miércoles, 22 de agosto de 2012

“Gun Crazy”, Joseph H. Lewis: el aristócrata de la serie B.










































Nacido en Nueva York, Joseph H. Lewis condujo su amplia carrera como cineasta especializándose por voluntad propia en películas de exiguos presupuestos, lo que garantizaba la plena libertad de expresar sus ideas ancladas en el fatalismo depurado o en el optimismo dudoso, inconsecuente y hasta sarcástico. Un experimentador formal -precursor de algunos cineastas como Godard o Tarantino- expeditivo, estudioso de sus limitaciones y dueño absoluto de sus licencias, siempre consiguió lo que se proponía o lo que necesitaba para alimentar su ego y volcarlo en pantalla. Lewis representa lo mejor que ha dado jamás la serie B en el film noir. Su atrevimiento no tenía límites, e ingresa con 16 años a trabajar en la MGM. Los oficios que desarrolló fueron la filmación y la edición. De ahí con casi 20 años de experiencia en la dirección de montaje decide pasar al estudio Republic, un lugar especializado en la fabricación de películas de serie B. Le toma cariño a ese nivel de exposiciones fílmicas, y se quedará para siempre en esta parcela. Es en 1937, donde se coloca el guardapolvo de realizador. La ambición del rodaje sumada a la complejidad de sus ideas solo suelen compararse con lo modesto del dinero que utilizaba para llevar a cabo sus films. Los límites de este tipo de películas no coartan en absoluto a este aristócrata técnico de la narrativa, un artista fascinado por aquellos múltiples recovecos del inconsciente. En 1945, My Name is Julia Ross -una intrigante cinta negra de apenas 65 minutos de duración- provoca la curiosidad de algunos críticos mediáticos y obtiene una masiva concurrencia de espectadores que Lewis no esperaba. En este film, el cineasta yankee reinventa el expresionismo cinematográfico, estilizándolo, dándole otros matices alternos que son discutidos por algunos. Quizá su obra sea desigual, imperfecta, distanciada del convencionalismo de entonces, pero su tenacidad y destreza pueden calar más en un público necesitado de cambios y éxitos. Son estos momentos que apabullan la mentalidad de Lewis, él no cree que la cinta haya triunfado ni alcanzado tantos ribetes de entusiasmo en la gente, y que inmediatamente lo cataloga como el príncipe de la serie B. El convencimiento del público se genera porque consideran que posee la capacidad natural de construir una historia de tipo B conforme a las normas y patrones que medían sintonías en ese entonces, y donde su mayor atributo, su innegable tecnicismo, resultaba deslumbrante. Películas como The Swordsman o El Espadachín, con sus imponentes cabalgatas a través de bosques estriados de una iluminación perfectamente filmada y novedosa. The Undercover Man o Relato criminal, thriller en donde arriesga con algo nunca visto, encuadra a las víctimas de la mafia en posición incuba, mostrando las suelas del calzado. Explica con claridad la implacable crueldad con la que los mafiosos castigan a los que contravienen las reglas del silencio que impone el crimen organizado. Lewis se recrea en el elogio del coraje de aquellas personas que colaboran con la justicia aun asumiendo riesgos elevados. Incorpora en su relato elementos diversos y no esenciales desde el punto de vista de la trama, que enriquecen el discurso, y aligeran la tensión a la que se llega por acumulación de emociones. Presenta un coche descapotable de último modelo, de elevadísimo costo, como símbolo de los caprichos que se regalan los corruptos. Muestra un modelo de calculadora mecánica que funciona mediante una palanca manual, símbolo de la escasez de medios de la policía. Realza la extrañeza de un velatorio domiciliario mediante el rezo en latín, con lo cual improvisa y gusta. Ambienta con pulcritud el barrio italiano con un mercado callejero de productos perecederos y le agrega la animación que instala a su alrededor. No falta el incomparable carrito de los helados italianos artesanales… Sus películas más personales son la enajenada El demonio de las armas o Gun Crazy -que postearemos luego- y la refinadísima The Big Combo o Agente especial, un trabajo con entidad propia y rebosante de elegancia estética amén de detalles gustosamente expuestos como la tortura con un audífono o el ametrallamiento sin sonido, una sorprendente escena subjetiva de crimen mudo ya que la víctima era sorda. Lewis vuelve a sorprender. Sus dos últimos films, fueron dos Westerns: The Halliday Brand y Terror in a Texas Town, de notable categoría. Lewis utiliza una vez más el pretexto del enigma para construir un análisis probo acerca del complejo de Edipo, a través de imágenes brillantes y llenas de vida. Una excelente descripción de personajes rubrica su última obra, además que hace una estupenda trampa en donde rompe esquemas predeterminados del personaje bonachón, creando inquietud bajo esquemas sin que realmente llegue a cambiar el sentido de la justicia. Esta idea sacada de debajo de la manga más la fotografía, el pulso y la tensión que imprime a la película basta para que nos resulte extraño y en cierto un modo novedoso de asumir sus propias tentaciones en un género tan cuadrático como el Western.

