miércoles, 3 de octubre de 2012

“Natural Born Killers”, dos monstruos sublimados por la televisión.
































































En esto de la cinematografía, existen películas que son odiadas y amadas a partes iguales, sin interesar generaciones ni segmentaciones marqueteras. Es el subjetivismo lo que predomina, a  pesar que arrasen en su momento a través de la taquilla, o los apoye o no la crítica especializada,  y que de una u otra manera también se convierten en objeto de aversión por los sectores más conservadores, salvo algunas que otras excepciones no descartables. Hace poco, leyendo una página de cine de Internet yankee, me enteré de algo que me pareció increíble. Y es que me parece realmente inverosímil y hasta chocante que uno de los mejores y más notables films de denuncia de Oliver Stone -basado en una historia de Tarantino- fuera tachado en los EEUU, la tierra de la hipocresía deontológica, de la inmoralidad mejor organizada, el país que sembró, siembra y sembrará más violencia en la historia de la humanidad, aquel del sueño americano que arrastra el sueño universal de millones, la cumbre internacional de la mafia etc. Como se debe de dejar bien en claro, lo que se cocinó dentro de esta noticia es una sátira en su expresión más radical. Y como cualquier ironía o sarcasmo, en la acepción más clásica de la palabra, el efecto o finalidad es la creación de un mensaje cuyo trasfondo es un monumento evangelizador. Supongo que es muy fácil dejarse llevar por las impactantes imágenes de Natural Born Killers de 1994. No sabría exactamente si considerarlas como cine. Lo digo así porque en muchas ocasiones el termino cine está ligado al denominado cine convencional. Esta cinta es parte cine experimental, parte modernismo, parte obra de arte. Al menos los primeros 50 minutos me parecen estéticamente videoarte en su expresividad mas lograda por su purismo y dureza alucinantes. Se trata de una descarga efectista de imágenes unidas por una vaga excusa argumentativa, de imaginación entrañable, trabajadísimo montaje -quizá lo mejor del film- y sobrada inteligencia, acompañada por una sonoridad imperante, donde hay música de altura, al estilo de los films de Lynch, con Leonard Cohen, Bob Dylan, Cowboy Junkies etc. Los modernistas, como Gaudí, siempre dicen que para ser moderno hay que cumplir con un requisito elemental: regresar a lo clásico y revisarlo. En realidad, el fondo de la película de Stone es de lo más clásico de lo que se ha construido en su género cinematográfico. Una delación en toda regla. Lo que ocurre es que la impulsiva adrenalina que el realizador le imprime a las formas y al contenido se podrían discutir como excesivas. De hecho, que tiene que serlo, porque si no lo pretendido sería imposible de lograr. Retratar la visión del autor -en este caso Stone y Tarantino- sobre un mundo donde hasta la mismísima locura fratricida puede ser una estrella del rock and roll, parece una estupidez, pero no lo es. En este caso es el sentido interpretativo del que observa el que define posiciones. Si es una violencia retro o underground, si esta dentro de la perspectiva de los famosos Bonnie y Clyde, o una postulación a un estilismo radical por su distorsión glamorosa del homicidio etc.

