lunes, 25 de junio de 2012

“Tenemos que hablar de Kevin”, la odisea maternal.


















































Hay películas que tienen un objetivo claro y que van directamente al grano a través de imágenes cuyos mensajes de fondo pueden parecen encubiertos, pero que en determinado momento se vuelven simples y explicativas de fórmulas narrativas pretenciosas y confusas. Hay otros directores que prefieren el lucimiento personal -el realizar films para su adentro hecho que también sucede con los críticos- y tratar de potenciar el jugar al gato y al ratón con los espectadores. Están los duros y los blandos que atacan con soltura ciertos géneros -el del drama psicológico, por ejemplo- incorporando técnicas de cinematografía muy conocidas que se mezclan muchas veces en forma desproporcionada, sin límites y/o de forma equitativa. El objeto es probar, experimentar y hacer lo mismo de otra manera. Hay realizadores cuya hipótesis narrativa se circunscribe a utilizar un rango desafiante que consiste en no colocar sus argumentos en las libertades para ejecutarlos sino en las restricciones que se imponen. Esto es interesante en cuanto y en tanto el guión nos deja la libertad de elección y pensamiento, no tiende a manipularnos subliminalmente… La joven directora británica Lynne Ramsay -según la novela de Lionel Shriver- quien sorprendiera con su magnífico film Ratcatcher a comienzos del año 2000, toma su propia posta para construir un largometraje al que le impone un muy bien ejercitado estilismo que soporta muchos cambios y transiciones que parecen estar torpemente combinadas, pero que en el transcurso de la historia logran engarzar con sutileza y credibilidad. En Tenemos que hablar de Kevin o We Need to Talk about Kevin hay un trato duro, desafiante, de un realismo cruel  y sofocante, pero que se justifica precisamente por la gestación del movimiento casi ajedrecístico que hace la cineasta con sus personajes y preferencialmente con sus entornos. Aquí un cambio fundamental se va produciendo con las manías y  expresiones del niño protagonista -en sus tres etapas o edades de su evolución- por la forma en que cada microclima -con su madre, su padre y su pequeña hermana Celia- se transforma en una atmósfera familiar donde se ejercen presiones, dudas y todo tipo de actitudes desconcertantes. La cámara obsesiva de la Ramsay se posa sobre los rostros de sus personajes y sus acciones con nitidez y con un ánimo calculador, bien pensado, sin restricciones. Eso nos hará creer a muchos que la película no posee un instinto narrativo definido. Pero esto sería cierto si tras las acertadas imágenes iniciales, vale decir, una inmersión total en el intenso color rojo de la fiesta de la Tomatina, la protagonista se observa arrastrada por miles de brazos que no la dejan tocar el suelo, y con la mirada perdida en el vacío -estas tomas anuncian que pasará las noches en un blanco rojizo y que su futuro promete tintes de sangre- no existirían hechos relevantes que destacar. Sin embargo hay muchos detalles que toman un camino fortuito para llegar a una conclusión sin confusiones. La capacidad narrativa de la británica es muy buena, porque nunca deja de darle continuidad a esas acciones y entornos que se van sucediendo, y que son imprescindibles de exhibir. Es una narración difícil de observar pero enriquecedora si uno logra pescarle el ritmo y el manejo de los espacios. Ese estilo, quizás algo crónico en una puntillosa edición de sonidos rimbombantes, el subjetivo pero constante uso del color rojo, y un enfoque visual algo retorcido, se va escapando de una sordidez espantosa cuando las estupideces propias de los que conforman esa familia disfuncional se van alineando en el terreno de una música incidental, y un apego sacramental a la constancia que supone la odisea de una madre que no todo lo puede porque no tiene la menor idea de lo que supone la formación de un hijo. La Ramsay trabaja con mucha corrección sobre un guión bien elaborado, estricto y abierto. Nos da la posibilidad de interpretar las cosas, sin imponernos un criterio unipersonal e inequívoco, y lo que es más trascendente, nos entrega las armas para que nosotros definamos los dilemas éticos que el film presenta a raudales. La trama en sí no es nada del otro mundo pero el lenguaje de la imagen que utiliza hace que la película vaya tomando fuerza en los momentos justos. Es un muy claro ejemplo de cómo la imagen puede ampliar la dimensión de un hilo narrativo y hacerlo más profundo y visceral.