En su obra más preciada, Lewis se enfoca en Bart Tare, un sujeto que ha estado desde niño  obnubilado con las armas de fuego. Desde pequeño vive condicionado por un incidente que vivió y lo marcó de por vida. Jugando con una escopeta de aire comprimido, Bart disparó en el jardín de su casa a algunos objetos inservibles hasta que se le ocurrió probar cómo sería  y qué sentiría al intentar matar un ser vivo. Le apunta a uno de los pollos que se criaban en casa e inocentemente le dispara descubriendo qué es la muerte. Este hecho traumático lo marcará para siempre, seguirá empecinado por las armas, pero también por su zigzagueante incapacidad para herir o asesinar. Sin embargo, su apasionamiento le sirvió para imponerse por sobre los chicos de su misma edad. Su impensada osadía lo llevaría a caer en las tentaciones del mal y comete su primera fechoría infantil al intentar robar precisamente una pistola. Muchos años después, vuelve a su pueblo después de haber repartido sus días entre un reformatorio y el ejército. Es un hombre distinto, cambiado, pero que no logra intuir hacia donde llevar su existencia, hasta que conoce a Annie, una bella mujer que trabaja en una feria ambulante como anfitriona en un concurso de tiro al blanco. Bart se acerca, la reta, ambos se miran, ella acepta, y luego de ganarle una apuesta de por medio, la animadora le propone trabajo en la verbena para utilizar sus dotes como disparador imbatible. Es sin duda el inicio de un exaltado romance que Lewis sabe manejar con presteza cuidando a ambos personajes y describiéndolos con precisión en cuanto a sus conductas. A Bart lo ubica como el ser racional, el frío, y a Annie presa de sus alteraciones. Esta constante marcará toda la película, y la subrayará de forma magistral en la secuencia en la que ambos pretenden separarse. Tal y cómo él le señala a ella, “somos inseparables como un arma y su munición”. Queda claro que quien lo arrastra a un mundo de perdición es ella a él, en la mejor tradición del cine negro, una femme fatale encarnada por una sensual y hasta perniciosa Peggy Cummings, que la aparta de muchas mujeres vistas en otras obras del género. El plot que explota Lewis va más allá del amor que siente el uno por el otro sino la pasión de ambos por las armas. Este lúcido planteo argumental supone que son dos los hilos imantados que sostienen la fusión de ambos personajes, pero que en realidad es solamente uno el que prevalecerá. Cuando a Bart se le cruce Annie por su camino, el romance existirá, pero la contraparte de ese otro amor hacia un objeto o la cosificación de la pasión por el mismo, se interpondrán de manera fatídica. Sin embargo, el frenesí o la lujuria de ambos no es la misma. Son enfoques de dependencia distintos. Mientras Bart posee una tendencia hacia la rectitud, Annie aspira a sacarle el máximo de provecho a esa locura interior por conquistar o poseer lo que desee en base a sus innegables virtudes como pistolera. Su pasión, integrada en la línea de los más contundentes romances de un cine negro cáustico, creará entre ellos un vínculo irrompible pero inevitablemente funesto, una atadura que los hace totalmente dependientes hasta llegar por decantamiento natural a las últimas consecuencias. Lewis sabe perfectamente la atmósfera que construye, al igual que Lang, Wilder o Garnett en sus obras maestras, donde el destino de la pareja está sellado desde el momento en que su amor queda unido por un crimen. La película tiene todas las virtudes de las grandes obras del cine negro destacando su ritmo y fluidez narrativa. Después de haber descrito en el prólogo el carácter y psicología del personaje de Bart, cuando él y Annie se conocen, Lewis no malgasta tiempo en proporcionar información nula. Un ejemplo es la escena en que se nos muestra los primeros días de matrimonio de la pareja en que podemos observar una profusa continuidad de planos fundidos entre sí que proyecta su acomodado estilo de vida, hasta finalizar con un plano donde acuden a la vitrina de un prestamista, signo inequívoco de falta de dinero. Así mismo, no se dan detalles de las conversaciones preliminares sobre constituirse a la vida criminal, simplemente se menciona algo de un plan que se había conversado previamente. No hace falta esa información, los espectadores ya sabemos que van a acabar irremediablemente abocados a un mundillo donde su afición por las armas sumada a la necesidad de encontrar dinero, justifican todo lo que hacen. El guión se encuentra centrado en las conversaciones donde Bart duda sobre si están haciendo lo correcto, y su continua fobia hacia el asesinato. En uno de los diálogos más interesantes, ambos reflexionan acerca del hecho que al haber decidido por este tipo de vida, se han condenado a quedarse solos para lo que resta de sus vidas, sin tener a nadie a quien acudir. El crimen los une pero al mismo tiempo los aísla de cualquier posibilidad de salvación. A nivel de dirección, la labor de Lewis es apabullante y su dominio de la narrativa visual atractiva. Lewis consigue que un film de serie B destaque por encima del resto de films criminales similares e incluso de películas superiores. “Hago lo que hago con lo que tengo, y lo hago bien” diría una vez el cineasta cuando fue requerido por la prensa al rechazar pasarse a la otra orilla de la producción del género. Otro de los aciertos de Lewis es una magnífica fotografía en blanco y negro dotándola de cierto tono moderno para la época. Hay escenas que merecerían ser comentadas, pero hay dos que destacan especialmente. Una, es un largo y notable plano secuencia filmado desde el asiento posterior de un automóvil que muestra uno de los atracos. Todo el plano se rueda desde el coche sin cortes y como novedad Lewis decide no seguir a Bart mientras comete el robo, para centrarse en la figura de Annie, que espera en el auto, viéndose forzada a intervenir para quitar de circulación a un policía que rondaba por ahí. La otra escena sugestiva, es el desenlace en el pantano, donde ambos se refugian envueltos por una espesa niebla. El ambiente tenebroso de esa escena hace que parezca más bien una pesadilla en que dos amigos de infancia de Bart intentan salvarlo de ese mundo de perdición al que se ha abocado. Una de las mayores joyas del cine negro de serie B, una película fatalista, magníficamente rodada, con un bello desenlace, y que nos hace reflexionar sobre una sociedad obsesionada con las armas como lo proyecta el país norteamericano aún en la actualidad. Imperdible. Traten de conseguir los títulos mencionados.