La historia es la de Micky y Mallory Knox. Ambos de infancia trágica, llena de maltrato y rechazo. Su inicio en el ambiente se expone de una peculiar forma de venganza contra lo incomprensible del mundo -no contra nadie en particular- y su descenso a los infiernos, empieza con el asesinato de aprox. 50 personas, en muy poco tiempo. Su popularidad se debe, en buena medida, a su costumbre de matar a todas las personas con las que se topan en sus asaltos, excepto a una, a la que dejan con vida para que hable sobre ellos. Como siempre ocurre en estos casos, son convertidos en ídolos mediáticos por Wayne Gale, un amoral presentador del programa American Maniacs que se identifica claramente con la TV amarillista, del sensacionalismo extremo, y el miedo que siempre ha dominado a los EEUU, mucho antes del 9/11. Encerrados en la prisión por Jack Scagnelli, un detective tan lunático como los dos muchachos, Wayne Gale consigue entrevistarlos, y de esta forma los transforma de inmediato en insignias de la transgresión y el libertinaje. El film es un tacle dolorosísimo al corazón moral de los EEUU. Es casi el adelanto perfecto de lo que hizo cinco años después Fincher con su Fight Club. No hay mucha diferencia  en el tipo y la intensidad de la sátira que utilizan. Pero Fincher no denuncia nada, solo pronuncia, mientras que Oliver Stone acusa cada una de las inmoralidades y barbaridades que cometían los mandos estratégicos de los EEUU sembrando una violencia propia y desopilante, que luego pretenden denunciar como ajena. En ese contexto, Stone acierta al colocar como el primero de sus blancos, a dos seres tan patéticos e inquietantes como Mickey y Mallory. Ambos convivieron con  la violencia desde niños. Mickey era frecuentemente maltratado por su padre. La sacó a Mallory de una familia partida, disfuncional, donde su padre la violaba por la noche, en medio de las borracheras de la madre. Es más, terminan por matarlo. La sociedad les da la espalda, pero aplaude con cierto morbo sus atrocidades. Les presta atención. Pero Stone no olvida que son sombríos y tiernos. Wayne Gale, presentador demócrata -como Obama- se dedica a vender la violencia como caramelos, y a repartir el pánico de este par de antihéroes yankees en sus hogares. Nadie mejor que Robert Downey Jr. para encarnar ese estamento de la sociedad que se esconde en la delgada línea invisible de la doble moral para hacerse del papel del comunicador cómplice, y ponerse el traje oscuro de la legalidad encubierta, del dejar hacer dejar pasar. El detective Scagnelli, jefe de policía, mata prostitutas, luce obsesionado con la joven Mallory, y no precisamente por su aparente inocencia, sino porque es un masoquista, torturador y también un sujeto desequilibrado por el asesinato de su madre a los nueve años. El alcaide de la cárcel donde están Mickey y Mallory, Dwight McClusky, es un fascista empecinado por la violencia inducida, y que morirá en los brazos de su propia maquinaria torturadora.  La juventud norteamericana tiene brutal empatía hacia los dos jóvenes delincuentes. Quizás, esto represente una posibilidad de escape a todos los inconvenientes a los que están sometidos. Todo el sadismo que contiene el film es extremo, y Stone lo sabe narrar y controlar. Pero también filma escenas en donde no es la agresión lo que predomina. Se encarga de suavizar ciertas acciones con determinados diálogos y relaciones, para que las imágenes no caigan en lo ridículo e insoportable. Usa dibujos animados violentos como cierto paralelismo a que todo es una ficción, una ilusión permitida. Dirigida por Robert Richardson, la fotografía del film es tan rebuscada como las retorcidas mentes de los protagonistas. Hay fragmentos rodados en 35 mm, 16 mm y hasta en Super 8; además de imágenes tomadas en vídeo para reflejar los documentales televisivos. Algunas de las escenas tienen mucho grano -intencionado- y los colores en general presentan un exceso de saturación -también intencionada- con predominio de tonalidades rojizas o verdes en un particular código de color ideado por Stone. Una definición atinada sería que Natural Born Killers es de aquellas road movies violentas pero estéticamente estilizadas. Stone experimenta de manera firme con el lenguaje cinematográfico haciéndolo una combinación apropiada de muchos otros, haciéndose eco del cine de los años setenta, con imágenes de estética sucia como las de Craven o Hooper, también utiliza un blanco y negro desmesurado -lo hace intencionalmente-  para jugar también con el uso de la estética televisiva -de los programas que parodia y denuncia, de la publicidad, del videoclip, e introduce en su estructura visual una especie de cóctel de fracciones imaginativas. Todo esto con la finalidad de retratar el ambiente enfermizo y de locura que suponen los medios de comunicación masiva y su calado mental. También juega con las sitcom. Es imponente cuando Stone filma -como si de una sitcom se tratase-el clima familiar donde crece Mallory, con un Rodney Dangerfield -alejado de sus payasadas habituales-  encarnando al prototipo padre de familia pederasta, alcoholizado y tiránico. Stone se toma su tiempo para homenajear films como The Wild Bunch  de Sam Peckinpah, Brighton Rock de John Boulting, Scarface de Brian De Palma o A Clockwork Orange  de Kubrick.  Los actores están geniales y sumamente compenetrados. Woody Harrelson y Juliette Lewis, hacen las mejores actuaciones que se les recuerde, bien respaldados por el siempre eficiente Downey Jr. Es hasta cierto punto normal que al acabar el film uno quede un tanto choqueado por lo vertiginoso de lo observado, pero es innegable su condición de absorbente, fascinante y divertido. Una evidente obra de culto que justamente define este término. Muchos la odian, y otros muchos la veneran. Lo entrañable de la película, el Dodge Challenger rojo descapotable de 1990, tremendo automóvil. Finalmente, Stone estaba muy interesado en denunciar la fascinación de los medios de comunicación por la violencia, y realizó todo un ejercicio intuitivo de aquello en lo que la televisión se ha convertido hoy en día. Ahí si que acertó.