domingo, 18 de diciembre de 2011

“Nirgendwo in Afrika”, cerca pero lejos del Holocausto.































































Inducción histórica, rigor interpretativo, valentía para intentar una reflexión moral del valor que adquiere la familia, talento cinematográfico y alejamiento de los lugares comunes, son algunas de las características más interesantes del film En un lugar de África o Nirgendwo in Afrika, 2001, de la sutil realizadora alemana Caroline Link, quien ya se había destacado con Más allá del silencio o Jenseits der Stille allá por 1996, justificando su nominación a un Oscar a mejor film de habla no inglesa pero sin mayor fortuna. La alemana logra enhebrar en los límites del drama punzante que toca con temida insurrección a la discapacidad y su implicancia familiar, una crónica perfecta que se sirve del arrepentimiento, la añoranza, la soledad, la discrepancia y la carencia como elementos indagatorios de la búsqueda humana. Seis años más tarde volvería a ser considerada por la Academia pero esta vez sí se llevaría la estatuilla para su país con la estupenda Nirgendwo in Afrika, una de las cintas más completas del sub-género. Sin embargo, han existido muchos y muy buenos films que se hayan instalado en algún lugar y circunstancia de este continente como locación para desarrollar infinitas historias de aventuras, dramas, acción, romances etc. Entre estas se puede revisar las siguientes: Sahara de Korda, Casablanca de Curtiz, The Snows of Kilimanjaro de King, King Solomon's Mines de Marton y Bennett, The African Queen de Huston, Mogambo de Ford, The Nun's Story de Zinnemann, Moi un noir del francés Jean Rouch (un especialista en la materia), Lawrence of Arabia de Lean, Born Free de Hill, Hatari de Hawks, Zulu de Endfield, The Passenger de Antonioni, The Wind and the Lion de Milius, Out of Africa de Pollack, Cry Freedom de Attenborough, Gorillas in the Mist de Apted, Mountains of the Moon de Rafelson, Sarafina de Roodt, The Power of One de Avildsen, White Hunter, Black Heart de Eastwood, The Ghost and the Darkness de Hopkins, The English Patient de Minghella, Hotel Rwanda de George, The Constant Gardener de Meirelles, Moolaadé de Sembene (comentada en este blog), Tsotsi de Hood, Shooting Dogs de Caton-Jones, The Blood Diamond de Zwick, Invictus de Eastwood, Les neiges du Kilimandjaro de Guédiguian, y la última ganadora del Oscar 2010 a mejor film de habla no inglesa, la danesa In a Better World de Susanne Bier. En los dominios de la cinematografía moderna, aquellos films de o sobre el África han tomado un protagonismo inusual. En estos últimos años se han realizado muchas producciones que llamaron la atención por el contexto de su narrativa apoyados en eventos reales de su historia reciente. Un tema que llama la atención es la polémica acerca del grado de fidelidad histórica de películas desarrolladas por estudios de cine de países y culturas diferentes, que pueden reverenciar aquellos acontecimientos que relatan con sesgos e incluso inexactitudes que pueden estar más allá de intencionalidades y miradas políticas. Sin embargo, no descubrimos nada nuevo si afirmamos que el África es un continente deslumbrante donde sus paisajes seducen al hombre occidental, y han nutrido la imaginación de los creadores de ficción y de los que intentan reproducir algunos hechos verídicos. Una característica en común son sus desérticos parajes donde una gota de agua equivale a la vida misma. Por esta y otras razones, la tierra de Tarzán guarda en sus entrañas historias inolvidables y verdaderas obras de arte.

