lunes, 27 de agosto de 2012

“Crash”, la perpetua complejidad racista del ser humano.













































Antes de opinar acerca de una de las películas premiadas más discutidas en la historia de la Academia según mucha gente del medio -no comparto esos comentarios, y por eso el posteo del film Crash de Higgis- quiero aclarar un tema que vislumbro menor, pero que no deja siempre de sacar la cabeza de la arena movediza donde la tiene enterrada. Me refiero al cine hecho en Perú -no existe el cine peruano por su promiscua identidad- dado el estreno de Cielo Oscuro, de Joel Calero. Acompañado de una persona especial, acudí al Cineplanet Primavera -siempre con su peruanísimo estilo de ofertarnos un pésimo servicio integral desde que uno forma la cola, trata de observar la película en una pantalla  irregular, un deprimente sonido, incomodidades varias, celulares, sexo oral etc., hasta que sale del local- y sufrimos otra nueva desilusión. Siete personas dejaron la sala antes de la mitad del film, y eso es una señal de algo. Si hoy en día filmar en nuestro país ya es un desafío casi inviable -no sé como hace "el hombre sin palabra" Chicho Durant si no puede invitarme un ceviche desde hace tres años- es mucho más trágico tropezar con la misma piedra agigantada ya convertida en una adicción sin retorno, que molesta, irrita, causa desazón, mosquea, y hasta parece rendir tributo eterno a una ciclópea bofetada a la calamidad. El retrato en movimiento que pretende el acucioso Calero -sabe perfectamente adonde quiere llegar pero no encontró la ruta- sobre una nueva historia de amor en gestación, en pro de hacernos creer que su cinta es la modernidad no elitista, ni experimental, resulta adefecieramente adulta por uno de sus lados e infantil por el otro. ¿¿Acaso no hay un termino medio que justifique el balance?? La verdad es que me sentí como un tonto timado por dos niños indigentes. Lo que se notaba en pantalla era una especie de recopilación de la totalidad de escenas románticas huachafas de la filmografía limeña desde mediados del siglo pasado hasta hoy, o un compacto de affaires que suceden todos los días en las narices de cualquier transeúnte, trabajador o policía en la amoral Lima hogaña, como si necesitara patentar -en honor a un naturalismo ajado- una combinación de todo lo caótico que aparece teñido de amarillismo en los noticieros de la capital, día tras día acerca de las bajas pasiones, y licuarlos a una velocidad cazachuda, con desnudos zopencos, antiestéticos, actores sin talento ni matices -salvo alguna  pose notable de la actriz Humala- quejosos y sobreactuados, groserías mal empleadas, la bienaventurada pendejada criolla como un símbolo puro de la amistad patera, el incumplimiento de obligaciones de todo tipo, una informalidad que ya aburre, y empalaga, además de decenas de disparates previsibles, con ingredientes y una sazón, ya caducos en esa misma cinematografía abortada que se hizo y hace en nuestro amado Perú. Existen elementos que el ingenuo Calero hace con cuidado pero sin virtuosismo. Hay algo que no cuadra ni convence en los nada equidistantes ejes afectivos de su película. No es un asunto de ética en donde se presuma que los peruanos somos hipócritas o no. El problema se instala cuando Calero se cree Chabrol, y que tiene las cosas claras -en su cabeza, por supuesto- pero que en la pantalla lucen como apretujadas -no minimalistas salvo la aceptable salsa de la BSO- revueltas, inciertas y borrosas. ¿¿Tan cojudamente celosos somos los cholos peruanos?? No dudo de la voluntad, el trabajo y predisposición para sacar el bulto hacia adelante del cineasta y su equipo -los felicito por su atrevimiento y esmero- pero tengo la impresión que Joel Calero no tiene el conocimiento suficiente que lo lleve a ese mágico lugar encantado donde el equilibrio de lo que se piensa, escribe, edita y se exhibe, se conjuguen y consoliden. ¿¿Es un partido por los puntos o un entrenamiento?? Cielo Oscuro es blandengue en su realismo frustrante, su plot acerca de los celos es oscuro como su cielo, pero sobretodo básico en sus registros expresivos, y en su adormecida y calcada trama sexo-machista del 99% de cintas exhibidas en el Perú -y también en el extranjero- acerca de las relaciones de parejas que nacen inmaduras y terminan más inmaduras. Ni un paso adelante ni uno para atrás en este nuevo estreno nacional. Un supuesto rigor que se esfuma y se vuelve compinche de la nada. Estamos parados en el mismo sitio, y eso me causa contrariedad porque estuve hace poco en Bogota, y observé con atención un film llamado Sanandrecito, y me entretuve, haciéndome sonreír tanto, que al día siguiente me trasladé a ese lugar -algo así como el Gamarra o el Polvo de nosotros- y era realmente un espejo del film con toda su fanfarria, defectos, tombos corruptos y señoritas putas más lindas que las nuestras.... Dicen que Cielo oscuro recibió un premio en el Festival de la PUCP, es decir, del mismo hediondo sufragáneo que premió a La Nana chilena, y no a La Teta peruana, y en donde dos films brasileros sin mayores méritos hicieron doblete los dos últimos años. No se autocojudeen, es mucho más fácil que Markarian lleve al Perú al mundial de Brasil -que casualidad- que una esforzada película peruana vuelva a capturar el respeto internacional -el de verdad- que logró la cinta de Claudia Llosa. La película de Calero es un gran celo oscuro y no un bello Cielo oscuro.

