viernes, 14 de septiembre de 2012

“Canino”, trastrueques consanguíneos y pecados morales.












































La cinematografía posee incólume su capacidad de generar asombro, sobrecogimiento y  trastornos, juegue con el género que sea, no siempre bien combinado ni preciso, salvo en casos aislados no menos interesantes. El film griego Canino o Kynodontas (Dogtooth en inglés) de Yorgos Lanthimoses -hasta ayer para mí desconocido, hoy ya estoy tratando de conseguir sus otras 02 cintas- es un palmario testimonio de cómo el ingenio no tiene límites ni restricciones cuando se nutre de sus ambiciones más avinagradas, desapacibles y hasta humorísticas, para contarnos lo enfermizo que se encuentra este mundo plagado de seres humanos que asimilan su existencia -imperfecta seguramente- y que involucran sin mayores escrúpulos a su familia como una especie de conejillos de indias o complejos hereditarios. Pero, el griego aprovecha con una dialéctica poco habitual, lo eclipsado de una aventura antojadiza que nos va acarreando hacia el corazón y los nervios de una parentela que tiene mucho de excéntrica, y otro tanto de misteriosa. Los caminos terrenales parecen haber sido tocados por la varita mágica que no cambia nada pero que lo revolotea todo. Canino o Kynodontas no se decide por un carismático ofrecimiento de maquillajes de géneros o subgéneros dispares sino por el aprovechamiento de un ejercicio minimalista y crónico acertado en sus envidiables poses fílmicas que se van alternando coherentemente con el propósito exclusivista de intentar soliviantar nuestras emociones, y envolvernos en lo dramático de un desconcertante a la vez que adictivo juego de fuertes sensibilidades vinculados por un humor que resulta negrísimo aunque notable. Tampoco estamos frente al descubrimiento de la cura contra el aburrimiento, porque quienes ya nos metimos de lleno en esto del cine, vamos a percibir con mayor o menor obviedad el sentido mercantil de esta arriesgada comedia dramática socarrona, y cuya materialización fílmica no debe calificarse más que como una sumatoria aleatoria de tercos dramas psicológicos. Lo que sí aturde es la agudeza e inteligencia de un cineasta habilidoso pero transgresor que sabe como agredirnos visualmente, de la misma forma que lo hace con un relato que no deja de llamar nuestra atención.  Ahora -seamos sensatos- la eventualidad sumada al riesgo que el espectador se sienta embestido por una tomadura de pelo latosa -que es lo que en el fondo pretende y consigue Lanthimoses- sí nos deja una pequeña brecha al descubierto que podemos intuir que su brilloso armatoste sostenido sobre sus múltiples barullos y embustes, es el corolario de la zafiedad que un siempre metiche cine comercial -no tan en ciernes como parecían colarse los griegos del nuevo siglo- acostumbró -para bien o para mal- al espectador universal, incluida su capacidad de raciocinio y superación reflexiva, a un esfuerzo intelectual razonable a expensas de un discurso no muy complejo, pero sí bien elaborado, y que el mismo así lo demanda. Yorgos Lanthimoses apela a la constante atención de nuestras capacidades, que por más que tomemos conciencia del estado de alucinación y estupefacción al que se las somete, siempre recibe el último empellón anímico con sumo rigor y admirable aplomo. En el cine, la agresión -mejor dicho la provocación de la misma- no es un prohibido golpe bajo sino un intento de zarpazo avisado. Tras los instantes iniciales del film donde somos estimulados al mejor estilo del francés Eric Rohmer -un genio de la frescura- Lanthimoses imita al maestro haciendo que el tiempo pase en estado de fascinación, y delante de las imágenes, nos va llevando al delicioso terreno tramposo que nos tiene preparado. Minuto a minuto se nos sacude con el estupor de lo inesperado, de lo surreal y lo tragicómico; algo que en cada movimiento se irá transformando en un tono amargo, oscuro e incluso éticamente concupiscente, lo que finalmente es lo que avala la fabulación, que es en sí lo que los cineasta buscan. Ese es su principal valor, la creación de un significado nuevo a través de la continua trasgresión de un valor aparentemente trivial, que se verá dislocado por los constantes y abruptos giros, no narrativos sino semánticos, con la fractura total de cada apriorística convención entre ambos, significante y significado. Y la parábola está ahí, presente y cimentada, acechante y descarnada. Esa admiración desconcertante del inicio, deja el camino servido a nuevos estímulos que vuelven sobre nuestro poder de captación, excitadas previamente, y abiertas a cualquier desliz que pudiera suceder. Sería muy fácil, que al observar el film lo tildásemos de inclasificable, que flirtea con el experimento, y que encuentra mecanismos extraordinarios para armar su sátira letal. Este argumento no es falso ni incierto, pero pienso que es más conveniente observar el trabajo del cineasta griego por su atrevimiento agresivo pero controlado, sus varias representaciones de situaciones que van más allá de lo absurdo pero que corrige con su dominio alternativo de guión y personajes.  Quizás ese juego de una belleza trastocada asociada a una violencia física y psicológica, lo apacigua, lo amansa con una formidable aplicación  de la palabra, del lenguaje como expresión de la misma. Su simplicidad formal -no recuerdo ni un solo movimiento brusco de cámara– apabulla por su eficacia, y es consecuente con un evidente avispado y la milimétrica medida de los atributos con los que se quiere dotar al concepto que Canino se obliga por motus propio. El cine, un arte eminentemente visual, se rinde sumiso ante un contenido que incita a la reflexión, que únicamente necesita de las imágenes como un sustento imprescindible pero básico, sin más valor que el que recae en el nivel más primitivo de su función. Al igual que actualmente sucede en el mundo del cómic, donde el antiguo virtuosismo de un sujeto  como Hal Foster o un Will Eisner, se ve sustituido por un dibujo repelente, sin estética aunque eficaz -carente de la maestría de otros tiempos, hemos comentado en este blog la formidable American Splendor– pero al servicio de una seductora historia. El film del griego se muestra formalmente esquemático, recayendo su fuerza en el guión más que en las imágenes que acompañan. Por otro lado, si el cine tiene una capacidad especial, particular, de la que carece la literatura o cualquier otro arte, aquí está bien representada, siendo esta cinta un ejemplar atemporal, emancipado de cualquier referencia; y por eso mismo, tan distante de la mustia tendencia a la post-modernidad.

