sábado, 6 de octubre de 2012

“Misterios de Lisboa”, Ruiz con un impresionante y delicioso culebrón.











































No cabe duda que el chileno Raúl Ruiz -apasionado de las telenovelas y los films de baile- fue uno de los mejores y más prolíficos directores de cine en nuestra Latinoamérica aunque su cariño por Francia y Portugal fue inmenso y recíproco. En realidad fue un cineasta salido del Renacimiento, con un intelecto privilegiado capaz de discutir a Prigogine, Epicuro o Proust. Era uno de esos tipos únicos. Escucharlo hablar resultaba un placer inhabitual y sublime, un discurso rizomático, inacabable y abierto, en donde la asociación libre alcanzaba hipótesis geniales enlazando conceptos que no parecían pertenecer a un mismo orden. No se equivocan aquellos que afirmaban que, de permitírselo, Raúl Ruiz nos contaría el origen del universo, y nos convencería. Mostraría la vida de cada ser humano hasta llegar al principio de los principios para luego volver a empezar. Su inclinación por la estructura del material folletinesco como elemento cinematográfico de mucho valor es inagotable, no porque sintiera la necesidad de acercarse al melodrama o a la novela rosa -esa de proporciones desmesuradas- para narrar sus historias, sino porque poseía una fe ciega en las interminables recopilaciones de calamidades que desembocan en una especie de fenómeno o de milagro. La pasmosa obra de Ruiz se inscribe en un principio en el movimiento del cine chileno comprometido con la vida política de su país, a través de su primer film Tres tristes tigres, donde se atreve a criticar ferozmente a la clase burguesa. Partidario intelectual de Salvador Allende, tuvo que refugiarse en el exilio francés tras el golpe de estado de Pinochet en 1973. Su siguiente película Diálogos de exiliados, se inspira en su propia historia situacional, y aborda con cierta distancia las complejas aventuras de los inmigrantes junto a los evidentes riesgos de la hibridación ideológica. Ruiz no desprecia los fundamentos más sencillos para expresar sus ideas progresistas por lo que adquiere un estatus de cineasta con diversidad de facetas, siempre en alerta, con una presencia singular, en ocasiones incitadora, y hasta belicosa. Su pletórico temperamento lo expresaba a través de producciones tan inusitadas como renovadoras, siempre filmadas con el karma del bajo presupuesto. Ruiz explora todas las potencialidades de los relatos cuasi surrealistas, muestra decididamente su afición por las digresiones o circunloquios, cuestiona todos los códigos, organiza representaciones que encajan perfectamente unas con otras en L’hypothèse du tableau volé, puzzles con múltiples desencadenamientos en Les trois couronnes du matelot,  se entrega a un cine experimental con el film L'éveillé du pont de l'Alma. Sus variaciones sobre las formas narrativas clásicas, lúdicas y sonrientes las expresa  a su manera en L’lle au trésor o La isla del tesoro, novela de Robert Louis Stevenson, o camufla ese estilo de filmar bajo las peripecias del cine negro en Les Ámes fortes. De esta manera, Raúl Ruiz constituye con estos films franceses construcciones laberínticas, convirtiéndose en la imagen de marca de una obra inagotable y fértil, en la que su tonalidad revela en ocasiones la influencia de dos grandes escritores argentinos: Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. Sin embargo, Ruiz ha podido dar la impresión de abandonar todos estos juegos de peculiaridades en beneficio de temas psicoanalíticos y de la adaptación de textos literarios, tanto en Genealogías de un crimen como en La comedia de la inocencia. Empero, las mismas constantes narrativas están presentes en el film Le Temps retrouvé, en la que su aproximación a la obra de Proust -sutilmente fragmentada- es ante todo una confrontación con el recuerdo, temática esencial en Días de campo, película que marca su regreso a Chile en 2004. Igualmente Klimt, film donde evoca al pintor en el hombre de la muerte, interrogándose acerca de su arte, situándose en el registro de lo barroco y en la indagación de la memoria. Posteriormente hace algunas películas ligadas a volver a mostrar sus dotes de intelectual rebelde hasta llegar a realizar su obra maestra Misterios de Lisboa, para luego filmar su película póstuma La noche de enfrente. Raúl Ruiz fue un cineasta como pocos, uno eternamente libre, que logró desorientar a los críticos más audaces, siempre a través del sueño y la realidad, presente y pasado, novela y onirismo. Como todos, tuvo aciertos y equívocos, pero nadie podrá negar que fuera un cineasta ejemplar, un virtuoso de la puesta en escena y de una inteligencia innovadora para la adaptación cinematográfica.

