano, lo importante es vivir y disfrutar de cada momento y saber apreciar a quién uno tiene a su lado tenga este decenas de virtudes o defectos, gestos cotidianos o socorros mutuos. El ejemplo de la moto –primero manejada por Katie- y al final por Paco, es un ejemplo de la consolidación, aún perdiendo a Ricky o que éste haya sido tan solo una ilusión. Francois Ozon nos propone una especie de metáfora de lo que todas aquellas personas que traen un nuevo ser al mundo quieren, que este sea mejor que los padres, es decir, la superación de uno mismo como dogma de esperanza.

Cambiando de tema, quería recomendarles a los seguidores del blog la película The Believer de Henry Bean (2001). Hay películas que nos suelen atrapar por su estética, su puesta en escena, sus interpretaciones o sus formas etc., pero otras que nos subyugan intensamente por su contenido. Todo esto es inherente a la cinematografía aunque lo último no lo parezca porque no está ligado íntimamente a las imágenes en movimiento. Sin embargo, el contenido puede lograr -apoyado por los demás elementos- el descubrir perspectivas de conocimiento y reflexión que otras respetables artes muchas veces no nos lo permita. The Believer es de aquellos films que intentan dar opinión pero sobre todo causar polémica sobre un tema que siempre estará dominado por odios y pasiones: El nazismo y el judaísmo. El agua y el aceite no se complementan ni se mezclan pero pueden juntarse para mostrar cada cual sus propiedades. En la ópera prima de Henry Bean -que ganó Sundance en 2001- un neurótico adolescente skinhead, popular militante fascista y de conocidas ideas antisemitas, escondía con desparpajo sus orígenes judíos a sus compañeros de cruzada. Al margen de los repugnantes nazistas, el plot argumental se posiciona con sustento en el caso de los judíos auto-odiadores, que todos nos hemos podido dar cuenta por actitudes y maltratos, es casi una cuestión canónica. Las múltiples desgracias que ha sufrido el pueblo de Israel a lo largo y ancho de su historia, crearon un brutal sentimiento de auto-culpabilidad y de oscurísima sentencia hacia sus propios intereses e intelectos que no me sorprende en lo absoluto pero que si me suele incomodar cuando recuerdo cómo dos -o quizá tres- de estos individuos pisotearon con irreverencia mi lealtad y respeto hacia su propia humanidad. Es obvio que por unos pocos bufones -yo los defino como “pobres con plata” no voy a meter en la misma alcantarilla a toda la comunidad judía que vive en nuestro país. Como el genial Woody Allen -reconocido judío ateo- describe en sus películas casi sin hacerse cargo de su reclamo por ser lo que es a través del “Tanta” que representa el elemento u objeto de broma o chacota cuando construye sus obras, mi ironía también busca su lugar. Y en The Believer es justamente el personaje protagónico -interpretado estupendamente por Ryan Gosling- quien me lleva a reconfirmar mi perspectiva acerca de los judíos auto-odiadores. En general, en todo grupo de judíos siempre hay algún auto-odiador. Un ejemplo sería el de algunas izquierdas europeas, sumamente ricas y favorecidas, que precisamente por ser adineradas y suertudas, se han sentido con un altísimo complejo de agresividad envuelta en burbujas de pasividad con relación a su prédica de la igualdad frente a otros que, casi siempre, eran considerados como lumpen, pobres y desventurados, además de egoístas y aterradores, pero aparentemente dotados de una estatura moral de las que ellos carecían. El realizador bosqueja con verdad la inmensa capacidad de odiar, una actitud insuperable, por adaptativa y por poco justificada, y cómo la aversión racial, cultural y política no tiene ningún tipo de justificación orgánica sino educacional y social. El personaje de Gosling tiene adherida una tendencia natural a focalizar en otros los males y sus afanes discriminatorios. Este misil de sentimientos bajos lo destinó hacia los judíos. Al conocer de su origen no tuvo más remedio que ejecutar el sueño íntimo de un auto-odiador, la extinción de su objeto odiado en su propia persona. El mensaje queda claro en este desdoblamiento de un antisemitismo enfermizo: en el fondo, en el último resquicio de su corazón logra comprender y valorar una eliminación de ese tenebroso enemigo frente al cual desembucha su fobia y desprecio. Lo mejor de la película es la intensa y asombrosa paradoja que presenta el protagonista a medida que se va desmenuzando su historia. Muchos considerarán que lo que plasma Bean en pantalla ofrece más exposición que explicación, más conducta que análisis, más resolución que conclusión pero no es así, Bean cuida los detalles en la expresividad de su personaje e irradia puro contenido. Muy recomendable.