lunes, 20 de febrero de 2012

"Caballo de guerra", el valor de la amistad entre el humano y la bestia.





































Habíamos señalado en la entrada anterior que el gran director norteamericano Steven Spielberg hizo Caballo de guerra o War Horse con la pretensión de hacernos recordar esa magnífica estética irlandesa del gran John Ford cuando éste lograba poner en pantalla aquellas auténticas aventuras costumbristas a través de inolvidables personajes, paisajes o situaciones de una ficción casi realista. También señalamos que uno de sus grandes films -The Quiet Man- pudiera ser la fuente inspiradora que un Spielberg algo inquieto -no descarto algunas películas del viejo oeste, también del viejo Ford- hubiera necesitado para filmar una historia fundamentalmente descriptiva de los años cuarenta y/o cincuenta, donde el cine de Hollywood estaba en su máximo esplendor, exprimiendo lo mejor de la diversidad de géneros. Finalmente, resumíamos que en Caballo de guerra, Spielberg había iniciado su propuesta con suma brillantez, luego la había llevado por un camino temeroso, y que el desenlace era demasiado predecible, algo así como un final al champazo, término que utilizamos los peruanos para expresar que un hecho se ha realizado de cualquier manera, o con descuido…… No creo que Spielberg quiera comparar su talento con el de Ford, o se quiera mutar a la piel e inteligencia del maestro, pero sí creo en los homenajes encubiertos o en aquellos que gozan de plena libertad. Caballos de Guerra es uno de esos tantos guiones de dramas de animales esforzados y querendones que nos hace recordar cuando íbamos de niños al cine de barrio con nuestros padres o tíos, tramas que ya eran en ese entonces un duplicado o transcripción de otros dramas de animales anteriores -se me ocurre Au Hasard Balthazar del francés Bresson-. Y no es un demérito el hacerlo en este nuevo siglo donde abunda la tecnología y la trampa visual. El hecho puntual es que Spielberg sabe lo que le gusta y lo que no a la Academia, y la nominación no se ha hecho esperar. Conoce sus límites y hasta donde puede llegar un planteamiento audaz, es por eso que ha hecho su film como cual sastre conocedor de la tela, el corte y el cliente. Ha utilizado el mensaje de la universalidad, el sonsonete de la burla y el horror de la guerra -que tanto domina- ha sabido como dosificar el drama de Joey -el caballo protagonista- el sentimiento que su dolor impregna, y en la parte técnica ha sido consecuente con la época, haciendo una puesta en escena que galopa a la velocidad y elegancia de Joey, básicamente a través de una excelente fotografía -quizá una de las mejores de todas las películas nominadas- un envidiable diseño de producción, una magnífica BSO que nos envuelve en el transitar de Joey, y un sonido que deslumbra a todos aquellos que tenemos el oído fino. No creo que tenga mucho que agregar al objetivo de este film aunque llama la atención -por lo menos para mí- que Spielberg suela equivocarse en la realización sobre todo cuando pone en acción a su hermosísimo caballo. Una buena película de aventuras, que la disfrutaremos porque no somos insensibles ni a la aflicción humana, y menos a la tortura de un animal, un caballo de esos percherones que va de suplicio en suplicio territorial. Quizá en algo que tiene mucha experiencia Spielberg, los efectos visuales, el film cojee de cierta manera o se note brechas muy puntuales en el montaje, pero que no le quitan el mérito de expresarse de manera humanitaria. La escena de la película es sin duda aquella en donde Joey queda atrapado en un inmenso cepo de alambres con púas. El dolor del animal produce una pequeña tregua -y hasta negociado- entre dos soldados enemigos. Aquella era tierra de nadie y Spielberg logra unos cuantos minutos de paz a través de un consentido caballo trotón que cambia la vida de aquellos que pasan por su vida.