jueves, 24 de noviembre de 2011

“Un cuento chino”, todos cargamos con nuestra propia vaca.







































Recién pude ir a ver ayer miércoles por la tarde Un cuento chino y pese a su inminente dosis de previsibilidad o una pomposidad bien controlada, hay que disfrutarla en su verdadera esencia, es decir, la presencia del azar como una constante que acerca a sus personajes aparentemente antagónicos pero en el fondo con muchos fundamentos en común. El principal, la soledad y la intención de no querer resignarse a esta. Siempre debemos tratar de juzgar las películas por lo que son y no por lo que aparentan ser, y Un cuento chino de Sebastián Borensztein es una de esas comedias negras dramáticas que acierta más de lo que yerra en su interesante meollo argumental. El director argentino conoce bastante bien la impronta de la comedia –esta vez le agrega recursos fílmicos muy simples y efectivos que delinean con exactitud los lazos afectivos, la camaradería y la necesidad de una demanda moral ante una propia perspectiva social y cultural- habiendo demostrado su buen manejo del género cuando escribió y rodó La suerte está echada en el 2005 aunque pareció trastabillar algunos años más tarde en un desparramado experimento mexicano sometido al thriller, y que daba la impresión de querer comportarse como la ingeniosa Memento de Nolan, sumada la desaprensión de un estilacho latino inexistente. En Un cuento chino el imaginario de Borensztein se cuelga y desarrolla a partir de una noticia cierta aunque insólita ocurrida en el Asia. Una vaca cayó del cielo y hundió un pesquero japonés en mar ruso. Así lo explicaron a las autoridades del lugar algunos marinos japoneses al ser rescatados. Ante la duda y el descreimiento las autoridades decidieron detenerlos… Borensztein hizo de una noticia lejana y pintoresca una estupenda excusa para hacer su película, sabe diseñarla e incorporarle los sentimientos que supone relevantes. Comienza la misma reproduciendo -dentro de su hiperestesia mental- lo aparentemente sucedido pero en un contexto diferente –un subterfugio ciego- donde exhibe un lago inmenso y solitario donde dos personas de origen chino intentan jurarse amor eterno. El argentino no es bobo y no subtitula lo que ellos conversan, pero con las simbologías que utiliza -y que derivan en universales- como los anillos, el champagne, las miradas y sonrisas cómplices etc., nos va introduciendo en su historia a través de una narrativa que fluye sin mayores problemas. Cae del cielo una vaca, muere la novia, se salva el novio, y ya estamos dentro de la fábula moral que plantea el cineasta argentino. Claro está que la comunidad china en la Argentina es tanta o mayor que en el Perú, y tienen casi los mismos problemas, por lo que no es difícil darse cuenta hacia qué objetivos desprendidos apunta Borensztein. Quizá el argentino tenga una ventaja considerable para explicarlos al contar como protagonista con el fabuloso actor Ricardo Darín. Prácticamente actúa sólo y las veces en que se junta con otros personajes estereotipados –salvo las interacciones con Huang Sheng Huang- su invisibilidad interpretativa es excepcional. Pero más allá de las idas y vueltas de ambos personajes, de sus cordialidades y desapegos, de los gestos secos y estados alterados en el caso del ferretero Darín o festivos y carismáticos de Huang, del idioma como barrera y emblema de la incomunicación, del choque y el sincretismo de culturas en este mundo globalizado y violento, de la infaltable discriminación policiaca, del cable a tierra que representa una buena mujer, del Chinatown bonaerense, de los efectos especiales, de sus locaciones que confunden etc., Un cuento chino es un film embriagado en un trasfondo de culpa, ese tipo de culpa que necesita de una liberación personal urgente pero que no llega rápido, que hay que buscarla o trabajarla pacientemente, que sí pasa dos veces y que hay que estar muy atento para darse cuenta de su presencia. El personaje de Darín acumula una culpa retenida de la guerra y de la relación con su padre en los avisos que recorta, sonríe, imagina y guarda. Hay algo que le pesa y que no puede sacarlo de su interior. Por lo tanto, esas libertades reprimidas son de peso afectivo, expresivo, psicológico etc. Son características complejas de plasmar en pantalla, y que solamente un actor de la capacidad de manejo de tiempos y atmósferas apretadas como un taciturno Darín, lo suele hacer con precisa naturalidad. Oscar Wilde afirmaba que el arte vivía de servidumbres y moría de libertad. Al saber Borensztein que es lo que realmente quiere en esa dimensionalidad genuina de sus personajes, su film alcanza por momentos una dinámica cautivante, pero que no es fácil mantener siempre en un nivel superlativo. El argentino tiene a veces que frenar el ritmo y para eso utiliza a la actriz Muriel Santa Ana como un acicate adecuado. Entonces –por una cuestión de lógica narrativa- hay escenas que parecen extraviarse. Uno siente que la película gira y se sobregira a su antojo. Pero, todo está bien calculado por el director argentino, quien logra finalmente convertir la transgresión en observancia. Expuesta de esta manera, Un cuento chino termina siendo una película vinculante de razones extrañas aunque de sensibilidades compartidas. Buen film, para entretenerse, no perdérselo y recordar que muchos nos hemos visto en ese escabroso espejo.