lunes, 23 de julio de 2012

“La diligencia”, Ford y el punto de partida del western moderno.

























































Siempre he sostenido que el más prolífico, y mejor director de los que ha brindado el séptimo arte -un auténtico poeta de la imagen- ha sido el legendario John Ford. No por las cantidades de films realizados ni por los cuatro Oscars ganados -ninguno con un Western- pero su habilidad y temperamento ayudaron a que el cine pudiera tomar caminos impensados. Un hombre inteligentísimo que sabía a lo que apostaba y cuya capacidad de riesgo era formidable a la vez que temeraria. Pero entre cientos de miles de películas de todo género, aquellas que hemos tenido la suerte de observar acerca del viejo oeste norteamericano, Stagecoach o La diligencia es una de esas obras maestras -no la única de Ford, y otros grandes cineastas- que la gran mayoría de críticos, y principalmente amantes del género, la valoran como el pináculo del Far West. Lo que la hace distintiva por sobre cintas del género es que en ninguna otra están representados y tratados, y tan magistralmente combinados los elementos que constituyen el cine como una expresión artística iniciadora y evolutiva de un continuismo formativo de posteriores películas... Sería interesante tomar la anécdota de otro de los genios que arrojó la cinematografía : Orson Welles.  Antes de comenzar a rodar Ciudadano Kane, Welles comentó en círculos íntimos su debilidad por el film de John Ford. Según sus palabras, Welles necesitaba con urgencia aprender a construir películas, y La diligencia le resultaba lo más sublime y ejemplar. No nos olvidemos que para Welles no era el film favorito de Ford, pero su resonancia visual se le quedó impregnada en su cerebro como si se tratase de memorizar un libro de texto. Cualquiera que quiera hacer cine del bueno, argumentaba, de ese que golpea el alma de las emociones, debería estudiar y analizar La diligencia. Otro reconocido maestro como el italiano Fellini, afirmaba de Ford que era un hombre y cineasta sin prejuicios, e inmune a las bajas tentaciones del intelectualismo. Antes de La Diligencia, Ford había realizado más de una treintena de cintas, pero fue ésta la que marcó el verdadero preludio del Western moderno, donde vincularía estructuralmente su evolución hacia el clasicismo norteamericano, y por ende en torno al esplendor que Ford desarrollaría a través de este clásico del género. A La diligencia se le considera -aunque pueda ser discutible si esto es incuestionable o no- como la pionera del legítimo largometraje del oeste, ya sea por la impronta de John Ford a su disposición por vampirizar lo mejor de sus proposiciones anteriores, remodelando tipologías, creciendo en su estilo y apropiándose de un sello incomparable, encaminando sus temas hacia una dimensión épica sin prescindir de un humor pétreo, y subvirtiendo gran parte de su ideología a la vena que Lincoln le confirió a su filmografía. Constituye un reflejo de lo que sería su cine posterior siempre operando en las intimidades del género, su descripción territorial y humana del viaje de una diligencia por el desierto de Arizona, área infestada de indios que acechaban la endeble embarcación, con el mismísimo Jerónimo a la cabeza. Esta es la escena cumbre del rodaje, aceptada por el mismo Ford. Dentro de ésta, un sheriff paternalista, un tahúr del sur, un banquero estafador, un médico alcohólico, un viajante, una dama embarazada, una muchacha de mala reputación, y el hilarante conductor de la nave, conforman los personajes que, junto al prófugo pistolero Ringo Kid -un joven John Wayne- sirven como la metáfora perfecta de la sociedad de aquella época, como patrones conductivos a un tipo de western posterior en el cine de Ford, y de otros creadores. Por eso, aquí lo que importa -mucho más que la amenaza de los indios- es la interrelación entre personajes dispares, cada quien tratando de salvar su pellejo, con unos diálogos descriptivos de un contenido concreto pero a la vez expansivo por el mismo antagonismo. Son esas disímiles personalidades y rasgos lo que Ford logra aportarle al conjunto. Nadie es bueno ni malo. Todos entienden que hay que salvarse, ayudándose entre sí. Esta tipificación que Ford logra integrar responde a una gran variedad de detalles, a la originalidad de la propuesta que persigue cauces de unión donde se concilian el humor y la aventura, la disposición analítica de las clases sociales, y los sentimientos nunca vistos en el género. Destaca así la capacidad de Ford para narrar varias historias que relaciona en forma armoniosa, sugestiva y hasta inconsecuente, que va llevando a un desenlace, con un determinante clímax