sábado, 31 de diciembre de 2011

“Revanche”, pensar antes de actuar.














































Lo intenté nuevamente esta vez, pero escribo vagamente en algunos lugares. No estoy en Lima, y aunque observé con atención la película para intentar sacarme el stress que me dejó el 2011, no logré hacerlo bien. Mil disculpas al lector. No había fórmula de hacer fluir el plot del film además de su temática gansteril enquistada en un thriller habitual –aunque algo raro- que se toma su tiempo para definir posturas, interpretaciones y acciones, abriéndose sin atenuantes a pesar que la intensidad que parece concretarse no llega, y el desenlace se pierde en una ¿¿comprensible?? charla entre posibles víctima o victimario, seres desconocidos y cercanos. La sangre no llega al río porque el guión prefiere que el mal se transmute en buenaventura, a través de la construcción de una trama sutil e inteligente. Pero, en este tipo de planteo, lo que Revanche sugiere puede resultar insuficiente a primera vista. Es una buena película pero no mucho más que eso. Su director, el austriaco Götz Spielmann, llena la pantalla con un cine apaciguado, de aguas tranquilas, de desnudos implícitos, naturales, sin un miligramo de estética sexual que pueda llamar nuestros deseos. De repente, el cineasta intenta -mediante una piedra arrojada a un lago- crear una metáfora claramente misericordiosa mediante ondas explicativas de lo que va a ser su film -bien hecha y mejor mostrada- cohesionadas en las escenas decisivas de la película, que parece vincularse como un espejo limpio de un remake de elementos clásicos del thriller que luce una negritud protagónica solamente en determinados momentos en donde la revancha o la venganza se acerca pero queda finalmente somnolienta ante una decisión de arrepentimiento y/o comprensión de lo cambiante del ser humano. En su película anterior, Antares, el austriaco se obsesiona por el amor que engaña, el que se cuelga de la infidelidad desnuda –no como en Revanche- modificando las atmósferas y sobre todo las ambientaciones. En Antares, tiene preferencia por lo urbano, edificios enormes con ventanas pequeñas –como en la notable Wasp- donde parece atrapar a sus personajes. No hay procesos de misticismos. En Revanche opta por el campo, la belleza de una naturaleza verde y cómplice que, sin embargo, es un lugar reposado, rutinario –como si fuera un lugar de oración- que no oprime al amor sino que lo libera. Un criminal y un policía son los personajes que cargan con la trama, y aunque esta se vuelve impredecible por cuestiones de distorsiones de género, llama la atención que ambos luzcan sin reacción, uno porque le mataron a la novia en un atraco filmado entre lo absorto y lo ingenuo, y el otro porque fue el que le disparó para matarla sin desearlo, y se siente traicionar a su institución. Los primeros minutos, Spielmann compromete el argumento como si se tratase de un cine negro policiaco ambientado en el mundo de la prostitución en Viena. El criminal perseguido y oculto en un cuarto alquilado por su novia –una prostituta joven y bella- sumado al voyerismo, y a la elegancia de un viejo tratante de blancas, conforman una primera parte que parece proyectarse hacia lo vedado y morboso de una historia llena de posibilidades pero que va tomando otro camino sin decaer en su fluidez narrativa. No es que el cineasta austriaco –sin el determinismo de su compatriota Haneke- no haga una buena labor sino que impone un estilo que difiere de lo pasional o fanático, y se encierra en lo espiritual. En su profundidad fílmica prioriza la redención, las buenas acciones de un anciano hacia su nieto retoño y viceversa, la infidelidad trabajada desde la necesidad, el sufrimiento contenido, y el sosiego como base angular de todo esto. No está mal –el film fue nominado al Oscar el 2008- pero la forma de contar la historia no explora en los recursos lógicos del drama que se convierten en thriller, o al revés... Johannes Krisch –buen actor- interpreta a Alex, un delincuente de poca monta, cuyo jefe dirige la casa de citas donde trabaja su novia rusa, Tamara –una hermosa y provocativa Irina Potapenko- quien también le apaña sus secretos, y que impone sus valoraciones morales antes que vender sus encantos. Los dos quieren salir de ese tipo de vida, y lo más fácil para Alex resulta robar un banco sin mucha pompa. El asalto resulta perfecto pero es frustrado al azar por un policía que pasaba por ahí. Alex huye y se refugia en la granja familiar con su abuelo, un hombre viejo y tradicional que encara los desaciertos de su nieto, pero que le da una oportunidad de quedarse con él para que trabaje en la madera y animales, como elemento redentor. Mientras se escondía, Alex se entera que un policía local llamado Robert –el que le frustró el atraco- vive en la finca de al lado con su esposa Susanne –una muy entregada Ursula Strauss- quien seduce sin importarle nada a Alex, ya que a Robert parece vencerlo el miedo, y el desgano de pareja. Quizá Revanche tenga cierta inclinación a quedar bien con los significados contrastantes de la religión. Incluso, podría suponerse que Spielmann prefiere evitar la desgracia y taparla con un perdón accesible aunque dudoso. El hecho que Alex vaya a vivir con su abuelo es importantísimo en la decisión de no vengarse de Robert. El anciano le transmite paz, tranquilidad y buenas maneras, cosas a las que Alex no está acostumbrado, pero logra percibir. Hay un detalle, el abuelo –que parece el padre- posee en una de las paredes de la casa, un retrato del Sagrado Corazón y una tarjeta de oración en memoria de su esposa muerta. Muchos crucifijos son parte del adorno común e incluso –ampliando la sospecha- en el banco los pocos personajes oran en los momentos del robo, y en el final hay una metáfora bíblica de los árboles caídos relacionados con sus frutos. Eso es lo que también me confunde porque cambia completamente la tendencia inicial que trabaja con acierto el austriaco. Incluso, Alex tiene en su dormitorio una foto de su novia asesinada a la que le rinde homenajes y recuerdos. Spielmann prefiere la no revancha, es decir, la no violencia, y centra su armamento cinematográfico en que ésta no solo no se produzca sino que quien se supone la va a llevar a cabo tenga un baño de contemplación y manumisión emocional –hasta mística- que si bien no es nada común, es el camino que escoge el cineasta con rigor y habilidad fílmica. Digamos que Spielmann no es llamativo en sus formas pero si en sus fondos, quizá perfecto a su manera y riesgo –la revancha requiere de un contexto moral y de una justificación moral- donde involucra la debilidad –en realidad es la fortaleza- del hombre para no obrar mal y saber anticipar una posible desgracia. Pero, si Spielmann piensa así sobre la vida, no creen ustedes que también debió corregir las continuas infidelidades de la mujer del policía para con Alex. Lo dejo a su criterio. Buena película. Feliz año 2012 a todos, en especial a mis queridos bloggistas.