En un lugar de África o Nirgendwo in Afrika empieza siendo narrada por una de sus protagonistas, Regina. En enero de 1938, Walter Redlich –sostenida interpretación del actor Merab Ninidze- está enfermo de malaria en una remota granja en Kenia. Su familia vive en Alemania la ascensión del nacismo al poder. Walter es un abogado inhabilitado de la práctica en su país natal por ser judío. En el África, el judío-alemán es cuidado hasta que sana por un benévolo cocinero llamado Owuor –magnífica actuación de Sidede Onyulo- y un vecino de la zona llamado Susskind. Este, al igual que Walter, es uno de esos judíos que tuvo la visión de irse de Alemania cuando los emigrantes todavía podían salir sin las barreras que impusieron luego los nazis. Incluso, se permitían marcharse con sus bienes y dinero. Walter envía con urgencia por su esposa Jettel –una estupenda y bella Juliane Köhler- e hija Regina -de apenas seis años- quienes viven junto a su padre en Leobschütz, a unirse a él en la granja donde radica. La cineasta alemana hace una breve pero consistente descripción y contraste de ambos parajes –muy contradictorios- y de la situación en que la familia se encuentra. Una vez instaladas en Kenia, Regina se sumerge con facilidad en las costumbres de su nuevo hogar a través de la presencia de Owuor, quien le enseña los gajes de su cultura. Por otro lado, su madre rechaza los símbolos de Kenia, con la esperanza de volver a su vida cómoda, hasta que la noticia de una Alemania tomada por el nacismo prevalece, y su futuro se vuelve sombrío. Cuando estalla la guerra, los británicos le otorgan una breve pasantía tanto a Walter como a Susskind en un campamento de enemigos extranjeros, mientras que a Jettel y Regina las refugian con las mujeres y niños alemanes en un hotel de lujo de Norfolk, en Nairobi. Walter pierde su trabajo y su casa, pero a través de una especie de infidelidad conversada de su esposa con un oficial británico, lo contratan para conducir una granja en Ol Joro Orok. La oportunidad permite a los Redlich enviar a Regina a un internado, pero la adopción y adaptación del matrimonio a una vida campesina en una tierra lejana desarrolla tensión en la pareja. Es interesante como Caroline Link logra contextualizar el relato –básicamente la historia de los Redlich- a través de un lugar caducante y decrépito como Kenia. Filma con destreza y sin exagerar la sequía que aborda la región africana. La crisis se hace sentir. Los animales se alimentan de los restos de las pocas plantas que siguen creciendo a lo largo de la tierra. Algunos mueren por la falta de agua. Para la cineasta alemana no hay excusa mala –la limitante del agua es una de ellas- pero cada vez que encuentra alguna no resulta pretenciosa. Si bien es cierto todo puede parecer plano, Link dosifica con precisión todas sus temáticas y no las vuelve tediosas. La alemana opta por centrarse en la relación entre Walter, Jettel y Regina, es decir, la familia integrada o autárquica. Cuenta la historia desde la perspectiva de la niña. Ella describe sus propias experiencias y recuerdos. Pero, sin duda, el personaje más arrebatador del film resulta ser la madre de Regina, Jettel, una mujer fascinante cuya progresión abarca el de una mujer emancipada que madura con cierta rapidez, que no sólo tiene que repensar su posición y sus prioridades, sino también la de su perspectiva familiar. Jettel no transmite su encanto ni su buen corazón porque su forma de vida la golpea con dureza. Si logra aparentar ser una mujer fría y dura, pero a la vez centrada en objetivos claros, como la educación de Regina, o sacar adelante la granja a la que regresa con posterioridad, sin Walter. Caroline Link no refiere a la braveza del lugar que se supone tiene animales salvajes y serpientes. El efecto es inverso aunque el peligro siempre está latente. Uno de las escenas más destacadas de la película es el ataque o la plaga de la langosta que invade el campo de maíz maduro, y es repelida por los mismos trabajadores a través de sus costumbres milenarias. El rodaje de este momento es excepcional por donde se le observe. En ningún lugar de África nos presenta un país lejano, mágico, amigable e inmerso en sus tradiciones nativas que resultan sugestivas. Esta nueva vida a través de los ojos de una niña y luego de una adolescente -con un curioso gusto por la vida en Kenia- hace de este film una propuesta refrescante. Muchos querrán que la cineasta alemana tome partido por Regina –en su doble etapa- pero ésta cumple un papel secundario muy interesante, tan igual al de Owuor. Es cierto que cuando aparece la niña –y la joven- el film se ilumina con intensidad. Ahí es donde se ve la mano de la Link que no exagera solamente el plot y sus historias sino a sus personajes. Hay que rescatar además su fotografía exuberante y relevante partitura poseen la solidez de una epopeya antigua de la época de oro de Hollywood. Las locaciones son muy buenas pero sin engrandecerlas ni atenuarlas. Todo está calculado al milímetro por la Link que demuestra una vez más su enorme sutileza y un formidable temperamento. Una de las mayores satisfacciones personales en mucho tiempo. Muy recomendable.