Misterios de Lisboa empieza contando la historia de un niño, pero muy pronto se transvasa de forma vehemente en el relato de su madre. Y mientras el cambio se establece, vuelve la mirada hacia un sacerdote que los protege. Y a través de él, se aferra a la tragedia de otro hombre que también va al amparo del religioso. Es tentador comparar esta estructura con el funcionamiento de unas muñecas rusas, solo que aquí cada capítulo nuevo es mayor que el anterior, y no al revés. Porque a Ruiz le interesa el relato, desde luego, pero por encima de todo le fascina la pasión del ser humano por conocer el desenlace de una nueva historia, por mucho que esté todavía intrigado por la resolución de un capítulo anterior. Es así como Misterios de Lisboa consigue poner de pie el espíritu de una época en su totalidad, de un lugar, un tapiz histórico de inaudita profundidad al mismo tiempo que una tesis intensa sobre un palpitante grupo de personajes con el travelling como instrumento para asociar sus historias. Es un travelling que atraviesa paredes y habitaciones para recordarnos que todo permanece conectado entre sí y que, aunque no lo parezca, todo forma parte de la misma madeja argumental. La compilación de relatos conforma el misterio, la historia tajante. El planeamiento de objetivos que hace Ruiz como realizador resulta referencial. Dado que se trata también de su obra con mayores pretensiones, es al mismo tiempo un abintestato fílmico de valor incalculable. Las decisiones mostradas en todos los encuadres, en los movimientos de cámara, y en los tempos que manejan las escenas y secuencias convierten un simple nudo de acción interior en una epopeya que, adecuado a sus proporciones minúsculas, conforma una cinta en sí misma. Las tomas de un solo plano, largas y continuadas, permiten apreciar la exquisita gramática de esos movimientos, paladear la belleza del idioma portugués, la relación entre personaje y espacio, entre historia y lugar. Observar el film de Ruiz supone una experiencia de aprendizaje continua y penetrante. En la forma de presentar a sus personajes, en la manera de tratarlos, en el estilo de filmar ambientaciones interiores y evitar que una larga escena en una habitación cerrada genere cualquier atisbo de claustrofobia, en la forma de hilar un relato con el otro, y en la constante de volver a ellos trenzando una relación orgánica entre todo cuanto ocurre en pantalla. Misterios de Lisboa atesora la fantasía de contener en su entraña un pedazo de realidad, como si la experiencia cinematográfica permitiese mirar por el ojo de la cerradura de un tiempo pasado. El misterio es el camino que toma el amor, imposible de prever. El embrujo del lenguaje, de la interpretación del actor que casi transmuta en el personaje, de la épica y el heroísmo que nacen de la compasión por el semejante, y que son transformados en simple humanidad, el misterio de enfrentarnos a una obra que nos supera, tanto en tiempo como en las dimensiones que comporta. Si estamos frente a una de las primeras películas referenciales del nuevo siglo, no es tanto porque condense las victorias de los films que abarca su género, y los haga palidecer frente a sus nuevos y definitivos hallazgos, sino porque, en lo más profundo, la obra de Raúl Ruiz abre los ojos hacia las infinitas formas de hacer cine, dinamita las reglas convencionales del melodrama, y propone las soluciones de un maestro que conoce bien la manera en la que el cine puede reinventarse con cada película. La famosa idea de la puesta en abismo alcanza aquí un grado realmente subliminal. Misterios de Lisboa es un film inmortal, un monumento inspirador para los buscan aprender el verdadero cine, y para ese espectador que necesita regodearse con algo nuevo sin sentir que la tradición quede abandonada por el deseo aislado de diferenciarse. Un relato clásico en apariencia, pero que no lo es en absoluto. El cine del autor está poblado por espectros o espíritus. En ellos descansa el peso de lo histórico frente a las pasiones de sus personajes, que se sienten como reales, y son tan vivos y embrollados como nosotros mismos. Sus historias personales están llenas de heroísmo, pero también de la pulsión romántica que mueve todo el relato, y que impulsa a esa desmedida intrepidez que termina por elaborar la leyenda. Cuesta pensar en ella como una obra maestra: su duración resulta agotadora, sus dimensiones son casi inabarcables, y observarla tal como la concibió Ruiz supone una prueba de resistencia. Y, sin embargo, al mismo tiempo es imposible no pensar en ella como en una pieza artística excepcional. El milagro que buscaba su director, y que finalmente acaba por encontrarlo. Finalmente, la grandeza de la película cumbre de Raúl Ruiz está fijada en su fascinante formulación visual. Habría que imaginar una combinación sin desperdicios de Visconti, Ophuls, el Kubrick de la notable Barry Lyndon, más una dosis benévola de Welles y, por proximidad y afinidad electiva, otra de Oliveira, la ironía de Godard, la belleza de Bergman o la visceralidad de Harley. Raúl Ruiz no está ni un milímetro por debajo de tan ilustres referentes. Sus aterciopelados planos secuencia, la delicadeza de sus movimientos de cámara, la composición precisa de la imagen, el juego con la duración de cada toma -hay secuencias larguísimas rodadas sin un solo corte- o una escena extraordinaria como el duelo en el bosque, alcanzan una exquisitez suprema, llamada a pasar a los anales del cine con letras impregnadas de oro. Sin duda, una catequesis magistral de como hacer cine. Misterios de Lisboa es un colosal laberinto fílmico que se convirtió, por azares del destino, en su testamento artístico al fallecer en París en agosto de 2011. Busquen esta película porque ahí podrán auto-evaluar su vocación por el cine. Imperdible para los cinéfilos… Pueden verlo disertar en :

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