Vayamos a lo prometido…. Mientras Cronenberg zumba vísceras y remueve arrebatos con estilo pretencioso, Haggis apunta sus baterías al medio de un cerebro turulato para confrontar todo paradigma de sentimientos. Con esta introducción intento retratar a dos películas con el mismo título en inglés, pero que una logró ganar merecidamente el Oscar a mejor película y a mejor guión original, dejando sosos a los que fingen saber de cine. Cronenberg no se quedó en la cola y ganó Cannes. Ambas Crash no son esperanzadoras miradas de sus sociedades a las que juzga, por que atacan la yugular de ese morbo que se reparte entre violencia, peligro y muerte. Pero, Cronenberg no logra concretar su idea del todo, y mezcla asuntos disparatados con audacia aunque sin la pericia requerida, mientras Haggis si encuentra el modelo perfecto de introducirnos en la sensibilidad de lo humano a través de una trama sobre vidas que se cruzan al azar, además de contarnos la historia con una loable naturalidad y especial brillantez. Todos sabemos que David Cronenberg es mucho más director que Paul Haggis, y nadie discutirá el asunto. Pero, también hay que ser honestos en reconocer que la picardía y el esmero ordenado de Haggis, lo consagra como un especialista en el oficio de escribir y transportar a la gran pantalla inquietudes propias. Cronenberg adaptó una novela, Haggis volcó una juiciosa visión de sus trastornos étnicos, raciales y socio-culturales de una gran urbe. Ambos son grandísimos films, y hay que valorarlos por igual. Yo me quedo con la obra de Haggis porque me acaricio el alma desprevenida, me obligó a darle mucho trabajo a las neuronas -sobre todo en el planeamiento y manejo técnico- y principalmente porque fue una de las más gratas experiencias de como un sujeto desconocido que se dedica al cine puede poner en orden toda una gama de conocimientos que pululaban por mi mente casi atropellándose.   

Crash se inicia con un accidente sumado a un largo flashback trasladando la acción al día anterior del suceso. Al igual que en el estupendo Grand Canyon de Lawrence Kasdan, Haggis centra su propuesta en la ciudad de Los Angeles, donde todo conglomerado humano luce convulsionado y extrañamente susceptible. La consecuencia lógica de sus furias y titubeos radica en la impotencia minusválida, el segregacionismo oculto, el miedo permanente, la incredulidad en general, la agresividad adormitada, todo esto envuelto en escabrosas capas de hipocresía, arbitrariedad y fuleras fachadas. La gran ciudad se degrada en su propia monomanía. Pero, son estos los componentes vitales que se deben de manejar para definir esas situaciones. Haggis, que debuta en la dirección de un film, hace lo correcto, porque recurre impecable al elemento coral y lo nivela, donde las cuotas de los vínculos inesperados tienen que ser precisos, bien planteados, desde lo argumentativo hasta un cuidadoso uso de los planos. Estamos situados y poseídos en los dominios de un drama que infecta, corrompe, apesta, vicia y enferma todo tipo de relación entre personas. Nadie es igual, todos somos distintos. La deshumanización es el plot que con inteligencia impone Haggis. Su obstinación personal como guionista sumada a la obcecación del conjunto de sus personajes -que él mismo crea- va ejerciendo en el vaivén de la trama una poderosa fuerza motriz en el equilibrio de múltiples destinos existenciales que en determinado momento decidirá desnudar y mostrar a través de encuentros imprevistos y enfrentamientos calculados. Es en esta  callosa ejercitación de dramaturgia, donde el cineasta sitúa su fábula urbana, compaginada por diversos personajes, a quienes los une y los distancia la vil diferencia de clases, confluyendo en accidentales encontronazos que sirven como excusa perfecta para esconder sus pánicos, y dejar brotar el odio acumulado, y revuelto con una violencia trocada en un patoso racismo que es imposible controlar porque quedó desolado y desatendido, disparando nervio, antipatía y hasta rencor sin dirección fija. Todos se mojan cuando llueve reza el dicho, y ese maremágnum que se establece por culpa de las circunstancias, se extiende con mayor propensión en el avance del film. En su cáustica visión de la ciudad, en medio de una composición de problemas étnicos y sociales, nadie puede lograr ser lo que aparenta, y Haggis -ni tonto ni perezoso- hace una jugada maestra al colgarse de un sensacionalismo de tono efectista, pero que nunca se le va de las manos, porque lo administra con un rigor apetitoso y alabable por quien lo observa. Haggis no disfraza nada, sus escenas son sencillas y lógicas, los nudos de acción que introduce no le ponen cabe a la narrativa. Acá no hay temas raros ni oscurecidos, todo funciona como un mecanismo de relojería suizo. Los personajes están en