lunes, 16 de julio de 2012

“Johnny Guitar”, duelo de mujeres.





































A no dudar que Johnny Guitar es una de las joyas cinematográficas del oeste más trascendentes de los años cincuenta, período en el cual, sin perder los parámetros tradicionales que delimitan el género, algunos Westerns -especialmente tras la culminación de la Segunda Guerra Mundial- lograron una proyección psicológica compacta por su profundidad y su complejidad argumental, lo que ayudó a madurar las clásicas propuestas, a inundar la tipología y mitología del oeste con simbologías y lirismos acompañando la cavilación reflexiva acerca de personajes solitarios de difícil integración, generalmente antihéroes, presos de la amargura, la melancolía y contradicciones emocionales que los situaba en complicados conflictos personales e interpersonales, casi siempre ubicados en un microcosmos con caracteres de una definición universal. Esta fascinante "Masterpiece" del efusivo Nicholas Ray, se desvincula de la mera exaltación hombruna tan característica que gobierna el género, para incorporar el enfrentamiento clave entre dos personajes femeninos muy fuertes, aguerridos y decididos, que incluso trastocan el color concedido en su vestimenta de “buenos y malos”, alejándose de la violencia, la muerte y la venganza entendidas como fin, para emplearla como medio de deliberación sobre la misma y sus consecuencias. Es plausible el sentido climático de tensión, mantenido con un pulso narrativo brioso y diálogos secos, cortantes, amenazadores, imbuidos en varias ocasiones de cinismo e ironía, que buscan en las debilidades y fortalezas de un completo muestrario de personajes variopintos posicionar ya sea sus deseos, sus esperanzas, sus odios, sus encuentros, sus celos, y sus pasiones. El protagonista, el pistolero Johnny Guitar, llega a caballo a un salón de juego enclavado en un paraje casi desértico. La dueña es la mujer que amaba, que nunca olvidó. Vienna lo hace regresar luego de cinco años para que la ayude con el salón que administraba. De pronto, aparece un grupo de coterráneos que exigen que Vienna se vaya, que cierre la taberna. Temen que por su culpa venga el ferrocarril, y traiga nuevos granjeros que compitan y los superen. Acusan a la banda del temible Dancing Kid de cometer tropelías en la zona, pero éste lo niega con su acostumbrada rudeza. Encabeza la partida Vera, una ranchera que odia a Vienna. La notable factura del film proviene de su rareza y de la cantidad de lecturas que añade a las casi siempre tramas lineales que ofrece el Western. El fondo de la película es el enfrentamiento entre las dos mujeres, tanto Vienna, la dueña como la usurpadora, Vera. Y aunque siguiendo la tradición inequívoca del género, el duelo, ambas resuelven sus diferencias con pistola en mano, pero no es un enfrentamiento entre vaqueros, sino uno entre mujeres antagónicas, superadas por las circunstancias. A partir de este film se hablaba del nacimiento de un western psicológico, también de uno lírico, y hay quien no duda en hablar de tragedia griega por el carácter casi mítico del conflicto romántico, que es el otro componente que le da vida al film. Muchos elogian el uso que Ray hace del color -otros lo detestan- a través de ese rojo intenso de los decorados, y de los parajes nocturnos, el blanco celestial del vestido llevado por Vienna, que representa su inocencia en medio de abusos inexplicables. Juega con placer la maravillosa fotografía de Harry Stradling, y las hermosas partituras de Víctor Young. En Johnny Guitar hay mucho de lo que dos años más tarde aparecerá en la célebre Rebelde sin causa. Una pareja atormentada por sus propios dilemas existenciales que los vuelve a juntar, que es imposible separarlos, un final apoteósico lleno de hilos conductores que se fusionan, y una víctima que resuelve la tensión ofreciendo su vida en sacrificio, como en la fatalidad. Lo que logra exponer Ray es un estudio psicoanalítico sin parangón en la historia del género, donde se analizan con virulencia la malicia, la envidia, la venganza y sobre todo la innata capacidad del ser humano para destrozar su vida y la de los demás. Hasta ahí diríamos que muchos Westerns clásicos ya habían tratado la psicología de seres atormentados con facilidad para apretar el gatillo, beber un whisky o llevarse a la bailarina al segundo piso de la taberna. Lo que distancia  a Johnny Guitar del resto es el haber colocado en el centro de todo este universo humano a una mujer genial como Joan Crawford. La actriz del rostro bello e impenetrable ofrece un concierto interpretativo que la sitúa en las cumbres del cine del oeste. El mano a mano entre la Crawford y la impredecible Mercedes MacCambridge -una mujer perseguida por los celos y el deseo de venganza- es antológico. En esa puja tan particular entre ambas, donde el nervio femenil prevalece, Vera es el contrapunto vital de un hipótesis moral que sí establece diferencias entre el significado del bien y el mal. Es Vienna y sus actos, que deciden entablar una frase que nos resulta conocida… “El que la hace la paga”….. Pero, quizá lo más genial que puede regalarnos Ray -pese a que era considerada una cinta de serie B- es la escena cuando muere la hostigadora del pueblo, y los dos forajidos salen del escondite. No se nos muestra que el sheriff y sus hombres, lejos de apresarlos o llevarlos a juicio, los dejan escapar -final saliendo Stealing Hyaden y la Crawford por la cascada de agua besuqueándose- esos instantes no son narrados por Ray. Se da por hecho que la persecución era debido a la furia de Mercedes MacCambridge, y una vez muerta ésta, se sentencia la ausencia de la justicia. Esa especie de mensaje invisible que no necesita palabras, es de una inmensidad autoral y de realización innegables. Quien sabe de mis gustos, conoce de mi pasión por el Western. Lo disfruto, y lo considero el género cinematográfico por excelencia. Si existió el lejano oeste, lo hizo para ser interpretado por el cine. Johnny Guitar es una de las cintas del lejano oeste más lúcidos, líricos y románticos de la historia del cine. No sólo es un Western al paso, también es una desgarradora historia de amor, y una denuncia del linchamiento referido a la Caza de Brujas, y de la irracionalidad que intenta perpetuarse. Su narrativa y su estructura quebraban de alguna manera las normas del género, sin embargo, supo utilizar éstas para sacarles provecho. La cámara se mueve con elegancia después de la escena más íntima entre los dos protagonistas que comienza con el diálogo quizá más repetido e imitado de todos los tiempos. Joan Crawford cautiva a la cámara, y sus inmensos ojos llenan la pantalla. Por primera vez una mujer es la víctima de un linchamiento, y eso convierte a esta película en una obra singular. Pocas veces se ha visto a un personaje femenino que transmita con esa intensidad el dolor por un amor perdido, pero, a la vez, el temor reprimido que, una vez que su hombre ha regresado, vuelva a romperle el alma….. Grandioso regalo del séptimo arte.