de acción, en cada una de ellas. Un ejemplo es como John Wayne avanza hacia Plummer a través de unos amenazantes sonidos originados por unos timbales que marcan el acercamiento del enemigo, o el tiroteo final fuera de campo, o la interminable persecución de los indios hostigando a como diera lugar. Es en definitiva, un Western que reúne en su vivencia circunstancial un encantamiento cinematográfico que deriva en un incremento argumentativo de tiempos mayestáticos en la evolución del estatismo en movimiento -que fue uno de los aportes de Ford a lo largo de su carrera- por la definición del itinerario anti-heroico como constante búsqueda de una identidad de sus personajes, dentro de la expresión emotiva y la composición artística… John Ford revolucionó las directrices de los grandes estudios debido a lo asequible de sus producciones, haciendo que a la aventura instaurada en las raíces de la serie B, le sumara a sus historias un tipo de idealismo familiar de valiosa calidez con otros temas de gran profundidad dramática que fraguaron su origen en los maravillosos parajes del Monument Valley, la iconografía pura del Western, donde el paisaje se convierte en un personaje vital e infaltable. Para ir terminando, Ford logra algo considerado como esencial: la compenetración de manera genial de los grandes elementos del arte popular, desde los bardos que recitaban sus  poemas en las plazas de los mercados, hasta los que guitarreaban mendigando por los poblados. Todo esto se materializó por intermedio del arte del siglo XX, y utilizando a la cinematografía como promotora de esos cambios de vida. Pocas veces en la historia de lo artístico se ha podido incorporar una amalgama tal entre lo que se dispone como material, y la manera de realizarlo. Quizá más que en ningún otro proceso imbuido de arte y género, podemos observar y disfrutar masivamente la innata creatividad de los artistas yankees, vale decir, la adecuación entre lo que se tiene y lo que se hace. Ford logró con La diligencia esta síntesis de una forma única y señera. Es un prodigio de sencillez y su emblema hacedor, por momentos contemplativo. Lo aprendió de su maestro : Thomas Ince, a quien pudo superar con creces. Estamos también ante un relato sobre la lucha del hombre contra la adversidad. El clima, la geografía, la injusticia, hombres depredadores, y otros que siendo sus pares prejuzgan su moralidad. Cada personaje dentro de esa nave atiborrada ha sido sentenciado por los demás pasajeros. Hay quien es tenida de menos por su medio de vida, quién lo es por su adicción al alcohol, o el mismo Wayne por su condición de convicto, independientemente de la justicia condenatoria. Y hay quienes son tenidos por su reputación. Y todos ellos contienen una dimensión extra de crítica a estas valoraciones. Pero La diligencia es ante todo el florilegio del Far West, donde el norteamericano se autoreconoce como en un remedo absolutorio. En esta aventura transitan personas al margen de la sociedad, e incluso de la ley. Pero hombres que vuelven a la ley y a la vida social, y que son salvadores de su circunstancia, y del destino ajeno, el típico héroe yankee, porque es con y por ellos, y su valerosa decisión, elementos vitales con que se construye el nuevo país, que es el último y definitivo objetivo. Es el pragmatismo del triunfo que todo lo justifica, y de la ley que ha de quedar proclamada siempre, como la organización de un pueblo que se forjó de adentro hacia afuera. La libertad -el otro gran ideal norteamericano- se transforma en eterna y universal, en los avatares del “bandolero generoso” que representa el espíritu popular. Y sobre estos puntos clave, valores esenciales del film, campea lo convencional, lo renovado. Tipos representativos y fáciles, que cuentan con la simpatía del autor y del público, menos el banquero ladrón al que ofende como trasunto del financiero sin ideales ni escrúpulos. Una emoción discretamente manejada, pero hasta un sentimentalismo que es el punto débil de los films de Ford. Una forma directa, simple, al alcance de todos los ojos y todas las mentalidades, hasta llegar a lo vulgar si es preciso, como compensación, la fascinación de un ritmo imparable que sugiere más de lo que pregona, con el feliz contrapunto de una música que completa, marca o sustituye las imágenes. En resumen, la gran aventura, la hazaña de los fuertes, audaz, dramática y divertida, que quizá sea el ideal supremo del pueblo norteamericano, y por extensión el de los hombres de una época en que aquel interior pretendía dominar al mundo. Obra de arte a no dudarlo. Imperdible, no como un film del género western, sino como todo un clásico de la cinematografía yankee. Ojala coincidamos.