su mejor fase de expresión artística, gracias a la comprensión del guión que Haggis le transmite con conocimiento de causa. Sus interpretaciones no poseen excesos, torpezas, grandilocuencias, ni eventos forzados. La diégesis, es decir, el mundo imaginario que se plantea como ficción, es el que corresponde. Y no solo me refiero a lo que Haggis y sus actores plasman en pantalla sino a lo que logran sugerirnos. Es un sector apodíctico e imaginario que nos llega con supina claridad y sin deformaciones. Los trozos de espacio junto a los fragmentos de tiempo -se le llama découpage- calzan como anillo al dedo en el ida y vuelta del relato. La continuidad narrativa fluye limpia, humectante, y los baches o saltos -hay alguno que otro- pasan desapercibidos. Pero lo clave de todo esto es posible gracias al montaje continuo y al montaje plano. Acá debemos destacar la invisibilidad de la edición. Claramente se percibe que Haggis es estricto en la esencia de la elaboración de sus planos. Los tamaños, el encuadre y la acción se suceden mediante una articulación pensada, y un ritmo interno en la propia concepción espacial y temporal de la cinta. Los raccords no pueden ser más apropiados, sin rupturas, ni escenas dentro de un determinado plano que estén mutiladas. Crash, también ganó el Oscar a mejor montaje, así que lo dicho se corrobora con solvencia. Las cadencias en el ritmo del relato son las aconsejables -ágiles dentro de su sosiego- no hay acartonamientos que se perciban como vicios, ni artificios de un modelo tipológico. Haggis maneja un Centro Comercial Moderno con la facilidad de una bodega. Ese es su gran conquista. El cineasta retrata -no sin cierta presunción- que toda esa variopinta sociedad es víctima del racismo compartido, tanto del negro hacia el blanco, como viceversa, y culpables de sembrarlo. Pero, ese conflicto racial no sólo es cuestión de blancos y negros. Orientales, árabes y espaldas mojadas también integran esa surrealista vorágine. De ritmo calmo y suntuoso, Crash es una praxis de discurso polivalente desde un punto de vista ético y moral, que procura que no haya ni buenos ni malos, pero que, sin embargo, los extremos se imantan, explotan y chocan -por eso la película se llama Crash- pero que Haggis aplaca replicando con la sensibilidad de la parte embestida, o la de sus antagonistas. La realidad está interpretada sobre la base de una valoración algo liosa, y usada para que se logre exhibir una ciudad caótica, de subrayada intolerancia, que, sin embargo, vuelve a la normalidad, al origen de su costumbrismo. La verdad absoluta desaparece y todo queda listo dentro de aquellas valoraciones que nosotros tenemos que realizar. En cuanto a los personajes; se combinan un apacible agente de homicidios representado por un quieto Don Cheadle, quien al no traicionar sus principios de gendarme para proteger a su hermano -un delincuente en ciernes- lo termina enterrando ante el dolor maternal; un irritante sujeto vendedor de armas, de ascendencia turca que se equivoca al intentar matar por un sentimiento de incomprensión y desamparo. Destaca también Terence Howard como un director de TV reposado y algo ajeno; la acomodada mujer del fiscal de distrito -un político desinteresado- y que ejerce como una ama de casa errática -Sandra Bullock- y aterrada por las minorías que rechaza pero después acepta; un policía amargado y prepotente -magnífica performance de Matt Dillon- que encuentra la heroicidad salvando la vida de una mujer de color, y que un día antes había cateado y humillado delante de su marido; su joven compañero actuado con inocente prudencia por Ryan Phillipe, que termina por asesinar casualmente al hermano de Cheadle llevado por la desconfianza y la inmadurez, conforman los ejes sobre los que se mueve la historia, y que consigue colocar el atentado terrorista de Sept. 11 como simbología agregada de la crisis. Haggis nos regala una escena excepcional, donde una ficticia caja mágica alberga la esperanza de los milagros personificados del cerrajero latino que interpreta Michael Peña, y su pequeña hija. El desenlace está bien acomodado -manipulado- por Haggis para no pasarse de rosca ni de soberbio. Crash es una de esas bellas historias contadas de manera magistral, como si fuera un cuento de hadas racistas, con personajes extremadamente humanos y una continua provocación para llevarnos a la reflexión sobre el color de nuestra piel pero fundamentalmente de nuestras almas. Brillantes interpretaciones del conjunto, y un mensaje universal que nos implora que la vida es demasiado corta y hermosa, para perder el tiempo en odios, envidias, mentiras, y descalabros emotivos. La mejor y más integradora película de 2006, muy por encima de la publicitada Brokeback Mountain del genial Ang Lee. Film para el repaso.