jueves, 8 de septiembre de 2011

“Loco y estúpido amor”, gestos románticos multifamiliares.



















































Luego de observar El planeta de los simios de Rupert Wyatt -The Escapist- y Cowboys and Aliens de Favreau -Iron Man 1 y 2- he preferido comentar el film del dueto conformado por Glenn Ficarra y John Requa: Loco y estúpido amor. Y no lo hago porque considere que sean películas inferiores o no recomendables. Todo lo contrario, hay que ir a verlas. Simplemente es una elección para poder explayarme más en las relaciones amorosas que nos embargan en la cotidianeidad, y que detonan en el romanticismo bien concebido, por encima de un par de buenas propuestas que están fabricadas pensando en una impronta algo abstracta en el primero de los films y reciclada -para bien- en el segundo. Tanto la puesta en escena de Wyatt como la de Favreau cumplen con el “factor entretenimiento” de los géneros de ciencia ficción y aventuras. En el caso de Cowboys and Aliens la combinación adecuada de dos de los géneros vitales de la historia del cine -más allá del intentar una postura innovadora- donde vaqueros y alienígenas contraponen cada quien sus presencias y fundamentos, el film sostiene con firmeza sus fortalezas -los efectos especiales y las actuaciones- y sus limitantes -la ficción es simplista- resultando atractivo y llevadero. Favreau no es imprudente al esbozar su estructura narrativa -es un especialista de la acción- y saca adelante una historia incompatible por definición pero lo suficientemente bien cuidada que no llega a tener la intensidad que se esperaba pero que a través de su planteamiento inicial -la amnesia junto al brazalete de Daniel Craig- y el posterior desarrollo de una trama predecible de enfrentamientos entre buenos y malos, no desentona en su tópico general. Habrán muchos que pensarán lo contrario o algunos otros que tengan sentimientos encontrados, pero en realidad se trata de un primer experimento no fallido entre la mezcla del agua con el aceite... En el caso de la película de Wyatt es un reboot muy bien hecho. Si la comparamos con el desastre que realizó Tim Burton hace algún tiempo, lo construido por el director inglés es una obra de características notables. Pero -como siempre en el tema cine- hay que tener cuidado en sobrevalorar películas que ya han sido mostradas en versiones distintas, y que han dejado algún tipo de huella generacional en su expresividad artística. Esta versión resulta seductora por varias razones. Pero lo que más me causó sorpresa radica en el mensaje de humanidad que sí trasciende y que logra Wyatt incluir, pero que tapa con una historia envuelta en muchos géneros bien distribuidos y escenas integradas con precisión: Un simio llega a ser mucho más humano que cualquier ser humano. Técnicamente la película es magnífica. Wyatt demuestra un talento inesperado. Le imprime a su relato un ritmo vertiginoso que lo mantiene en todo el transcurrir de la trama. La performance del actor británico Andy Serkis no deja de asombrar, y está bien respaldada por actores jóvenes que le suman al conjunto. Wyatt juega inteligentemente con la emotividad y el dramatismo, plantea y conjuga las debilidades de una especie tanto como la necesidad de libertad de la otra. Es muy interesante el escenario de rebelión que contienen sus imágenes, donde con pericia logra darle vuelta a las cosas a través del cambio sustancial del status quo. Vale la pena ver esta precuela renovadora donde la escena final es bastante sensible, y reitero que podemos apreciar una interpretación brillante de Andy Serkis -Burke and Hare- en piel del simio César.

Mucho se habla en estos tiempos sobre la fragilidad de los matrimonios con o sin hijos y si el hecho de su consolidación puede sostenerse como en antaño o diluirse con extrema simpleza. En nuestro país encontramos en mayor cantidad un desentendimiento a veces inexplicable, otras no, de la pareja, la convulsión inevitable de la relación, la separación y finalmente el rompimiento. No me refiero exclusivamente a la gente joven sino también a los adultos, que parecen haber tomado el camino de la explotación integral de la soledad como factor experimental y vivencial, además como una excusa imposible de apelar para vivir nuevas experiencias de todo tipo deshaciéndose de responsabilidades adquiridas. El tema es complejo y cada quien pondrá su tesis sobre la mesa. La realidad nos va dando las pautas, y así como la Iglesia Católica ya no tiene más argumentos para convencernos en forma racional de la existencia de Dios, las mujeres de hoy si los tienen para poder forjarse el porvenir que ellas deseen y -aunque suene extraño- sin la presencia física del hombre. Los tiempos cambian, los almacenes corporales se renuevan y las relaciones amorosas tienen un punto de saturación ya establecido. Pues bien, Loco y estúpido amor es una película que trata de estos y otros temas imbuyéndolos en el género de la comedia romántica pero con tendencia a dramatizar e irse de vez en cuando por los nada apacibles escenarios del engaño y la decepción. Sus directores, Glenn Ficarra y John Requa ya tuvieron una ópera prima donde apuestan por darle al romance homosexual la normalidad más absoluta, aquella opción lógica y razonable que exigen los tiempos que corren. Su film I Love you Phillip Morris de 2009 es un buen motivo para distraerse, ya que ancla dentro de la tragedia romántica hábilmente disfrazada por la comedia negra. El amor surge dentro de una prisión, un lugar no muy afecto a estos avatares. El protagonista es Jim Carrey y tiene como secundario al inglés Ewan McGregor. Ambos logran plasmar tanto la audacia como el sometimiento de una pareja homo al paso. La estuve repasando anoche y la verdad que la encontré inteligente y divertida. El desparpajo con que se le enfrenta a un “delicatesen” como la homosexualidad desde una óptica desprejuiciada es estupendo. Si hay algo que hace efectiva esta película es su naturalidad y su claro sentido de la cadencia rítmica. Volviendo a Loco y estúpido amor, la crisis de la pareja protagónica pasa por la separación sin motivo aparente. Pero con el transcurrir de las andanzas de cada uno de sus personajes, la separación termina congelándose. El plot argumentativo señala que existe siempre una etapa pasajera, pertinente para el sufrimiento, el extrañar, la reflexión etc., para luego tomar nuevas fuerzas y volver a despegar hacia la reconquista, pues el guión propone que el amor nace, crece y florece en familia, junto a la mujer, los hijos y hasta que la muerte los separe. No obstante, el film alberga algunos pasajes apreciables de la comedia romántica en estado puro, algunos más o menos locos, otros medianamente estúpidos, aunque todos amorosos. No olvidemos algo importante. Son pocas aquellas comedias románticas contemporáneas que logran sobresalir de sus pares. El género ha sido exprimido hasta la saciedad, al extremo de convertirse en un molde formado por muchos otros que imitan un patrón guionístico que continúa funcionando y satisfaciendo a un público adepto. El título tanto en castellano como en inglés describe cabalmente lo que sucede en la trama. Ficarra y Requa se asoman sin complejos a aquel cine que ha hecho de los abatimientos de pareja un sub-género dramático, y es ahí donde aciertan doblemente. Primero, porque van ridiculizando la depresión pero sin volverla trillada ni invasiva donde el romance toma un papel secundario ante la comedia, teniendo el guión muchas escenas y frases tanto ocurrentes como amenas. Segundo, porque utilizan personajes con historias propias que se desarrollan en paralelo y logran interesar recíprocamente para luego empalmarlas en un todo que si tiene envoltura de convencionalismo pero que solo dura unos instantes.

