domingo, 25 de noviembre de 2012

“Clockers”, Spike Lee y la otra cara del sueño americano.


















































En el universo del cine yankee, hoy dominado por superproducciones de altísimo poderío taquillero y riesgos mínimos, donde presumiblemente la definición en el montaje del desenlace de un film pareciera no pertenecerle al director, el cine de autor o de género, más que una anomalía habría que observarlo como una hazaña. Spike Lee se ha mantenido en el transcurrir del tiempo con firmeza en las facetas de autor, director, actor y productor, pasando por la a veces tendencia del documental, encaminándose en la realización de largometrajes realistas y descriptivos de situaciones donde nos entrega versiones muy bien afiatadas de sus raíces afroamericanas. Este buen hombre, bajo de estatura y de temple bromista, defensor a ultranza de todos aquellos directores despreciados por los grandes estudios, ha producido abundantes controversias con sus cintas, reflejando en ellas el muchas veces manoseado conflicto racial, pero con el pertinente agregado del comportamiento involutivo de la sociedad moderna en su conjunto, y de un sistema desalmado y torpe donde la discriminación de las minorías son una constante cada vez más intensa. Clockers, un drama sobre el crimen urbano basada en la novela del polémico Richard Price, y producida por Martin Scorsese, denuncia con severidad el cáncer de la droga, la indigencia y la falta de oportunidades de esa minoridad cultural que vive todo el día en la calle buscando, y que genera la polémica disputa del negro contra el negro, pero que a pesar de intentar despertar reflexiones aún dormidas, el país más poderoso del planeta no logra solucionar. Con una muy bien elaborada trama, el matizado perfil de personajes, el abierto corte final plagado de sugerencias, Spike Lee nos ofrece una historia movilizadora, con una puesta en escena impecable, que vale la pena tomarla en consideración.

Clockers no es un film para paladares sensibles. La película es cruda, sangrienta, presa de una violencia casi estigmatizada en ese mundillo infernal del narcotráfico. Lee nos cuenta la vida de Strike, el novato mandamás de un grupo de burriers de poca monta que operan desde la banca de un parque a las órdenes de Rodney Little, un pasador de drogas con mayor entidad. Trabajan circulando frasquitos de narcóticos al menudeo, y donde la mayor parte de las ganancias son direccionadas al tal Rodney. La sumisión es total. La ocupación de Strike pasa por controlar el negocio, que fluya correctamente, además de mantener a la banda con la seguridad que el riesgo propone, aunque sea un muchacho que no posea la experiencia requerida. Strike ahorra todo lo que puede esperando el momento oportuno para retirarse del mundo marginal en donde trabaja. En su oficina callejera sufrirá los continuos acosos de la policía, pero dentro de una novedosa impronta fílmica de Spike Lee quien logra darle la atmósfera justa a hechos cotidianos de estos dos oficios, como también el eterno enfrentamiento interno entre los profesionales –comercializadores más organizados- que operan en grupos rivales y zonas contiguas. Policías y burriers, se saludan cortésmente cuando se ven fuera de sus horas de trabajo, como por ejemplo en el cine, escena muy lograda por el afroamericano. Rodney le dice a Strike que hay un nuevo burrier en su terreno, que lo está incomodando, y le sugiere que alguien debería borrarlo del mapa. Strike sabe que es una orden, y que si la desobedece estará en aprietos. El muchacho reflexiona porque no quiere verse implicado en un crimen. Le comentará el dilema a su hermano, y éste -bastante alcoholizado en el momento- no le da la importancia que pretendía Strike, diciéndole que no se preocupe, que él se encargará del asunto. De pronto, el forastero aparece reventado a balazos a los dos días de la charla. Parece una obviedad, pero no la es de modo alguno. Luego entra en acción la policía, que comenzará una investigación por el homicidio, pero que no queda del todo clara, ya que los sospechosos son varios y campea la incertidumbre. Lee maneja los nudos de acción con sutileza y a su manera ¿¿Quien habrá sido el brazo ejecutor?? Rodney piensa en Strike. Strike cree que ha sido su hermano. La policía duda entre ambos. ¿¿Quizá un tercero en discordia?? La confesión de Víctor, el hermano de Strike, ordenara un poco las cosas para la policía, excepto para Strike, y para el investigador encargado del caso. Esto es a grandes rasgos como está enfocado el film, y cuyos alcances –a pesar que es del año 1995- suelen acomodarse al hoy en día como anillo al dedo o incrustarse en el cómo operan las pequeñas mafias en la mayoría de países que se nutren del menudeo. 

Por otro lado, es interesante como Spike Lee logra plantear los diferentes estilos en que se comunican estas diminutas organizaciones donde los jefes logran convencer a aquellos que realmente están convencidos que pueden llevar a cabo el trabajo. El cabecilla proveedor del negocio Rodney Little –Delroy Lindo es un actor enigmático- recorre las calles en silencio y con mirada seria junto a su envidiable automóvil negro. Con inteligencia, utiliza un marcado tono paternalista cuando va seduciendo a los jóvenes con palabras de protección y de halago muy acogedoras. Lo hace con Strike, y lo convence. El trato que le da Lee en esta secuencia del film es notable, porque sabe interponer cuidadosamente la manipulación subliminal aunque el receptor sea consciente del peligro que pueda estar corriendo. Me había olvidado de definir correctamente lo que es un clocker. Si bien es un comercializador minorista con un producto corriente como el crack, su distinción mayor es que ocupa el último lugar en la jerarquía de este tipo de mafia. Spike Lee logra delinear con precisión la situación de los jóvenes afroamericanos que viven en los barrios pobres, niños marginales convertidos en adultos a la fuerza, motivados por lo que significa la obtención del dinero rápido. Pero en Clockers  se van integrando otros criterios coherentes que se agregan a la discriminación y a la vida callejera. A menos de diez cuadras, sumas ingentes de dinero se manejan en bancos ubicados en enormes calles repletas de tiendas cuyo producto principal es el glamour. La riqueza y la pobreza frente a frente. Lee busca inmediatamente explicarnos que la coexistencia de dos universos tan opuestos en una distancia tan corta sucede, está siempre latente y pueden convivir sin que la violencia sea lo que predomina. Quizá, las únicas limitantes las impone  la presencia policial, burocrática y objetable por sus tácticas, comúnmente ineficaces, pero persistentes. El adalid de la trama de Lee es el detective Rocco Klein, interpretado por un Harvey Keitel de personalidad seca y frío mirar. Un actor clásico de la dinastía Scorsese. Klein y su colega Larry -John Turturro siempre cumpliendo con acierto- cargan sobre sus espaldas la labor de patrullaje, investigación y captura. Lee pone en pantalla escenas fuertes, pero siempre con la sentencia de dejar alguna idea o enseñanza que él supone pueda quedar instalada en el espectador. En determinadas escenas muestra la cohabitación y el contubernio de la policía con ese duo indivisible que son las drogas y la muerte. Finalmente, Clockers  también resulta una tragedia social en cuanto y tanto Lee muestra un personaje universal como Strike –un aceptable debut en pantalla de Mekhi Phifer- y le imprime a su historia su acostumbrado dinamismo en donde ataca a la intriga para que esta muestre su rostro de mayor escepticismo cuando son los continuos asesinatos los que toman parte del control de la trama, a partir de quien o quienes son los autores de los mismos. El retrato que hace Lee de todo un conjunto de emociones extremas que se amparan en los diferentes sucesos delictivos de la cara más acibarada de un Nueva York acorralado, es sin duda lo que trasciende en esta lograda cinta de Spike Lee.