Con exactitud de un artesano relojero, este drama psicológico familiar va andando con intensidad directamente hacia la consumación de una tragedia, y lo hace sin mayores fisuras, sin acciones gratuitas, ni diálogos vacíos. La Ramsay nos presenta un singular estudio sobre la relación dialéctica entre el amor y el odio, como vínculos extremos de la unidad familiar. Para eso, nos narra la historia de una mujer de mediana edad, Eva -excepcional interpretación de Tilda Swinton- quien aparentemente vive felizmente casada, con un marido que no da ningún problema, pero que quiere tener un hijo. Eva, a pesar de las dificultades que tiene en su vida laboral complace a su esposo -John C. Reilly siempre espectacular y creíble-. El embarazo va a alterar la comodidad de Eva, y ella no puede -en un acto de sinceridad absoluta- ocultar su rechazo por lo que lleva en su vientre. En el propio parto se resiste a permitir que el niño salga. Este endiablado muchachito es su hijo Kevin. El nonato va tomando forma y su conducta es simplemente mortificar a Eva por todo los medios que tenga a su alcance. Eva, por temor e ignorancia -nunca hay un consejo de una madre o un familiar- solamente el pediatra que le indica que el niño es una “pesadilla” pero que está perfectamente bien de salud, hecho que alegra a Eva, porque pensaba que Kevin era autista. De esta y otras muchas maneras, la relación entre madre e hijo se hace dura, espinosa y hasta masoquista. Los dos entran al juego de quien lastima más al otro. Eva está equivocada, y busca sacar las cosas adelante de forma impropia, sin tener una idea exacta de la maternidad. Las imágenes son rudas, los acontecimientos logran ser exasperantes, las secuencias nos golpean directamente en el rostro y hacen de nuestra sensibilidad un laberinto interminable. El relato y las secuencias que plasma la Ramsay en pantalla, van costándonos sudor y desencuentros, pero cuando comienza a ligar o unir los entornos de cada uno de sus personajes se vuelve sumamente interesante. Los problemas que causa el niño no son reprimidos por el padre, y Eva no tiene una comunicación fluida con él acerca de Kevin. Ramsay sabe lo que hace a la perfección y nos hace ingresar con facilidad a un juego  de tinte psicológico, donde nos propone que la ser madre no es un asunto natural en la mujer. Esa es una hipótesis muy bien llevada durante el film. Pero, como en toda cinta de tesitura familiar, existen algunos códigos que salen a relucir como señalando que la esperanza es una oportunidad solamente cuando se toma conciencia luego de las desgracias sucedidas. Lo más jugoso del film es cuando Kevin va creciendo y llega a los 16 años –la actuación de Ezra Miller es brutal- recargado de una maldad disimulada, una actitud provocadora, hosca y fría hacia su madre, y complaciente con su padre. Eva -cuando Kevin era un niño- le relata a su hijo el cuento de Robin Hood, y este personaje se convertirá en el tubo de ensayo donde un Kevin adolescente hará de las suyas sin temor a nada. El dramatismo de la obra de la Ramsay se define bien a través de su BSO, quien acierta más de lo que yerra con sus acordes y canciones. La fotografía luce impecable, y se adentra en cada personaje con mucho cálculo. La dirección de arte está bien definida, y la Ramsay sabe filmar emociones, actitudes y despropósitos con sabiduría. La edición es buena, no tiene cortes, y su continuidad es apabullante, que imantada a la vibración rítmica es su mayor logro. Estos son los elementos técnicos que nos propone para encerrarnos en el surrealismo de la propuesta. Había mencionado líneas atrás que el sonido resultaba por momentos exagerado, pero es una cuestión que corresponde a un tipo de lucimiento personal que no molesta, si se sabe apreciar. La película es una especie de rompecabezas de tercera dimensión, una alucinación desde lo visual que nos crea cierta confusión, también provoca algo de miedo, y la utilización de saltos en el tiempo o flashbacks, no afecta al conjunto ni la coherencia, y menos la energía de lo narrado. La perplejidad va en aumento, y a pesar de la oscuridad de ciertas escenas, el drama tiene luz verde para adueñarse del conflicto. Lo que me queda del film como mensaje: Uno tiene que estudiar y pedir ayuda en la formación de los hijos. Poner de su tiempo, y tener muchísima paciencia para lograr avances. Si no sucede esto en los primeros seis o siete años de vida, es muy posible que podamos tener a un enviado del mal dentro de la familia. No hay que ayudar a Kevin, sino a los padres del muchacho. Algo que llama la atención es el nombre de la madre, Eva. No parece casual, ya que se refiere al sentimiento de culpa que algunas religiones transmiten como hecho histórico para generar sentimientos de pecado en quienes no tienen la cosa clara. Tenemos que hablar de Kevin no es para nada un tipo cine fácil, implica una actitud inteligente de parte nuestra. Abre con inteligencia interrogantes no resueltas, y nos deja una sensación adulta sobre lo retorcido del sentimiento humano y sus acciones posteriores, esas que nos acompaña en el día a día. Imperdible.