domingo, 13 de mayo de 2012

“Shame”, combinación letal: sexo-adicto y hermana neurasténica.


































Anoche aproveché para ir al cine UVK de Larcomar, y observar la segunda película de Steve McQueen -pura casualidad que este londinense, de color serio, se llame como el gran actor norteamericano que protagonizó films como An Enemy of the PeopleThe Great EscapeThe Magnificent SevenThe GetawayThe Towering Inferno o Papillon- quien ya había demostrado con la multipremiada Hunger, un sugerente punto de vista y vasta destreza para la construcción narrativa de un drama carcelario acerca de la violencia terrorista del IRA irlandés -incluyendo una perspectiva ideológica bien planteada y sostenida- así como la brutal represión policiaca. Es interesante relacionar -en el esquema mental del británico- a Shame con su ópera prima porque si bien son temas totalmente antagónicos, dos factores de análisis, el psicológico y el físico son regulados como variables impositivas, de cómo enfocar los problemas dentro de una historia poco común. McQueen sabe filmar y sobre todo argumentar lo que pretende -ir por todo sin importarle mucho las formas de algún tipo de academicismo- y lo realiza cadenciosa y limpiamente -la BSO es buena e incrustada en cada escena con tino y también insensatez- y con una estética ambiental sumamente cuidada y novedosa -los espejos y sombras de oficinas, dormitorios, restaurantes, hoteles etc.- de lo baldío en donde se mueven cuerpo y mente de su actor protagónico -la interpretación de Michael Fassbender es muy aceptable aunque no tan contundente como en Hunger- un neoyorquino solitario, casi cuarentón, llamado Brandon -me imagino que por los dotes de brutal masculinidad de Marlon Brando en la película de Bertolucci- rebosante de testosterona hasta por la mirada, uno de esos sujetos inteligentes aunque perturbado, que se encuentra en proceso de poder administrar su pasional y desmedida necesidad de envolverse en casi todas las modalidades que oferta el sexo hoy en día: la conquista fémina según encuentros casuales por la calle, en el subte, la discoteca gay o el pub, la prostitución tradicional, el Internet porno  según webs, cámaras y llamados -la computadora de su escritorio es un basurero de la sexualidad- el exhibicionismo público en su escalón más denigrante, la compañera de trabajo más cercana -con quien fracasa sin querer- la masturbación -como una especie de evasión- tanto en casa como en el trabajo etc.

Para Brandon -y me temo que para McQueen- las mujeres son pertrechos de placer u objetos de usar, disfrutar y botar. Ahí, en la cosificación de ellas -son varias las que ejercen determinada función- es donde el cineasta británico no parece ser capaz de resolver -en realidad de sincerarse- criteriosamente la mayor capacidad sesuda de las mujeres en estos trances, negocios o avances. Ahí faltó pulso y discreción. Incluso, arriesga a la bella Carey Mulligan, interpretando –con voz seca, sin color aunque gestualmente perfecta- en ritmo de un melancólico blues la canción New York, New York de Sinatra, en una escena que se justifica para que Sissy -meritoria actuación de la Mulligan como la hermana de Brandon, y en donde ambos muestran sus fascinantes cuerpos al natural- pueda conocer al jefe de Brandon, y sin motivo convincente, se la lleve a tener sexo al departamento donde vive su hermano. Éste, de la bronca que debe soportar –por mantener su puesto- se viste con ropa deportiva, y mientras Sissy y el jefe se dan martillo y clavo, Brandon sale a correr por el centro de la gran manzana para sacarse la impotencia de encima. McQueen parece decir, en casa del herrero cuchillo de madera (o palo de madera). Brandon tiene que tolerar los problemas y las irresponsabilidades de la hermana -que se está separando y no tiene donde quedarse a dormir- así como convirtiéndose en víctima de las mismas  debilidades. Aquí McQueen si tiene la mente despejada o los valores más claros, y no mezcla la sexualidad de ambos. Pero lo interesante de la relación entre Sissy y Brandon es que el amor de hermanos -la identidad de familia- existe pero luce confusa para ambos. Brandon no es un tipo protector y Sissy necesita de esta condición. El desenlace muestra ya no la adicción de Brandon sino su esa identidad de familia que Sissy le intentaba explicar, y que al final pierde, para volver a tentarse nuevamente. Hay muy buenas escenas en donde McQueen explota lo circunstancial o lo contextual con habilidad. La primera escena en un tren es impecable -el intento frustrado de la caza de una preciosa presa- donde se dan todos los detalles de una conquista sin mediar palabras. Esa misma escena se repite en el final de la película -la bella chica que era acosada se convierte en acosadora silente- y McQueen  reivindica el dominio natural de la mujer a través de la coquetería -la combinación de los colores de la vestimenta y el maquillaje de la chica son impresionantes- y despierta el deseo de cualquiera. Hay detalles en el film que tocan el terreno de la educación o la cultura, que el cineasta sabe utilizar para crear ciertos nudos de acción aunque no le interese resolverlos. Por ejemplo, Brandon no es un hombre tonto y esta absolutamente consciente de su desorden afrodisiaco, pero en su departamento, todo es pulcro y ordenado, salvo que tiene la “mala costumbre” de no levantar la sobretapa del inodoro para orinar ni cerrar la puerta del baño. Lo hace en casa y luego en el baño de la oficina, pero en esta limpia la sobretapa para luego proceder a masturbarse compulsivamente. La relación con Marianne –la bella morena que trabaja con él- también se presta para recrear la incertidumbre del Brandon adicto en una cita con una mujer conocida. Cuando ambos están en el restaurante -Brandon se muestra nervioso e ignorante en cómo llevar la conversación- mientras McQueen les pone un mozo para que en vez de servirlos los acerque a través de sus desaciertos. Shame apela a la sugerencia, a la delgada línea de convicción entre cómo llevar la vida íntima de cada persona, deja que el espectador interprete a su antojo acerca de todo y a la vez de nada. McQueen tiene la virtud de desinformarnos acerca de los personajes y eso -por lógica deducción- suele ser muy atractivo. Basta y sobra con narrarnos la historia de un hombre adicto, enfermo quizá y autodestructivo, de sus malsanas aventuras, de su baja autoestima y de un pasado que se presume oscuro y con el trauma consanguíneo incluido. De ahí para adelante es nuestra intuición, valores, experiencias las que tienen que entrar al escenario a definir. Shame ahonda en la psiquis de forma novedosa y eso la convierte en una buena película aunque fuerte en términos generales. Imperdible.