El comienzo del film es una extraña pero divertida exposición de zapatería de lujo hasta llegar con la cámara a las zapatillas de Cal -un Steve Carell acostumbrado a este tipo de papeles- que no están de acuerdo al lugar, en este caso un lujoso restaurante. Luego se produce la toma donde Cal comparte la mesa con Emily -una siempre fabulosa Julianne Moore- quien a pesar de estar juntos más de 25 años hace algo rarísimo –por lo menos en el género romántico- como proponerle el divorcio a Cal. Ella confiesa que le ha sido infiel con un compañero de trabajo -la Moore es tan convincente que uno le cree- para luego desbordarse la cosa camino a casa. Cal se siente ofendido y se muda a un pequeño departamento. Su incomprensión lo lleva a beber su aflicción en la barra de un bar de la ciudad donde acude “gente en busca de gente”. En el devenir conoce a Jacob -un Ryan Gosling notable en el papel de mujeriego y metrosexual- un practicante genuino del estilo irresistible de conquistar damas de todo tipo. Ya había hecho gala de un match fallido con la carilinda Emma Stone, a quien seduce de manera inteligente ya que le deja plantada la semillita que luego florecerá. Lo interesante de esta parte del film es como Jacob logra convencerlo a Cal para salir de ese estado desesperanzador. Le va enseñando como vestirse y poco a poco lo va “educando” en el arte de la seducción para llevarse una chica por noche a su nuevo hogar. La química entre Gosling y Carell no tiene precio y se convierte en lo mejor de la película. En paralelo, los hijos de Emily y Cal son cuidados por una niñera que se enamora de Cal pero que también sufre las declaraciones del hijo de éste. Esta historia le aporta mucha espontaneidad al film porque tiene sus propias conjeturas que resolver. Otra de las parejas que se imantan de una manera perfecta es la formada por Emma Stone y Ryan Gosling. Su tardío enamoramiento -la escena de la primera cita en casa de Jacob es muy bien trabajada- demuestra que Jacob es un cordero con piel de lobo feroz. Gosling cada día actúa mejor y esperemos que este sea su año de nominación a los premios de la Academia debido a su actuación en The Ides of March, film dirigido por George Clooney. Algo que acotar. En Loco y estúpido amor, Gosling no refleja las actitudes del sujeto pedante ni despreciable sino como el perfecto cazador que sabe cómo tratar a las mujeres. Luego se van dando diferentes situaciones donde todos los personajes -entre ellos muy buenos secundarios como Marisa Tomei y Kevin Bacon- van tejiendo diferentes nudos de acción que son resueltos con imaginación y sin sobrepasarse. Los directores, ofrecen, además, un par de escenas en las que alternan convenientemente la elegancia formal y la eficiencia narrativa, que hacen de un recurso como la elipsis -con y sin corte- un basamento indispensable, y que amalgaman como mero pretexto las conquistas de Jacob y Cal por separado. La osadía de los realizadores es contenida por la decencia o moralidad, terminando por reforzar con acierto al matrimonio. La comedia multifamiliar impone su ley marcial y satisface a los soñadores o vendedores de ilusiones. Los afanes de Ficarra y Requa, no obstante, son provechosos para imprimir dosis de calidez que alcanzan para creer en el romanticismo más allá de lo que se observa en pantalla. El mundo romántico de hoy no es tan perfecto como en el desenlace de la película, pero por lo menos cinematográficamente estamos frente a un producto cuyo mayor mérito es respetar lo que sufre y siente cada quien en su lucha por intentar ser feliz. En todo caso, en ningún momento del film se destila rencor o ponzoña. Loco y estúpido amor no es una obra de tesis, es solamente una película entretenida y con objetivos transparentes. No se la pierdan.