En relación al contenido, Canino trata sobre como un padre de familia está convencido en dotar a sus tres hijos de una educación privativa, sin posibilidad de libertad, para que no tengan relación con el sanguinario mundo que se encuentra en los exteriores de la mansión donde viven. Para conseguir que su plan perdure, el padre y su esposa inventan algo que resulta tan simple como insólito, jugar vivamente con el lenguaje cambiando el significado de las palabras, manipular la realidad -les hacen creer a sus tres hijos que en la piscina existe vida marina y que un zombie es una flor amarilla- les esconden el teléfono para que no tengan contacto con nadie, e incluso buscan saciar las necesidades sexuales de su hijo a través del único ser vivo llegado del exterior, una tal Cristina. El hogar es una fortaleza tenebrosa, oscura y taciturna. Impone el humor negro, casi sórdido, que envuelve al film, aunque a pesar que detrás de cada carcajada culposa de cada espectador, se camuflan mensajes tan universales como una abierta critica al  totalitarismo. Un hombre puede salir de casa sólo cuando se le caiga el canino derecho, o el izquierdo, da lo mismo. Sólo entonces su cuerpo se encontrará en condiciones para enfrentarse a todos los peligros, señala el padre. En efecto, a pesar que la trama se inmola en la supervivencia de la familia, el cineasta logra una atmósfera opresiva, porque está filmada entre cuatro paredes. Pero, Lanthimoses,  no se conforma del todo, y va más allá del formulismo o la convención. Ya saltó la valla de la  impronta pintoresca, y busca establecer una parábola de un sistema social que alinea, y acaba por devastar a la persona. El padre emplea los mismos mecanismos autoritarios que gobiernan las dictaduras, cesarismos de todo calibre, incluyendo, la censura, la mentira, la violencia tanto física como psíquica, que malogra la integridad de los vástagos, pero que cinematográficamente logra compensar, con cada uno de los planos que logra -esa tendencia al encuadre de los protagonistas mutilándoles la cabeza o un carácter explícito de las escenas sexuales etc., que están rodadas con brillante audacia y mejor estilo, o que en determinados fragmentos se sitúe entre el desconcierto y el aburrimiento, aunque dejando la sensación final que hay mucha más vida aún, más allá de lo que visualmente captamos. Adiestrados como perros -lamidos y ladridos incluidos- los jóvenes hermanos van creciendo en un clima donde predomina la atrocidad y el peor de los salvajismos, pero que, sin embargo, ellos lo sienten como normal, pero que los conducirán a una inexcusable auto-destrucción. La hija se golpea a sí misma frente al espejo, dispuesta a huir de ese canino que simboliza la libertad, ese concepto que no conocen los tres hermanos, pero que aquí se convierte en imprescindible para alcanzar una dignidad oculta. Puede ser que Lanthimoses evite contar una historia en el sentido más clásico que exista -presentación, nudo y desenlace- pero tampoco le hace mucha falta hacerlo porque sus intenciones no pasen por ahí, y eso incluso produce que su final, formidable y abierto, de lugar a decenas de teorías con las que el espectador podrá distraerse una vez que termine de observar el film. El espectador, debe de estar mentalmente lo suficientemente preparado para visualizar una obra que atenta contra su estabilidad emocional y psíquica, y que es, además en todo momento, un desafío a la moral, la lógica y la razón. Pero que, si lo sabe interpretar, lo seducirá sin resistirse a ello. Imperdible. A más tardar mañana sábado al mediodía comentaré lo último de Mike Leigh, Another Year, un film que es como una obligación natural para nosotros los cinéfilos ir a verla..... No tiene desperdicio, y menos de un hombre que rebusca en esas almas en pena solitarias que vagabundean en la búsqueda de la pareja perfecta, pero que no la logran encontrar, mientras tanto terminan por defenestrar la fanfarronería de la clase media inglesa, y el sueño de familia tipo. Vayan a verla porque no se arrepentirán.....